Elizondo, el pueblo de los nobles

La villa más importante del valle navarro de Baztán presenta una sorprendente concentración de grandes viviendas señoriales, reflejos de años de esplendor. El río Bidasoa, ese que luego servirá de frontera entre España y Francia al llegar al Cantábrico, divide este pueblo.

Un par de puentes permiten sortear el curso fluvial, y desde ellos te invito a hacer una pausa, tomar la foto de rigor y contemplar por unos instantes las fachadas de las casas que miran la ribera. 

Pero si uno se queda en el puente mirando el paisaje, te parecerá haber estado ya en este lugar, con esas viviendas de tres plantas y tejados a dos aguas, con balcones de madera y postigos del mismo material, todos rebosantes de flores.

Sobre todo, si en algún momento has leído esto: “Cuando la inspectora Amaia Salazar, de la sección de homicidios de la Policía Foral, recibió el aviso, supo que tendría que volver al pueblo. La aparición de una nueva víctima en los márgenes del río Bidasoa, en un valle del norte de Navarra, es algo ya demasiado inquietante. Más si se añaden las extrañas condiciones encontradas en las escenas de los crímenes. Algo ancestral parecía haberlos marcado. Así que la comisaria vuelve a un paisaje que le es familiar.”

Ese es el arranque de “El guardián invisible”, primera novela de la trilogía del Baztán de Dolores Redondo. Nunca antes una novela tan oscura había servido para poner en el mapa un destino rural tan adorable.

Luego de los libros, llegaron las películas y Elizondo se convirtió en la meca de los viajes recorriendo los escenarios elegidos por la escritora Dolores Redondo.

El precioso Valle de Baztán forrado de prados, rodeado de suaves montañas, con cascadas entre la hojarasca otoñal, junto a la frontera con Francia, y su encantadora villa que guarda palacios que se reflejan en el agua del río, duplicando su belleza en él, ameritan un viaje al disfrute de la naturaleza y los secretos del Pirineo navarro.

Pero empecemos por el principio. Elizondo ha sido durante siglos, lugar de paso y de encuentro. Por aquí pasa la ruta jacobea y la del Carlismo, de forma que el paisaje está impregnado todo él por la historia.

Aunque hay documentación de presencia humana desde tiempos prehistóricos, la estratégica ubicación en los cruces de caminos en el valle, le ha otorgado a Elizondo una posición predominante que en la Edad Media alcanzó su cúspide con el reconocimiento de Carlos III de Navarra a la hidalguía de sus habitantes en 1397. Esto de contar con los privilegios propios de la nobleza, por supuesto, abrió la puerta a períodos de gran prosperidad.

Podemos ver las casas y palacios de porte señorial que levantó la nobleza local, junto a las casonas de los indianos que volvieron con fortuna, de hacer las Américas.

La iglesia parroquial de “Santiago Apóstol” tiene una historia muy ligada al propio río: la antigua iglesia del siglo XVI estaba ubicada originalmente junto al ayuntamiento, en la Plaza de los Fueros.  Pero la trágica riada de junio de 1913 destruyó parte del templo. Por ello, los vecinos decidieron levantar la nueva iglesia en su actual ubicación, más resguardada, en pleno corazón urbano del pueblo. Destaca por su imponente fachada de piedra rojiza, un enorme rosetón central y sus dos majestuosas torres barrocas.

Curiosamente, la torre que alberga el reloj y el campanario fue desmontada sillar a sillar de la antigua iglesia original destruida, mientras que la otra es una réplica exacta construida para crear la simetría del nuevo templo.

Es sorprendente el número de palacetes que se concentran en el barrio de Txokoto, edificios monumentales que van del gótico tardío al renacimiento y barroco. A lo largo de la calle Jaime Urrutia, las viviendas de piedra con balcones de madera, muchos de ellos con escudos blasonados que recuerdan el poder de las familias nobles, se asoman al río.

Entre ellos se encuentran el “Seronraenea” (la “serora” en euskera, designa a la sacristana, la cuidadora de la iglesia) donde estaba ubicada la residencia de la sacristana y el “Ospitalenea”, que era el antiguo hospital y albergue de peregrinos que iban camino a Santiago.

