La gran aventura: Juan Sebastián Elcano

Estamos de aniversario. Hace 500 años, el 6 de setiembre de 1522, desembarcaron en Sanlúcar de Barrameda los escasos supervivientes de la expedición del comandante Fernando de Magallanes que completó la primera vuelta al mundo, junto a su comandante Juan Sebastián de Elcano. A la gesta de Elcano y de sus hombres, a los que llegaron y a tantos que se quedaron por el camino, a los amantes de las aventuras, les dedico esta entrada.

Y hablando de aventuras, la primera acepción de la palabra “aventura” que aparece en el diccionario es “acaecimiento, suceso o lance extraño”. No se me ocurre un ejemplo mejor de aventura, que echarse al mar bravío con un desconocimiento total de lo que iban a encontrar.

El rey Carlos V había nombrado a Hernán Cortés, gobernador y capitán general del reino de Nueva España. Éste no tardó en aclarar una confusión tonta a sus aliados indios: ellos creían que, una vez derrotados los aztecas, pasaban a ser libres y ya no tenían que rendir tributo a nadie, pero Cortés les explicó que no era así, sino que todo seguía como antes, salvo que ahora debían acatar las órdenes de los españoles. De hecho, Cortés se las arregló para mantener sometidos a todos los pueblos que habían dominado los aztecas y a muchos más.

Entretanto, en España, el deseo de descubrir nuevas rutas hacia Oriente, impulsaba a españoles y portugueses a emprender arriesgadas aventuras por mar, por motivos comerciales. Querían alcanzar, a toda costa, las deseadas especias de las Indias Orientales, y sobre todo de las Indias de las Molucas, prácticamente el único lugar del mundo que producía especias.

Sevilla, puerta del nuevo mundo

Insatisfecho con el trato recibido por la corona portuguesa, Fernando de Magallanes, que ya había navegado hasta la India, ofreció sus servicios a Carlos I. Fue el navegante portugués quien puso en marcha el viaje más audaz y más largo de la Era de los Descubrimientos. Y hay que señalar, en relación a la autoría del proyecto, que fue el poderoso mercader burgalés de origen converso, Cristóbal de Haro, dedicado al negocio de las especias, quien aportó la mayor parte de los 1.592.769 maravedíes que dieron viabilidad al viaje.

Cinco naves con unos 250 hombres a bordo (24 portugueses y el resto españoles), 40 días después de haber zarpado de Sevilla, iniciaron su travesía oceánica desde Sanlúcar de Barrameda el 20 de setiembre de 1519. Tres años más tarde, solo un puñado de supervivientes arribaría a puerto.

Los cinco barcos de la expedición

A partir de la segunda escala de la expedición, en la bahía de Santa Lucía, cerca del actual Río de Janeiro, Magallanes exploró la desembocadura de cada río, lo que llevó a su tripulación a pensar que en realidad el Capitán General desconocía el lugar que comunicaba ambos mares y que navegaban erráticamente. Algo de eso debió de haber, porque nadie había llegado más al sur del río de la Plata. Todos los mapas acababan ahí. En previsión de que se echara encima el invierno, el 30 de marzo Magallanes ordenó fondear en la bahía de San Julián, en la actual Patagonia argentina, y proceder al racionamiento de víveres. Los barcos no se moverían hasta que llegara el buen tiempo. Y no hay nada peor para un marino que estar parado y consumiendo víveres. El 1º de abril se produjo un motín y Magallanes ordenó la pena capital para los implicados.

Varados en lo que denominaron Puerto de Santa Cruz, la invernada, con un breve intento de avance en el cual se perdió la nave Santiago, aunque no sus tripulantes, se prolongó unos 7 meses, al cabo de los cuales, tras zarpar de nuevo, descubrieron en el laberinto de canales y bahías que se abrían hacia el oeste que el agua seguía siendo salada. A finales de noviembre se atravesó por vez primera el paso que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes. En tierra, las lejanas hogueras avistadas dieron nombre al mundo que dejaban atrás: Tierra del Fuego. Felices al encontrarse por fin en un océano engañosamente pacífico, pusieron rumbo a la línea del ecuador y a las ansiadas islas. Ni siquiera se pararon a aprovisionarse. No sabían que estaban ante el mar más grande que se había navegado nunca. Tampoco que, desde allí, estaban a la misma distancia de las Molucas que del continente europeo.

