12 de agosto de 2026. Saturados por tanta información sobre el eclipse total de sol y por la avalancha de precauciones que nos meten el miedo en el cuerpo desde todos los medios de información posibles: por la multitud de personas que han llegado a España, en especial a la franja de territorio donde se verá el eclipse total (en la cual nos encontramos), por las gafas no homologadas, por las multas por detenerse en las autovías, rutas y caminos rurales, por los peligros de incendios debidos a fuegos, cortocircuitos o descuidos, por detener el coche sobre vegetación seca, por no proteger además la vista de los animales, por no proteger adecuadamente la lente de la cámara fotográfica o teléfono móvil, etc, etc. etc., decidimos con mi hermano ir al caserío de Gulina (Navarra) y ver lo que se pueda ver.
Sabiamente hemos descartado las propagandas de espacios adecuados para ver el eclipse, donde por “módicos precios” te dejan aparcar tu coche y te dan un par de gafas por persona. Una multitud no me importa en un concierto o festival, pero para esto no creo que sea lo que más nos gustaría.
Hay algo en los fenómenos mediáticos masivos que no me acaba de enganchar. No sé si es el hecho de ser consciente de que van a ocurrir ciertas cosas o que cuando la gente está en el punto de máxima expectación yo ya estoy saturada de información. El eclipse fue un nuevo ejemplo. La preparación previa que conlleva algo así en un medio como National Geographic es tremenda. De repente conceptos como cromosfera o perlas de Baily pasan a ser tan cotidianos como el desayuno de la mañana o el saludo amable a los vendedores de la frutería “Jesusa” del mercado.




Lo que detesto y es un tema que me escama muchísimo, es toda la vorágine de bulos y fake news que suelen acompañar a estos acontecimientos. Son especialmente graves aquellos que, como en este caso, cuestionan recomendaciones médicas que ponen en peligro la salud de todas las personas que quisieron disfrutar del eclipse. Entiendo que alguien, por sus creencias, piense que un eclipse es un momento en el que las energías cambien. En cierta manera, es un evento sobrecogedor.
Pero no entiendo, y nunca entenderé a quien, sin tener ni una mínima idea de nada, explica por ejemplo a todos sus seguidores que las gafas de eclipse son una estafa o un mecanismo de control del gobierno. A veces no es ni ignorancia, puesto que muchas de estas cuentas tienen claro qué decir y cómo activar el compromiso de sus seguidores y detractores para que estos contenidos viralicen.
Mientras tanto, si no hay ningún organismo regulatorio dispuesto a hacer nada, la libertad de expresión debe amparar también la desinformación que pone en riesgo la salud de las personas.
El eclipse ha sido un momento para la divulgación científica. No sólo en las redes sociales, también hay que destacar todas esas instituciones y divulgadores que nos ayudaron a entender toda esta carambola astronómica desde el punto de vista científico, histórico o incluso social.
Aunque cada año se producen varios eclipses solares en el mundo, no todos son visibles desde España. Esta será la primera vez en más de un siglo (desde 1912, hace más de 114 años) en que se podrá ver aquí un eclipse solar total.
Y el 2 de agosto de 2027 será cuando España, junto con Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Arabia Saudita, Yemen y Somalia, será uno de los mejores lugares para volver a contemplar un evento así. Los expertos lo consideran un momento histórico para la astrofotografía, ya que la sombra del eclipse cruzará las pirámides de Egipto, con una totalidad de más de seis minutos de duración.
Coincidía con esta reflexión Pablo Álvarez, ingeniero aeronáutico y astronauta de la Agencia Espacial Europea (ESA). Considera que el eclipse nos ayuda a «entender un poco cuál es nuestro sitio en el universo. Contemplar esta conjunción tan extraña de los dos cuerpos celestes más grandes que vemos en nuestros cielos, y de repente sentir cómo la temperatura baja, cómo se hace de noche y se vuelve a hacer de día en segundos, y cómo eso afecta también a todo nuestro entorno, creo que es un momento único para adquirir perspectivas sobre cuál es nuestro lugar en este ecosistema, que es el sistema solar.
Será especialmente particular para quien lo observe desde un punto donde se vea en su totalidad. La diferencia entre un 99,9% y un 100% es como el día y la noche», compara Álvarez. «Un eclipse parcial sí que sucede con relativa frecuencia, pero siempre te cuentan que la experiencia es completamente distinta. El sol es tan potente que sigue habiendo una cantidad relevante de luz. Por esta razón la totalidad es un fenómeno natural que genera tanto asombro entre quienes lo viven. Es un evento muy raro», destaca emocionado.
Pero volvamos a nuestra experiencia. El decimosexto eclipse solar total del siglo XXI atraviesa Europa este miércoles 12 de agosto, desde Islandia hasta España.
Es un eclipse parcial sobre la mitad del norte de Europa. En España, es total en una franja que incluye una zona de Euskal Herria, donde nos encontramos, y en menor o mayor grado parcial en el resto del territorio.
Miles de personas de todo el mundo se desplazaron hasta la península ibérica para observar este fenómeno celeste.
Previendo miles de desplazamientos desde temprano, tomamos la autopista A15 y media hora más tarde comentamos que la circulación es similar a un día normal, sin más tráfico ni colas en gasolineras.
Por el momento todo va bien. Llegados a la finca, después de comer, unos baños en la piscina porque el calor aprieta y hacer algunos arreglos, preparamos nuestro dispositivo especial eclipse, o sea las gafas homologadas para el evento astronómico y la botella y las copas para festejarlo.
La hora se acerca. Sabemos que a las 19:30 comenzará el espectáculo. Gafas puestas, ojos en el cielo con el horizonte del oeste despejado.



