El esperanto sigue vivo

El esperanto, según me contaba mi abuelo, nació en un escritorio. No lo heredó nadie de sus padres. No lo habló ninguna abuela antes de dormir. No apareció en una aldea perdida entre montañas. Lo inventó un joven médico que estaba convencido de que, si las personas podían entenderse entre ellas, quizás también podrían llevarse un poco mejor.

Y lo más curioso de esta historia es que, casi siglo y medio después, el idioma sigue vivo.

No se convirtió en la lengua universal que su creador había imaginado. Pero tampoco desapareció. Y eso, para una lengua que empezó siendo un proyecto escrito en un pequeño libro, es bastante extraordinario.

Ludwik Lejzer Zamenhof nació en 1859 en Białystok, que antes era polaca, luego prusiana, después rusa y hoy vuelve a formar parte del territorio de Polonia. Era una ciudad donde convivían comunidades que hablaban distintas lenguas y pertenecían a diferentes grupos religiosos y culturales.

Ludwik vivía entre demasiadas lenguas. Durante años, un judío que se había formado como médico en Moscú, observó cómo las diferencias lingüísticas podían levantar barreras entre las personas. No eran solamente problemas de diccionario. Cuando no podemos comunicarnos, es más fácil desconfiar del otro, encerrarnos en nuestro grupo y pensar que quien habla de otra manera también piensa de otra manera.

Así que él empezó muy joven a imaginar una lengua que pudiera aprender cualquier persona y que no perteneciera a ningún país. No quería substituir las lenguas existentes. Quería crear una segunda lengua común, una especie de puente.

El vocabulario del esperanto se basa principalmente en el inglés, el francés, el alemán, el griego, el italiano, el latín, el polaco, el ruso y el yiddish, ya que eran las lenguas con las que Zamenhof estaba más familiarizado. Curiosamente, algunas de las innovaciones que se implementan se parecen mucho a las características de algunas lenguas asiáticas, como el chino.

Y aquí aparece una primera curiosidad: Zamenhof no empezó de cero una sola vez. Fue desarrollando distintas versiones de su proyecto durante años. En su juventud llegó incluso a celebrar con amigos la terminación de una primera versión de su lengua. Pero el proyecto fue evolucionando.

Después estudió medicina. Su padre, que también era profesor de idiomas, no estaba precisamente encantado con aquellas fantasías lingüísticas y, según la tradición biográfica, llegó a destruir los primeros materiales del proyecto mientras Zamenhof estaba fuera. El joven tuvo que reconstruir parte de su trabajo.

No parece una mala manera de aprender una lección: si quieres inventar un idioma, haz copia de seguridad.

Finalmente, el 26 de julio de 1887, Zamenhof publicó en Varsovia un pequeño libro que presentaba su propuesta. Se titulaba, en esencia, “Lengua internacional. Prefacio y libro de texto completo”. La primera edición estaba escrita en ruso e incluía 16 reglas gramaticales y un vocabulario inicial de 917 raíces.

Pero el autor no firmó con su nombre. Lo hizo como “Doktoro Esperanto”, algo parecido a “Doctor Esperanzado” o “Doctor que espera”.

Y ocurrió una de esas pequeñas bromas que la historia parece guardar para sus mejores historias. El seudónimo terminó convirtiéndose en el nombre del idioma.

Así que el “esperanto” se llama esperanto porque su creador firmó como “el que espera”.

No parece mal nombre para una lengua cuyo proyecto consistía precisamente en esperar que los seres humanos pudieran entenderse mejor.

Zamenhof había construido además el idioma con una idea bastante revolucionaria para la época: debía ser relativamente sencillo de aprender y tener una gramática regular. En lugar de llenar el camino de excepciones, intentó que las reglas fueran previsibles.

Por ejemplo, una raíz podía combinarse con diferentes terminaciones para crear palabras relacionadas. El sistema permitía fabricar vocabulario con piezas bastante reconocibles.