Estrecho de Magallanes

Durante tres meses de desesperación navegaron rumbo noroeste, en busca del ecuador y las Molucas, sin tierra a la vista, víctimas del calor, la quietud, el hambre, la sed y el escorbuto. Había muerto una veintena de hombres y habían recorrido más de 13.000 millas, cuando lograron aprovisionarse de fruta fresca en la Isla de los Ladrones (actual Guam), en las Marianas. Para cuando las tres naos restantes llegan a un vasto archipiélago, al que bautizan como San Lázaro (después rebautizadas Islas Filipinas, cuando en 1571, las colonizará Miguel López de Legazpi), era evidente que las Molucas, en la línea del ecuador, habían quedado bastante más al sur.

Humabón, el cacique de Cebú, sugirió a Magallanes reducir a un jefe rival, Lapu Lapu, de forma que él terminara gobernando sobre todas las islas, que por supuesto pondría al servicio del lejano rey de España. El Capitán debió considerar que la pequeña escaramuza valía la pena, fue incapaz de valorar el riesgo. Y aceptó la propuesta, dirigiéndose a Mactán con 49 de sus hombres. Lapu Lapu, esperó con 1.500 guerreros agazapados en la playa a que los españoles, con el agua por los muslos y las pesadas armaduras, llegaran hasta la orilla dispuestos a entablar una batalla desigual. La victoria la logró quien tenía el mayor número de combatientes. Y Magallanes murió aquel 27 de abril de 1521. Su sueño de alcanzar las Molucas por el oeste, ha culminado muy al norte de las ansiadas islas, en Filipinas, unas tierras que en Europa nadie conoce y ha despojado a los navegantes de su aura de invulnerabilidad.

Islas Filipinas

Una semana después, Humabón organiza una cena en la que expresa sus condolencias, les muestra su respeto y les obsequia regalos para el rey. Pero en la emboscada que les había preparado, mueren 26 altos cargos de la expedición. Antonio de Pigafetta, cronista de la expedición, y Juan Sebastián Elcano, maestre de la nao Concepción, no se encuentran entre ellos. Los problemas de salud que les impidieron desembarcar para asistir al homenaje del cacique local, les han salvado la vida. Junto al resto de los supervivientes, se hacen a la mar y sólo se detienen en la isla de Bohol, donde se ven obligados a quemar la Concepción por no tener gente suficiente para gobernarla. Quedan 115 hombres que prefieren reducir a cenizas uno de sus barcos, antes que verlo en manos enemigas.

Desde la muerte de Magallanes, las sucesiones de los mandos se producen sin derramamiento de sangre. El liderazgo real no puede imponerse por la vía del miedo, hay que ganárselo y Elcano lo consigue. Quizás esto explique que a partir de ese momento la experiencia marinera y el sentido común del navegante vasco se impongan. ¿No han salido a buscar las Molucas? Pues hay que ir a las Molucas.

Juan Sebastián Elcano

Emprenden rumbo hacia el sur, y el 8 de noviembre, las dos naves fondean frente a Tidore, la primera productora de clavo del mundo que los recibe como a viejos socios. Su sultán, Almanzor, ya ha estado antes en tratos con árabes y otros comerciantes extranjeros. Sabe cómo funciona el mercado. Se cierran los acuerdos necesarios y comienza a almacenarse sobre todo clavo, y algo de canela, jengibre y nuez moscada, para cargar los dos barcos españoles. Podemos imaginar los rostros de los marineros que han tardado dos años largos en llegar a la especiería, Pensemos que un saco de canela equivalía entonces al sueldo de toda una vida.

Tidore

Es curioso que Andrés de Urdaneta, en la segunda expedición a las especias, descubre que el sultán de Tidore (hijo de Almanzor) hablaba euskera, había aprendido de los expedicionarios su lengua y se preciaba de ello. Los 100 vascos, integrantes de esta expedición conversaban con el sultán en vizcaíno.

Elcano decide abandonar Tidore cuanto antes, para evitar el riesgo de ser descubiertos por los portugueses. Pero cuando ambas naves están cargadas al límite de su capacidad, las juntas de la Trinidad se desencajan debido al sobrepeso y la nave hace aguas. Los trabajos de reparación y carenado llevarían mucho tiempo, por lo que lo más sensato es que se quede en Tidore para ser reparada, pero para no poner en riesgo dos cargamentos y dos tripulaciones, la Victoria debe partir. Partirá rumbo a España, pero no por el Pacífico, sino por la vía que hacen los portugueses: el Índico, un océano inexplorado.

Navegando por aguas portuguesas, Elcano afrontó una travesía que nunca entró en los planes de viaje. La tripulación se dividió entre las dos naves y los aguerridos marineros se despidieron llorando, quizás intuyendo que la gran mayoría de ellos jamás volvería a verse.

¿Qué fue de la suerte de la Trinidad? Partió tres meses más tarde que su compañera y en dirección contraria. Pero los vientos y las tempestades hicieron imposible una durísima travesía hacia tierras americanas, en la que murieron una treintena de hombres. Una recia tempestad le impidió seguir la corriente de Kuro Siwo que en 1565 sirvió a Andrés de Urdaneta para establecer el camino de regreso de Asia a América, el llamado Tornaviaje. La Trinidad intentó volver a Tidore, al amparo de Almanzor, para reparar de nuevo una nave herida de muerte. Nunca llegaron. Los portugueses los interceptaron. La Trinidad fue desmantelada y hundida tras requisar una carga de clavo que en los mercados valía más que las vidas de los hombres que la transportaban. Sólo 3 de sus tripulantes regresaron a España 5 años después.

Elcano se pone en marcha. Debe navegar fuera de las rutas portuguesas para evitar ser apresados, evitando también los vientos monzones, sin tocar tierra y sin conocer los vientos que rigen los mares no navegados con anterioridad. En su periplo descubren las Molucas del Sur, donde “se dan la nuez moscada y la pimienta” como referirá en el informe a su soberano. Desde Timor, una isla desconocida para los portugueses, parten a mediados de febrero de 1522 hacia una travesía a mar abierto de más de 20.000 kilómetros. Desde allí, su único punto conocido es el cabo de Buena Esperanza.

Elcano navega con gran intuición y somete las decisiones a la votación de la tripulación, dispuesto a acatar la opinión de la mayoría. La primera de ellas es la de si recalar o no en Madagascar, que supondría lo mismo que entregarse a los portugueses. Gana el no. La segunda, durante la penosa travesía, superando el cabo de Buena Esperanza, si arrojar la carga de clavo al agua con objeto de aligerar la nave. De nuevo gana el no: volver sin las preciadas especias sería reconocer el fracaso de una expedición que navega ya sólo en pos de la supervivencia y la dignidad. Con el calor y las calmas de la zona ecuatorial llegan la sed, la deshidratación, el hambre y el escorbuto. Por el camino, muchos encontraron en el mar su última morada. La tercera decisión se refiere a si atracar en Cabo Verde. Y gana el si. Esta vez, los hombres ya no pueden más.

En la isla de Santiago de Cabo Verde, a la que llegan el miércoles 9 de julio, constatan que para los locales es jueves 10, “y así creo que nosotros íbamos errados en un día y estuvimos hasta el domingo en la noche”. ¿Te acuerdas de Phileas Fogg?

Cabo Verde

Ante las autoridades portuguesas, urden el engaño de decir que regresan de las Américas y se han retrasado de su flota debido a una tormenta. Funciona en un primer aprovisionamiento, pero no en el segundo. El que será el artífice de la primera vuelta al mundo, se ve obligado a huir y lanzar la nave Victoria a una desaforada carrera para eludir la persecución portuguesa. Los vientos son tan contrarios que no pueden ni soñar con recalar en Canarias y se ven obligados a remontar las Azores, bajar de nuevo frente a Lisboa y doblar el cabo de San Vicente, antes de avistar una Sanlúcar de Barrameda que, sin duda, les parece una alucinación.

El 6 de setiembre llegan a la localidad gaditana. “Flacos como jamás hombres estuvieron”. Con estas palabras describió Juan Sebastián Elcano el estado de los 17 hombres que junto a él descendieron de la nao Victoria. Y se dirigieron descalzos hacia la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en acción de gracias, después de haber “dado la vuelta a toda la redondeza del mundo”. En el muelle, la gente es incapaz de reconocer en aquel puñado de muertos vivientes, la orgullosa escuadra que partió de allí casi tres años antes. La nave y ellos mismos están tan maltrechos que piden un barco que los remolque hasta Sevilla. Durante esa espera, Elcano escribe una carta al joven soberano que dejó como rey y lo recibe como emperador. Se estima que los supervivientes han recorrido más de 43.000 millas, es decir, unos 70.000 kilómetros. No una, sino casi dos vueltas al mundo.

