Acortando distancias I: Asif y Moslema

Mi intención es simplemente acortar distancia con algunos exiliados de diferentes lugares del mundo, ver sus caras, conocer algo de ellos, de su “¿Por qué?”, hacerlos visibles por un segundo. Tal vez, de esa forma, te acuerdes de ellos antes de opinar sobre su deseo de vivir en tu país, que es su necesidad de sobrevivir; sobre que vienen a sacarnos el trabajo, un trabajo que no quieren hacer los autóctonos porque tienen la posibilidad de elegir otros; sobre por qué no se quedan en su país tranquilamente, sin pensar que están intentando salvarse y/o salvar a su familia de la guerra, del hambre, de la muerte. Piensa un segundo en qué harías tú en su lugar y recuerda su rostro.

—Quería ir a un lugar seguro. No tenía planes de venir a Grecia ni a esta isla. Sucedió.

Asif fue una de las miles de personas que se agolpaban en las inmediaciones del aeropuerto de Kabul para huir, el pasado agosto, de un Afganistán tomado por los talibanes. Él era policía en la provincia norteña de Tahar, capturada por los insurgentes una semana antes de que cayera la capital. Recuerda las amenazas, la huida con su familia, su intento de dejar el país en uno de los vuelos de evacuación que salían de Kabul. Habla del ambiente en el aeropuerto, de la multitud desesperada y de su impotencia por no poder pedir ayuda a nadie: había talibanes por todas partes, dice, y no podía enseñar su documentación porque revelaba que pertenecía al cuerpo de Policía. Recuerda las explosiones —los atentados de Estado Islámico que dejaron más de 180 muertos en el aeropuerto—, el caos y la impotencia.

—Intenté dejar Afganistán con los extranjeros, pero no pude. Ellos se fueron y yo me quedé. Fue decepcionante, para mí y para mi familia. 

Con pelo ondulado, ojos claros y media cara cubierta por una mascarilla, Asif habla sentado ante una mesa larga al lado de su mujer, Moslema, y sus tres hijos: la más pequeña, Elif, de 2 años, duerme en un carrito, mientras sus hermanos Yaldar y Yassir, de 4 y 6 años, juegan entre ellos. Estamos en una sala habilitada dentro de una tienda en el campo de Mavrovouni, en la isla griega de Lesbos. Hace algo más de seis meses que los talibanes volvieron al poder en Afganistán, y dos desde que el expolicía y su familia lograron cruzar el brazo de mar que separa Turquía de Lesbos. 

Esta isla griega, a tan solo una decena de kilómetros de las costas turcas, ha estado desde 2015 bajo los focos por ser la puerta de entrada a Europa para miles de personas en busca de asilo. Llegó a haber más de 20.000 personas hacinadas en Moria, el que fuera el mayor campo de refugiados de Europa, consumido por las llamas en septiembre de 2020. Hoy son algo menos de 1.800 las que viven en Mavrovouni, el campo supuestamente provisional que se levantó para sustituir al arrasado Moria. En los días claros, desde este pedazo de terreno se ve perfectamente la costa turca de la que partieron quienes ahora esperan en tiendas y contenedores a que Grecia decida sobre su futuro.   

Cuando Asif comprobó que era imposible abandonar Kabul en los vuelos de evacuación de civiles, estuvo cerca de dos meses escondido. Durante ese tiempo, su familia sufrió el asedio de los talibanes. Finalmente, el matrimonio y sus tres hijos lograron ponerse en marcha: de Kabul fueron a la provincia de Nimroz, en el suroeste de Afganistán. Él iba escondido bajo un burka simulando ser una mujer. Los acompañaba otro matrimonio: cuando los paraban en algún control, el hombre decía ser el responsable de aquel grupo de mujeres y niños entre los que iba oculto el policía. Lograron pasar a Pakistán; de allí fueron a Irán y luego cruzaron a Turquía. Asif intenta resumir su periplo en unas pocas frases.

—Nunca había dejado Afganistán y tuve muchos problemas. Si empezara a contarte todo, estaríamos hasta esta noche. Y podría seguir mañana. Y pasado mañana también.

