La crueldad, la deshumanización y la falta de empatía

La primera vez que Maricarmen Abascal apareció en televisión, llevaba un abrigo oscuro, una bolsa de tela y esa expresión de desconcierto que tienen las personas cuando el mundo decide algo sobre ellas, sin molestarse en explicarles por qué.

Tenía 87 años. Había vivido casi toda su vida en la misma casa, entre las paredes que conocían el sonido de sus pasos, el lugar donde dejaba las gafas, la ventana desde la que observaba cambiar las estaciones. Allí habían transcurrido los años de trabajo, las enfermedades, las ausencias, las pequeñas alegrías domésticas. Allí había envejecido sin imaginar que algún día tendría que demostrar que merecía quedarse.

Pero aquella mañana llegaron unos hombres con órdenes, documentos y herramientas. La puerta que tantas veces había abierto para los vecinos se convirtió en una frontera. A un lado quedó la mujer; al otro, el mundo que había decidido que su permanencia tenía fecha de caducidad.

Alguien grabó las imágenes. Una cámara captó el portal, los movimientos de los funcionarios, la figura encogida de Maricarmen. En pocas horas, su desamparo dejó de pertenecerle. Se convirtió en contenido.

La noticia se extendió por las pantallas con esa velocidad que permite a una sociedad conocer el sufrimiento de una persona sin dedicarle siquiera un minuto de atención verdadera.

Al principio hubo indignación. La gente compartía la noticia, preguntaba cómo era posible, recordaba a sus padres y a sus abuelos. Algunos escribían que aquello podía sucederle a cualquiera. Otros pedían explicaciones. Durante unas horas, Maricarmen tuvo un nombre, una edad y una historia.

Después llegaron los matices.

Siempre llegan los matices cuando el dolor ajeno amenaza con obligarnos a tomar partido.

.- Habrá que conocer todos los detalles —dijo un tertuliano, acomodándose los auriculares.

Lo dijo con voz grave, como si estuviera defendiendo la prudencia frente a la precipitación. A su espalda, una pantalla repetía las imágenes de la anciana. Nadie le preguntó qué detalles podían convertir en menos doloroso que una mujer de 87 años perdiera su hogar.

En otra cadena, un periodista habló de procedimientos, responsabilidades y conflictos entre particulares. Su discurso estaba lleno de palabras precisas. No había en él una sola palabra destinada a describir el miedo.

.- No podemos dejarnos llevar por las emociones —concluyó.

Y así, mediante una operación casi imperceptible, la emoción quedó situada en el lugar de la sospecha. La compasión parecía una debilidad intelectual. La indignación, una falta de rigor. La anciana, que había perdido su casa, empezaba a perder también el derecho a despertar ternura.

En las redes sociales, entretanto, se celebraba el descubrimiento de una nueva culpable: la propia Maricarmen.

Alguien aseguró que seguramente habría cometido errores. Otro escribió que nadie debía recibir privilegios por ser mayor. Un tercero afirmó que las leyes eran iguales para todos, aunque no supo explicar qué privilegio había solicitado aquella mujer aparte de conservar un techo.

Las palabras se sucedían con la ligereza de las piedras lanzadas desde un lugar seguro.

No hacía falta conocer a Maricarmen. No hacía falta haberla visto nunca, haber escuchado su voz o haber compartido con ella una taza de café. Bastaba una fotografía, una frase sacada de contexto, una interpretación interesada. Bastaba que alguien ofreciera una versión en la que la anciana dejara de ser una persona vulnerable para convertirse en una adversaria.

La crueldad necesita pocas pruebas cuando encuentra una excusa.

En el Congreso, un diputado mencionó el caso durante una intervención. Habló de responsabilidad, de seguridad jurídica, de la necesidad de cumplir las normas. No levantó la voz. Ni siquiera parecía enfadado.

La política, cuando quiere desprenderse de una tragedia, dispone de un vocabulario extraordinariamente eficaz.