Expedición Primera vuelta al mundo

Carlos V responde a la misiva de Elcano apenas una semana más tarde. Le pide que tome a dos hombres de su confianza para reunirse con él en Valladolid y contarle de viva voz la aventura. Es el emperador del mundo, pero no conoce el mundo. Es Elcano quien se lo muestra.

En su carta da por hechas también las únicas dos cosas que el marino vasco le ha solicitado: la liberación de los hombres que se quedaron en Cabo Verde y la parte proporcional que todos los supervivientes deben recibir sobre los casi 600 quintales del clavo que ha llegado a puerto. A él mismo se le otorga un escudo de armas con las preciadas especias y el lema “primus circumdedisti me” (fuiste el primero que me circunnavegaste), y un sueldo de 500 ducados anuales. La burocracia no estuvo a la altura de la gloria del momento, ni de la magnanimidad del rey. Elcano moriría antes de que se hiciese efectivo ni uno solo de esos pagos.

Juan Sebastián Elcano, pintado por Ignacio Zuloaga

La suma de las dos figuras Magallanes-Elcano, convierte una expedición comercial en un periplo histórico que rompe con antiguas creencias, revela la verdadera escala de nuestro planeta y abre nuevas rutas de comercio que se utilizarán durante siglos, hasta la construcción del canal de Panamá.Juan Sebastián Elkano, el hombre que le puso nombre a la historia marítima vasca, es muy querido en Getaria, su pueblo natal y cada 4 años en agosto desde hace 100 años, se suele realizar una representación de la llegada de la expedición a Sanlúcar de Barrameda. Este año 2022, coincidiendo con los 500 años de la primera vuelta al mundo, el día de hoy, 6 de setiembre se ha decidido declarar día festivo en la Comunidad Vasca, en su honor. Hoy nuevamente, el Desembarco recorrerá las calles del pequeño pueblo.

Desembarco de Elkano en Getaria

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “La gran aventura: Juan Sebastián Elcano

  1. Qué buen recuento, muy interesante. Siempre he pensado en la clase de hombres que se necesitaban para aquellas aventuras. Salir de lo que conoces sin la certeza del regreso, saber que pasarán años para volver, si es que lo lograban. Es para pensarse… Saludos.

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  2. Tienes razón, Ana. A mí también siempre me llamó la atención la vida de esos aventureros que salían de casa sin tener, muchas veces, ni la menor idea de lo que podían encontrar. Y pasaban años hasta que volvían, cuando volvían. ¿Cómo viviría la familia entretanto? ¡Menudo panorama!
    Este viaje es especialmente atractivo para mí, con tantos escenarios por descubrir. ¿Y después les quedaban ganas de volver a embarcar? Una sociedad, un mundo que me cuesta imaginar.
    Saludos.

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  3. Buenos días, Marlen.

    Otra maravillosa lección de historia contada de forma tan amena y pasional que me pregunto: ¿por qué no vivía estas aventuras históricas de esta forma en el colegio? Así seguro que me hubiera gustado más, habría sacado mejores notas y se me habrían quedado grabadas estas gestas en la cabeza. Porque a día de hoy no me acuerdo ni si los Reyes eran Católicos o no estaban muy católicos (esto por mi tierra significa que estaban algo majarones).

    Es evidente los corazones aventureros de estos hombres que se arriesgaban a navegar por zonas, no solo desconocidas, sino también peligrosas y llenas de leyendas, terrores mitológicos e incluso maldiciones religiosas. Está bastante claro que, sobre todo los mandos, se lanzaban con la esperanza de convertirse en personas ricas, gracias al descubrimiento de nuevas rutas para las especias, pero la tropa, que además no solía recibir la parte proporcional al sacrificio que hacían, eran los verdaderos aventureros que dejaban casa, familia y tierra por embarcarse en aventuras con un final desconocido.

    En estas aventuras, maravillosas por su impacto y trascendencia histórica, siempre me entra la duda de que, dentro de la celebración y conmemoración que se realiza más tardes, se olvidan la gran cantidad de vidas que se quedaron en el camino. Los gobernantes, los que controlan y mandan las expediciones y los que solo lo viven desde sus poltronas, se llevan los méritos y medallas, pero los muertos desaparecen en el tiempo. Curiosa esta frase: «Es el emperador del mundo, pero no conoce el mundo».