Era, en cierto modo, un idioma construido con piezas de Lego.

Y aquello funcionó. La criatura empezó a caminar sola.

Zamenhof publicó su libro esperando que otras personas lo aceptaran. Y las cartas comenzaron a llegar.

Primero unas pocas. Después muchas.

En 1888 ya había cientos de personas estudiando esperanto en distintos lugares de Europa e incluso en Estados Unidos. En 1889 apareció un directorio con más de mil esperantistas y comenzó a publicarse “La Esperantisto”, la primera revista en esperanto.

Lo extraordinario no era solamente que la gente estudiara aquella lengua.

Era que empezaba a utilizarla para hablar con otras personas que tampoco la habían aprendido de sus padres.

Eso cambió completamente el experimento.

Porque una lengua puede existir en un libro. Pero una lengua se convierte realmente en lengua cuando alguien la utiliza para decir:

“Tengo hambre”.

“¿Quieres venir?»”.

“¡Qué bonito es este lugar!”.

“No estoy de acuerdo contigo”.

Y, por supuesto: “¿Dónde está el hotel?.

El esperanto empezó a tener vida propia.

En 1905 ocurrió algo que debió de resultar casi mágico.

En Boulogne-sur-Mer, Francia, se celebró el primer “Congreso Universal de Esperanto”. Asistieron 688 personas de unos veinte países y utilizaron el esperanto para comunicarse.

Imaginemos la escena: un francés hablando con un polaco, un alemán conversando con un español, un ruso hablando con un británico.

Y ninguno tenía que utilizar necesariamente el idioma del otro.

El esperanto pretendía precisamente eso: que nadie tuviera que sentarse en la mesa internacional con la ventaja de hablar la lengua de su propio país mientras los demás tenían que esforzarse por seguirle. Todos hablaban un idioma que no era de nadie y era de todos al mismo tiempo.

Era una idea que hoy puede parecernos normal cuando hablamos de una lengua internacional, pero a comienzos del siglo XX tenía un componente casi utópico.

Zamenhof acudió al congreso y pronunció un discurso. Desde un principio, él había tomado una decisión importante: renunciaba permanentemente a todos los derechos personales sobre su creación y declaraba que el esperanto era «propiedad de la sociedad».

No quería que aquello fuera el idioma de Zamenhof.

Quería que perteneciera a sus hablantes.

Zamenhof en su escritorio, en Varsovia, hacia 1910

Durante un tiempo pareció que el esperanto podía convertirse en una herramienta internacional de enorme importancia.

Incluso la Sociedad de Naciones llegó a estudiar su utilización como lengua auxiliar internacional. La UNESCO reconoció posteriormente el valor cultural del movimiento esperantista mediante resoluciones en 1954 y 1985.

Pero la historia tenía otros planes. Llegaron dos guerras mundiales.

Y aquí aparece una de las ironías más dolorosas de la historia del esperanto: una lengua creada para favorecer el entendimiento entre pueblos tuvo que atravesar un siglo extraordinariamente malo para el entendimiento entre pueblos.

Zamenhof murió en Varsovia en 1917, durante la Primera Guerra Mundial.

Después llegaron los totalitarismos.

El esperanto fue perseguido por los nazis en Alemania y por el régimen estalinista en la Unión Soviética. También sufrió prohibiciones y persecuciones en otros países y regímenes autoritarios, entre ellos la España franquista.

¿Por qué? Porque una lengua que se presenta como internacional, transnacional y vinculada al entendimiento entre pueblos puede resultar bastante incómoda para quienes quieren que las personas piensen ante todo en fronteras, nacionalidades o doctrinas.

El esperanto no era peligroso por sus verbos. Era incómodo por la idea que llevaba implícita.

¿Y entonces murió?

Aquí llega la respuesta que sorprende a mucha gente: No.

