Recuperando el María Cristina

A los dieciséis, ya todo un hombre, decidió que era hora de volver a vivir con la madre y los hermanos que estaban instalados en Tolosa, una pequeña villa industrial de la comarca guipuzcoana. Vivían en el primer piso de la calle Correo,11.

Trabajador como ninguno, al día siguiente de llegar estaba recogiendo viruta de la Papelera Española y a los pocos días consiguió un trabajo de ayudante de un contratista de Villabona para colocar las ventanas y las persianas de unas casas nuevas que se estaban construyendo al lado de la ría.

Cuando las obras terminaron, Víctor se presentó a la pastelería El Pozo de la calle Correo. Un amigo le dijo que buscaban un chico y aunque en principio sólo vendía helados con un carrito por las calles, sus ganas de aprender pronto le granjearon la confianza de los dueños que le enseñaron a hacer pasteles y helados.

Corría el año 1936 y su hermano mayor, Benito ya se había casado. En casa era Basilio quien, junto con Irene, tomaban las decisiones de la familia.

Basilio, que trabajaba de talabartero, era el político de la casa, sus ideas socialistas le granjeaban tantas simpatías como antipatías en la villa y era quien participaba de los mítines en la Casa del Pueblo, quien vendía el periódico del partido socialista y quien, de alguna forma, influyó en sus hermanos Paco, Juan y el propio Víctor para hacerse milicianos y echarse a la gran aventura de la defensa del gobierno republicano.

La juventud rebosa vitalidad y es capaz de los mayores esfuerzos cuando cuenta con el incentivo de luchar por los valores más sagrados, como la libertad. Y el menos informado de los jóvenes de aquella generación no tenía la menor duda de que en esos momentos estaba en juego la libertad de España y su gente.

Entre los falangistas había también jóvenes, los señoritos hijos de familias acomodadas, que veían en la República el peligro de perder sus inmensos privilegios, recortados en favor del mejoramiento de los más humildes.

Con su firma en la lista, en la Casa del Pueblo, a Víctor le dieron una vieja pistola y el orgullo de sentirse miliciano. Su alistamiento fue en la Compañía de Milicias Antifascistas de Tolosa Carlos Marx, Sección 1ª, Pelotón 4º, Escuadrón 16º.

Empezó haciendo guardias por los alrededores de Tolosa.

Su primer acto importante tuvo lugar frente al hotel María Cristina, en San Sebastián.

El alzamiento nacional del 18 de Julio de 1936 contra el gobierno de la República parecía afianzarse en varios lugares del País Vasco, principalmente en Vitoria. Por ese motivo, los miembros de UGT, CNT y PNV de Donosti organizaron una columna de ataque contra la capital alavesa.

Las tropas de los cuarteles de Loyola permanecían hasta el momento inactivas. El coronel Carrasco, Gobernador militar y jefe de las tropas de Loyola, era un mar de dudas, a pesar de apoyar la causa de los rebeldes. Su segundo en el mando, Comandante Vallespín,  aprovechando la salida de la columna gubernamental de la capital guipuzcoana, decidió sacar las tropas del cuartel el día 21 de Julio y ocupar San Sebastián. Inmediatamente, y tras una breve resistencia, tomaron posiciones en los edificios más significativos y estratégicos de la ciudad.

Mientras en el Gran Casino, se encerraban algunos soldados de Artillería y un grupo de la Guardia Civil, en el bando leal al gobierno un grupo de republicanos se aposentaban y se hacían fuertes en Unión Radio, para controlar la información, y otro grupo de demócratas acudía frente al Hotel María Cristina atraído por una noticia según la cual se iban a repartir armas largas a los ciudadanos para la defensa del régimen. Para entonces se hallaban ya en dicho hotel fuerzas de Asalto y de la Guardia Civil, al mando del capitán Cazorla, en tanto el coronel Carrasco con los jefes y oficiales, el batallón de Ingenieros y el regimiento de Artillería, ya abiertamente en contra del poder legítimo, se mantenía en los cuarteles de Loyola, donde creían ver un lugar seguro para garantizar sus vidas.

Simultáneamente, el piquete de Carabineros era llamado al Hotel y se presentaba ante el jefe de las fuerzas, quedando formado en el patio, como prisioneros.

En esos momentos se produjo el primer acto agresivo de traición. Un oficial sedicioso se adelantó rápidamente hacia el lugar donde se hallaba formada la Guardia civil y dirigiéndose hacia el nutrido grupo de ciudadanos que aguardaba en las afueras exclamó:

– ¡Vamos por ellos, que van contra nuestras familias!

Sonó una descarga cerrada. Dos hombres del pueblo cayeron muertos, y otros resultaron heridos. No podía caber ya duda alguna respecto de la actitud de las fuerzas acuarteladas en el Hotel María Cristina. Se hallaban en franca subversión, y su rebeldía quedaba sellada con sangre ciudadana.

El grueso de las tropas no se había movido de los cuarteles. Conocían la magnitud de las milicias ciudadanas y presumían su espíritu combativo.

Abandonar el cuartel y fijar destacamentos en la ciudad era exponerse a un combate que en modo alguno convenía a los objetivos tácticos de los sublevados. Esperaban que se confirmasen las noticias, según las cuales el general Mola enviaba un nutridísimo refuerzo de elementos civiles y militares. La presencia de esa columna rebelde desmoralizaría a los elementos gubernamentales y entonces sería la ocasión de plantear la batalla con todo su alcance y consecuencias. Mal iba a salirles el plan. Porque antes de que pudieran llegar refuerzos, los elementos sediciosos eran derrotados por el arrojo, por la decisión, por la persistencia del ataque ciudadano que recobraba la ciudad palmo a palmo.