No tenían ningún destino en mente: se hubieran quedado en Turquía, dice, pero allí no les trataban bien y sobre ellos planeaba constantemente la amenaza de la deportación. Pasar a Grecia por mar pagando a un traficante de personas fue la única salida que encontraron. Asif cuenta que una vez llegaron a Lesbos y presentaron su solicitud de asilo, sufrieron su primer revés en territorio europeo: a pesar de la huida, de los talibanes, de los problemas sufridos por él y su familia —mira por un momento a su mujer—, su solicitud fue rechazada por considerar que Turquía es un “país seguro” en el que podían haberse quedado. De ninguna manera es un país seguro, dice Asif vehemente, e insiste en que, si lo fuera, seguirían allí. Recurrieron ese primer rechazo y ahora están a la espera de una decisión. Entre tanto, vuelven los fantasmas de todo lo vivido. Dice que él sufre pesadillas cada vez que cierra los ojos, su hijo de 6 años a menudo llora dormido y su mujer intenta superar graves traumas sufridos en los últimos meses. Cuando llegaron al campo, ella estaba totalmente bloqueada, “no podía hacer nada”, cuenta él. Moslema toma la palabra para hablar de las dificultades que afrontan ahora, especialmente la presión que padecen los niños, la falta de comida adecuada y de dinero para comprarles alimentos. Y dice que ella no se encuentra bien. En Afganistán, cuando su esposo estaba escondido, padeció su propia pesadilla a manos de los talibanes.

—Tengo problemas psicológicos desde que me fui. Ahora no soy la misma persona. 

Saca un documento médico que, en inglés, certifica que está recibiendo seguimiento psicológico en Lesbos por haber sufrido “violencia sexual en su país de origen y violencia física en Turquía. También fue testigo de una gran cantidad de violencia en ambos lugares”. 

El documento añade: “Necesita apoyo para su salud mental, porque después del primer rechazo de su solicitud de asilo, su salud mental comenzó a deteriorarse de nuevo”.

La denegación del asilo a esta familia afgana se basa en la decisión, adoptada por el Gobierno griego en junio de de 2021, de designar a Turquía como “tercer país seguro” para las personas procedentes de Afganistán, Siria, Pakistán, Bangladesh y Somalia (algo que también aparecía recogido en el polémico pacto de 2016 entre Ankara y Bruselas). Al considerar Turquía como un territorio en el que estas personas están protegidas, Grecia puede rechazar por la vía rápida, sin examinarlas a fondo, las solicitudes de asilo de las personas que llegan a través de ese país. Es decir, prácticamente todas las que llegan a Lesbos. 

Esta designación se enmarca en la estrategia de disuasión y control de los solicitantes de asilo llevada a cabo por el Gobierno griego. El Ejecutivo conservador de Kyriakos Mitsotakis —que llegó al poder en julio de 2019 después de una aplastante victoria electoral de su partido, Nueva Democracia— está convirtiendo los campos de refugiados del Egeo en centros de detención a cielo abierto, y el proceso de solicitud de asilo en una carrera plagada de obstáculos.

Este texto forma parte de un artículo de la periodista donostiarra Maribel Izcue, para la revista 5W

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

5 comentarios sobre “Acortando distancias I: Asif y Moslema

  1. Creo que un corazón emocionado dice mucho más que un millón de palabras.
    💙❤♥💚💛💜
    ¡Un matrimonio con tres hijos! ¡Qué barbariá!
    Me río cuando hablan de superhéroes de cartón y pastiche. Estos son los verdaderos héroes que me hacen sonreír el alma, sin necesidad de capa ni de poderes imaginarios.
    ¡Qué a los que cruzan las aguas en estas condiciones los llamen invasores!
    ¡Qué fácil es sentenciar sobre el destino de los demás desde sus cómodas y pomposas poltronas!
    Ojalá esta familia y todas las demás pudieran disfrutar al fin de descanso, tranquilidad y una vida normal, aunque ya sabes lo frágil que ando de esperanzas.
    Ya sabes que no creo en dioses ni en sus intermediarios, pero cada vez que disfruto de un plato de comida o bebida, me siento cómodamente en mi butaca para disfrutar de mis lecturas nocturnas o puedo simplemente sentirme seguro en mi casa, doy gracias a la Pachamama por la vida que me ha tocado vivir, porque en realidad ha sido simple suerte al nacer, ya lo he comentado muchas veces.
    No es mucho, pero al menos hay que ser consciente de dónde estás y lo que tienes y tus artículos nos hace situarnos perfectamente. Parece egoista, tal vez lo sea, pero conocer estas otras vidas es necesario e imprescindible, porque nos hace generar empatía hacia estas personas, aunque podamos ayudar en tan poco.
    Gracia, Marlen. Un abrazo.