La actual Casa de la Cultura es el “Palacio de Arizkunenea”, construido en 1730 por Miguel de Arizcun y es buen ejemplo, en su parte posterior, de las fachadas que se reflejan en la superficie del Bidasoa como en un espejo.

Recuerda que el sufijo “enea” en euskera, significa “la casa de…” o “la propiedad de…”, así que encontrarás en Euskal Herria muchas casas, caseríos y palacios como el de Arizkunenea que significa que es la propiedad de una persona o una familia de apellido Arizkun.

La Casa Consistorial de Elizondo, que ejerce como el Ayuntamiento del Valle de Baztán, preside la céntrica Plaza de los Fueros, donde se encuentra la piedra en la que se jugaba a la “laxoa”, la modalidad más antigua de la pelota vasca.

Este notable edificio barroco de finales del siglo XVII llama la atención por su imponente fachada realizada en piedra de sillería, la cual combina de manera muy característica el tono rojizo del paramento propio de la zona, con la piedra blanca que enmarca sus vanos y ventanas. El inmueble destaca además por sus tres grandes arcos de medio punto en la planta baja que dan acceso a un porche público, su balcón corrido de hierro y el gran escudo del valle que corona la parte central.

En la calle Braulio Iriarte destaca la “Casa Puriosenea”, sede del Museo Etnográfico de Baztán.

Tiene un hueco en el museo, el escultor guipuzcoano Jorge Oteiza, muy unido a Navarra, que demostró el cariño que sentía hacia Elizondo donando al museo su escultura “Maternidad”, que se expone en el jardín situado frente al edificio.

Más edificios señoriales se pueden encontrar en la calle de Santiago, antiguo Camino Real. Aquí se encuentran los palacetes más modernos, de indianos, que emigraron a América en el siglo XIX y regresaron al Pirineo Occidental navarro, con una bondad económica que les permitió construir bonitos edificios, como la casa Paularena, o de los Americanos y la “Manuelenea”.

En el “molino de Etxaide” aún se ve el proceso tradicional de la molienda y se pueden probar los exquisitos talos (sobre todo, si recubre un trozo de txistorra), la torta de maíz que fue base de la comida de la comarca.

En otoño, los prados dejan de tener el verde brillante y uniforme del verano, para volverse más profundos, melancólicos y mezclados con matices dorados, mientras los bosques estallan en sus amarillos y rojos, los helechos se secan con un tono como de cobre cubiertos de ihintza (escarcha). Y de lejos, las montañas envuelven silencios adormecidos en la fina lainoa (niebla) matutina. Dan ganas de ponerse a caminar sólo por disfrutar el paisaje.

Y si te gustan los animales, cabezas de ganado, sobre todo ovino, pero también caballar, vacuno e incluso porcino, se muestran, se venden y se compran en las Ferias de Otoño de Elizondo.

Si el ver tanta belleza te ha abierto el apetito, acércate a Casa Galarza, una de aquellas casas desaparecidas en las que se comía de miedo, sin darle demasiada importancia a la comida. En el Galarza antes entrabas por el bar, que hoy está cerrado. La fauna de las barras pasó a mejor vida y ya nadie echa la partida, se toma un vino o deja un paquete para que se lo entreguen a la María. El pequeño bar hace ahora las veces de almacén. Se entra por una puerta lateral, pasando ante una terraza con sus plataneros y un largo pasillo que conduce a un comedor espacioso, vestido como las salas de antaño, sin tonterías.

Y luego, una vuelta por la histórica “Pastelería Malkorra”, que funciona desde 1924. Pide un trozo de “Urrakin Egina” (en euskera: hecho con avellanas), una contundente tableta de chocolate con leche y avellanas enteras tostadas. Así el sabor —y no sólo la vista— quedará también complacido.

Vayas cuando vayas, Elizondo no te defraudará. Pero si te apetece vivirlo en un momento especial, ahora que no nos oye nadie, te cuento que el 19 de julio es un día característico porque ese día se celebra la “Fiesta del Valle de Baztán”, donde los residentes de los pueblos vecinos —como Amaiur, Erratzu (cercano a la hermosa cascada de Xorroxin), Irurita o Arizkun— bajan hasta Elizondo, desfilan en carrozas y realizan bailes tradicionales como la mutildantza, donde al son del txistu el número de dantzaris crece y crece conforme avanza la melodía.

¡A disfrutar!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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