Una pequeña sombra oscurece el borde izquierdo del sol.
Seguimos el avance de la sombra mientras la perra, acostada a nuestro lado, no da señales de inquietud.
Una tarde de verano cualquiera. El Sol sigue allí, todavía alto pero ya descendiendo hacia el oeste. Durante bastante tiempo parecía que simplemente estábamos contemplando un curioso mordisco en el Sol.
Pero poco a poco la tarde empieza a cambiar de naturaleza.
Fue ese el momento en que decidimos desplazarnos. El bosque que tenemos enfrente iba a empezar a ocultar el espectáculo.
En territorio navarro, en 2 minutos ascendimos hasta uno de los mejores miradores que podíamos encontrar: una campa perdida en lo alto de un sendero que lleva a un galpón abandonado y a un caserío que se vende desde hace tiempo sin que nadie se entere, para presenciar la continuación del eclipse. Entre cumbres escarpadas, mares de nubes y la tranquilidad del monte, el fenómeno astronómico adquiere una dimensión casi irreal.
La luna sigue su trayecto de interponerse entre la tierra y el sol, transformando la tarde en un crepúsculo inesperado. Desde las alturas, en lugar de captar las imágenes como tenía previsto con la cámara, decido disfrutar la emoción de contemplarlo aprovechando un escenario excepcional.
La luz pierde intensidad de una manera difícil de explicar si no se ha vivido.
No es exactamente que anochezca.
Es otra cosa: el día comienza a comportarse como si hubiera olvidado cómo debía ser un día.
Las sombras se vuelven extrañas, el paisaje pierde parte de sus colores y el aire adquiere esa cualidad de las horas que preceden a una tormenta, aunque el cielo esté sereno.
Y entonces llega el momento que estábamos esperando.
Son las 20:28.
Un minuto.
Parece poquísimo.
Y, sin embargo, durante aquel minuto el tiempo parece detenerse.
La última porción luminosa del sol desaparece y la tarde se convierte de pronto en noche. Allí está la luna, completamente negra, recortada contra el sol.
Ha caído la noche antes de que el astro rey se pusiera en el horizonte.
Y se produce algo mucho más poderoso que cualquier espectáculo organizado: el silencio.
Los pájaros dejan de cantar, callan los caballos sus relinchos, las gallinas se van a su gallinero y las vacas al establo, El silencio es total e imponente.
Para mí, ese es el instante más hermoso del eclipse.
Durante unos instantes, nadie necesita explicar nada.
Ni teléfonos, ni redes sociales, ni fotografías, ni discursos.
En una época en la que estamos acostumbrados a registrar inmediatamente todo lo que nos ocurre, hay algo casi primitivo en aquella experiencia: mirar. Mirar al cielo y comprender, aunque sólo sea durante unos segundos, que seguimos viviendo bajo una maquinaria cósmica gigantesca que funciona con una precisión que no necesita de nosotros.
Después llega la recuperación. Todo vuelve a la normalidad.
Y mientras la luz regresa lentamente, sigo mirando extasiada un fenómeno que muchos sólo veremos una vez en la vida.
Primero reaparece un filo de luz. Después el sol comienza a recuperar su forma. La oscuridad retrocede con una rapidez casi desconcertante y Navarra vuelve a ser Navarra: los campos con las balas cilíndricas de trigo diseminadas como bobinas de hilo gigantes, las sendas, los animales y sus sonidos, los pequeños pueblos, los montes, los caseríos iluminados por la tarde.



Pero algo ha cambiado.
Quizás porque acabamos de asistir a una pequeña demostración de nuestra propia insignificancia.
El eclipse del 12 de agosto no implicó solamente que la luna tapara el sol. Fue comprobar que el cielo todavía puede conseguir algo que parecía reservado a otras épocas: reunir a miles de personas alrededor de un mismo acontecimiento y conseguir que, durante un minuto, todos miren en la misma dirección.
Uno de los acontecimientos astronómicos más relevantes del siglo para España y para la comunidad científica internacional.
Y ahora ya forma parte de nuestra memoria.
Dentro de unos años, quizás alguien pregunte: ¿Te acuerdas del eclipse de 2026?
Y entonces probablemente no recordaremos la hora exacta, ni cuánto duró, ni siquiera dónde estábamos exactamente.
Recordaremos cómo cambió la luz.
Recordaremos aquella sensación de que la tarde se había quedado sin instrucciones.
Recordaremos que, por un instante, Navarra tuvo otra noche dentro de su día.
Recordaremos el imponente e impresionante silencio que nos conmovió.
Y quizás recordemos también algo todavía más sencillo: que levantamos la cabeza.
Porque eso fue, en el fondo, lo extraordinario del 12 de agosto de 2026. La luna consiguió apagar el sol durante un minuto y, al mismo tiempo, encender la mirada de cientos de miles de personas.
Y es que hace mucho que no se veía nada igual.
Tomo conciencia del increíble instante de capturar lo irrepetible.
¡Fue increíble! Para mí, como para mucha gente, ha sido el primer eclipse solar total que he visto en mi vida y sé que no lo olvidaré nunca.
Pocos instantes, pocas imágenes, por muy artísticas que sean, hacen justicia a este fenómeno.