Mercados de mi niñez

En mi tiempo los mercados eran lugares hermosos donde íbamos a comprar y a confraternizar vendedores y compradores.

Recuerdo ir los sábados por la mañana con mi abuela Memé. Los vendedores la conocían y la saludaban con respeto y simpatía. Don Manolo, el pescadero le guardaba la merluza más grande, esa que le permitía preparar la receta vasca con la que, el domingo, agasajaba a toda la familia.

La verdulera elegía la fruta madura que a Memé le gustaba disfrutar y las verduras de la estación que le acababan de llegar. Le preguntaba por su salud, por la familia y siempre me regalaba una manzana rica y jugosa.

Don Francisco, el carnicero gordo y bonachón, el del carbón que tenía su sitio cerrado por una verja de tejido de alambre protegiendo su montañita, Don Carlos, que vendía fiambres y hacía probar a sus clientas las cuñas de los quesos más apetitosos, el de las papas con bolsas de arpillera donde mostraba las variedades, Doña Esperanza, que lucía su inmaculado delantal blanco delante de sus enormes tanques de aceites diferentes. ¿Un cuarto y tres cuartos, como siempre? preguntaba antes de preparar la mezcla preferida en la botella que llevaba la vecina habitual.

En el centro, en puestos abiertos, pegados en fila unos a otros, había ropa, zapatillas, juguetes, frutos secos donde comprábamos el alpiste para los pájaros y el puesto de caramelos y chupetines donde yo siempre ligaba, porque Doña Manuela me regalaba, cuidadosamente elegido, el caramelo que más me gustaba. Y no era fácil porque a mí nunca me han gustado especialmente los dulces y me espantaban los regaliz y los que se pegaban a los dientes aprisionando la boca durante un buen rato.

Me encantaba ese mundo de colores, olores, ruidos y voces alegres tentando con su mercadería.

Hoy, cuando oigo hablar de mercados, no es precisamente ese paraíso multicolor el que se me representa. Ese murió hace tiempo, el supermercado anónimo y multitudinario arrasó con el pequeño minorista que formaba la familia de los vendedores.

Hoy al hablar de “los mercados” hablamos de un dios invisible y muy cruel que rige nuestros destinos. Y que además debe tener muy mal humor, porque nos dicen que ciertas medidas sociales que a nosotros nos parecen justas, pueden irritarlo.

Los mercados mandan, pero nadie sabe muy bien quienes son o quién los eligió para cumplir esa función de árbitro y juez. Un club de banqueros y generales, señores del dinero y de la guerra que deciden quién es demócrata y quién no, a quién hay que perdonar sus pecados y quién es tan indigno que merece todas las medidas restrictivas y punitivas, quién, como en un Monopoly macabro, merece suerte y quién desgracia. Por suerte aún queda gente dispuesta a creer que hay otro futuro posible.

El mundo, hoy como siempre, está dividido entre los indignos y los indignados. Tengo el honor de pertenecer a estos últimos porque me crié en un mundo como el que describo y en una familia de gente honrada, trabajadora y orgullosa de serlo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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