Presagio funesto (II)

Muchas fueron las lecturas que hice a los amigos. En general, los temas de amores eran los que más preguntaban. Entre adolescentes y jóvenes era lo normal.

Yo nunca había aprendido a tirar las cartas del Tarot. Me entusiasmé leyendo un libro sobre el Tarot de Marseille y me compré una baraja que me encantaba, con sus dibujos medievales y el nombre de las cartas en francés. Según me explicaron, los dibujos estaban inspirados en vitreaux.

Aprendí pronto, aunque no sé si puedo decir que aprendí. Era más bien un descubrimiento que de forma autodidacta fui explorando, aunque el entretenimiento no me duró mucho tiempo.

Y es que por pura casualidad ¿casualidad o causalidad? hallé otro medio de adivinación que me permitía unas lecturas más exactas. Precisamente en una de las librerías de viejo encontré un libro que hablaba sobre el I Ching, y, como muchas veces me pasaba, mis manos seleccionaban algunos volúmenes aún sin saber por qué lo hacía. Lo cierto es que sólo necesitaba abrir un libro y leer algún párrafo, o a veces sólo la contratapa, para saber si me iba a cautivar.

Ese me interesó y comencé a charlar del tema con Juan Antonio, el dueño de la librería con quien me gustaba hablar sobre algunos tesoros que encontraba. Él fue quien me explicó las primeras nociones del I Ching , quien me dijo que no me molestara en comprar ese libro sino que comprara el verdadero I Ching y quien me dio la dirección de un negocio donde podía encontrar el libro y las monedas.

Si, porque en este caso no se trataba de cartas, se trataba de un oráculo chino cuyos primeros textos se supone fueron escritos hacia el 1200 a.C. Me contó que el término significa “Libro de las mutaciones” y que describe el presente de quien lo consulta y aconseja el modo en que se pueden afrontar las vicisitudes del futuro.

Pero también me dio el nombre de quien sería mi maestro en mi aprendizaje. Gustavo era un tipo mayor, pero con un aspecto de joven hippy. Su rostro serio se relajó cuando nombré a Juan Antonio. Su rincón, en el local donde vendía sus libros estaba tan repleto de libros y revistas en pilas interminables, que apenas cabía una minúscula mesa y dos sillas Thonnet viejísimas. Todo en el lugar parecía formar parte de la vestimenta de Gustavo.

Entre el humo de su pipa y el olor fuerte de su café empecé a conocer las primeras nociones del Libro de las mutaciones. Difícil entender las claves para acercarse a este fascinante libro. 

Comencé a probar, como jugando y me resultó muy extraño que imágenes como sueños se me presentaban y me escuchaba hablar como si no fuera yo quien lo hacía. 

El concepto básico del libro es que nada es permanente en el mundo, excepto los cambios. No se trata de adivinación y previsiones reales para el futuro. Interpretando las leyes de la naturaleza (que no han cambiado a lo largo de los años), se trata de recibir consejos que muestran el camino a seguir para lograr el objetivo del que consulta.

O sea que la respuesta del I Ching no será positiva o negativa, no te dirá si lo conseguirás o no, sino que te dará una respuesta indicando que si actúas de tal manera y consideras ciertas condiciones, tendrás una alta probabilidad de tener éxito, pero en cualquier caso debes tener cuidado con estos riesgos. Si actúas de otra manera y no tienes en cuenta esto, es muy probable que fracases.

Con los hexagramas, formados por la manipulación de las monedas, consultaba el libro e interpretaba los textos, ayudándome por intuiciones o imágenes que recibía. Mis amigos se asombraban y luego me comentaban cómo, actuando de acuerdo a los consejos, el resultado solía ser muy positivo.

Un día se me ocurrió hacer una consulta sobre un viaje corto que iba a hacer con mis padres. Otras veces había consultado sobre otros temas y me había acostumbrado a abrir mi I Ching en diferentes situaciones.

Hice la consulta y no sólo descubrí que la muerte se hacía presente, sino que tuve una imagen muy definida y fuerte en la que presencié cómo llevábamos mi padre y yo, el ataúd de mi madre. En ese momento cerré el libro y no quise seguir indagando.

Pero aún conmocionada, esa noche tuve una terrible pesadilla y viví con muchos detalles una parte del viaje, un campo mojado por la lluvia, una curva y un accidente con nuestro coche.

Los días siguientes no los recuerdo bien. Intentaba convencer a mis padres, sin lograrlo, de no hacer el viaje. Estaba tan impactada por el sueño que mi libro estaba encerrado sin tocar, como castigado. Faltaban tres días para el fin de semana en que partiríamos de vacaciones y yo seguía sin saber qué hacer.

