El Señorío de Peña, un pueblo navarro abandonado

En Navarra, a sólo 20 minutos de la población de Sangüesa y 30 minutos de Sos del Rey Católico, el señorío de Peña constituyó en la época medieval una estratégica posición fronteriza emplazada en plena muga con el reino de Aragón. Hoy es un despoblado, lindante con el término municipal de la cabeza de la merindad, pero que administrativamente depende del ayuntamiento de Javier.

Al parecer, Peña constituía una posición fortificada dentro del dispositivo de defensa creado por Sancho el Mayor contra los musulmanes en los primeros años del siglo XI. Su historia refleja las vicisitudes de un territorio en transformación.

A la muerte de Alfonso el Batallador, se produjo la separación de las coronas de Navarra y Aragón, y pasó a estar bajo el dominio aragonés hasta que, en 1209, el lugar con su castillo fue empeñado por Pedro II de Aragón, apodado “El Católico” a Sancho VII de Navarra, apodado “El Fuerte”. El préstamo de 20.000 morabetinos no pudo ser devuelto, así que pueblo y castillo pasaron a ser navarros. En 1231, el infante Fernando de Aragón cedió sus derechos en favor de don Sancho VII y en 1232 Jaime I el Conquistador renunció definitivamente a cualquier posible reivindicación posterior. A partir de entonces, el lugar constituyó una posición fronteriza de primera línea en la muga de Aragón.

Tras la conquista de Navarra por las huestes al mando del duque de Alba en 1512, Fernando el Católico mandó derribar el castillo, junto con otras veinte fortalezas del reino, con el fin de evitar posibles focos de resistencia que pudieran alzarse contra las nuevas autoridades castellanas. La demolición afectó principalmente a la parte que mira al pueblo y dejó en pie, aunque desmochado, el lado más inaccesible de la recia torre mayor, que se asienta en lo más abrupto y agreste de la peña, junto con algunos restos de muros.

En la parte más accesible de las piedras en las que se asienta, quedan en pie una torre de planta cuadrada y parte de la muralla que defendía el pequeño pueblo, así como una antigua iglesia con un portal fortificado que daba acceso al lugar.

Una vez rebasadas las casas que formaban la trama urbana del modesto poblado, se aprecian los escasos restos de lo que fue el muro inferior del castillo, con una torre cilíndrica en uno de los flancos, casi colgada al borde del tajo.

En la cota más alta, dominando el conjunto, se alza como un nido de águilas la torre mayor, núcleo y último reducto para la defensa de la fortaleza, de planta irregular y un tanto extraña que se adapta a la peña en que se asienta, con su tosco aparejo de piedra y argamasa, que pudiera datar de los siglos X u XI. Aunque desmochada, el ornamento de los muros mantiene en la parte mejor conservada una altura de unos seis metros, que sumados a la elevación natural en que se instala, hacen que aún recuerde su primitiva fisonomía.

Un elemento singular con el que contaba este castillo era el torno de madera con su cuerda, que se empleaba para subir provisiones para la guarnición. En 1351 se rehizo “el torno con que suben las cosas necesarias al dicho castieillo”.

Quince años después hubo que hacer un aparejo nuevo para subir las provisiones, “que el otro estaba podrido y roto”. Muchos años después, en 1422, se rehizo de piedra y mortero la pared en la que se asentaba aquel ingenio, y en 1429 se compró a un cordelero de Tudela una cuerda gruesa, de 20 brazas de largo, para subir la leña y otras cosas al castillo.

Por los registros de cuentas de 1373 sabemos que la cárcel estaba situada “atenient la dicha torr mayor”, en la parte de fuera, contigua a la torre. Ese año se recubrió, limpió y enlució, para guardar allí la provisión de trigo, ya que por lo visto no había presos.

El aljibe era un elemento que no podía faltar en ningún castillo, y que era preciso mantener en buen estado. En dichas cuentas entran los trabajos de limpiarlo y secarlo, para poder después impermeabilizarlo con un betún que se empleaba para ese objeto “por razón que non retenía agoa”. Se le hicieron también unos canales nuevos por los que las aguas pluviales bajaban al depósito.

