Sería bueno detenernos el tiempo necesario, antes de emitir un juicio de valor, antes de juzgar. Sería bueno recordar que cuando pronuncio la palabra “Silencio”, lo destruyo.
De niña, cuando iba al baño de la casa de mis abuelos, las baldosas de las paredes en verde y con figuras abstractas me hacían ver casas, campos, personajes, monstruos… Todo dependía de lo que me había pasado durante el día, a veces daban miedo y a veces ganas de bailar.
No, nunca lo conté a nadie. En mi inocencia sabía que esas cosas no se cuentan. De haberlo hecho, ahora posiblemente te escribiría desde el psiquiátrico. No contar, no hablar, silencio.
¡Qué miedo le tenemos al silencio! Nuestra actividad parece inundarlo todo y condenar el silencio al exilio. Caminamos, cantamos, reímos, conversamos, gritamos y movemos cosas de aquí para allá. Vivir es hacer ruido, y quizás nada nos resulta más vivo que el sonido de una plaza con las alborotadas risas infantiles. Sabemos que, cuando en una película se hace el silencio, lo peor está por llegar. Y es el silencio del aislamiento, la pena que pagamos cuando traicionamos a la sociedad. Hubo un tiempo cercano en el que la normalidad se quebró y nos dejó con nuestros silencios. Aún nos estremece lo que aquella quietud anunciaba.
Le tenemos miedo al silencio, estar a solas con nuestros pensamientos, no tener algo interesante para decir. Dedicamos minutos eternos en pensar cómo romper el hielo. Lo necesitamos para hacer nuevos amigos, para estar integrados en la sociedad. Y nos desesperamos cuando una persona querida nos somete a la tortura del silencio. Preferimos una escena de furia y gritos al cruel silencio sin derecho a réplica, que va minando por dentro.
Tenemos derecho a guardar silencio. Todo lo que digamos podrá ser usado en nuestra contra. Por eso mejor no abrir la boca y dejar claro quién somos. Pero, por otro lado, desconfiamos de quien guarda silencio, porque no permite a los demás disfrutar de la algarabía de la vida.
Ponemos nuestra lista de Spotify o prendemos la televisión, aunque no tengamos la intención de verla, para no sentir el silencio alrededor. Y, sin embargo, no podríamos vivir sin silencio. Es que ¡es tan abrumador! Claro, toda verdadera libertad lo es.
El silencio es eso que muchas veces nos incomoda, nos agobia. Lo definimos como una ausencia, casi como “un algo” que no es más que “una nada”. Puede que el silencio sea más que una nada, pero pocas veces le reconocemos su presencia. Vivimos en un mundo de sonidos de todo tipo, que en muchos casos no podemos elegir. Ruidos a los que nos acostumbramos al punto de no ser conscientes que están ahí.
Por algo el silencio parece ser un lujo cada vez más escaso. Quien puede pagarlo, vive más lejos o más alto, para huir del ruido de lo cotidiano. Los aeropuertos ofrecen salas a las que el ruido de las vidas en tránsito no puede penetrar. Los barrios privados otorgan el privilegio que las ciudades ya no pueden ofrecer: la tranquilidad de no tener que escuchar lo que no se quiere escuchar. Porque en definitiva es eso, no es buscar el silencio, sino poder elegir los sonidos, los ruidos en los que nos queremos sumergir. ¿Y si probáramos de buscarlo, si intentáramos regalarnos un momento de silencio al día, y me refiero al silencio verdadero sin auriculares ni trampas? ¿Lo soportarías? ¿Te gustaría? ¿Te atreves?
Arthur Schopenhauer decía: “El ruido es una tortura para las personas intelectuales”. Yo creo que no es una cuestión de ser intelectual o no. Creo que el silencio, como todas las cosas, puede ser un regalo o una tortura, todo depende de lo que necesites en ese preciso momento. Sólo digo que no te escapes de él sin reflexionar, puedes buscarlo y lograrás que se haga presente, porque a veces…
“Beethoven’s Silence” (“El silencio de Beethoven”) compuesto por Ernesto Cortázar, compositor y pianista mexicano que dedicó varios años de su vida a componer música para películas. Es una hermosísima obra, relajante, inspiradora, que hace alusión a los años en los que Beethoven, completamente sordo, compuso grandes obras tirado en el suelo, tocando un piano al que le hizo cortar las patas para sentir la vibración de los sonidos en su cuerpo.
