Mentiras verosímiles, verdades aparentes

Hoy quería hablaros de algo que a todos nos toca de cerca: la mentira. Elegir la falsedad significa comportarse como una persona sin escrúpulos (o con mucha necesidad) que quiere obtener una ganancia de una situación determinada.

Por norma general, todos decimos (o creemos) preferir la verdad, pero cuando la que recibimos o compartimos es dolorosa o complicada, se genera un gran conflicto psicológico. Optar por la mentira es, por norma general, un síntoma de desconfianza en la capacidad propia o ajena para lidiar con los problemas que pueda generar. En cualquier caso, aprender a aceptar la verdad sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra sociedad, la cual equilibra una balanza que debería tener como vencedoras a la verdad y a la honestidad.

Lo primero que dice un mentiroso es: yo no miento nunca. Y está claro que eso es mentira, porque todos mentimos alguna vez, a veces por piedad, a veces en defensa propia, o por educación, para tratar de evitar ridículos, para exagerar los logros personales o disfrazar los errores, para hacer promesas que no pensamos cumplir, para ocultar defectos o para tratar de proteger los sentimientos de las personas a las que queremos. En cosas importantes o en nimiedades.

Es más fácil hacerlo que dar explicaciones. Aunque, la dificultad de mentir estriba en que obliga al mentiroso a llevar la cuenta de sus mentiras, para no contradecirlas en el futuro.

Las mentiras se diferencian entre actos de comisión y actos de omisión, y son generalmente más criticadas las primeras, porque implican una acción negativa, mientras las segundas suponen dejar de corregir una impresión falsa en los demás.

La mentira es un arma, pero también es un escudo. Sin la mentira, estaríamos perdidos.

Vinculamos la verdad con la sinceridad y la honestidad, porque las relaciones que se erigen sobre mentiras, terminan pareciéndose a un castillo de naipes frágil y endeble, capaz de destruir todo en su derrumbe. Sin embargo, a pesar de ser conocedores de este vínculo entre la verdad y su compleja asunción, buscamos constantemente darle la vuelta a la tortilla contando “medias verdades” o fingiendo realidades distintas a la verdadera.

Sin llegar al caso de personas mitómanas, que tienen la capacidad de mentir de forma compulsiva, la mentira forma parte de nosotros y de nuestra vida cotidiana. Desde pequeños, nos cuentan mentiras, cuando se nos caen los dientes o cuando llega la Navidad. “Si mientes, te va a crecer la nariz, como a Pinocho.” Curiosa forma de impedir la mentira, con una mentira.

Mentiras eran los cuentos que nos contaban antes de dormir. Y mentiras son casi todos los cuentos que nos cuentan de grandes.

Vivimos rodeados de mentiras por todas partes, y además, lo aceptamos. Nadie habla igual de nosotros cuando estamos delante, que cuando no lo estamos. Y todos aceptamos este mutuo engaño.

Pero, hasta ayer mismo, la mentira era algo vergonzoso. Tú podías mentir, pero si te descubrían, nadie te salvaba de la vergüenza de ser un mentiroso.

Mentir (y que te descubran) no era rentable en política. No lo fue en Estados Unidos cuando la opinión pública se enteró de que las sucesivas administraciones mentían sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam. Perdieron la guerra en Vietnam y también en casa, frente a muchos norteamericanos asqueados por las mentiras de su Gobierno. La prensa, que primero fue complaciente con aquel conflicto bélico, dejó de serlo cuando se dio cuenta de las mentiras, y las crónicas de sus corresponsales marcaron distancia con las versiones oficiales.

Aquella fue la edad de oro del periodismo, profesión con alta reputación que se ganó la confianza de buena parte de la ciudadanía por su independencia y por su profesionalidad. La verdad tenía valor superior, constituía una exigencia y un deber. Quien mentía incurría en el riesgo de rechazo social, descrédito y el desahucio como político.

Desde entonces han pasado unos pocos años y varios fenómenos que podemos calificar de revolucionarios. En primer lugar, la eclosión de internet y de las redes sociales, que globalizan la información al alcance de todos, sin discriminación y que rompen el monopolio de los periodistas como mediadores de la información. Un cambio que hoy sigue en fase de consolidación, una vez ponderadas sus enormes oportunidades, pero también los riesgos que comporta y sobre los que hay que ir construyendo barreras y aplicando vacunas. Por otro lado, hemos vivido la pérdida de influencia de la llamada prensa de calidad, que ganó por méritos propios reputación por su trabajo profesional como guardián de las libertades y los derechos del ciudadano frente a los poderosos, incluidos los Gobiernos. Influencia que ha sido sustituida por los actuales medios de comunicación masiva. Las televisiones han incorporado la actualidad a su parrilla, como una oferta para atraer audiencias millonarias. Si bien la televisión es información y entretenimiento, actualmente suele ser una mezcla de ambos géneros, que puede producir engendros como las tertulias en donde lo que menos puede verse, son opiniones generadas a través de la realidad y tratadas con seriedad y conocimiento.