No se habla de una mujer que pierde su casa. Se habla de un procedimiento.

No se habla de la angustia de una anciana. Se habla de un conflicto.

No se habla de personas que podrían acabar en la calle. Se habla de expedientes, competencias y partidas presupuestarias.

Las palabras no son falsas por ser administrativas. Una sociedad necesita normas, procedimientos y responsabilidades. El problema aparece cuando esas palabras se utilizan como una cortina: detrás de ella, los seres humanos desaparecen.

Otro representante político, preguntado por la indignación que había provocado el desahucio, respondió que no se podían hacer excepciones por razones sentimentales. Su argumento obtuvo aplausos de algunos compañeros.

La cámara enfocó las manos que golpeaban los escaños. Eran manos cuidadas, manos que firmaban documentos y estrechaban otras manos. Manos que, aquella tarde, no tendrían que buscar un lugar donde dormir.

Nadie les pidió que renunciaran a las leyes. Nadie les exigió que confundieran la justicia con la emoción. Bastaba con que admitieran una pregunta: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo si somos capaces de aplicar una norma sin preguntarnos por el daño que causa ni por las alternativas que existen?

Pero las preguntas incómodas rara vez producen titulares favorables.

Al día siguiente, un comentarista resumió el asunto con una frase que se difundió mucho más que cualquier explicación jurídica:

.- A mí, Maricarmen me da igual.

No era una amenaza. No contenía un insulto especialmente ingenioso. Ni siquiera necesitaba levantar la voz. Precisamente por eso resultaba terrible.

En cuatro palabras cabía una forma completa de entender el mundo: si el sufrimiento no me afecta directamente, no existe obligación alguna de detenerme ante él. Si no es mi madre, mi vecina o mi problema, puedo apartarlo de mi conciencia. Si no me perjudica, no tengo por qué considerarlo.

La indiferencia se había convertido en una posición defendible. Y quien la expresaba parecía sentirse orgulloso de su franqueza.

En el bar de la otra cuadra, dos hombres discutían sobre el caso mientras esperaban el café.

.- Es que ahora todo es un drama —dijo uno—. Ya no se puede decir nada.

El otro removió el azúcar.

.- La gente se aprovecha de la edad. Te cuentan una historia triste y ya tienes que darles la razón.

No eran monstruos. Eso era lo inquietante.

Uno trabajaba en los autobuses del pueblo y cuidaba de su madre los fines de semana. El otro había pasado varios meses sin encontrar empleo y conocía bien la vergüenza de pedir dinero prestado. Los dos sabían lo que significaba necesitar ayuda. Sin embargo, habían conseguido levantar una muralla entre su experiencia y la de aquella desconocida.

En la mesa contigua, una mujer de unos 60 años escuchaba la conversación. Había acompañado a su padre durante los últimos años de su vida y recordaba el temor con que él preguntaba si algún día tendría que abandonar su casa.

Estuvo a punto de intervenir. No lo hizo. Pensó que discutir con desconocidos era agotador. Pensó que cada cual tenía derecho a su opinión. Pensó que, en el fondo, tampoco conocía todos los detalles. Terminó el café y salió a la calle.

Durante el camino a casa, sin embargo, siguió escuchando aquellas frases. Le molestaba no haber dicho nada, aunque todavía no sabía muy bien qué habría podido decir. Tal vez que una persona puede equivocarse y seguir mereciendo dignidad. Tal vez que el cumplimiento de una norma no convierte automáticamente en justo todo lo que sucede bajo su amparo. Tal vez que la compasión no es un premio que concedemos a quienes consideramos intachables.

Aquella noche abrió el periódico y leyó otras noticias. Un hombre había dormido en un cajero, una familia vivía en una habitación prestada porque les habían desahuciado, una anciana esperaba una plaza residencial.

