En el pueblo de San Bartolomé de Arriba —que, para ser sinceros, tampoco estaba tan arriba— vivía un hombre llamado Harry, famoso por dos cosas: por su colección de tazas con frases inspiradoras y por su obsesión por “dar amor”.
Harry era de esos que abrazaban mucho. Muchísimo. Pero de verdad muchísimo.
Abrazaba al panadero. Abrazaba al cartero. Abrazaba a los vecinos. Una vez abrazó a una farola porque, según dijo, “la noté triste”.
El problema era que, después de cada abrazo, la gente se iba con una sensación extraña. No sabían explicarlo. Era como si, en lugar de cariño, Harry les hubiera dejado encima una mochila con piedras, dos preocupaciones y media tristeza reciclada.
.- Qué raro —decía la panadera—. Cada vez que me abraza, me entran ganas de llorar… y no sé si por emoción o por agotamiento.
Harry, sin embargo, estaba convencido de que era un gran repartidor de amor. Lo decía mucho.
.- Hay que compartir, hay que dar, hay que entregarse —repetía con solemnidad, mientras miraba al horizonte como si el horizonte le debiera algo.
Pero por las noches, cuando se quedaba solo en casa, la cosa cambiaba. La taza de “Sonríe, el universo conspira” no le hacía ningún efecto. La de “Eres luz” tampoco. Ni siquiera la de “Namasté, pero con café”.
Se sentaba en su sillón, suspiraba como un actor de drama barato y sentía un vacío tan grande que podría haber alquilado una habitación dentro.
Una tarde, harto de no entender por qué su amor causaba más confusión que bienestar, decidió subir a lo alto de la montaña, donde vivía un anciano conocido como Tomás el Silencioso.
Le llamaban así porque hablaba poco… aunque, cuando hablaba, dejaba a la gente pensando tres días y medio.
Harry llegó agitado.
.- Maestro, necesito ayuda.
Tomás lo miró con calma, como quien observa a una nube con prisa.
.- Dime.
.- Yo doy amor a todo el mundo, pero nadie parece sentirse mejor. Algunos incluso me evitan. Ayer vi a la pescadera esconderse detrás de unas sardinas al verme llegar.
Tomás asintió.
.- Comprensible.
.- ¿Comprensible? ¡Pero si yo sólo quiero compartir amor!
El anciano le ofreció un jarrito de té.
Harry bebió y puso cara rara.
.- Está vacío.
.- Exacto —dijo Tomás.
.- ¿Me estás tomando el pelo?
.- No. Te estoy sirviendo lo que tú repartes.
Harry lo miró, ofendido.
.- Eso no tiene sentido.
.- Tiene todo el sentido. Si una taza está vacía, por muy bonita que sea, no quita la sed. Tú vas por la vida ofreciendo lo que deseas tener, no lo que realmente tienes.
Harry frunció el ceño.
.- Pero yo siento que tengo mucho amor para dar.
Tomás levantó una ceja.
.- ¿Y qué haces cuando estás solo?
Harry se quedó callado.
.- Bueno… me siento inquieto.
.- ¿Te gustas en silencio?
.- Depende del silencio.
.- ¿Sabes estar contigo sin sentir que falta alguien?
.- Bueno… no exactamente.
.- ¿Te tratas con ternura?
Harry abrió la boca, pero no salió nada.
Tomás sonrió.
.- Entonces no estás compartiendo amor. Estás compartiendo hambre.
Aquella frase le cayó encima como una sandalia filosófica.
.- ¿Hambre?
—Sí. Hay gente que abraza para amar. Y hay gente que abraza para que la rellenen. Desde fuera se parece mucho. Desde dentro, no.
Harry bajó la vista.
Por primera vez, no tenía ninguna frase motivacional a mano.
Tomás se levantó y señaló un ciruelo junto a la casa.
.- Míralo. ¿Ves cómo da fruto?
.- Sí.
.- ¿Le has oído pedir aplausos?
.- No.
.- ¿Le has visto perseguir a alguien por el camino diciendo “¡acepta mi ciruela, necesito que la quieras!”?
Harry soltó una carcajada.
.- No.
.- Da fruto porque está lleno. Nada más. El árbol no mendiga. Rebosa.
Harry se quedó pensando.
.- Entonces… ¿para amar de verdad primero hay que… llenarse?
.- No de ego, no de importancia, no de frases de taza —aclaró Tomás, mirando de reojo la mochila de Harry—. Llenarse de presencia. De paz. De esa rara habilidad de estar a gusto en la propia compañía.
.- Eso suena difícil.
