La casa de los leones

Barracas, es un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires, que se ha caracterizado en la historia por las barracas en donde se trabajaba las carnes y cueros durante el siglo XIX. Por allí pasaba uno de los caminos más importantes que iban al puerto del Riachuelo, la Calle Larga, hoy bautizado como Montes de Oca. Es el barrio donde en el siglo XX asentaron sus fábricas empresas alimenticias como Canale, Bagley y Aguila y donde hoy están establecidas importantes imprentas del país.
En la Avenida Montes de Oca hay lugares con historias y leyendas, como la antigua iglesia de Santa Lucía o la iglesia de Santa Felicitas, que cuenta la legendaria historia de Felicitas Guerrero, de la que algún día hablaremos.

La avenida también alberga una importante institución, se trata de la ex Casa Cuna y actual Hospital de Niños “Pedro Elizalde”.

Si bien la leyenda de Felicitas es la más conocida, en ese mismo barrio se encuentra una casa con una leyenda menos conocida pero no menos apasionante. 

Fui a conocerla y mis ojos se agotaron de mirar una y otra vez ese pequeño grupo escultórico de mármol blanco en el que un temible león devora a un hombre que inútilmente procura zafar de sus garras en el jardín del Palacio Díaz Vélez, en Barracas.

Espanta saber que un artista plasmó sobre la piedra el instante más dramático de una trágica historia que, según cuenta la leyenda, sucedió cuando finalizaba el siglo XIX, en la que ahora se conoce como la Casa de los Leones. La casa queda en Av. Montes de Oca 140, a metros de plaza Constitución.

Eustoquio Díaz Vélez en 1880, uno de los hombres mas ricos de fines del siglo XIX, compró aquella imponente residencia de estilo francés sobre la Calle Larga. Era un hombre de fortuna, terrateniente poderoso por sus campos, en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires. La ciudad de Necochea y sus alrededores se encuentran en esas tierras que pertenecieron a su familia y las donaron para fundar ese partido costero.

Aquel millonario de caprichosos gustos excéntricos, con intensa actividad social, casado con su sobrina Josefa Cano Díaz Vélez, hija de su hermana Carmen, para proteger su propiedad de eventuales ladrones, trajo desde África tres leones que, cada noche, liberados de las jaulas subterráneas debajo de la mansión donde vivían, recorrían los jardines.

Cierto día Josefa comentó a su esposo que la hija estaba enamorada del hijo de un estanciero notable y Eustoquio se alegró, porque amaba a su hija y también porque conocía a la familia del pretendiente y eran amigos desde hacía tiempo. Inmediatamente comenzó a organizar la fiesta de compromiso personalmente. Confeccionó la lista de invitados donde no faltaba nadie del Buenos Aires de entonces. Tampoco los capataces ni los peones de todas sus estancias.

La gala tan esperada llegó. Eustoquio y Josefa, en las puertas de la mansión, recibieron a cada invitado. Una orquesta amenizaba la tertulia, con los comensales distribuidos en el imponente parque. Nada había quedado librado al azar.

Sin embargo, una de las jaulas mal cerrada, dejó en libertad a uno de los leones que comenzó su recorrida nocturna. Nadie lo notó.

El novio tomó la palabra. Con la anuencia del dueño de casa, invitó a la novia para que se acercara y, frente a todos, formalizó el compromiso público con sus palabras. Entregó a su amada un anillo formidable. Un aplauso atronador con ovación de los invitados y en ese instante, el león salió de unos pequeños matorrales que había en la medianera de la casa, para abalanzarse sobre el novio. Mientras el hombre luchaba contra el gigantesco animal y gritaba de desesperación, su novia y los invitados miraban consternados el suceso. Nadie sabía cómo reaccionar, sólo las mujeres atinaban a gritar, pues quién iba a imaginar que en las costas del Río de la Plata alguien podía ser atacado por un león.
Don Eustoquio fue quien reaccionó rápidamente. Se dirigió a su despacho y tomó una escopeta que utilizaba para cazar animales en el campo. La cargó y desde la ventana apuntó y con mucha certeza derribó al animal, matándolo en el acto.

Fauces y garras. Gritos y espanto. Llantos y un certero escopetazo. El animal se derrumbó. El joven murió. La policía y los médicos llegaron inmediatamente, los galenos nada pudieron hacer por él. La fiesta había terminado en tragedia.

El dueño de casa con su arma humeante se acercó. Cayó de rodillas ante su hija. Sollozando, la joven maldijo a su padre. Poco tiempo después se suicidó.

Don Eustoquio enloqueció. Personalmente ultimó a las dos fieras que aún conservaba. Extrañamente, los inmortalizó con enormes esculturas que erigió en la Casa de los Leones. Una de ellas reproduce el instante mismo de aquella tragedia.

La casa continúa en la Avenida Montes de Oca al 100, y también las estatuas. Hoy allí funciona la asociación VITRA (Fundación para la Vivienda y Trabajo el Lisiado Grave). Los huéspedes del lugar cuentan que por las noches escuchan gritos y llantos, los que conocen la historia dicen que los gritos pertenecen al novio y los llantos a la novia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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