Hubo un tiempo en que la gente discutía sobre filosofía en los cafés. Después discutía sobre política. Más tarde empezó a discutir sobre fútbol. Hoy hemos alcanzado un estadio superior de la civilización: discutimos sobre si estamos «fluyendo» lo suficiente.
No se engañen. Esto también pasará. Llegará otra palabra milagrosa, igual de luminosa, igual de hueca y, por supuesto, igual de rentable. Pero, mientras tanto, el verbo oficial de nuestra época es “soltar”.
“Tienes que soltar”. Lo dicen los libros que prometen cambiarte la vida en ciento veinte páginas y un currículum prometedor. Lo dicen los gurús con dentaduras impecables, los vídeos de quince segundos, los carteles con tipografía elegante sobre un fondo de playa al atardecer y esa legión de personas que parecen haber alcanzado la paz interior justo antes de subir un enlace para que compres su curso.
Nunca la serenidad había tenido un departamento de marketing tan eficiente.
Lo extraordinario no es que exista la industria de la autoayuda. Siempre han existido vendedores de bálsamos para el alma. Lo verdaderamente novedoso es que haya conseguido convencernos de que cualquier emoción incómoda constituye un fallo del sistema.
Estás triste. Mal.
Estás enfadado. Peor.
Tienes dudas. Fatal.
Te preocupa el futuro. ¡Urgente! necesitas desintoxicarte emocionalmente.
Es curioso. Durante miles de años la humanidad sobrevivió gracias a preocuparse. Nuestros antepasados desconfiaban del ruido entre los arbustos, observaban el cielo cuando cambiaba el viento y pensaban dos veces antes de cruzar un río. Los individuos excesivamente relajados probablemente no dejaron descendencia.
La evolución, que suele tener bastante menos romanticismo que Instagram, premió a quienes prestaban atención.
Hoy, en cambio, prestar atención parece una enfermedad.
Si reflexionas mucho, eres un sobrepensador. Si recuerdas demasiado, vives anclado en el pasado. Si preguntas, vibras bajo. Si discrepas, necesitas sanar.
La conclusión es magnífica. El pensamiento crítico ha sido rebautizado como un problema emocional.
Hay algo profundamente cómodo en esa idea. Si el malestar nace únicamente dentro de uno mismo, ya no hace falta mirar hacia fuera.
Porque la expresión sirve para todo. Es el detergente universal de las emociones. Una especie de lejía espiritual que promete dejar la conciencia más blanca que una camisa recién planchada.
¿Te angustia que un joven no pueda pagar una vivienda? No te preocupes por el mercado inmobiliario. Suelta.
¿Te inquieta el deterioro de la educación? Respira profundamente. Suelta.
¿Que el mundo parece dirigido por un comité de pirómanos con acceso a Internet? Suelta.
¿Te horroriza que las redes sociales conviertan el insulto en entretenimiento? Observa tus pensamientos sin juzgarlos… y suelta.
Sospecho que, si se incendiara otra vez la biblioteca de Alejandría, aparecería alguien para explicar que el verdadero problema no son las llamas, sino nuestro apego a los libros.
Es un mecanismo prodigioso. Convierte cualquier conflicto colectivo en una responsabilidad exclusivamente individual. El incendio ya no está en el bosque. El incendio está en tu manera de observar las llamas.
A veces me pregunto si quienes predican esa ligereza han intentado alguna vez montar un mueble sin leer las instrucciones. Porque la vida suele parecerse bastante más a un armario sueco que a una frase de calendario. Si uno no piensa un poco antes de colocar los tornillos, acaba con tres baldas torcidas y una puerta que sólo se abre durante los eclipses.
Las palabras hacen cosas. Y algunas palabras, cuando se ponen de moda, dejan de explicar el mundo para empezar a ocultarlo.
No digo que uno deba vivir abrazado a la amargura como si fuera un oso de peluche. Hay personas que alimentan sus resentimientos con un cariño casi maternal. Tampoco propongo convertir la preocupación en una religión.