Para lograr solvencia y credibilidad (que no es lo mismo que captar mucha audiencia), la televisión requiere un gran esfuerzo editorial de verificación y de criterio editorial que roza lo improbable, por costes y por requerimientos profesionales. La información en televisión está sometida a la exigencia de inmediatez y de contar con sonidos e imágenes. Si hay imágenes y testimonios, hay noticia. Importa más disponer de esas imágenes y testimonios que la consistencia de su contenido. La opinión pública disfruta del mayor caudal informativo de la historia, pero envuelto en una gran confusión, que complica el ejercicio de distinguir la verdad de la mentira, la realidad de la ficción. Un creciente relativismo que roza la amoralidad, provoca que se confunda lo verosímil con lo verdadero, sin verificación alguna. Se diluyen así las fronteras entre verdad y mentira, reduciéndose a cero el valor moral de la primera y el rechazo de la segunda.

Hoy la mentira ha superado sus propios límites. Es el mayor logro de la mentira institucionalizada. Ha conseguido poner mentira y verdad en el mismo nivel y obtener que sean lo mismo. Y cuando ambas cosas se equiparan, el periodismo se convierte en propaganda. ¿Os suena de algo?

Esto es gravísimo, porque está creando una sociedad de gente confundida donde la verdad ya no tiene valor. Ya no importan los hechos. Lo único importante es lo que se repite muchas veces. Ya lo dijo el Ministro de Propaganda del III Reich Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces, se convierte en una verdad.”

Decir algo y contrariarlo con el actuar, nos vuelve vulnerables. Eso es lo que suele pasarles a los políticos con las grandes mentiras con las que pretenden engatusar al pueblo, sobre todo en época de elecciones.  Utilizando informes a medias o falsos, con el propósito de engañar, lo único que provocan es desconfianza y la erosión de la autoridad.

Aunque generalmente los políticos mienten para manipular o para evadir responsabilidades, en ocasiones lo que se pretende es evitar generar pánico, como es el caso de la pandemia que padecemos, durante la cual se utilizaron todos los medios, tratando de recortar los números de personas infectadas o muertas por el coronavirus, provocando confusión con el cambio de parámetros de comparación, y últimamente, limitando la cantidad contabilizada a una franja de edad. Nunca se puede justificar que un gobierno engañe a su población, ni siquiera por el miedo al miedo. El daño que causa es irreparable.

Con frecuencia, personas escépticas que no creen en la verdad objetiva y solo admiten “su verdad”, aceptan sin pestañear muchas mentiras verosímiles y emotivas que les llegan, a veces, a través de las redes sociales y que el gran público no es capaz de detectar y desenmascarar. Para designar ese tipo de mentira se utiliza el término “Posverdad”, que el Diccionario de la RAE define como: Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones, con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Son muchos los partidos políticos que la usan como una estrategia comunicacional, integrada en la propaganda. La posverdad para influenciar al público a partir de la manipulación de la comunicación y de las emociones, es uno de los efectos de la necesidad de inmediatez que nos han inculcado y de la mala utilización de las redes sociales (sin contrastar ni verificar el origen de la noticia).

Se comparten seis veces más las noticias falsas que las reales. Las Fake News circulan con tanta facilidad como impunidad, y nos dicen lo que queremos oír. Esto se resume en que, a alguien que no somos nosotros, le ha pasado algo malo o morboso. Y, en general, estas noticias gustan, porque en cierta forma nos hacen sentir alivio. Si hay alguien que está muy jodido, por comparación, a mí no me va tan mal. ¡Qué tristeza!

El efecto secundario es que estas noticias refuerzan nuestros odios y nos hacen peores personas, porque todo lo que repites muchas veces, se hace fuerte en ti: lo bueno y lo malo. O sea, que no es gratis.

Hoy más que nunca, necesitamos una educación basada en la crítica consigo mismo, en la que se enfrenten la satisfacción de las necesidades materiales inmediatas, con la facultad de imaginar mundos posibles compartidos. Y en la que la reflexividad trascienda la apariencia y la vulgaridad de la realidad tal y como se nos revela a los sentidos.

Dicen que la mentira tiene patas cortas. Pues no necesita tenerlas más largas. Porque con las patas que tiene, hoy en día se consigue más con la mentira, que con la verdad.

Esto es triste, pero lamentablemente, es verdad.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Mentiras verosímiles, verdades aparentes

  1. Pues nada que rebatir, Marlen. Porque llevas razón en el 200% de lo que has dicho, porque estoy seguro que te has callado mucho. 😅😂
    Creo que hay por ahí alguna película en dónde por encantamientos o deseos mágicos se obliga a decir la verdad del protagonista con resultados trágicos.
    Cómo bien comentas, el que dice «yo no miento», ya lo está haciendo. Y como también añades, lo hacemos por costumbre, por amor, por respeto y por delicadeza. En los buenos casos, claro.
    Creo que en realidad deseamos que nos mientan porque la verdad es demasiado dura y no la podemos soportar. No estamos ni preparados, ni educados para ella.
    Sin embargo, es muy distinto cuando los que deberían dar ejemplaridad en sus discursos nos mienten. O lo hacen para dañarnos y humillarnos. O lo hacen como norma o porque simplemente nos toman por tontos e ignorantes. Esto es repugnante y más en este país en donde se excusa y simplifica.
    Lo de los medios y RRSS ni lo comento. Cada vez me revuelven más el estómago. No veo nada en la tele «normal» y entro unos 10 minutos en Twitter antes de salir corriendo. Y eso que solo miro a contactos seleccionados o amigos.
    Me río, por no llorar, cuando dicen que nos dan la basura que pedimos. Creo que en realidad nos dan mierda y no nos dignamos a apagar las pantallas y exigir otra cosa. Esta sociedad es demasiado complaciente y nada exigente. Por eso tenemos lo que tenemos.
    ¿Te miento si te digo que me encanta leerte, abrir mi cabeza y corazón con tus escritos y que disfruto una «jartá» con tus entradas? Nanai de la China mandarina.
    Un abrazo verdadero del güeno. 😉👌🏻🤗👍🏼

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  2. Jose, al ver tu comentario, he vuelto a releer lo que había escrito, y me quedo con una frase que me gusta especialmente (Y si, a veces, no siempre, me gusta cómo queda alguna frase): «…aprender a aceptar la verdad sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra sociedad, la cual equilibra una balanza que debería tener como vencedoras a la verdad y a la honestidad.» Creo que es una asignatura pendiente no sólo en esta, nuestra sociedad. Ni te cuento las cosas que leo de Argentina, Uruguay, Francia… ¿Por qué nos resultará tan difícil aceptar que es más fácil decir la verdad? ¡Si nos diéramos cuenta de lo que cuesta mantener en pie la torre de mentiras que en cualquier momento se desmorona!
    Ya sé, el hombre es tonto por naturaleza. Llega a creer que es «más fácil» mentir para sacarse de encima al otro, y tener que dar explicaciones. ¿No te pasa que estás hablando con alguien y sientes que es evidente que te está tratando de colar una gorda? En esos momentos, creo que mi mirada asesina podría dañar gravemente su salud. 😂😂😂 Luego reflexiono, pienso en alguna mentira que yo haya tratado de venderle a alguien últimamente y la risa (la que va por dentro, la que sólo se oye si eres muy perspicaz) me devuelve a la realidad. ¿Será que con los años voy perdiendo algo de combativa? ¿o que voy ganando algo de compasiva?
    A veces, tienes razón en que deseamos que nos mientan, porque la verdad es demasiado dura y no la podemos soportar. ¿Educamos bien a nuestros niños y adolescentes? ¿O tratamos de ahorrarles los malos tragos, pobrecitos? ¿No estamos creando generaciones de blanditos, incapaces de afrontar la realidad y de soportar las consecuencias de lo que hacemos?
    Paso por encima de los modelos no tan modélicos y de los medios. Si sigo comentando, voy a tener dolor de barriga y no me apetece. ¡Que si, que es verdad! Sólo un pequeño apunte: pregunta un poco a los amigos y te asombrará cuántos hemos tomado la decisión de dejar de ver los canales normales de TV. Entre los canales de música y de cine o series y las nuevas plataformas con miles de buenas películas y documentales que descubrir o volver a ver, la oferta es inabarcable. ¿Algún día puede ser que los programadores de canales y noticieros se den cuenta de una puñetera vez.? ¿Algún día la educación se implicará nuevamente, en estos temas.?
    Lo siento, parece que hoy las preguntas me asaltan. Gracias, como siempre Jose, por tus palabras, que me hacen sonreír y sentirme escuchada, Por compartir pensamientos y sentimientos, gracias de corazón.
    Un abrazo entrañable, amigo.