La ilustración del “Semanario Pintoresco Español” de 1853 que encabeza esta entrada nos muestra una colina pétrea rodeada de tupidos bosques que no parece la mejor ubicación para esas construcciones en los recodos de fuerte inclinación. Con una docena de viviendas, cultivos de cereal, trigo y cebada, y rebaños de ovejas que producían quesos de fama en la zona, el Señorío aún no había caído en el abandono.

Historias de un pueblo que aún iba a vivir un hecho curioso en plena II Guerra Mundial. El 11 de noviembre de 1943 los vecinos de Peña, cuando salían de misa durante las fiestas en honor al patrón: San Martín de Tours, fueron sorprendidos por un estruendo inesperado. Un avión militar británico del tipo “Mosquito DH.98” se estrelló en las inmediaciones, tras ser alcanzado por las baterías antiaéreas enemigas en el sur de Francia.

El capitán Crow logró sobrevivir al tomar tierra cerca de Sos del Rey Católico, pero el coronel Donald Walker no corrió la misma suerte. Su paracaídas quedó trabado al fuselaje del aparato. Fue enterrado en el cementerio por los vecinos del Señorío de Peña. De algún modo, fue derrotado y náufrago al mismo tiempo, porque Peña entonces era ya un trozo de tierra prácticamente despoblado, como una isla abandonada a su suerte. La historia del pueblo y la del coronel, desde entonces, quedaron unidas para siempre.

Los restos del pueblo: la escuela, el horno, alguna casa están hoy en ruinas. No así la casa abacial que, restaurada, fue donde habitó el «Padre Arnaldo», un ermitaño belga que estuvo en Peña de 1961 a 1964 y que se puede considerar su último habitante.

La última casa que se cerró en Peña fue la de Nicanor Landa, cartero por aquel entonces, aunque pueda parecer una paradoja ser cartero en un pueblo despoblado. Él y su mujer, Rosario Leoz, fueron los últimos en marchar de Peña hacia el año 1952. Como muchos otros antes, se fueron a Sangüesa. La vida se les antojaba más sencilla en otros lugares.

Cada 11 de noviembre se sigue celebrando en la iglesia del Señorío un oficio en honor al patrón, San Martín de Tours, el mismo día que vio caer al coronel Walker. Entonces, las familias de los antiguos habitantes vuelven a habitar el pueblo durante unas horas como si fueran una ilusión.

En la iglesia, nos aguarda otra de las curiosidades. En un Cristo crucificado del siglo XIII, de transición del románico al gótico, cuelgan dos grandes cadenas de hierro que según cuenta la leyenda, son las que mantuvieron atado a un vecino del pueblo que estuvo encarcelado en Orán. Durante su presidio no cesaba de encomendarse al Cristo de Peña, rogando y suplicando por su liberación. Cuando logró ser liberado, regresó a su pueblo natal y como agradecimiento ofreció las cadenas a modo de exvoto.

Hay otra versión sobre las cadenas que cuenta una anciana vecina de Peña a la que, a su vez, se lo contaba su abuela: parece ser que los presos fugados de la cárcel de Sos del Rey Católico, lo hacían a través de los montes cercanos al Señorío, aún con las cadenas atadas. Cuando llegaban a la iglesia, pedían ser liberados y en un acto de fe, las cadenas se soltaban. Sea cual sea la leyenda original, ambas hablan de una liberación.

El 6 de abril de 1968, tal como se hizo eco entonces el Diario de Navarra, el teniente coronel John Slessor, agregado aéreo en la Embajada de Gran Bretaña en Madrid, viajó hasta un Peña ya despoblado y ascendió hasta la tumba del coronel Donald Walker. Le acompañaron miembros del Club Montañero de Sangüesa y del Club Deportivo Navarra. Desde entonces, los montañeros de Sangüesa visitan al aviador todos los 1 de noviembre, el mes en el que Peña revive del olvido.

Peña está deshabitada desde mediados de la década de 1950. Y, sin embargo, fue declarada bien de interés cultural en la categoría de conjunto histórico mediante decreto foral en 1997. Algo que demuestra que los pueblos deshabitados no son olvido, sino cultura que necesita ser protegida.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo