Victoriano siempre parecía enfadado con el mundo,con su madre que le había explicado que debía irse a vivir con los tíos porque ellos eran ricos y no tenían hijos.
Con sus hermanos que habían aceptado la decisión como lo más normal. Ellos se quedaban en casa, eran mayores, podían trabajar. Era cierto, siendo nueve hijos, difícil tener un mendrugo para cada uno. Por lo menos, podría alimentarse mejor.
Sobre todo enfadado con el cura. Iba a casa de los tíos los domingos y se comía lo que había para todos. Pero de eso no se podía quejar, la tía se indignaba, le echaba en cara que él era un mantenido. Así que ¡Chitón!
A Victoriano le hubiera gustado ir a la escuela, aprender a leer, escribir su nombre para mostrarle a su hermana pequeña. ¡Eso tampoco se podía!
.- ¡Tú quién te crees que eres! A la escuela van los mozos. Ellos se ganan las clases del maestro, trabajando.
Pero él no servía para nada. Sólo podía llevar las vacas a pastar, ir a buscar agua con el cántaro…
¡Qué vida tan triste! Apenas pudiera, se escaparía de aquella casa, pero no volvería a la suya. Se iría por el monte hasta un lugar donde ir a la escuela y comer sin ser el último.
Cuando Antxon le ofreció un trato, fue uno de los mejores días de su vida. Era grandote, fuerte, pero amable con él, decía que le recordaba a su anaia.
Él le enseñaría a leer, los números y a poner su nombre, por las noches en el ukuilu. A cambio, Victoriano le daría parte de sus patatas. No todas, ¡no era cuestión de quedarse hambriento!
Así empezó a saciar su hambre de conocimiento. Cuando le insinuó la idea al tío, le dijo:
.- Tú no tienes tiempo para esas cosas. Tienes que ocuparte de los animales. No vayas a creer que vas a vivir aquí sin trabajar.
.- ¡Pero a la noche! -protestó él.
.- Hori mutilentzat da, ez ttikientzat (Eso es para los mozos, no para los pequeñajos).
Las clases daban resultado, podía sacar cuentas, evitar que le timaran a la tía cuando la acompañaba a la feria.

Un día, por una vez en la vida, la suerte estuvo de su lado. Estaba en Irurtzun, cerca de la antigua estación de tren, cruzando el puente de piedra para llegar a la Plaza del Mercado donde se hacía la feria de ganado, cuando distinguió un papelito doblado y colorido que resultó ser un billete. Victoriano sólo había visto en la vida, uno de tanto valor.
Con él en el bolsillo, miraba el río y pensaba en cuántos platos de comida podría comprarse. Hasta se compraría un puñado de esos caramelos que una vez había probado y eran ¡Mmmm!
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un casero que preguntaba a todos, si alguien había encontrado un billete que acababan de pagarle por una cabra y había perdido.
Victoriano no se lo pensó mucho. Puso en la balanza la comida y los caramelos y en el otro lado las lágrimas de los chiquillos que solían acompañar al casero.
Los abrazos que le dio el hombre fueron para él más importantes que el guiso y los caramelos que compró con la recompensa.
Lección aprendida: vale más ser honesto, que comer dos platos en lugar de uno. Y las lecciones siguieron porque como ya sabía leer, leía las noticias de los periódicos que encontraba y luego las contaba a sus compañeros. No todos habían recibido las clases de Antxon, ni eran tan listos como el joven en el que se estaba convirtiendo.
Eran épocas convulsas. La guerra empezaba a mostrar sus dientes.
Las lecturas y algunos libros que le habían prestado, planteaban a Victoriano preguntas sobre la libertad, la identidad, la justicia, las desigualdades, los prejuicios, la pertenencia a uno u otro grupo.
En ocasiones, sentía que sus lecturas le obligaban a convertirse en alguien que nunca hubiera imaginado ser. Pero ese ser irreal ya se había forjado.
Partió del caserío con más pena de separarse de sus amigos, que de los de su propia sangre.
Visitó a su familia, compartió charlas con sus hermanos mayores y risas con los pequeños, conoció al último niño que se había unido a la prole, perdonó a su madre que lo acogió con lágrimas amargas.
Todos lo encontraron cambiado. Se fue un niño y volvió un hombre joven y decidido. Les dio pena que volviera a marcharse.
Se unió a las milicias republicanas.
Cuando partió al frente, la fortuna quiso que se encontrara en el mismo batallón con dos de sus hermanos. Victoriano se convirtió en el maestro de varios compañeros. Les enseñaba a leer, los números y a firmar.
A él le tocó formar parte de esa vida que jamás hubiera imaginado.
Yo, cien años después, me pregunto:
¿Hasta qué punto somos libres para elegir nuestro destino cuando la sociedad ya ha decidido quiénes debemos ser?
¿Puede considerarse libre una sociedad en la que las oportunidades están determinadas antes de que sus miembros puedan tomar sus propias decisiones?
¿Qué responsabilidad tenemos de nuestras determinaciones, cuando vivimos bajo un régimen que admite la injusticia y castiga la desobediencia?
El ser humano no actúa en el vacío. Su comportamiento está condicionado por la familia, la clase social, el género, la educación, el peso de las circunstancias, las normas de su entorno, las ideas dominantes.

EL TINTERO DE ORO (OCTUBRE 2026)
Las bases de participación del Concurso Edición 53º son las siguientes:
Tema: Un relato donde el medio o el contexto social en que viven los personajes condicione de algún modo su comportamiento.
Extensión: Máximo 900 palabras.
Género: Completamente libre.
Plazo: Del 1 al 15 de octubre.
Participación: Abierta a todo el mundo.
Si queréis leer el resto de los escritos presentados: