Coleccionan figuras, montan puzzles imposibles, compran sets de construcción para mayores de 18 y se emocionan con sagas que comenzaron en la infancia. Lejos de ser una rareza, los llamados “kidults” se han convertido en uno de los fenómenos culturales y de consumo más reveladores de nuestro tiempo.
Nos llaman kidults. Así, con ese nombre que parece salido de un informe de tendencias, una campaña de marketing o una reunión donde alguien dijo: “Necesitamos una palabra en inglés para que esto parezca nuevo”.
Y, sin embargo, nuevo no es. Porque siempre han existido adultos que conservan aficiones supuestamente infantiles. Lo único que ha cambiado es que ahora el fenómeno tiene etiqueta, estadísticas, estudios de mercado y una respetabilidad sociológica que antes no tenía.
A mí siempre me han encantado los rompecabezas, no cualquiera, sino las reproducciones de cuadros famosos, preferiblemente de impresionistas y de muy buena calidad: precisión en el encaje, colores excelentes, perfecta reproducción del original. Los alemanes Ravensburger siempre fueron los mejores. Los armaba, los hacía enmarcar y ya estaban listos para decorar cualquier pared de mi casa.
Mi marido coleccionaba autos clásicos en miniatura, a escala. Matchbox era su marca preferida, en la caja original, por supuesto. Solía colocarlos en una vitrina cerrada y tenía pinceles especiales para sacarles el polvo y que estuvieran siempre impolutos. Creo que lo que le hubiera gustado era tenerlos a tamaño real, pero se conformaba con los pequeños y se enorgullecía de ellos.
Antes uno montaba un rompecabezas, coleccionaba miniaturas o se pasaba una tarde entera ordenando tebeos y, como mucho, era “un poco raro”. Hoy, en cambio, resulta que forma parte de una tendencia global.
La adultez, al parecer, ya no consiste únicamente en pagar facturas, madrugar sin entusiasmo y fingir interés por la eficiencia. También incluye montar un castillo de LEGO, buscar una edición limitada de una figura de colección o dedicar un domingo entero a completar un puzzle de Renoir con devoción casi monástica.
Y no sólo está permitido: ahora tiene nombre. ¿Qué es exactamente un kidult? El término kidult nace de la combinación de las palabras inglesas kid (niño) y adult (adulto), y se utiliza para describir a los adultos que mantienen un interés activo por objetos, actividades o universos tradicionalmente asociados con la infancia.
Hablamos de juguetes, sí, pero también de mucho más: videojuegos, cómics, figuras de acción, modelismo, juegos de mesa, sagas cinematográficas, series de anime, cartas coleccionables, sets de construcción o merchandising vinculado a franquicias culturales.
No se trata de una regresión ni de un capricho pasajero. El fenómeno define a una generación o, mejor dicho, a varias que han decidido integrar el juego, la nostalgia y el coleccionismo en su vida adulta sin renunciar por ello a la responsabilidad, al trabajo o al pago de la hipoteca.
Son adultos funcionales. Con empleo, agenda, estrés, seguros, dolores lumbares… y una vitrina iluminada en el salón.

Durante décadas, la idea de madurez estuvo asociada a una renuncia. Crecer significaba dejar atrás ciertas cosas: el juego, la fantasía, la fascinación por determinados objetos, el tiempo “inútil” dedicado a pasatiempos sin productividad aparente.
La vida adulta venía con un uniforme invisible: sobriedad, contención y hobbies aceptables, preferiblemente serios. Leer el periódico estaba bien. Jugar con miniaturas, menos. Un ajedrez elegante podía pasar. Una colección de coches a escala, ya dependía de la paciencia de la familia.
Pero algo ha cambiado.
En los últimos años, y de forma especialmente visible desde la pandemia, el ocio vinculado al juego y al coleccionismo ha dejado de percibirse como una excentricidad para convertirse en una expresión legítima de identidad, bienestar y pertenencia.