Pensando en el I Ching que guardaba las respuestas que yo necesitaba y armándome de valor, esa noche, después de meditar para relajarme, hice mi segunda consulta. Procuraba estar serena y que no me asaltaran las premoniciones.

Entendí que lo que debía modificar era el protagonista de la escena y, excusándome en un dolor de cabeza, pedí a Papá que condujera el coche. Los preparativos se sucedieron con la alegría de mis padres y mi cara angustiada que podía achacar a mi fingida migraña.

La mañana de un día espléndido de verano se presentaba ideal para viajar. La ruta hacia la costa no estaría muy concurrida y el coche había pasado sin problema el chequeo que me había empeñado en volver a realizar.

Papá conducía encantado, porque le gustaba conducir, pero le gustaba más que yo se lo hubiera pedido. Mamá, detrás, miraba el mapa y sacaba cálculos de kilómetros y lugares donde podríamos comer la riquísima tortilla de papas que había preparado. Yo, con los ojos cerrados, sufría en silencio y me preguntaba hasta qué punto confiaba en mis instintos.

Seguíamos la ruta 2 hasta Dolores y desviándonos hasta la ruta 11, pensábamos recorrer las playas de esa zona hacia el sur: San Clemente del Tuyú, Las Toninas, Santa Teresita, Mar del Tuyú, San Bernardo, Mar de Ajó. Hacía mucho tiempo que no íbamos a ninguna de ellas. Con nuestras visitas anheladas a la estancia San Ignacio, habíamos perdido la costumbre de nuestras aventuras y queríamos retomarlas.

Papá manejaba bien, el coche andaba sin problemas y ellos, con su entusiasmo, no habían percibido mis nervios.

De pronto, el campo se me hizo familiar. Un poste, la curva, la patinada sobre la hierba húmeda, los bamboleos y golpes sobre la tierra, los trozos de hierba que saltaban a los lados del descontrolado auto, los ruidos, los gritos, el silencio.

Era una película en cámara lenta que ya había visto hasta en sus menores detalles.

La única diferencia era que, en lugar de ver todo desde el asiento del piloto, lo estaba viendo desde el del copiloto.

Miré hacia atrás, Mamá no estaba, la puerta estaba abierta, ella había salido despedida y yacía inmóvil sobre la hierba.

Papá, paralizado por el impacto, se aferraba al volante.

Aunque sabía que mi puerta no se abriría, lo intenté, pero no conseguí que se moviera. Sabía lo que tenía que hacer, salí por la ventanilla y corrí hacia atrás gritando sin voz.

Abracé a Mamá para despedirme.

Tardé unos instantes en darme cuenta que aún vivía, que aún me escuchaba.

¡No la muevan! ¡No la toquen! ¡Es mi madre!

Los pocos coches que habían visto todo, paraban para ayudarnos. Un médico no lograba que yo soltara a Mamá, me hablaba suave, me trataba de separar, me gritaba, forcejeaba.

Yo no escuchaba, sólo la mecía, como a una niña pequeña, tratando de que no me dejara.

Entre varios lograron apartarme.

Atisbé a Papá, sólo junto al coche. No se movía. Una mujer fue corriendo a abrazarlo. Yo no podía.

No entendía las palabras. Sólo escuchaba una cantinela ¿Por qué no entendí? ¿Por qué no entendí?

El médico me estaba hablando. ¿Qué me decía? ¡No podía escucharlo! ¡No quería escucharlo!

Una aguda sirena se acercaba. Luces parpadeantes.

Nadie me impide que la acompañe.

Otros médicos, enfermeros, le hablan a mi mente aturdida.

En la guardia del hospital, alguien me abraza.

Tengo que calmarme, tengo que lograrlo.

¡Déjenla en paz! ¡No hay nada que hacer! ¡Dejen que esté con ella!

Las palabras se abren paso entre las lágrimas y terrores: pruebas, radiografías, médico, tranquila, la podré ver, está bien… Está bien. ¡Está bien! ¡ESTÁ BIEN!

No va a morir, no ahora, no hoy.

Golpes, tendrá moratones en la cara, posiblemente una costilla, la mano derecha, nada importante.

No entiendo.

El campo, el pasto mojado, el coche patinando, los tumbos sobre la tierra, Mamá en la hierba sin moverse. ¡Todo igual!

Todo igual, no.

El que conducía no era yo.

Este cuento (que aquí concluye) pertenece al libro “Reflexiones en la madrugada” que es de mi autoría y está aún en proceso de escritura y edición.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Presagio funesto (II)

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