El paganismo vasco dentro de las tradiciones espirituales

Nuestra mitología son las antiguas creencias de los vascos. Gigantes, enanos, dragones, lamias, brujas… personajes y leyendas que se remontan a tiempos anteriores a la era cristiana, el mundo en la mente popular de los antiguos vascos.

Un pueblo que mantiene un idioma, el euskera, que no tiene relación con ninguno de los que lo rodean y que perdura, al menos desde el Neolítico, en los territorios que ocupa. A pesar de la llegada del cristianismo y del asedio de la Inquisición durante el siglo XVII, un pueblo que conserva muchas de sus leyendas y creencias.

Los vascos han estado siempre muy estrechamente conectados con su caserío. Para nosotros significa más que una casa, ya que es el lugar donde sus habitantes están unidos con sus antepasados, un lugar sagrado donde el fuego tiene un lugar especial y se respetan creencias y rituales que tienen relaciones con los difuntos. Originalmente en los alrededores de la casa se tenía el cementerio, aunque con el cristianismo los entierros cambiaron. En la Prehistoria, los dólmenes y “harrespil” (crómlech) se usaban como cementerio y junto a los restos del fallecido, se enterraban restos de comida y utensilios del difunto. Sobre el “jarleku” (la tumba) se realizaban ofrendas y sacrificios animales. Había un culto familiar de los antepasados. En la muerte, la creencia es que las almas se separan de los cuerpos y se van a vivir a puntos subterráneos. Por la noche, estas almas regresan a sus antiguas moradas y son llamadas para ayudar a los parientes vivos.

En estas tradiciones, el papel de la etxekoandre (la mujer de la casa) es fundamental. La magia tiene una presencia muy importante, con una gran cantidad de rituales mágicos, así como curaciones médicas a través de elementos de la naturaleza.

En la mitología vasca, hay una serie de personajes de los que os hablaré en otro momento. Hoy quiero contaros que se rinde culto a las piedras, al sol y la luna.

Desde siempre, se ha considerado las piedras como elementos cargados de fortaleza y resistencia, eran empleadas en los rituales religiosos para proteger a los hombres de las enfermedades y proporcionarles esa fuerza que ellas mismas poseían. Uno de los deportes vascos tradicionales que perdura en nuestros tiempos es el “harrijasotzea”, de “harri” (piedra) y “jaso” (levantar). Es el nombre que recibe la modalidad de levantamiento de piedras, en la que dos jugadores compiten por levantar un mayor número de veces, piedras de diferentes formas, dimensiones y pesos determinados.

Cerca del pueblo de Aldudes (Baja Navarra) hay una piedra que tiene el nombre de Arrikulunka que, como lo indica su nombre, se mueve balanceándose. Se conocen en territorio vasco otras piedras oscilantes, generalmente grandes, que tienen inscripciones. En Sare (Lapurdi), en lo alto de La Rhune, había una piedra sepulcral, cerca del muro de la capilla con la inscripción: “Buelta ematen didana ez da damutuko” (Aquel que me de vuelta, no se arrepentirá). El día siguiente a Pentecostés, la tradición mandaba que los jóvenes subieran y le dieran la vuelta para leer la inscripción del otro lado: “Lehen ona nintzen eta orain hobea” (Antes estaba bien y ahora mejor). En las piedras de Bergara (Gipuzkoa) y Zegama (Gipuzkoa), la inscripción decía “Buelta nazazu” (Dame la vuelta) y en la parte trasera: “Orain ondo nago” (Ahora estoy bien).

El sol es fundamental para la vida. Por eso, en muchas culturas fue divinizado, porque uno se sentía sometido a su influencia. Su ausencia durante la noche, era el momento de los seres aterradores. El día, por el contrario, el de los seres vivos.

“Balin badut iguzkia, ezkoargiaz ez dut antsia” (Si tengo el sol, no estoy ansioso por la luz).

