Del castillo de Catay (Xiezhou)
Al salir de Pianfu (Linfen) avanzando dos jornadas hacia poniente se llega al noble castillo de Catay (Xiezhou), construido antaño por un rey de aquel país llamado el Rey de Oro. En su interior hay un hermoso palacio con una gran sala, en la que están pintados los retratos de todos los antiguos reyes de esta provincia. El palacio está bellamente decorado con oro y muchas pinturas y es la obra de todos los reyes que gobernaron esta provincia. Y de este Rey de Oro os contaré una hermosa historia que, según dicen los habitantes de este castillo, ocurrió entre él y el Preste Juan.
Ambos estaban en guerra, pero el castillo está en lugar tan inaccesible que el Preste Juan no podía apoderarse de él, lo que le producía una gran ira. Un día, siete de los criados del Preste Juan le propusieron que, si les daba licencia para hacerlo, le entregarían vivo al Rey de Oro. El Preste Juan les respondió que se sentiría muy complacido si así lo hicieran. Entonces los criados se pusieron en camino, acompañados de escuderos, y acudieron a la corte del Rey de Oro, diciéndole que procedían de lejanas tierras y que habían venido para servirle. Él les dio la bienvenida y les dijo que le alegraba mucho su ofrecimiento.
Empezaron entonces estos malvados a servir al Rey de Oro y eran muy estimados por el rey, debido al buen servicio que le venían prestando. Dos años después de su llegada aún estaban pensando en traicionarle. Un día acompañaban al rey y su pequeño séquito en un paseo. Tras cruzar un río que corre a una milla de su palacio y encontrarse solos con el rey, consideraron que al fin había llegado el momento de realizar su proyecto. Echaron mano a las espadas y lo amenazaron con matarlo si no iba con ellos. El rey, muy asombrado por su comportamiento, les dijo: «¿Por qué me hacéis esto, hijos míos? ¿Adónde queréis llevarme?». «Que lo quieras o no, tendrás que acompañarnos; te llevaremos ante el Preste Juan, nuestro señor».
De cómo el Preste Juan tuvo preso al Rey de Oro
El rey, al oír aquella respuesta, por poco no cayó muerto de dolor, y dijo: «¡Por el amor de Dios, hijos míos, tened piedad de mí! ¿No os he colmado de honores en mi palacio? ¿Por qué queréis ponerme en manos de mi enemigo? Si así lo hacéis, cometeréis una gran villanía y una enorme deslealtad». No obstante, así se comportaron y le condujeron ante el Preste Juan. Cuando éste lo vio, se sintió muy satisfecho y le dispensó la peor acogida. El Rey de Oro guardó silencio mientras el Preste Juan daba órdenes a sus guardias para que se lo llevaran fuera como pastor de ganado, bajo fuerte vigilancia. De esta manera, quiso humillarle y demostrarle la poca consideración que le tenía.
Después de tenerlo cuidando el ganado durante dos años, condujeron al Rey de Oro delante del Preste Juan. Este último le regaló ricos ropajes, lo trató con todos los honores y le dijo: «Así tú comprenderás que tú no eres quién para guerrear conmigo». «Lo sé ahora y ya lo sabía antes», le respondió el Rey de Oro. Entonces dijo Preste Juan: «¡Es todo lo que te pido! A partir de ahora estarás servido y honrado según tu rango». Y le dio muchos caballos, provisiones y una buena escolta y lo envió a su castillo. Desde ese día, el Rey de Oro fue un amigo y servidor leal del Preste Juan.

Este cuento pertenece al “Libro de las maravillas del mundo, Marco Polo – Odorico de Pordenone”, un famoso códice medieval conservado en la Bibliothèque nationale de France que reúne los relatos de viajes por Asia de ambos exploradores.
La parte de Marco Polo (folios 1-96v) contiene “El libro de las maravillas (Il Milione)”, que narra las vivencias y los viajes del mercader veneciano por China (Catay) y otros territorios de Asia oriental, y está ilustrado con 84 miniaturas góticas.
La parte de Odorico de Pordenone (folios 97r-115v) recoge los viajes del fraile franciscano Odorico de Pordenone, quien recorrió Oriente a principios del siglo XIV con un enfoque muy anecdótico sobre las costumbres, la vida cotidiana y los pueblos asiáticos, ilustrado con 17 miniaturas.
El códice fue copiado e ilustrado en París entre 1410 y 1412 para grandes mecenas de la época como Juan sin Miedo, duque de Borgoña y de Berry.
Y su importancia reside en que representa una ventana clave a la visión que la Europa medieval tenía del Extremo Oriente, mezclando la realidad geográfica con mitos, leyendas y observaciones etnológicas.
El cuento de “El rey pastor” que pertenece a Marco Polo nos trae tres enseñanzas morales fundamentales. La astucia del Preste Juan no radica en la captura del soberbio Rey de Oro, sino en el castigo: en lugar de ejecutarlo, lo despoja de sus riquezas y lo obliga a cuidar un rebaño como un humilde pastor durante dos años rodeado de barro. Pasado ese tiempo, lo devuelve a su trono vestido con grandes lujos y honores.
La principal enseñanza es el peligro del orgullo y la arrogancia. Al obligar a un rey increíblemente rico a realizar las tareas más bajas de un pastor, le demuestra que el poder material y la riqueza son efímeros. El castigo buscaba que el rey entendiera su propia vulnerabilidad humana y que «no era nadie» para desafiar un orden superior basándose sólo en su opulencia.
En segundo lugar, una persona sabia debe ser piadosa ejerciendo la magnanimidad. En la mentalidad medieval, el Preste Juan encarnaba el ideal del rey cristiano perfecto. Su decisión de no ejecutar a su enemigo enseña que la verdadera justicia busca corregir, no destruir. Al perdonarlo y restaurar su dignidad tras la lección, el Preste Juan actúa con misericordia, demostrando una superioridad moral y espiritual que va más allá de la fuerza militar
En tercer lugar, la lealtad nace del respeto.
Desde una perspectiva política, el cuento enseña que es mejor transformar a un enemigo en un aliado leal que eliminarlo y dejar un territorio inestable. Al experimentar tanto la humillación absoluta como el perdón generoso, el Rey de Oro comprende la verdadera grandeza de su rival, convirtiéndose en su servidor más fiel por gratitud y convicción, no por miedo.
La imagen que ilustra el texto es una reproducción de las miniaturas del libro y pertenece a la edición de M. Moleiro.