La Biblioteca de la Abadía de St Gallen guarda el alma de Europa. Está en el corazón de St Gallen, en el este de Suiza, rodeada por iglesias, claustros, calles empedradas y edificios que parecen haber decidido no enterarse de que el siglo XXI lleva ya bastante tiempo llamando a la puerta.
Desde fuera, la abadía impone con sus torres, sus patios y sus fachadas barrocas. Pero es al cruzar una determinada puerta cuando sucede algo extraño: la ciudad desaparece.

Sobre el acceso a la biblioteca puede leerse una inscripción griega: “Psyches Iatreion”, que significa “Lugar de sanación del alma”.
No es una mala manera de recibir a quien viene a buscar libros. Y tampoco es una mala descripción de lo que ocurre allí.
La primera sorpresa es que la biblioteca no se parece demasiado a la idea que solemos tener de una biblioteca. No hay silencio gris, mesas de fórmica ni fluorescentes. Aquí el conocimiento está vestido de fiesta.
La sala barroca, construida en el siglo XVIII, despliega maderas talladas, balcones, estanterías ornamentadas y un techo cubierto de una bella pintura. Hay globos terrestres y celestiales, objetos procedentes de lugares remotos y una colección de curiosidades que parece inventada por un escenógrafo con presupuesto ilimitado: fósiles, conchas, monedas, pequeños zapatos de Indonesia, cuchillos de plata turcos…
Refleja una época en la que la fe, la ciencia y la erudición eran vistas como profundamente entrelazadas.
Es una biblioteca, sí. Pero también es un museo y un teatro.
Sólo que aquí los protagonistas son los libros. Y algunos llevan esperando al público más de mil años.
Para entender por qué esta biblioteca resulta tan extraordinaria hay que retroceder hasta principios del siglo VII. Fue entonces cuando el misionero irlandés Gall llegó a este lugar y fundó una ermita. Con el paso del tiempo, aquella pequeña comunidad religiosa se convertiría en una de las grandes abadías intelectuales de Europa.
Los monjes copiaban libros a mano, estudiaban, enseñaban y conservaban textos.
En una época en la que un manuscrito podía requerir meses o incluso años de trabajo, cada volumen era mucho más que un objeto. Era una pequeña reserva de memoria humana.
La biblioteca que vemos hoy no es aquella primera biblioteca medieval. La sala barroca actual fue construida en 1767. Pero existe algo mucho más valioso que la antigüedad de las paredes: la continuidad.
Durante aproximadamente trece siglos, St Gallen fue acumulando conocimiento.
Y lo hizo sobre prácticamente todo.
En sus estanterías aparecen textos religiosos y vidas de santos, naturalmente, pero también obras sobre derecho, música, medicina, astronomía, gramática, aritmética, retórica y poesía. La imagen del monasterio medieval como un lugar dedicado exclusivamente a rezar se queda aquí bastante pequeña.
Los monjes rezaban, sí. Pero también estudiaban el cielo, el cuerpo humano, las palabras, los números, la música y el mundo que tenían delante.
La biblioteca era, en cierto modo, un ordenador medieval. Sólo que en lugar de chips utilizaba pergamino, tinta y una paciencia monumental.


¿Pero qué podemos encontrar en sus estanterías? Entre los tesoros de St Gallen hay una colección especialmente fascinante: sus manuscritos irlandeses.
Llegaron durante la Alta Edad Media, cuando peregrinos procedentes de Irlanda viajaban hacia Roma y pasaban por St Gallen. Algunos dejaron allí sus libros como ofrendas en la tumba de San Gall.
Y así, casi sin proponérselo, una pequeña ciudad de Suiza terminó convirtiéndose en uno de los lugares de Europa continental que conserva el conjunto más importante de manuscritos irlandeses.
La biblioteca guarda además antiguos manuscritos en “alto alemán” (un grupo de lenguas y dialectos germánicos occidentales que se hablan en el centro y sur de Europa y que sirve como base para el alemán estándar moderno), entre ellos algunos de los testimonios escritos más antiguos que se conservan de esa lengua.
Es fácil imaginar a los copistas inclinados sobre sus mesas, con la luz entrando por una ventana estrecha, mientras afuera nevaba sobre los tejados.
Cada palabra tenía un precio. Cada página era una inversión de tiempo. Cada error podía obligar a comenzar de nuevo.
Y, sin embargo, aquellos hombres siguieron escribiendo.
Gracias a ellos, nosotros podemos leer hoy algunas de las voces que Europa estuvo a punto de perder.
Porque debes saber que esta biblioteca sobrevivió cuando otras desaparecieron.
Sí, hay otra razón por la que St Gallen merece una reverencia. Sobrevivió. Y no era fácil.
Europa pasó por guerras, reformas religiosas, revoluciones y cambios políticos que hicieron desaparecer monasterios enteros y dispersaron bibliotecas por todo el continente. Las colecciones religiosas fueron confiscadas, trasladadas, vendidas o destruidas.
St Gallen estuvo también en peligro. Cuando la abadía fue disuelta entre 1797 y 1805, sus fondos fueron protegidos, trasladados y rescatados por quienes comprendieron que aquellos libros pertenecían a algo mucho mayor que una institución religiosa concreta.
La biblioteca consiguió conservar una parte extraordinariamente importante de su patrimonio.
Hoy reúne alrededor de 160.000 manuscritos y primeras obras impresas, entre ellos más de 2.100 códices medievales. Unos 400 fueron escritos antes del año 1000.
¡Antes del año 1000! Hay algo casi vertiginoso en esa cifra.
Cuando uno abre un libro moderno, tiene entre las manos un objeto. Cuando contempla uno de aquellos códices, tiene delante una supervivencia.