En la cultura vasca, el sol en sus diferentes nombres: “Eguzki”, “Iguzki”, “Iduzki”, Eguzku” y el mas poético “Jainkoaren Begia” (Ojo de Dios) fue idolatrado. Fue considerado una figura femenina. En Luzaide (Navarra), aún hoy, las mujeres le ofrecen tortas de harina de maíz por la mañana.

La veneración por el sol se ha manifestado desde hace muchísimo tiempo, en muchas costumbres. Los dólmenes prehistóricos están orientados hacia el este, es decir hacia donde se eleva el sol. Y pasa lo mismo con las casas, las tumbas y los restos que estas contienen.

Los tributos que se rinden a “Ilargia” (la luna), así como los del sol, son de carácter femenino. Si Eguzki es el “Ojo de Dios”, Ilargi es el “Rostro de Dios”.

“Ilargia, andre Ama Santua, Jainkoak bedeinka gaitzala. Nire begi onak ez dezala kalterik egin, esaiozu ikusten duzun guztiari” (Luna, Señora Santa Madre, Dios nos bendiga. Que mi buen ojo no haga daño, dilo a todo lo que veas).

La luna, a lo largo de la historia del hombre, ha tenido siempre un lugar importante dentro de la tradición mística, alquímica y hermética. Entre los vascos, una creencia muy extendida era que “Ilargia” era la luz de los difuntos. De ahí viene su nombre: “Hil argia” (luz de los muertos). Las almas en dolor generalmente tienen la forma de luz de luna, de sombras que deambulan por la tierra, porque no han cumplido una promesa o porque cometieron un error muy grave en vida. El alma debe esperar a que alguien vivo cumpla su promesa o compense el error cometido.

Un día de la semana, el viernes, estaba dedicado a la luna. Era el día que se reunían las brujas y por eso había ciertas cosas que no se hacían en viernes: casarse, llevar el rebaño a la montaña a pastar, recolectar la miel de las abejas…

Ahora sabemos que durante los 28 días que dura el ciclo lunar, este astro ejerce una influencia en el crecimiento de las mareas, de las plantas, los animales, de las uñas y el cabello y también sobre nuestra energía vital.

Pero nuestros ancestros ya tenían en cuenta la fase lunar: luna llena, nueva, creciente o menguante, para hacer o no ciertas cosas. Asi por ejemplo, de acuerdo a la luna que tocaba en esos días, se cortaba la leña, se mataba el cerdo, se sembraba y cosechaba, se cortaba el cabello, etc. Aún recuerdo a mi abuela diciéndome: “Tienes el pelo estropeado, sin vida. Para que crezca sano, fuerte y brillante, tienes que cortártelo hoy que hay luna llena.”

En las Aezkoas se decía: “Igotzen ari den ilargian egindako egurrak, gar hobea du eta ilargian ari den bitartean egindakoa baino arinagoa da” (La madera hecha durante la luna creciente, tiene una mejor llama y es más ligera que la hecha durante la luna menguante.)

Podemos encontrar muchas imágenes del sol y de la luna en toda Euzkadi, especialmente en los cementerios y en los dinteles y cimientos de las iglesias.

Las tradiciones espirituales de todo el mundo, grandes y pequeñas, ofrecen dos importantes regalos: sabiduría y belleza. Aquellos que entienden la religión como una verdad esculpida en granito, probablemente no obtendrán mucho provecho de estos beneficios. Para ellos, la religión se basa en convicciones inamovibles y una absoluta corrección. Pero cada uno puede construir una vida sobre la sabiduría y la belleza, atesorando conocimientos sobre la experiencia humana y la expresión de esos conocimientos plasmados en el arte, estudiando tus tradiciones u otras que te atraigan. El primer enfoque puede hacerte duro e inflexible, pero el segundo puede hacer que tu vida sea muy bella.

La cuestión no estriba en unirse a una religión o unas creencias, sino en hallar los recursos que te permitan ahondar en tu búsqueda y te ofrezcan percepciones interesantes.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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