    Esto me ha encantao: «Es curioso que Andrés de Urdaneta, en la segunda expedición a las especias, descubre que el sultán de Tidore (hijo de Almanzor) hablaba euskera, había aprendido de los expedicionarios su lengua y se preciaba de ello. Los 100 vascos, integrantes de esta expedición conversaban con el sultán en vizcaíno». ¡Qué maravilla tiene que ser llegar tan lejos de tu casa y encontrar a indígenas que te hablan en tu lengua! Me imagino sus corazones llenos de lágrimas.

    Viendo las penurias, las fatigas, las muertes en el camino y, sin embargo, el empinamiento y el coraje por proseguir y concluir un viaje tan dificilísimo y cruel, uno se pregunta ahora como hemos llegado a ser tan pusilánimes para quejarnos por viajar 20 o 30 minutos para ir al trabajo, la universidad o el colegio. ¡Cómo hemos cambiado!

    Muchas gracias por esta magnífica aventura que me has permitido vivir sin moverme del sillón, sí yo también hago como aquellos reyes, aunque con menos efectivo. 😅😝
    Un abrazo, amiga Cuantameloquequierasqueyoteescuchoembobao.

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  4. Buenos días, Jose.
    Cuando era niña no me gustaba la asignatura de Historia. Aprender de memoria las fechas de batallas y de la muerte de los personajes, me parecía estúpido. Nunca sacaba malas notas porque mi memoria, en aquel tiempo, era muy buena. Pero al día siguiente de recitar la lección o de hacer el examen, ya me había olvidado de todo. Hasta que un día me di cuenta que las preguntas que yo hacía siempre sobre su vida anterior, a mis padres y abuelos, formaban parte de la historia de mi familia, de la de un país y de la de una época.
    Y empecé a leer las revistas National Geographic en la biblioteca, empecé a relacionar hechos de una misma época y las repercusiones que tuvieron en los tiempos en los que estábamos viviendo.
    ¿Cómo vivían los alemanes en el régimen nazi? ¿Qué pensaban los franceses de la ocupación alemana, luchaban contra ellos? ¿Cómo? ¿Por qué los rusos quemaban sus casas y sus campos ante la llegada de las tropas alemanas? ¿Quién destruyó Gernika? ¿Qué sentían los republicanos cuando tenían que dejar todo y salir a otro país, donde además no los querían? ¿Por qué se levantó el Muro de Berlín?…
    Me gustó mucho encontrar respuestas a mis preguntas y me di cuenta que lo que no me gustaba no era la Historia, sino la forma en la que me la enseñaban. «Por qué no vivía estas aventuras históricas de esta forma en el colegio?
    Creo que ahora se ha mejorado la forma de enseñar, pero lamentablemente en detrimento de su contenido. Cuando les pregunto a mis sobrinos sobre personajes o episodios de la historia, son pocos aquellos sobre los que me pueden contar algo. En casa estamos leyendo un cómic sobre filosofía y cuando en clase hablan sobre Epicuro o la caverna de Platón, parece que la maestra los mira como a raritos. Será que estamos haciendo bien las cosas.
    En cuanto a que «en estas aventuras, maravillosas por su impacto y trascendencia histórica, siempre nos olvidamos de la gran cantidad de vidas que se quedaron en el camino». Creo que muchos de ellos tenían el sentimiento de orgullo, de pertenencia a un grupo: un país, una tripulación de un barco, un equipo científico… Tal vez el Wa del que hablábamos en una entrada anterior, formaba parte de su forma de vida. Y era mucho más importante los logros o las mejoras conseguidas por el grupo para todos, que los riesgos a los que se enfrentaban.
    Me imagino a los supervivientes de la nao Victoria, pasado un tiempo desde su regreso y las celebraciones, en sus pueblos, hablando con sus amigos en la taberna. ¿Tú crees que se lamentaban por haber sufrido tantas penurias o estaban orgullosos de lo que habían logrado?
    Además, también creo como tú, que «hemos llegado a ser tan pusilánimes para quejarnos por viajar 20 o 30 minutos para ir al trabajo, la universidad o el colegio. ¡Cómo hemos cambiado!» ¡Y que lo digas!
    Gracias a ti Jose, por tus comentarios y por haber disfrutado de la aventura.
    Un abrazo, amigo Escríbemeloscomentariostanbonitosqueyotesigocontandoencantá

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