Pasó las páginas. La mujer no era mala. Estaba cansada, como casi todo el mundo. Pero empezó a comprender que la indiferencia no siempre nace del odio. A veces nace de la fatiga, del miedo a no poder hacer nada, de la costumbre de convivir con demasiadas desgracias. Nos acostumbramos a las imágenes y, para poder seguir con nuestra vida, reducimos el volumen del dolor ajeno.

El peligro comienza cuando, para no sentirnos impotentes, dejamos de sentir.

En internet, la crueldad encontró su escenario favorito. Los insultos contra Maricarmen se mezclaron con chistes, memes y comentarios escritos por personas que probablemente no habrían pronunciado aquellas mismas palabras delante de ella.

Una fotografía de la anciana se convirtió en el soporte de una burla. Un usuario añadió una frase ingeniosa. Otro la compartió. Un tercero recibió decenas de aprobaciones por una ocurrencia todavía más hiriente.

La humillación empezó a funcionar como entretenimiento.

Cada comentario era una pequeña aportación al espectáculo. Nadie parecía responsable del resultado porque todos podían alegar que sólo habían escrito unas palabras, que sólo habían compartido una publicación, que sólo habían expresado una opinión.

La violencia se había fragmentado en gestos tan pequeños que cada cual podía declararse inocente.

Un hombre que insultaba a Maricarmen en la red podía levantarse al día siguiente para ayudar a una vecina con las bolsas de la compra. Una mujer que celebraba su desahucio podía acariciar a su perro y conmoverse ante una película. La humanidad no desaparecía por completo en aquellas personas. Se volvía selectiva.

Era posible sentir ternura por quienes considerábamos nuestros y desprecio por quienes alguien nos había enseñado a considerar indignos.

El truco consistía en cambiar la descripción de la víctima.

Maricarmen ya no era una mujer mayor. Era una aprovechada. Ya no era alguien que había perdido su hogar. Era alguien que debía asumir las consecuencias. Ya no era una persona que podía sufrir. Era un argumento. Y cuando una persona se convierte en argumento, su dolor deja de interrumpir nuestras certezas.

Hubo también quienes salieron a defenderla. Personas que no la conocían, vecinos que se acercaron, ciudadanos que se concentraron para denunciar lo ocurrido. Algunos llevaron flores. Otros escribieron mensajes. Hubo voces que recordaron que la vivienda no es un lujo prescindible, que la vejez no debería convertirse en una condena y que una sociedad se mide, en buena parte, por la manera en que trata a quienes tienen menos fuerzas para defenderse.

No todos estaban de acuerdo en las causas del problema ni en las soluciones. Ni siquiera todos compartían las mismas ideas políticas. Pero comprendían algo elemental: no hacía falta pensar igual para reconocer el sufrimiento de otra persona.

En una concentración, una mujer sostuvo un cartel con una frase sencilla: “Nadie merece ser humillado”. Un joven se detuvo a leerlo. Después miró a los asistentes, algunos de ellos mayores, otros de su misma edad.

Había acudido pensando que las protestas eran cosas de gente que no tenía nada mejor que hacer. Allí descubrió que aquellas personas estaban haciendo algo que él había dejado de considerar importante: dedicar tiempo a un dolor que no era suyo.

Se quedó un rato. Escuchó los testimonios. Vio a un hombre llorar mientras recordaba a su madre. Una muchacha repartió botellas de agua. Un jubilado discutió con otro manifestante sobre la eficacia de las medidas que reclamaban. No había una multitud perfecta ni una unanimidad de cartón. Había seres humanos intentando responder a una injusticia con los recursos que tenían.

El joven regresó a casa sin haber resuelto el problema de la vivienda. Tampoco sabía qué decisiones políticas habrían podido evitar aquella situación. Pero había comprendido que la impotencia no obligaba a la indiferencia. Que no siempre podemos reparar el daño, aunque sí podemos negarnos a aumentarlo.

Aquella noche borró un comentario cruel que había escrito días antes sobre una noticia distinta. No lo hizo porque temiera las críticas. Lo hizo porque, por primera vez, se preguntó quién tendría que leerlo.