Lo que antes se escondía en un cuarto de invitados, un altillo o una vitrina discreta, hoy se exhibe con orgullo en redes sociales, salones cuidadosamente decorados y espacios domésticos donde conviven una lámpara de diseño, una planta bien elegida y una nave de Star Wars de edición premium.
Una de las confusiones más habituales es equiparar el fenómeno kidult con la inmadurez emocional o con el llamado “síndrome de Peter Pan”. Es una lectura fácil, pero profundamente equivocada.
El kidult no es alguien que se niega a crecer. Es, más bien, alguien que se niega a aceptar que crecer implique renunciar al placer lúdico. No estamos hablando de adultos incapaces de asumir responsabilidades, sino de personas que encuentran en ciertos pasatiempos una forma de relajación, disfrute, orden mental, expresión estética o conexión emocional.
Uno puede acudir a una reunión soporífera en la oficina y, al llegar a casa, dedicar una hora a montar un modelo complejo o a reorganizar una colección de figuras. No hay contradicción. Si acaso, hay equilibrio. Y quizás también salud mental.
La nostalgia influye, pero no lo explica todo. Es verdad que la nostalgia desempeña un papel importante. Volver a objetos, personajes o rituales vinculados a la infancia produce una sensación de continuidad emocional. Hay algo profundamente reconfortante en reencontrarse con aquello que, en otro tiempo, representó imaginación, refugio o felicidad sencilla. Pero reducir el fenómeno a pura nostalgia sería quedarse corto.
Los kidults no quieren recuperar el pasado, quieren reinterpretarlo desde el presente. Por eso no buscan necesariamente el juguete barato de entonces, sino la versión sofisticada de ahora: la edición especial, el objeto bien diseñado, el producto de calidad, la pieza con valor simbólico y estético.
El niño quería el muñeco. El adulto quiere la figura articulada, numerada, con base expositora y caja impecable. Hay memoria, sí. Pero también hay criterio, diseño, narrativa y una forma de consumo mucho más consciente.
Aunque el perfil suele concentrarse entre los 25 y los 50 años, el fenómeno atraviesa generaciones enteras. Hay treintañeros que coleccionan cartas, cuarentones que vuelven a las consolas de su adolescencia, cincuentones que restauran trenes en miniatura y personas de todas las edades que encuentran en un puzzle de 5.000 o más piezas una forma perfectamente digna de pasar una tarde.
Sus intereses son amplios y, a menudo, muy específicos: sets de construcción dirigidos a adultos, figuras de colección, videojuegos y consolas retro, juegos de mesa y rol, cómics, manga y novela gráfica, modelismo y miniaturas, merchandising de franquicias, objetos licenciados vinculados a sagas como Star Wars, Marvel, Harry Potter, Pokémon, Disney o Barbie.
Pero hay algo importante: el fenómeno no se explica sólo por lo que compran, sino por cómo se relacionan con esos objetos. No se trata únicamente de adquirir. Se trata de montar, conservar, clasificar, exhibir, compartir, completar, cuidar. Es decir: crear una relación emocional y simbólica con aquello que poseen.
El factor económico también es importante. Ahora pueden comprarse lo que antes miraban en el escaparate. Si hay un elemento decisivo en el auge de los kidults, es este: el poder adquisitivo. A diferencia del niño que dependía de un cumpleaños, una Navidad o la generosidad caprichosa de un tío, el adulto dispone de autonomía económica. Puede elegir, comparar, invertir y, llegado el caso, justificar una compra con argumentos tan solemnes como “es una pieza de colección” o “es diseño contemporáneo”.
La industria del juguete, del entretenimiento y de las licencias lleva años adaptándose a este consumidor adulto que ya no busca sólo juego, sino también: calidad de materiales, acabados premium, diseño atractivo, edición limitada, experiencia de montaje, valor expositivo, conexión emocional.
Por eso proliferan las líneas 18+, los productos pensados para exhibirse y las piezas que funcionan casi como objetos decorativos o esculturas domésticas. En otras palabras: el juguete ha entrado en la casa por la puerta del diseño.

La pandemia fue el gran acelerador silencioso. No inventó el fenómeno, pero sí lo aceleró de forma decisiva.