Pero quizás una de las mayores injusticias que podemos cometer al visitar una biblioteca barroca sea mirar solamente los libros, porque el secreto está también en mirar hacia arriba.
Hacia arriba, hacia ese techo pintado, los frescos, las molduras, los detalles dorados, las curvas de la madera y las estanterías que convierten la sala en una obra de arte total.
Todo parece diseñado para recordar al visitante que el conocimiento también puede considerarse una forma de belleza.
Y entonces ocurre algo curioso. Uno entra pensando que va a ver libros antiguos y acaba mirando arquitectura. Después vuelve a los libros. Luego descubre un globo terráqueo. Después una momia egipcia. Y vuelve a mirar el techo.
Es una especie de ataque coordinado contra la capacidad de asombro.
Y entonces aparecen las zapatillas. ¡Sí, zapatillas! Hay un pequeño detalle que probablemente recuerde el visitante más que cualquier fecha. Para entrar en la biblioteca hay que ponerse unas zapatillas de fieltro.
No es una extravagancia de los monjes ni una broma para turistas.
El suelo de madera es tan delicado que los visitantes deben protegerlo. Por eso, junto a la puerta, esperan las zapatillas de peregrino.
Y hay un límite: sólo existen cien pares disponibles.
Es una escena deliciosa: turistas de todo el mundo llegando a uno de los grandes santuarios del conocimiento europeo y transformándose, durante unos minutos, en una peculiar procesión de visitantes deslizándose silenciosamente sobre zapatillas de fieltro.
Quizás sea la manera más apropiada de entrar en un lugar donde cada paso tiene siglos debajo.


Pero no nos quedemos exclusivamente dentro de estas maravillosas paredes. Después de los libros, nos espera la ciudad. Sería un error disfrutar la biblioteca y marcharse. Porque la abadía no termina en sus puertas.
El casco antiguo de St Gallen creció alrededor del antiguo monasterio y conserva calles estrechas, plazas, fachadas históricas, claustros y rincones que parecen prolongar la experiencia de la biblioteca al aire libre.
Y aquí aparece otra historia deliciosa.
Los monjes y los peregrinos necesitaban comer.
Así nacieron o se popularizaron las llamadas “Erststockbeizen”, antiguas tabernas situadas en los primeros pisos de los edificios. Algunas ocupan espacios con siglos de historia, con vigas de madera, suelos inclinados y esa clase de arquitectura que no necesita ser restaurada para parecer antigua porque, sencillamente, lo es.
Después de pasar la mañana entre manuscritos medievales, puede ser una buena idea hacer algo profundamente humano: sentarse a la mesa.
Hay restaurantes instalados en antiguos edificios gremiales, como el “Zum Goldenen Schäfli”, escondido en lo que fue un salón del gremio de los carniceros. También aparecen en el recorrido lugares como “Wirtschaft zur alten Post”, “Weinstube zum Bäumli” o “Genussmanufaktur Neubad”.
Y entonces la historia cambia de textura. Después del pergamino llega el pan. Después de los códices, el queso. Después de la astronomía medieval, una copa.
Quizás sea precisamente eso lo que hace especial a St Gallen: que el patrimonio no está encerrado en una vitrina. Se puede caminar por él, comer en él, sentarse a tomar algo y escuchar cómo la ciudad continúa viviendo alrededor de aquello que los monjes comenzaron hace trece siglos.




Cada año, alrededor de 190.000 personas visitan la biblioteca. Es una cifra que dice mucho de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de pantallas, archivos digitales, inteligencia artificial y una cantidad de información que habría resultado inconcebible para cualquier monje medieval.
Y, sin embargo, seguimos viajando miles de kilómetros para ver un libro.
Quizás porque un manuscrito antiguo contiene algo que un archivo digital no puede reproducir del todo.
Su materia. Su olor. Las huellas de las manos que lo tocaron. La paciencia de quien escribió cada línea. El tiempo que tardó en existir. La conciencia de que, si una persona no hubiera decidido conservarlo hace cientos de años, nosotros jamás podríamos estar contemplándolo.
Por eso la Biblioteca de St Gallen es mucho más que una magnífica sala barroca.
Es una conversación. Una conversación entre los muertos y los vivos. Entre quienes escribieron cuando el mundo era muy distinto y quienes hoy llegan hasta allí vestidos de turista, con un teléfono en el bolsillo y unas absurdas zapatillas de fieltro en los pies.
Quizás al salir de la biblioteca uno vuelva a la calle y la ciudad parezca ligeramente diferente.
Las campanas vuelven a sonar. Las fachadas recuperan sus colores. La gente pasa con bolsas, bicicletas y prisas. Y uno puede sentarse en una terraza del casco antiguo, pedir algo de comer, probar un queso suizo, levantar una copa y mirar alrededor.
Entonces, solamente entonces, quizás comprenda el verdadero significado de aquella inscripción sobre la puerta: “Psyches Iatreion” (Lugar de sanación del alma). No porque una biblioteca pueda curarnos de todo. Sino porque hay lugares que nos recuerdan, durante un instante, que antes de nosotros hubo otros seres humanos que también tuvieron preguntas, miedo, curiosidad, esperanza y deseos de comprender el mundo.
Y que algunos tuvieron la paciencia de escribir sus respuestas.
Para que, mil años después, pudiéramos venir a leerlas.
Atendiendo a la convocatoria de Adrián y Carlos, en su blog “Las Crónicas del otro mundo”, que llamaron a los internautas a festejar el Día de las Bibliotecas, y como amo las bibliotecas y los libros, me acerco para contaros un interesante viaje.
EL PRÓXIMO SÁBADO 24 DE OCTUBRE, PARA CELEBRAR SU DÍA INTERNACIONAL
¡ABARROTEMOS LA BLOGOSFERA DE BIBLIOTECAS!