Maricarmen murió.

Su muerte añadió silencio a una historia que ya había producido demasiadas palabras. Llegaron las condolencias, las declaraciones, los homenajes y las discusiones sobre quién debía acudir a ellos. En las instituciones se debatió incluso la conveniencia de guardar un minuto de silencio.

Un minuto.

Sesenta segundos durante los cuales nadie estaría obligado a explicar, justificar o defender nada. Sesenta segundos en los que bastaría con permanecer en pie y reconocer que una vida había terminado y que aquella vida importaba.

Pero hasta el silencio se convirtió en disputa política.

Hubo quienes consideraron que el homenaje era una maniobra de tal o cual partido. Otros discutieron quién tenía legitimidad para pronunciar el nombre de Maricarmen. Algunos se apresuraron a señalar las contradicciones de quienes ahora mostraban pesar.

No todas esas críticas carecían de fundamento. La memoria pública también puede utilizarse para obtener réditos, y la indignación puede ser sincera o interesada. Pero, en medio de la disputa, la mujer volvió a desaparecer. Su muerte, una vez más, se transformaba en una bandera que unos agitaban contra otros.

Quedaban, sin embargo, preguntas que ninguna declaración podía responder por nosotros: ¿En qué momento Maricarmen se había convertido en una simple pancarta para usarla a favor o en contra de nuestros intereses? ¿En qué momento habíamos aceptado que la dignidad de una persona dependiera de nuestra simpatía hacia ella?

Maricarmen ya no podía escuchar las disculpas ni las explicaciones. Tampoco podía saber si alguien había aprendido algo de su historia. No había una frase capaz de devolverle los años de tranquilidad que merecía, ni un homenaje que reparase lo que había sufrido.

La muerte no transforma automáticamente una historia en una lección. Las lecciones sólo existen cuando alguien decide aprenderlas.

Días después, en una parada de autobús, a un hombre mayor se le cayó una bolsa. Varias naranjas rodaron por la acera. La gente tuvo que esquivarlas. Una joven se agachó para recogerlas. Un repartidor detuvo la bicicleta. Otra persona apartó una naranja de la calzada antes de que la aplastara un coche.

El hombre dio las gracias varias veces. Tenía las manos temblorosas y el rostro colorado por la vergüenza.

.- No se preocupe —le dijo la joven—. Eso nos puede pasar a cualquiera.

Era una escena insignificante. No aparecería en los informativos ni generaría miles de comentarios. Nadie escribiría una columna sobre aquellas naranjas. No habría un debate en el Congreso ni una tertulia dedicada a la bondad de quienes se habían detenido.

Pero, durante unos segundos, tres desconocidos habían interrumpido su camino para evitar que otro hombre se sintiera solo en una dificultad.

La joven llegó tarde a su destino. El repartidor perdió unos minutos en su entrega. La tercera persona se manchó las manos de polvo. Nada extraordinario.

Y, sin embargo, allí estaba lo que tantas declaraciones solemnes parecían olvidar: la empatía no es una idea abstracta, sino una conducta. Se practica en el instante en que reconocemos al otro como alguien cuya experiencia merece nuestra atención. Se ejercita cuando nos negamos a convertir la vulnerabilidad en motivo de burla o en motivo de bandera partidaria. Se demuestra cuando una norma, una opinión o una consigna no nos impiden ver a la persona que tenemos delante.

La crueldad también se practica. Se aprende a fuerza de repetir que algunos no merecen nuestra consideración. Se perfecciona cuando aplaudimos la humillación porque la víctima pertenece al grupo equivocado. Se consolida cuando llamamos debilidad a la compasión y sensatez a la indiferencia.

Entre una cosa y otra, no siempre hay una gran decisión. A menudo sólo hay un comentario que compartimos, una risa que no cuestionamos, una injusticia ante la que preferimos no complicarnos la vida.

