Las galletitas de mi infancia

¿Quién que haya vivido en Argentina no las conoce? Son la golosina típica de grandes y chicos. Esta es la historia oculta detrás de las galletitas más famosas.

Melville Sewell Bagley decidió ir a vivir a la Argentina, más precisamente a Buenos Aires, escapándose de la Guerra de Secesión, que se había iniciado un año antes en los Estados Unidos. Empezó trabajando como ayudante en la Droguería “La Estrella” ubicada en Defensa y Alsina.

Allí se le ocurrió la idea de crear un tónico para venderlo como remedio salvador de todos los males. Bagley inventó la bebida llamada Hesperirina que se hizo famosa y el 27 de octubre de 1876 se le otorgó la marca registrada de esta bebida.

El edificio que se ubica sobre la Avenida Montes de Oca al 100, a partir de 1892 es el que albergó a la fábrica de “Hesperidina, dulces y galletitas M. S. Bagley y Cía. Ltda.”

En 1875 Bagley había comenzado la fabricación de galletitas para consumo masivo. Hasta ese momento, las galletitas que se atesoraban en las alacenas de los argentinos llegaban del otro lado del Atlántico, más precisamente del Reino Unido.

Lanzada en 1875, Lola, la primera galletita de esta compañía en salir, tuvo una gran aceptación por parte del público. Decían que era tan sana, por no tener agregados artificiales, que era parte de la dieta de los hospitales.

Se cuenta que una persona que visitaba a un familiar en un hospital vio a un enfermero llevar una camilla hacia la morgue con un paciente recientemente fallecido y entonces le dijo a alguien que lo acompañaba: “Este no quiere más Lola”. Fue así que la expresión se metió en la cultura popular argentina para describir a alguien que se da por vencido.

A finales del 1800, la ópera estaba en su mayor auge en Buenos Aires, apoyada por la gran corriente inmigratoria italiana que llenaba teatros como el Marconi o el Coliseo, y es allí donde Bagley aprovechó para crear la famosa serie de galletitas con nombres relacionados con la ópera y su entorno. Así nacieron las galletitas Manon, Traviata y Adelita.

En 1905 la empresa Bagley, ya líder en la fabricación de galletitas, fue la primera en lanzar obleas rellenas en Argentina. Las obleas Bagley pasarían a llamarse Opera, en homenaje a la reapertura del Teatro Colón en la Avenida 9 de julio, en 1908. 

Otras galletitas clásicas muy populares eran la Tita y la Rhodesia. Pero la desconocida historia detrás de estas golosinas, revela oscuros entramados de infidelidades, asesinatos y envidias.

Edelmiro Carlos Rhodesia fue un joven empresario, pionero en la industria alimenticia argentina hacia finales de los años 40. Nació en Lobos, provincia de Buenos Aires, en 1895. Cuando cumplió los seis años, sus padres lo mandaron a Buenos Aires, se hospedó en la casa de su abuela y cursó sus estudios primarios. Luego, realizó la escuela secundaria en el Colegio Militar de la Nación.

Pero en 1943 Edelmiro, cansado de probar suerte en Buenos Aires y no encontrarla, volvió a radicarse en su ciudad natal donde fundó una pequeña compañía. Y conoció a una viuda con la que se casaría dos años después, Lidia Martínez de Terrabusi, heredera de una pequeña fábrica de galletitas.

Lidia engañaba a Rodhesia, a tal punto que esas infidelidades dieron origen a la hasta hoy comercializada galletita Melba. La historia cuenta que en 1947 nació la primera y única hija del matrimonio, a la que bautizaron Melba. Pues bien, Edelmiro Carlos Rodhesia se dio cuenta que la niña no se parecía mucho a él, ya que tenía un color de piel oscuro, muy diferente a su tez blanca. Esto le generó grandes conflictos y discusiones con su esposa sobre la paternidad de su hija. Por eso las galletitas Melba son oscuras, de chocolate con relleno sabor a limón, casi una metáfora de acidez entre la dulzura.

Una tarde de 1949, Rhodesia decidió preparar un postre casero que había aprendido a cocinar en sus años de estudiante. El postre consistía en dos galletitas dulces rellenas recubiertas con un baño de chocolate. Melba, la niña que entonces tenía dos años, al no poder pronunciar correctamente la palabra “galletita” la nombraba “Tita”, y fue así como la preparación fue bautizada.

El éxito de la empresa fue inmediato, y sus ventas se multiplicaron con la llegada de la televisión. Pero no todos veían con buenos ojos el ascenso de Rhodesia. Los Bagley sufrieron increíbles pérdidas y estuvieron cerca de declararse en bancarrota.

Diez años después, en 1959, Edelmiro Carlos Rodhesia fue asesinado. No hay datos ciertos sobre las circunstancias de su homicidio, que hasta el día de hoy fue acallado por sus protagonistas. Pero según la investigación del profesor Ricardo Bordato, Roberto Bagley, un impulsivo joven heredero de la fortuna de su familia, fue quien disparó repetidas veces sobre la espalda de Edelmiro Carlos. Edelmiro Carlos murió al instante. Roberto Bagley estuvo prófugo varios meses viajando por Europa, hasta que fue detenido en Holanda.

En marzo de 1959 Lidia Martínez, viuda de Rodhesia, vendió la empresa al primo de su primer ex marido, José Félix Terrabusi que la expandíó y la situó en la Ciudad de Buenos Aires.

Posteriormente el 1 de julio de 1974, la empresa lanzó la golosina Rhodesia en honor de Edelmiro Carlos.

Hasta el momento de su fallecimiento en 1989, Lidia jamás hizo declaraciones públicas sobre el asesinato de su último marido, algo que para todos sigue siendo un misterio, aunque no son pocos los que indican a Roberto Bagley como su autor. Afirman que el caso tiene expediente en Comodro Py, pero un juez de primera instancia determinó que no hay delito por falta de pruebas contundentes y acusaciones insostenibles.

Así que no sé si creer o no el asesinato de Edelmiro Carlos Rhodesia a manos de Roberto Bagley. De lo que si estoy segura es que las galletitas fueron y siguen siendo una compañía ideal para el bolsillo de todos los colegiales de Argentina.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Las galletitas de mi infancia

  1. Esas galletitas de bagley o Terrabusi, que venian en latas y se compraban de a cuarto de kilo…. La competencia entre las Melbas y las Panchitas…
    Y esas Titas y Rodhesia que aun compro cuando vuelvo a Buenos Aires, pero, como con tantas cosas, cuando las pruebo otra vez suelto un “ya no son como eran”. quizas el recuerdo estará idealizado…
    Lei hace un tiempo la historia del sr. Rhodesia.
    Un saludo.

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  2. A mí me siguen encantando las galletitas de agua y ahora se consiguen tantas, que me vuelvo loca por probarlas todas. Yo también recuerdo las de lata que mi mamá me mandaba a comprar en el almacén de Doña María. Y las compraba para mi familia porque nunca me han gustado especialmente las galletitas dulces. Las que me gustaban eran las Opera de Bagley aunque, cosa curiosa, nunca me paré a pensar que fueran Opera por la ópera. ¡¡Ja Ja!! Gracias por tu comentario. Un abrazo.

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