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  2. Tienes razón, Jose: «verdaderos héroes que me hacen sonreír el alma, sin necesidad de capa ni de poderes imaginarios.» Encarar todo ese periplo con toda la familia… con 3 niños pequeños… Pero no quiero imaginarme la vida de una mujer sola con 3 críos a merced de gente que lucha sin reglas ni fronteras, sin lástima ni empatía. Por lo menos están juntos, pueden abrazar a sus niños, pueden llorar juntos y, tal vez, algún día… ¡Demasiados puntos suspensivos! ¡Ánimo!
    Entre esa gente que está en campos de internamiento, con una familia a cuestas, habrá cantidad de ellos que sepan trabajar de albañil, electricista, trabajador del campo, cuidador de personas mayores, pintor de brocha gorda, de esos oficios que en nuestro país nadie quiere ejercer. ¿no podrían firmarse tratados para que vengan a instalarse y a trabajar a cualquiera de nuestros países? No es tan difícil: organizar una lista por internet en la que cualquiera pueda poner un anuncio buscando quien pueda ocuparse de un trabajo, para el cual no consiga un trabajador en su país. Enfín, perdón que me embalo y mi mente sigue su absurdo viaje. Porque seguro que si vienen, son terroristas.
    También tienes razón en que «hay que ser consciente de dónde estás y lo que tienes.» Y dar gracias a la vida, a la suerte, a la Pachamama, a Buda o a Dios. Por eso, gracias a ti por tu comentario (Noooo, no te estoy comparando con Dios. ¡Válgame el ídem!).
    Y me voy a comer, que ya es hora y se me enfría la ensaladilla rusa. Ashushón al estilo gaditano.

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  3. Algún día te contaré la novela que tengo en la cabeza. De momento, no va a salir de ahí, pero quién sabe.
    ¡Ensaladillaaaaaaaaaa!!!!!! Junto con la tortilla, mi plato favorito. Sí, soy así de simple, pero qué es la felicidad, sino disfrutar de las cosas sencillas. 😜
    Qué aproveches, y repite por mí un par de veces. 😅😂
    Abrashushonazo

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  4. No me digas que tu novela tiene algo que ver con lo que escribí, porque ya sería el colmo del sincronismo. Tienes que animarte, por el simple hecho de autoregalarte el placer de darte ese gusto. Es una de las cosas que no tiene precio.
    ¡¡¡Ja ja ja!!! Para mi, también la ensaladilla es uno de mis platos preferidos. Pero lo que me divierte es que ¡¡¡te gustó el plato y no te diste cuenta que dije que se me enfriaba!!!
    Disfrutar de las cosas sencillas, sin duda la verdadera felicidad. ¡Estaba riquísima! Lo siento, pero no quedó nada para mandarte.
    Un abrazote.

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    1. Buenas, de nuevo.
      Solo puedo contarte que es alguien que, a pesar de tener mucha plata, ayuda a los que lo necesitan. Eso sí, de forma encubierta y manteniendo una segunda identidad. Creo que es de alguna forma la idealización de mis sueños irrealizables. Hay más tramas por medio, thriller, romanticismo, música, viajes, vivencias… Tal barullo que, de momento, necesita irse forjando y desenredando en mi cabeza. Me cuesta demasiado escribir. Tal vez algún día pueda pasar al papel, quién sabe.
      Lo de la ensaladilla: No, jejeje, no me di cuenta y lo peor es que siempre gasto esa misma broma.
      Disfrutar del gustito al paladar, otra cosa que nos une.
      Ahora ando sin cocina, creo que ya comenté que tengo la casa como si hubiera pasado un cataclismo, toa patas arriba con la obra. Así que voy a tardar bastantes semanas en poder preparar mi ensaladilla de langostinos. 😜
      Disfruta del papeo por mí, amiga. Un abrazo.

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