Lo que me irrita es la simplificación. Porque pensar no equivale a obsesionarse. Recordar no significa vivir encarcelado. Dudar no es fracasar.
Hay preguntas que exigen semanas. O meses. A veces años. Las decisiones importantes rara vez llegan envueltas en una iluminación instantánea. Suelen aparecer después de muuuuchas caminatas, muuuuchas conversaciones y muuuuchas noches de insomnio en las que el cerebro trabaja mientras el resto del cuerpo protesta.
No es un defecto. Es el precio de tomarse la vida en serio.
Me temo que hemos confundido la paz con la anestesia.
Queremos emociones suaves, relaciones suaves, ideas suaves, noticias suaves. Todo acolchado. Todo sin aristas. Todo listo para consumir sin que nada altere demasiado el pulso.
Pero la conciencia tiene esquinas. ¡Y menos mal!
Porque las esquinas son las que nos impiden rodar cuesta abajo como una pelota.
Pensar, reflexionar, no es el enemigo. Confundir pensar con rumiar eternamente, sí. Hay una diferencia enorme entre quedarse atrapado dentro del laberinto y dibujar un plano para salir de él. Lo primero desgasta. Lo segundo salva.
Pienso en mis padres, mis abuelos que sobrevivieron a guerras, dictaduras, exilios y pérdidas irreparables. Nunca les oí decir que habían salido adelante porque aprendieron a soltar.
Salieron adelante porque aprendieron a recordar sin dejar de vivir.
Porque encontraron un sentido. Porque transformaron el dolor en experiencia. Porque aceptaron que ciertas ausencias nunca desaparecen del todo y que, lejos de ser un obstáculo, terminan convirtiéndose en una brújula.
La memoria no siempre pesa. Muchas veces sostiene.
¿A qué nos lleva esa obsesión por olvidar? Como si la memoria fuera un trastero lleno de cachivaches inútiles.
Los seres humanos somos exactamente aquello que recordamos. Somos la voz de nuestra madre diciéndonos que tengamos cuidado al cruzar la calle. Somos el profesor que creyó en nosotros cuando nadie lo hacía. Somos el error monumental que todavía nos hace sonrojar treinta años después y gracias al cual dejamos de comportarnos como idiotas. Somos el amor que salió mal y nos enseñó a distinguir entre el afecto y la dependencia. Somos incluso las cicatrices que preferiríamos no haber tenido.
Si soltáramos todo eso, ¿qué quedaría? Un envase extraordinariamente ligero… pero vacío.
Vivimos rodeados de expertos en pasar página. Lo curioso es que casi nadie habla de leer bien la página anterior. Tal vez porque exige esfuerzo. Tal vez porque obliga a reconocer errores. Tal vez porque pensar no produce beneficios tan rápidos como vender frases inspiradoras impresas en una taza.
Tengo la sospecha de que el gran negocio contemporáneo consiste en fabricar personas extraordinariamente ligeras. Ciudadanos que no recuerden demasiado, que no cuestionen demasiado, que no protesten demasiado y, sobre todo, que no piensen demasiado. Consumidores felices de emociones prefabricadas, siempre dispuestos a buscar la siguiente técnica para sentirse un poco mejor sin preguntarse por qué se sienten peor.
Y, sin embargo, toda civilización que ha merecido ese nombre nació precisamente de una preocupación.
A alguien le preocupó la justicia. A alguien le preocupó la esclavitud. A alguien le preocupó la ignorancia. A alguien le preocupó que las mujeres no pudieran votar, que los niños trabajaran doce horas diarias o que un libro pudiera prohibirse.
Ninguno de ellos soltó. Insistieron.
¡Qué palabra tan hermosa y tan olvidada: insistir! Insistir hasta comprender. Insistir hasta convencer. Insistir hasta cambiar algo.
Quizás deberíamos rescatar ese verbo del desván de la historia.
Porque no todo lo que pesa es una cadena.
Hay pesos que son raíces.
Y un árbol que decidiera soltarlas para sentirse más ligero descubriría, justo antes de caer, que había confundido la libertad con el vacío.