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    1. Pues sí, Marlen, es una de las muchas asignaturas pendientes. Como ser honestos sin excusarnos para lo contrario en la podrida política que nos rodea. Como aprender por el placer de saber y aumentar nuestro conocimiento sin la necesidad de un profesor o un examen que nos valide. O como ser solidarios por corazón y no por modas. Hay tantas asignaturas pendientes, la mayoría impuestas por nuestra educación y sociedad.
      A propósito, yo hablo siempre de España, porque es la única que conozco, pero supongo que sí, es el mundo el que está mal (por no decir otra palabra más fuerte).
      En el tema de la educación te cuento mi caso. Desde pequeño, cuando mi hijo nos muestra algo, es muy difícil que mi mujer le ponga pegas, lo hace de corazón y la entiendo, quiere incentivarlo y no hacerle daño. Amor de madre, que dicen. Sin embargo, yo intento hacerle una crítica objetiva y real, aunque le duela. ¿Por qué? Porque cuando yo le diga que algo suyo es de sobresaliente, sabrá que realmente pienso eso y no le estoy regalando los oídos. Por supuesto, le valoro el esfuerzo y los aciertos, pero siempre le planteo las mejoras. Siempre he sido así y creo que él me lo agradece.
      Creo que el modelo arcaico y decadente de la televisión durará mucho años. Gracias, sobre todo, a los ancianos que son la audiencia preferente de estos programas y de otras especies sin cerebro que prefiero no mencionar. A la gente le gusta el morbo, la desinformación, los besos en los oídos y que no la hagan pensar. Por eso prefiero 1000 libros antes que un solo programa de televisión. Soy así de raro. 😝
      En realidad pienso que vivimos entre preguntas, pero ¿no nos hace esto más inteligentes? 😜👌🏼
      Este lugar es un maravilloso rincón para dialogar, aprender e intercambiar ideas. Al menos, mientras no me conozcas personalmente y salgas corriendo. 🤣🤣🤣
      Un abrazo, amiga Trujamana. 🤗😘😊👍🏼

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  3. ¡Ja Ja Ja! ¡Qué conectados estamos Jose! Hace unos días, mi sobrino al entrar en casa y ver mi pila de libros en lectura, me dijo: ¡Pero cómo lees tantos libros! Y la niña, muy convencida, le contestó: ¡Porque a la Tita le gusta aprender! Mi pensamiento fue: ¡Caray, algo estamos haciendo bien! «Aprender por el placer de saber y aumentar nuestro conocimiento sin la necesidad de un profesor o un examen que nos valide.» Si nos dedicáramos un poquito, cada uno en su ambiente, a dar ejemplo en las asignaturas pendientes, otro futuro sería posible. (Perdón, no quería ponerme de modelo ni mucho menos, es que creo que no es tan difícil).
    El tema de la educación siempre me ha sido muy cercano. Y tengo claro que criticar sin alabar, o alabar sin criticar (por amor, por no lastimar…) es un mal método. Lo sé, no es fácil, porque a veces te pueden esas caras de: ¡A que lo he hecho bien! Pero educar también es eso, medir las dosis de cada cosa, no caer en chantajes emocionales, ser JUSTO en decisiones y comentarios. Creo que una de las cosas que más valoran los niños y jóvenes, por naturaleza, es la justicia. Y es un aprendizaje que les queda para toda la vida.
    En cuanto a la televisión, todo, y también esto, es en gran parte producto del pasado no tan lejano. Las mujeres en casa, con la pata quebrada, los hombres en el trabajo y en la calle, con los amigos, hablando de fútbol y mujeres. La sociedad ha ido cambiando, pero todo cambio necesita tiempo. Y a veces, esos cambios están preñados de mercantilismos varios.
    No creo que el modelo «arcaico y decadente de la televisión» dure mucho más. Fíjate que ya casi nadie tiene teléfono fijo, los televisores tienen internet, acceso a las redes, a otras plataformas, posibilidad de ver programas que ya se emitieron, grabar lo que vendrá y sobre todo, mucha libertad. En definitiva, que como siempre, todo dependerá de la educación. No sé si la educación podrá luchar contra el morbo, pero enseñar a elegir, enseñar a no dar cualquier basura como válida, a reflexionar y ser más críticos. Lo único que falta es que nuestras generaciones desaparezcan. ¡Ya lo siento!
    Hoy no estoy tan preguntona, pero igual estoy un poco más sarcástica.
    Y si, suscribo lo que dices que este rincón maravilloso, además de servir de diario íntimo, sirve para desahogarse, gritar, recordar, dialogar, disentir, compartir experiencias y reflexiones, conocer amigos a quienes les muestras tu yo más íntimo. Y que conste que no pienso salir corriendo cuando te conozca personalmente, a lo sumo me quedaré sentada, con la boca abierta. 🤣😂🤣😂
    Un abrazote, amigo Empático.

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