El mundo en el que vivimos

Decía Maruja Torres que su primera definición del infierno sería encontrarse en un crucero turístico con otras cinco mil personas atrapada en mitad del océano y entretenida mirando pateras con los prismáticos.

Su segunda pesadilla consistiría en tener que ver en bucle un desfile por alfombra roja tras otro, empezando por el más cutre de, pongamos, la presentación de una marca de crema para las varices, pasando por todos los estrenos y festivales imaginables y llegando hasta la espeluznante gala del Met (la «gran fiesta de la moda», evento que se celebra cada año en el Museo Metropolitano de Nueva York), cuya acumulación de pavos reales posando uno tras otro debería estar prohibida por la Organización Mundial de la Salud.

Comprendiendo, sin embargo, que tanto los cruceros multitudinarios como los desfiles de todo tipo resulten necesarios. Que ambas modalidades del horror constituyen imprescindibles y también fascinantes parábolas para describir el mundo en el que vivimos. 

Por un lado, la masificación del ocio que avanza ciegamente entre mares podridos y vidas rotas, hacia escenarios históricos convertidos en platós de uso móvil, muecas para fondo de pantalla.

Por otro lado, el individualismo prosaico que pide a gritos ser tenido en cuenta porque gracias a ello puede salir una fama, un resplandor, quién sabe si una oferta de empleo.

Nunca fue más torrencial la necesidad de parecer, o de aparecerse, por encima de la de ser, aunque salgas a lucirte con un vestido prestado y luego, en casa, tengas que limpiarte de la pechera las migajas del mendrugo, como hacía el Lazarillo.

¡Con lo bonito que era navegar a Mallorca sola y en cubierta por cien pesetas y no tener fotos de un acontecimiento o de otro porque resulta que estabas ocupada trabajando! 

Ahora, en cambio, trabajamos para poder fotografiarnos descansando. Y descansamos con la misma disciplina con la que antes se fichaba en la fábrica. El ocio se ha convertido en una obligación tan severa como el trabajo, sólo que con sombrero de paja.

Los aeropuertos parecen estaciones de engorde emocional. Miles de personas arrastran maletas de ruedas con la expresión solemne de quien va a descubrir el secreto de la existencia cuando, en realidad, se dirige a una cola idéntica a la que dejó atrás dos horas antes. La humanidad avanza por pasillos interminables como un ejército de hormigas convencidas de que son exploradoras individuales.

Llegan después a Venecia, a Dubrovnik, a Santorini o a cualquier otro lugar previamente certificado por internet como «imprescindible». Allí encuentran exactamente lo que esperaban: otros cincuenta mil individuos que también deseaban vivir una experiencia única.

La paradoja tiene algo de comedia griega. Nunca hubo tantas personas empeñadas en diferenciarse haciendo exactamente lo mismo.

Se diría que hemos sustituido las antiguas peregrinaciones religiosas por una nueva ruta de los milagros digitales. Ya no se busca la salvación del alma. Se busca el encuadre correcto. La reliquia es una fotografía en la que apenas se distingue el monumento detrás de nuestra propia cara.

Mientras tanto, las ciudades se van vaciando de habitantes y llenando de visitantes. Las tiendas de ultramarinos desaparecen para convertirse en establecimientos especializados en vender cucharas de madera fabricadas en algún polígono industrial situado a tres continentes de distancia. Los vecinos emigran. Los souvenirs prosperan. El turismo de masas posee esa extraordinaria capacidad de amar tanto un lugar que termina expulsando de él a quienes lo habitan.

Y luego está el otro fenómeno, el individualismo prosaico, que constituye la banda sonora perfecta para esta época. Porque nunca habíamos hablado tanto de nosotros mismos ni habíamos tenido tan poco que contarnos.

Las redes sociales funcionan como inmensos balcones desde los que millones de personas gritan simultáneamente: «¡Miradme!». El resultado es un ruido ensordecedor en el que ya nadie escucha a nadie. Cada ciudadano administra su pequeña oficina de relaciones públicas. Cada desayuno merece una campaña de comunicación. Cada paseo requiere pruebas documentales. Cada opinión aspira a convertirse en tendencia.

Lo verdaderamente fascinante es que esta exhibición permanente se realiza con materiales sorprendentemente modestos. No se trata de conquistar imperios ni de escribir novelas inmortales. Basta con mostrar una tostada con aguacate, una puesta de sol razonablemente correcta o una fotografía de los propios pies junto al mar. El narcisismo contemporáneo no necesita grandeza. Le basta con cobertura.

Quizás por eso los cruceros y las alfombras rojas se parecen tanto. En ambos casos encontramos una multitud empeñada en destacar. Miles de personas consumiendo la misma diversión mientras proclaman su irrepetible singularidad. Es el gran espectáculo de nuestro tiempo: la fabricación industrial de individuos exclusivos.

Y así navegamos.

Los barcos son cada vez más grandes, los teléfonos cada vez más inteligentes y las conversaciones cada vez más pequeñas.

Vamos acumulando experiencias como quien colecciona sellos de una república que ya no existe. Corremos de una atracción a otra, de una noticia a otra, de una indignación a otra, con la esperanza de que alguna de ellas nos proporcione una identidad reconocible.

Pero a veces sospecho que Maruja tenía razón.

Tal vez el verdadero lujo contemporáneo no consista en embarcarse en un crucero de veinte cubiertas ni en desfilar por ninguna alfombra roja.

Quizás el lujo sea algo mucho más escandaloso. Sentarse en un banco cualquiera, sin fotografiarlo. Mirar el mar sin anunciarlo. Y desaparecer durante unas horas del radar universal de la importancia propia.

Algo tan extravagante, tan radical y tan sospechoso que, de hacerse público, seguramente acabaría convirtiéndose en tendencia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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