Las palabrotas, insultos e improperios están muy presentes en nuestro mundo diario. Me contaba el otro día una amiga, que la maestra de su niño de 6 años les citó en el colegio. Y muy seria les dijo a ella y a su marido que el crío tenía tendencia a usar palabras inadecuadas tales como “hostia”, “joder” o “mierda”, algo que resultaba inadmisible para un niño de su edad, según ella. Lo curioso fue la reacción del padre del infante, que muy serio, miró a mi amiga y dijo: “¿Y dónde coño habrá aprendido tu hijo esas palabrotas?”.
Aparte del detalle de que cada vez que un niño mete la pata, automáticamente se convierte en “tu hijo”, lo gracioso es que el padre, asombrado, era el primero en usar el proverbial “coño”. Es que, queda absolutamente comprobado que el uso de los insultos es genético, a tenor de la oportuna respuesta del padre aquel día.
Es curioso que las primeras palabras que aprende una persona que visita un lugar que le es ajeno, son los insultos. Iba yo el otro día detrás de un grupo de japoneses que seguían a su guía con banderita y uniforme por las calles de Donostia, cuando escuché de una niña mona un “hijoeputa” mal pronunciado, pero perfectamente entendible. Me pregunté si sabría el significado de la expresión. Pero las risas de los demás me dieron la respuesta.
Un “cabrón” en los labios de una ancianita adorable, nos produce un momento mágico que nos brinda la belleza discordante de una palabra malsonante, pronunciada en el momento y el lugar idóneos.
Pero, por experiencia, debo reconocer que nadie insulta mejor que un argentino. Es que los argentinos pueden ser fácilmente reconocibles en el mundo por el mate, por su modo de caminar y por su chulería, sobre todo si son porteños. Pero hay un detalle en particular que supera a todas estas características. Ya sea por su creatividad, originalidad, e incluso su pasión en el momento de aplicarlo, es posible que no haya persona en el mundo que insulte mejor que los argentinos. Con una capacidad increíble para tomar una situación cotidiana y convertirlo en un insulto monumental, desde frases escatológicas, hasta hacer referencia a todo el árbol genealógico de la persona, e incluso tomar la última frase de alguien y decirla de nuevo, con otro tono, como insulto.
Evidentemente, no todos los argentinos somos ingeniosos ni puteadores. Pero algunos fanáticos (del fútbol, de la política o de cualquier otra cosa) cuando insultan, lo hacen así, expandiéndose en el insulto. Se grita de un automóvil a otro por una mala maniobra de tránsito, frente al televisor al ver un partido, en las redes sociales y, más fuerte que en ningún otro lugar, en la cancha de fútbol. Hasta las personas más formales se transforman en las gradas de la cancha en máquinas de lanzar barbaridades, una tras otra, con una inventiva tal que su fama ha traspasado fronteras.
Entre los insultos argentinos, hay algunos que ya forman parte de la charla cotidiana, a tal punto que no se consideran como insultos propiamente dichos. Entre los más usados en el día a día están: “Boludo” y “Pelotudo”, utilizados en principio, para agredir de manera poco ofensiva a quienes cometen faltas menores y que han pasado a usarse como saludo o muletilla, entre amigos o con personas con las que existe cierto grado de confianza: “¿Qué hacés, boludo, cómo andás?
Si hablamos de insultos escatológicos, se usan frases cotidianas como: “¡Andá a la mierda”, “Sos una mierda”, “Sos un sorete”, “¡Gil de mierda!” o “Me cago en vos”. Nada como un insulto representa mejor la bronca, el enojo como “¡La puta madre!” o el superlativo “¡La reputísima madre!”, “¡La concha que te parió!”, “¡La concha de tu hermana!” o “¡La concha de la lora!”, “¡Andá a lavarte el orto!”.
Hay grupos insultados que se hacen cargo del insulto, lo usan y de esa manera lo neutralizan. Pensemos en los términos “negro”, “villero” (de las villas de emergencia que rodean la Capital), “puto” con los “putos peronistas” a la cabeza.