Durante los confinamientos, millones de personas redescubrieron actividades que ofrecían concentración, calma y una sensación de control frente a un contexto incierto. Construir, coleccionar, jugar, ordenar o montar modelos dejó de ser un simple entretenimiento para convertirse en una forma de regulación emocional.
En medio del ruido, muchas de estas prácticas ofrecían algo extraordinariamente escaso: un tiempo lento, manual, absorbente y placentero. Lo que para algunos era una rareza se reveló entonces como una herramienta de bienestar. Y desde entonces, muchas de esas rutinas se han quedado.
La vitrina ya no guarda: narra. Una colección bien organizada se presenta como una extensión del yo. Un rincón dedicado a una saga, un set terminado o una serie de figuras alineadas con precisión casi litúrgica no son sólo objetos: son una forma de relato personal.
Y la decoración, en este caso, no es neutra. Es biografía con iluminación LED. Es más que consumo, es identidad, bienestar. Quizás lo más interesante del fenómeno kidult es que no puede explicarse sólo desde el mercado.
Mueve mucho dinero, la industria lo ha entendido y lo explota con notable eficacia, hay una dimensión de consumo evidente. Pero quedarse ahí sería superficial. El fenómeno también habla de: identidad, porque permite expresar gustos, recuerdos y afinidades; comunidad, porque crea fandoms, foros, intercambios y pertenencia; bienestar, porque ofrece descanso mental, concentración y disfrute; memoria, porque conecta distintas etapas de la vida; estética, porque muchos objetos ya no se compran sólo para jugar, sino para habitar un espacio.
En un contexto de ansiedad, sobreestimulación digital y ritmos agotadores, actividades como montar un set complejo, completar una colección o resolver un rompecabezas funcionan casi como pequeños rituales de orden frente al caos.
No curan la vida moderna, por desgracia. Pero ayudan bastante a no estrangularla.
En el fondo, el fenómeno kidult resulta tan interesante porque obliga a replantear una idea muy arraigada: ¿qué significa hoy ser adulto? ¿Acaso madurar consiste en abandonar todo lo que huela a juego, fantasía o entusiasmo?
Tal vez el verdadero cambio cultural no esté en los juguetes, sino en la definición misma de adultez.
Durante mucho tiempo se entendió que crecer era volverse serio, eficiente, sobrio y, a ser posible, un poco aburrido. Como si la madurez exigiera una especie de poda emocional permanente.
Pero cada vez más personas parecen estar diciendo lo contrario: ser adulto no debería implicar dejar de disfrutar.
Madurar no es volverse gris. No es renunciar al asombro. No es esconder aquello que nos entusiasma porque no encaja en una idea anticuada de respetabilidad.
Quizás ser adulto consista, precisamente, en poder sostener responsabilidades sin perder del todo la capacidad de juego.
Los kidults no son una excentricidad, ni una moda pasajera, ni una generación que se niega a crecer. Son, más bien, el síntoma visible de un cambio más profundo: una nueva manera de entender el ocio, la identidad y la vida adulta.
Lo que comenzó como nostalgia, afición o refugio personal se ha convertido en un fenómeno cultural con peso económico, impacto social y significado emocional.
Porque al final, quizás no se trate de volver a ser niños. Se trata de algo bastante más inteligente: seguir siendo adultos sin renunciar del todo al placer de jugar. Crecer sin amputarse el entusiasmo.
Y si en ese camino, uno decide enmarcar un puzzle de Monet, cuidar una colección de coches en miniatura con pincel de precisión o dedicar una tarde entera a montar una nave espacial de 3.000 piezas, la verdad sea dicha: hay formas mucho peores de enfrentarse al mundo.
Hola, Marlen. Muy buen artículo. Me hizo pensar en aquellos adultos de antes que coleccionaban estampillas o monedas u objetos de arte. Y que, tal vez, la idea de coleccionista haya mudado de objetos que guardaban valor económico a objetos que guardan un valor emocional, también.
Un abrazo