El susurro de las hayas

En el corazón del Baztan, donde el silencio camina con sigilo y los bosques murmuran leyendas, donde la niebla se enreda entre los hayedos como un secreto no dicho, hay caseríos tan antiguos que sus muros aún recuerdan los nombres de quienes los construyeron. Uno de ellos, Aldaxkaenea se alza entre helechos y pastos altos, con sus tejas rojas y su puerta de roble. De piedra oscura, con aleros retorcidos por la humedad, era la morada de Alaia y Aratz.

Ella era luz. O eso decían en Elizondo. Alegre, generosa, siempre con flores en el delantal, cabello suelto como las ramas del bosque, una risa que hacía olvidar el frío y parecía brotar del agua clara del río.

Él, seco como la tierra en invierno, taciturno, de manos recias y mirada baja. De pocas palabras, trabajaba mucho y amaba a Alaia con la paciencia del agua sobre la piedra. Y de costumbres rígidas: ordeño al alba, sidra al anochecer, silencio entre medias.

Cuando se casaron, el valle entero fue al banquete. Alaia era casi una niña. Pero con los años, las miradas de la gente se fueron volviendo esquivas: no había niños corriendo por Aldaxkaenea. Los médicos del pueblo de Elizondo decían que Alaia no podría ser madre. No había tratamiento. Sólo silencio. Alaia siguió sonriendo… al menos en apariencia

Con los años, los rumores crecieron: que Alaia lo deseaba con desesperación, que él no decía nada, pero cada vez dormían más lejos el uno del otro.

Se la veía a menudo caminando sola por el bosque de Arizkun. Decían que hablaba con los árboles. Que ponía ofrendas de pan y flores al pie de un haya enorme y retorcida, la más vieja del bosque, a la que los ancianos llamaban Basoaren ama (la madre del bosque).

Algunos decían que hablaba en voz baja con el árbol, otros que recogía líquenes y huesos para hacer infusiones extrañas. Incluso una mujer del pueblo afirmó haberla visto llorando, descalza, en plena tormenta.

Una mañana de octubre, Aratz despertó solo. La chimenea aún humeaba, la cama estaba intacta. No faltaba ropa ni comida. Las botas puestas al revés, como si se las hubiera quitado a toda prisa. Alaia se había desvanecido como una nube de otoño.

Aratz, fiel a su estilo, al principio no pidió ayuda. Sólo cuando pasaron tres días, bajó al pueblo. Dijo que Alaia “se había perdido” y eso fue todo.

La Guardia Civil de Elizondo peinó el bosque. La búsqueda fue breve. Nadie quería adentrarse en ese bosque cuando la luna mengua. La novena noche, los vecinos del caserío vieron luces extrañas, como fuegos fatuos entre la niebla. Algunos decían que Alaia se había marchado con uno de los pastores que bajan desde Belate. Otros, que había enloquecido de tristeza y se había quitado la vida. Pero no había rastro. Ni carta. Ni despedida.

Finalmente, la encontraron.

Alaia estaba en el claro del Basoaren ama. Erguida, inmóvil. Pero algo no encajaba.

Era la figura de una joven y muy bella mujer, con ojos tristes, la boca entreabierta, como en un lamento detenido, los brazos cruzados sobre el pecho, el rostro sereno, casi sagrado. En sus manos, abrazaba una semilla.

Su piel… no era piel. Tenía el color y textura de la madera envejecida. Como tallado por manos invisibles. Un escultor perfecto, anónimo.

La Guardia Civil acordonó el lugar. Llamaron a forenses. Pero cuando intentaron mover el cuerpo, parte de la corteza del haya se desprendió con un crujido seco, revelando raíces que envolvían las piernas de Alaia.

Nadie pudo explicar cómo era posible.

Un artista navarro aseguró que era una instalación hecha para provocar. Un antropólogo francés sugirió que Alaia había sido víctima de un ritual ancestral olvidado. El cura del valle, tembloroso, dijo que era castigo por “jugar con fuerzas que no entienden de hijos ni de amor humano”.

El cuerpo nunca fue enterrado.

Aratz no volvió a hablar de ella. Desde entonces, cada atardecer deja pan con miel junto al retrato de la boda. Cerró la casa, vendió las vacas, y se marchó sin despedirse a un pueblo vecino.

Pero los niños del valle dicen que, en las noches sin luna, si te acercas al claro del bosque, puedes ver una silueta blanca entre las raíces del haya. Que canta una canción suave en euskera antiguo, imposible de traducir. Algunos creen que Alaia sigue allí, transformada, madre de algo más antiguo que los hombres. Otros piensan que fue el bosque quien la tomó para sí, como una semilla que por fin encontró su tierra.

Nadie lo sabe.

Si se hace silencio junto a Basoaren ama, se oye un susurro que viene del tronco:

.- “Ez zaitut ahaztuko…” (No te olvidaré…)

Nadie sabe si lo dice Alaia, el bosque… o alguien más.

Sólo el viento del Baztan lo comprende… y el haya, el haya es su custodio.




En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta.
Es una invitación a escribir, sólo un tema
cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
En el VadeReto de agosto 2025, teníamos nueve imágenes en una galería,

con distintas alegorías y posibles temas inspiradores.
Debíamos elegir una de ellas (o varias si sois osados o agonías)
y a partir de lo que os sugiera la imagen construir un cuento.
No hay más condiciones. El género literario, el tiempo de la trama, los personajes,

la escenografía… todo corre a cargo de vuestra elección.
El reto acabó ya hace un tiempo, pero una de las imágenes me quedó rondando y,

con el permiso de Jose Antonio,
aquí os acerco un segundo aporte al tema de aquel mes.

Si queréis leer el resto de los aportes que se presentaron, podéis hacerlo aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “El susurro de las hayas

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