Hay insultos personales dedicados a una parte física o al carácter del insultado. A los calvos, por ejemplo, se les dice “Cabeza de rodilla”, “Tobogán de piojos”, “Cementerio de peines” o “Helipuerto de moscas”. A los bajos de estatura: “Umpalumpa”, “Tarzán de maceta”, “Inspector de baldosas” o “Leñador de bonsai”. Al que es gordo: “Asesino de croquetas” o “Cementerio de choripanes”. Un “Machirulo” es un hombre machista que presume de ello. Un “hinchapelotas” alguien pesado, fastidioso. Al que se tilda de inservible, se le dice: “Bocina de avión” o “Cenicero de moto”.
“Arruinador de alegrías” es un insulto muy usado en la cancha, por razones evidentes. El insulto más doloroso que se le puede aplicar a un futbolista es “Pecho frío”. Pero ¿qué significa ser un pecho frío? El término se refiere a una persona que no “siente” la camiseta, que no juega con pasión. Cuando hablamos de un pecho frío, hablamos de un jugador que no deja todo en la cancha por su equipo.
En Argentina, el fútbol y la política tienen relaciones muy estrechas, por lo que no es de extrañar que también en este ámbito se usen los insultos. A Carlos Saúl Menem, presidente de la Nación Argentina entre 1989 y 1999, le dedicaron muchos insultos: “Hueso de plástico” porque no lo quieren ni los perros, “Alf” porque es petiso, peludo, y lo único que sabe decir es «no hay problema», “Chupete” porque entretiene, pero no alimenta. Y también le decían “Evita”, porque con los cambios económicos que produjo, evita que comamos, evita que vivamos, evita que gastemos, evita todo.
El escritor Roberto Fontanarrosa en 1994 frente al “Congreso Internacional de la Lengua”, defendió los insultos e improperios atribuyéndoles propiedades terapéuticas: “Mi psicoanalista dice que son imprescindibles incluso para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría —no quiero hacer, repito, una teoría ni nada— lo único que yo quería reconsiderar es la situación de estas malas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar”, se despidió ante los atónitos académicos de la lengua.
Y yo agregaría: Puestos a soltar tacos, que por lo menos, sean los mejores y más originales. El mundo sería un lugar mucho más bonito si diéramos rienda suelta a la imaginación en lugar de a la rabia.

Hinchas de fútbol argentinos 
Final del Mundial de baloncesto Argentina-España 1919 
Insultos en la calle 

Insultos en las Redes sociales
No muy lejos de tus lares, poco más allá de Castrourdiales, siembran insultos que crecen por cada temporada, como los árboles. En ningún lugar escuché un trato «amistoso» semejante. Un abrazo.
Por cierto con 42 años, todavía sigue siendo «su hijo».
Hola Carlos.
Me imagino que si el niño de 42 añitos recibe una condecoración, pasa automáticamente a ser «mi hijo», o, en su defecto «nuestro». 😂🤣😂
O simplemente el niño!! Jajaja.
Hola Carlos.
¿Oriñón, Laredo, Limpias…? Conozco, pero no he pasado mucho tiempo en Cantabria. ¡Queremos ejemplos del trato amistoso!
Gracias por el comentario. Un abrazo para ti también.
Sólo me atrevo a apuntar algo un recuerdo para ciertos antecesores muertos, junto a Santos Custodios encerrados en una garrafa de orujo y el hijo De Dios haciendo el papel de tapón. Que Él nos perdone!
¡Vaya Carlos, me ganas por mucho! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
¡Ay, Marlen! No puedo empezar de otra manera este comentario más que usando uno de mis «tacos» preferidos:
¡Lamarequeteparió!
😂🤣😂🤣😂🤣😂🤣😂🤣😂🤣😂🤣😂🤣
No, no es simbólico. Llevo un buen rato intentando escribir y la risa me lo impide. 😝😝😝
Dices una gran verdad: «Nadie tiene tanto arte insultando como un argentino».
Algunos ya los conocía, pero otros me han alegrado la mañana.
Esta entrada la tendré bien guardadita para aprenderla y usarla cuando alguien me toque los boludos.