Transitando a través el silencio emerge la sabiduría.
Precioso escrito, gracias por compartirlo 🫂
Gracias por tus palabras. Me alegro que te haya gustado.
Un saludo. Marlen
Buenos días, Marlen.
No sabes lo apropiada que es tu entrada para mí en estos momentos. ¡Qué difícil me resulta encontrar el silencio en mi casa, en mi calle, en mi ciudad, hasta en la noche!
Soy de los que suele leer, trabajar o incluso relajarse, escuchando música, pero en determinados momentos ansío el silencio como necesaria medicina.
Sin embargo, como bien dices, nos invaden los ruidos, algunos activados por nosotros mismos, involuntariamente, por inercia, porque vivimos en un mundo que nos obliga a escuchar.
¡Qué magia más increíble cuando estás en medio de la naturaleza y esta se queda totalmente callada! Ahí conoces por primera vez el silencio.
También es maravilloso ese silencio que te permite escuchar al otro, o el que te impide soltar una barbaridad, el que precede a una reflexión, el que ofreces como respuesta y dice mucho más que mil palabras.
El silencio, elegido voluntariamente, debería ser un derecho y no una obligación o una imposibilidad. Pero ya no se guarda silencio ni en las salas de los hospitales, las bibliotecas o los funerales.
¿Hay algo más bonito que mirarse a los ojos en silencio, sin necesidad de decir nada?
Guardemos un minuto de silencio por el silencio.
Abrazo musitado y silente.
PD. El piano, esa pieza que has puesto es maravillosa, es uno de los instrumentos que mejor interpretan el silencio y te hace recogerte en él.
Hola Jose.
Empiezo por el final. Yo amo el violoncello en cualquier momento, en cualquier estado me emociona, toca mis fibras más sensibles. Pero el piano me transporta a otros lugares lejanos y esta pieza, en especial, me trae la imagen de un lago en las faldas de la Cordillera de los Andes, entre árboles muy altos, reflejándose en sus aguas, en silencio, aunque envueltos por los murmullos de la naturaleza.
En este momento justo estaba escuchando el «Concertos Vol. I» de Ernesto Cortazar. Me apacigua.
Entiendo lo que dices, de lo difícil que te resulta encontrar el silencio. Pareciera que, en determinados momentos, en determinadas épocas del año, es necesario recurrir a los sonidos fuertes para expresar la alegría. Pero como bien dices: «en determinados momentos ansío el silencio como necesaria medicina.»
Y me encanta lo de «ese silencio que te permite escuchar al otro». Siempre he admirado a quienes saben escuchar y detesto a quienes cortan a su interlocutor, sólo por el placer de escucharse.
Y, a pesar de amar el silencio, ¡cómo detestaba y protestaba su imposición!. Hasta la primera vez, siendo muy chiquita, en que mi abuelo me llevó a la vieja Biblioteca de la calle Méjico, en Buenos Aires. Fue mi primer amor: ambiente, libros y SILENCIO.
Gracias por tus palabras, que siempre completan las mías. Me alegro que te haya gustado el tema. Te cuento que estos días es la Semana Grande de San Sebastián y hay fuegos artificiales tanto allí, como en Zarautz. Y confieso mi amor incondicional por los fuegos artificiales (sobre todo los que juegan con los colores y las formas). Pero, como siempre en esta vida, no existiría el blanco si no existiera el negro, ni el ruido si no existiera el silencio. Por eso es imprescindible poder elegir que existan en nuestra vida momentos de silencio, momentos de ruido y de qué ruido se trata. La invasión es lo insoportable.
Ahora cierro la Play List, te dejo mi silencioso abrazo y me voy a disfrutar de mi silenciosa comida.
😘🤫🤐🔇🔕😘 Reservo los ruidos para esta noche.