Cuando le pidas algo a diciembre, pídele que te traiga regalos que no se vendan en las tiendas: un “me gustas mucho”, un “gracias por existir”, un “estoy aquí para ti, siempre”.
Cuando le pidas algo a diciembre, pídele que te traiga abrazos apretados, carcajadas fuertes, el regazo de quienes más quieres, manos tomadas todo el año, hombros que te sostengan, corazones donde vivir sin fecha de caducidad.
Cuando le pidas algo a diciembre, pídele que te traiga ojos que brillen por ti y para ti, palabras que te protejan y cuiden como el sol en los días fríos, las pequeñeces que valen todo en la vida, lo esencial que ocupa, sin pesar, el lado izquierdo del pecho y la levadura de la alegría que hace que la vida valga la pena.
Cuando le pidas algo a diciembre, pídele que te enseñe a vivir con el corazón abierto y creer -así como así- que hay una luz al final del túnel para cada oscuridad que tengas que enfrentar.
Para qué pedir algo si lo tenemos todo…
¿Y qué quieres que te traiga el año venidero?
Nada, no quiero que me traiga nada, lo único que quiero es que no se lleve…
Que no se lleve lo que ya tengo, que no se lleve el techo que nos cobija, el plato que nos alimenta, la manta que nos abriga, la luz que nos ilumina, la sonrisa de mis hijos, la salud como tesoro, el trabajo como sustento, la amistad, la compañía, los abrazos, las caricias, los «te quiero», los «te amo», los besos…
Que no se lleve los sueños, ni los trocitos del corazón que lo forman cada una de las personas que llevo ahí dentro.
Esta es una antigua oración portuguesa, que quería traeros en este, el primer día de diciembre, el mes de los festejos, el mes en el que recordamos sentimientos perdidos en la niebla de la rutina diaria. Recuérdalo en algún momento del día. Y si se te ha pasado la fecha, da lo mismo. Siempre es el día adecuado.
Mi abuela Memé, que no era muy de religión ni de misas, me dijo un día: “Jesús dijo a sus discípulos: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abrirá.”
Grupo de txalaparta “Oreka TX”, grupo de danza vasco “KUKAI DANTZA KONPAINAIA“ y el canto de “Amaren Alabak”, en “Festara”
El mejor regalo es el cariño de los tuyos
¡Sin duda alguna, Manuel! Pienso lo mismo.
Pues sí, Marlen.
Los regalos inmateriales son los más valiosos, junto al amor y el cariño de los que nos quieren.
Yo, teniendo en cuenta los últimos años, le pido, sobre todo, salú. Porque está la cosa pa unirse a las listas de espera sanitarias o hacer cola en las farmacias para acarrear pastillas.
Dicen que el dinero da la felicidad, pero no tener que ver a un médico o visitar un centro sanitario (aunque sea de visita), es una bendición.
Tú deseo: «que no me traigan, mejor que no se lleven» me ha recordado aquel chiste: «virgensita, virgensita, que me quede como estoy» ;).
Ojalá el Papáquenoé y la Mamáquesínosquiere (la pachamama), nos traiga un final de año tranquilo y lleno de sonrisas. Y pal 26: que las guerras se queden en los pantalones de los mandamases, el odio se mude de barrio, y la empatía, educación y respeto se vuelva una pandemia.
Abrazo Grande.
Totalmente de acuerdo, Jose. Quienes inventaron eso de que «el dinero da la felicidad» no han tenido la desgracia de tener que acercarse mucho al médico o al Centro Sanitario por sí mismo o por un ser querido. Por eso, al pedir a diciembre, una de las cosas más importantes que pido es «la salud como tesoro».
Yo, haciéndole caso a Memé, le pido al universo que escuche la oración portuguesa, la tenga en cuenta y que me uno a tus deseos, sobre todo en que «la empatía, la educación y el respeto se vuelvan una pandemia». Así sea. Un abrazo grandote.