Me he «jartao reí» con la expresión «tu hijo». Sí, suelo usarla mucho y con un tonito especial. 😂🤣
En mi caso, mi niño aprendía de mí. Soy mucho de liberar la boca en situaciones tensas; a pesar de que mi mujer me mire con cara de asesina. Pero, a ver, si el butacón se muestra rebelde y me arrea en el deo chico, que voy a solar: «Ay, por los bigotes de snoopy que doló más grande se me ha reproducido» o ¿una referencia a los fallecidos del constructor del sillón o a sus vendedores de cahne en la calle o a los adornados en la frente?
Como ya hemos comentado otras veces, tenemos un hermanamiento muy especial. Será por esa madre común que muchos se empeñan en desterrar.
Aquí, al saludarse, también es muy común el: ¡Qué pasa cabrón! ¡Qué grande eres hijoputa!, y otros apelativos que en otras circunstancias son insultos y aquí son referencias cariñosas. Y por supuesto, el modismo que ha trascendido nuestras fronteras hasta hacerse seña de identidad: «er Pisha de Cádiz» (muchísimo más usado que el «shosho»).
Creo, como tú, que nada como el coche o la cancha de «furbo» para hacernos sacar toda la bilis que llevamos dentro (yo ya no uso ninguno de los dos, pero hubo 😅). Recuerdo un comentario de mi padre, mi tío o alguno de su generación que decía: «mi mujé está encantá con que me haya sacao el abono del Cádiz; así me desahogo en el campo y llego a casa lamar de relajaito».
El párrafo que empieza: «Hay insultos personales dedicados…», me ha hecho explotar con grandes carcajadas. Especial cariño a «leñador de bonsai»; deseando encontrarme con un amigo mío para soltárselo. 😂😂🤣🤣
Y lo de chupete o Evita. ¡Qué arte má grande!
¡Ay, Marlensita! Sabes que no soy mucho de pedir, soy más de conviá; pero, porfavoooooooooooo, haz segunda, tercera y toas las partes que quieras para continuar con esta entrada. 😜😝🥰😍
Muchas gracias por el ratazo, amiga. ¡Qué bien se quea uno después de leerte!
Abraaaaazooo, acariciadora de corazones.
PD. Con este comentario el corrector de ortografía ha estado a punto de suicidarse. 😝🤪
Hola Jose.
¡Cómo me encanta tu taco preferido: «lamarequeteparió». Es que me imagino a mi madre riéndose a carcajadas y la imagen me alegra el día.
En cuanto a «Esta entrada la tendré bien guardadita para aprenderla y usarla cuando alguien me toque los boludos.» Los «boludos no se tocan, ni se llaman, son guachines que vienen solos, a tocarte los «tarlipes». Y lo de «tu hijo» tiene siempre un tonito especial. ¡Siempre!
Tu improperio «si el butacón se muestra rebelde y me arrea en el deo chico» me ha hecho acordar del Capitán Haddok cuando emite sus insultos que me hacen partir de risa. Sería una buena entrada recopilarlos. Más de una vez los uso y los chicos se desternillan: «Analfabeto diplomado», «Beduino interplanetario»… Son una maravilla.
Los insultos personales dedicados a una parte física o al carácter del insultado ya dan para un libro entero. Y aunque a veces, son ofensivos o fuertes, en general hacen reír hasta al aludido porque son muy ingeniosos.
Antes de que se inventaran los «memes», el humor también existía. Sobre todo cuando el personaje era un «garca» que llenaba de «balurdos» todo lo que tocaba. Las votaciones no son la única forma de tomarle el pelo a un político o figura famosa.
Lo de una segunda parte, ya lo pensaré. Ya veremos cómo anda mi memory. Estamos en tiempos en que necesitamos más risas y menos noticieros. Y ya sabes que cuando cantan un órdago, pocas veces me achico. Además, me gusta que un chamuyero me adorne la oreja.
Un abrazo grandotote, «Groso en hacer el aguante».
P.D. No me extraña que el pobre corrector de ortografía haya estado a puntito de mudarse a otra región más calma. Creo que está hablando seriamente con Siri para presentar una reclamación en la «ONI» Organización Neófitos en Improperios.