Por eso la historia de Maricarmen no debería terminar con su muerte ni con el último titular que lleve su nombre. Tampoco con la cómoda conclusión de que los crueles son siempre los demás.

Debería continuar en cada conversación en la que alguien se pregunta si vale la pena defender a una persona desconocida. En cada redacción que decide si informa sobre un sufrimiento o lo convierte en espectáculo. En cada despacho donde se redactan normas y se reparten responsabilidades. En cada hogar donde los adultos enseñan a los niños, con sus palabras y sus silencios, quién merece respeto y quién puede ser objeto de desprecio.

Y debería continuar, sobre todo, en nosotros. Porque quizás el verdadero comienzo de una era de crueldad no sea el momento en que alguien pronuncia un insulto, sino aquel en que los demás dejan de encontrarlo intolerable.

Cuando ya no nos sorprende la humillación. Cuando el dolor ajeno nos aburre. Cuando necesitamos conocer todos los detalles de una desgracia para concederle a la víctima un mínimo de compasión, pero no necesitamos conocer ninguno para reírnos de ella.

Cuando una mujer de 87años pierde su casa y la primera pregunta no es: cómo hemos permitido que llegue a esa situación, sino qué habrá hecho para merecerlo.

Entonces ya no estamos hablando solamente de Maricarmen. Estamos hablando de la sociedad que estamos construyendo y del lugar que reservamos en ella a quienes no pueden defenderse.

No podemos devolverle su casa. No podemos deshacer las palabras pronunciadas contra ella ni borrar de las pantallas las burlas que acompañaron su desamparo. Tampoco podemos saber cuántas personas habrían actuado de otra manera si alguien les hubiera recordado a tiempo que detrás de aquella imagen había una vida.

Pero todavía podemos elegir qué hacemos con su historia.

Podemos utilizarla para alimentar el enfrentamiento, para señalar a nuestros adversarios y sentirnos moralmente superiores. O podemos aceptar que la crueldad no pertenece en exclusiva a una ideología, a un partido o a una clase de personas. Puede encontrar refugio en cualquier lugar donde la indiferencia resulte más cómoda que la responsabilidad.

La pregunta final no es si Maricarmen nos caía bien. Ni siquiera si compartíamos sus circunstancias o sus decisiones.

La pregunta es más sencilla y más exigente: ¿qué le debemos a una persona que sufre, aunque no la conozcamos, aunque no pensemos como ella, aunque su desgracia no nos afecte?

Tal vez no podamos salvar a todo el mundo. Pero podemos negarnos a participar en la humillación. Podemos exigir que las instituciones protejan a quienes están en situación de vulnerabilidad. Podemos cuestionar las palabras que convierten a las personas en enemigos. Podemos detenernos cuando la multitud se ríe de alguien que no puede defenderse.

Y podemos recordar que la dignidad no es un premio que concedemos a quienes nos gustan. Es lo que nos queda cuando dejamos de preguntarnos si alguien merece nuestra compasión.

Maricarmen fue una mujer de 87 años que perdió su casa y cuya historia quedó atrapada en una disputa pública. Pero también fue una pregunta dirigida a todos nosotros. Una pregunta que sigue esperando respuesta cada vez que el sufrimiento de otro aparece en nuestra pantalla y tenemos que decidir qué hacer con él.

Porque el día en que una sociedad deja de conmoverse ante la humillación de los débiles, la crueldad ya no necesita esconderse. Le basta con sentarse entre nosotros, pedir un café y decir que todo aquello le da igual.

La pérdida de empatía no se manifiesta únicamente en quienes insultan, sino también en quienes convierten el sufrimiento en un debate abstracto, en espectáculo o en una disputa partidista.

Y la respuesta no consiste sólo en indignarse, sino en preguntarnos qué hacemos nosotros cuando la crueldad se vuelve socialmente aceptable.

Recuerda que la crueldad no empieza necesariamente con un golpe, sino con la decisión de que el sufrimiento de otra persona nos dé igual.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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