La resistencia en el hotel María Cristina fue enconada. Los sublevados se habían atrincherado en el edificio ante el asombro de los numerosos veraneantes, desalojados del edificio, que poblaban la capital guipuzcoana. 

En Tolosa, camiones y coches, amontonados en hilera, formaban una caravana que enfilaba la carretera a la capital. 

La decisión, puesta al servicio de una organización, por precaria que fuera, movilizaba a los hombres a ocupar su puesto de lucha.

Unos compañeros aprovechaban el trayecto para liar y fumar unos cigarrillos. Otros parecían estar meditando o rezando en silencio y había uno que mostraba a su compañero de asiento la foto de su novia.

Del total de muchachos que junto a Víctor ocupaban el camión, la mitad no contaban con arma alguna y los que, como él tenían la fortuna de llevar un máuser incautado los primeros días de la rebelión, o una carabina de las fábricas de Markina o Éibar, guardaban sus municiones en los bolsillos, como si se tratara de caramelos. Más parecían una partida de caza que una tropa organizada que iba a combatir a los enemigos de la República.

La mayoría de los jóvenes que se habían alistado en las compañías eran de una sociedad gastronómica, un club juvenil o, a lo sumo, un ateneo político, pero no contaban con una preparación militar.

Así que en esos días previos, en el pueblo, hacían instrucción, marchando en formación, desarmando y volviendo a armar las armas o apuntando a una diana inexistente y gastando la menor cantidad posible de municiones.

Cuando llegaron a las cercanías del María Cristina, bajaron atropelladamente de camiones y autobuses, formando cada uno en su compañía. 

Los bomberos ya habían intentado con sus mangueras de fuertes chorros, desalojar a los insurrectos.

A esa altura de los acontecimientos, también había fracasado la aventura de bombardear el hotel desde el torpedero Xauen, tomado por los anarquistas en Pasaia y que se situó junto al Club Náutico.

El primer obús pasó sobre el tejado y fue a parar al río Urumea, el segundo fue más lejos estrellándose sobre la playa de la Zurriola y el tercero no llegó a dispararse.

En aquellos tiempos el María Cristina era el hotel más elegante de la ciudad. Los veranos se llenaba a rebosar con gente llegada de todas partes y el verano del 36 no fue una excepción. Por eso a nadie le pareció extraño que en los días previos al levantamiento armado, se alojaran en sus habitaciones un buen número de aristócratas y burgueses que, como luego se pudo comprobar, pagaron la estancia de una veintena de guardias civiles y niñatos hijos de papá, aficionados a la falange y al cara al sol.

Las milicias se desplegaron alrededor del hotel y mantuvieron durante horas una lucha encarnizada con los tiradores apostados tras los ventanales de las habitaciones. Una última embestida frontal, junto a unas maniobras de distracción decidió por fin el destino de la batalla. La lucha, en la que hubo numerosas bajas por ambos bandos duró hasta la una del mediodía del 23 de Julio, momento en que los fascistas se rindieron y fueron llevados presos.

Víctor, su hermano Paco y sus compañeros descubrieron por primera vez en su vida el lujo de esos salones y ambientes que más parecían decorados de película que lugares donde vivía gente real. En su recorrido él se agenció un fusil con su cartuchera y municiones y una metralleta alemana y pistolas que entregó a su capitán. El fusil le acompañó bastante tiempo en su lucha posterior. Porque esa fue la primer acción militar en la que participó, pero no la única. 

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

8 comentarios sobre “Recuperando el María Cristina

  1. Hola Carlos.
    Toda mi familia, de parte materna y paterna, estuvieron inmersos en la Guerra Civil y me parece importante no olvidar aquellos acontecimientos que, como bien dices, aún afectan a nuestra realidad actual. Un abrazo. Marlen

  2. Hola Marlem me ha emocionado la historia, porque mi novela «luces y sombras de un pasado» está basada en la historia real de mi abuelo que empezó justo ese maldito 18 de julio del 36, en ella cuento sucesos desconocidos que mi abuelo me contó, aunque sinceramente no le agrada a hablar de ello. Te aplaudo. Un abrazo

    1. Hola Nuria.
      ¡Qué bien que tú también decidiste darle voz a quienes no pudieron contar su historia!
      Al terminar de escribir, uno se queda con la sensación de haber cumplido un mandato auto-impuesto, algo que, sí o sí, debías escribir. Por lo menos, eso fue lo que yo sentí.
      Es cierto, ellos no querían contar sus historias. Pero me parece esencial que las nuevas generaciones tomen conciencia de lo que aquí pasó.
      Gracias por tu aplauso, te retribuyo con mi aplauso y con mi abrazo.

      1. Muy cierto. Por mi parte creo que he cumplido mi compro con mi familia, porque mi libro «La catástrofe que marcó un pueblo» y que estoy preparando la segunda parte… Está basado en la catástrofe que vivió el pueblo donde nací y que mis padres vivieron en persona. Cuento su historia y la de tantas familias que sobrevivieron y perdieron a familiares y amigos, todo un homenaje a mis padres que eran unas personas maravillosas… Después quise hacer el homenaje a mi abuelo y su terrible experiencia durante la guerra… Creo que es un deber que tenemos ante quienes vivieron el dolor de la guerra y que se les llegó a llamar «las décadas del silencio» por el miedo que tenían de hablar y que fueran denunciados por vecinos o conocidos adictos al régimen.
        Un fuertísimo abrazo

  3. «Las décadas del silencio», todo lo que eso representa de miedo, angustia, vergüenza, rabia. Porque las denuncias eran de los vecinos y conocidos, de aquellos que, por interés, envidia o cuentas pendientes, destrozaban la vida de familias enteras. Parece tan lejano y sin embargo, tan sólo 87 años nos separan de esas terribles experiencias.
    Un abrazo fuerte.

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