El esperanto no se convirtió en la lengua universal que su creador y algunos de sus primeros defensores soñaron. El inglés acabó ocupando buena parte del espacio internacional en la ciencia, la diplomacia, los negocios, la cultura y la comunicación.

Pero el esperanto sobrevivió.

Se sigue aprendiendo, hablando, escribiendo, enseñando y utilizando en distintos países. Hay asociaciones, congresos, publicaciones, literatura original y traducida, comunidades digitales y encuentros internacionales. La propia UNESCO ha señalado recientemente que el esperanto se habla en todos los continentes y en más de 130 países. Además, desde 2017 el Correo de la UNESCO publica contenidos en esperanto.

Y hay algo todavía más interesante. Existen personas que tienen el esperanto como lengua materna.

Son los llamados “denaskuloj”, niños que lo aprendieron desde pequeños porque sus padres o su entorno familiar utilizaban el idioma. No son millones, pero su existencia demuestra algo fascinante: una lengua que nació de la imaginación de un hombre puede convertirse en lengua de cuna y puede acabar formando parte de la vida cotidiana de familias reales.

¿Fracasó entonces? Depende de lo que entendamos por fracaso.

Si el objetivo era conseguir que prácticamente todo el planeta utilizara el esperanto como segunda lengua, la respuesta sería sí.

Pero si el objetivo era demostrar que una lengua construida podía convertirse en una lengua viva, la historia es mucho más interesante.

Porque el esperanto consiguió algo que no estaba garantizado en absoluto: crear una comunidad internacional de hablantes que mantuvo el idioma durante generaciones.

Ha producido poesía, novelas, revistas, canciones, teatro, traducciones y encuentros internacionales. Se ha utilizado para que personas de lugares muy diferentes puedan comunicarse sin que ninguna de sus lenguas nacionales tenga que imponerse sobre las demás. Y quizás ahí radique la verdadera importancia del experimento.

Hay una gran variedad de recursos gratuitos en línea como Duolingo, lernu! (un portal web gratuito y multilingüe dedicado a la enseñanza y difusión del esperanto), el Diccionario completo ilustrado de Esperanto, el Manual completo de gramática del esperanto y el propio Google Translate. También tiene su edición de Wikipedia que, en la actualidad, contiene más entradas que las ediciones danesa, griega y galesa.

Vivimos en un mundo en el que podemos escribir instantáneamente a alguien que se encuentra a diez mil kilómetros. Tenemos traductores automáticos, inteligencia artificial, videollamadas y millones de personas aprendiendo idiomas por internet.

Y, sin embargo, seguimos teniendo un problema que Zamenhof ya había detectado siendo niño.

Hablar no es necesariamente entenderse.

Podemos compartir una lengua y seguir sin comprendernos.

Podemos utilizar palabras perfectamente correctas y decir cosas que hieran.

Podemos traducir un discurso entero y perder su intención, su ironía, su contexto o su emoción.

Por eso el esperanto resulta hoy especialmente curioso. Quizás ya no sea la gran solución lingüística del futuro que algunos imaginaron en 1905. Pero su existencia plantea una pregunta que sigue siendo extraordinariamente actual: ¿Podría existir una lengua internacional que no perteneciera a ninguna potencia, a ningún imperio, a ningún país?

El esperanto intentó responder que sí. Y quizás lo más hermoso de la historia sea que, después de casi 140 años, todavía haya gente contestando en esperanto.

Jes, ĝi vivas.

Sí, está vivo.

¡Ah! si después de leer esto alguien siente curiosidad y busca cómo se dice “esperanza” en esperanto, descubrirá algo apropiadamente circular. Se dice “espero”.

Desde luego, yo creo que Ludwik Lejzer Zamenhof eligió muy bien su seudónimo.

David de Ugarte nos cuenta que el esperanto es una lengua para pensar mejor. Y nos lo dice en esperanto. No te lo pierdas.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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