.- Más difícil es ir por la vida regalando ansiedad envuelta en papel de corazones.
Harry no pudo evitar reírse.
Y quizás fue esa risa, precisamente esa, la primera sincera en mucho tiempo.
Durante las semanas siguientes dejó de abrazar farolas. Eso ya fue un avance notable.
Empezó a pasar tiempo solo, no como castigo, sino como quien aprende a conocer a un desconocido simpático.
Al principio fue incómodo. Se sentaba en su habitación y se sentía ridículo intentando “estar en paz”. A los tres minutos miraba el reloj. A los cinco, ordenaba un cajón. A los siete, había desarrollado un vínculo emocional con una mota de polvo.
Pero insistió. Respiraba. Se observaba.
A veces se hablaba con amabilidad. A veces se pillaba siendo cruel consigo mismo y corregía el tono.
Aprendió a tomar café sin móvil. A caminar sin huir de sus pensamientos. A no buscar a alguien cada vez que se sentía vacío, sino a preguntarse con honestidad: “¿Qué parte de mí estoy abandonando ahora mismo?”
Poco a poco, algo cambió.
No fue un milagro de campanillas ni una iluminación con efectos especiales. Fue más bien como cuando amanece y no sabes en qué minuto exacto dejó de ser noche.
Empezó a sentirse más ligero. Más cálido. Menos necesitado. Más verdadero.
Un día volvió al pueblo. La panadera lo vio entrar y, por costumbre, se preparó para el abrazo de compromiso emocional.
Pero Harry solo sonrió.
.- Buenos días, Teresa.
.- ¿No… no me vas a abrazar?
.- Sólo si te apetece.
Teresa lo miró sorprendida.
.- Pues… ahora sí.
Y lo abrazó ella.
Y esta vez no sintió peso. No sintió tristeza. Sintió algo raro, sí, pero raro de lo bueno. Como si alguien hubiera abierto una ventana.
A partir de entonces, Harry siguió siendo cariñoso, pero ya no repartía amor como quien lanza folletos en una plaza. No daba para que lo quisieran. No ofrecía para que lo completaran.
Simplemente estaba bien.
Y cuando uno está bien de verdad, sin ruido, sin teatro, sin necesidad de ser el santo oficial del barrio… algo se derrama: una presencia, una calma, una alegría pequeña, pero contagiosa.
La gente empezó a buscarlo, no porque dijera cosas profundas —aunque a veces las decía—, sino porque a su lado uno respiraba mejor.
Una tarde, un muchacho del pueblo le preguntó:
.- Harry, ¿cómo se aprende a compartir amor?
Harry sonrió y respondió:
.- Primero deja de repartir lo que no tienes. Es muy mala idea. Es como invitar a cenar y servir platos vacíos con perejil.
El muchacho se rió.
Entonces Harry añadió, mirando el cielo como lo miran quienes ya no le reclaman nada:
.- Aprende a sentarte contigo sin sentirte en castigo. Cuida tu corazón como quien enciende una lámpara. Cuando haya luz dentro, no tendrás que convencer a nadie de que la compartes. Se notará sola.
Y por una vez, nadie sintió que aquello sonaba a sermón.
Porque la verdad, cuando nace de un corazón lleno, no pesa. Abriga.
A veces creemos que amar es entregarse a los demás, cuando en realidad muchas veces sólo estamos repartiendo nuestras carencias con buena intención. El amor verdadero no se mendiga ni se improvisa: se cultiva dentro, en silencio, hasta que un día deja de ser esfuerzo y se vuelve perfume.
Y quizás eso era lo que el propio Buda intentaba recordarnos sin necesidad de levantar la voz: “Para los pobres es difícil practicar la caridad.”
Sólo se puede compartir lo que se tiene y eso es algo que olvidamos muy a menudo. Veo a mucha gente tratando de compartir su amor y, sin embargo, no tienen ningún amor. Su compartir provoca desdicha en los demás y en ellos mismos. Porque sólo puedes compartir aquello que tienes. Puedes pensar que compartes tu amor, pero de hecho lo único que compartes es desdicha. Porque eso es lo que tienes.
Nadie puede ofrecer verdadera compasión, ternura o amor si antes no ha hecho las paces consigo mismo. Porque el corazón vacío no comparte, reclama; el corazón herido no abraza, se aferra; y sólo aquel que ha aprendido a sentarse en silencio con su propia alma, sin miedo y sin huida, puede convertirse en refugio para otros. Al final, como enseñaba Buda, la riqueza más valiosa no es la que se guarda en las manos, sino la que florece dentro y, por ser abundante, se derrama sola.