Yo siempre volveré

Las horas de vuelo que unen la ciudad de Madrid con Buenos Aires, cuando los vientos ayudan y el vuelo es directo, son trece y media. También cuando los vientos ayudan, los pensamientos que acechan son convincentes.

Uno muy recurrente es el de la mezcla de fastidio y suerte que se siente al volver a los lugares que hemos habitado.

Durante mi último vuelo a la capital argentina también me estuve preguntando si, en realidad, los regresos surgen de un interés genuino por mantener una fuente de inspiración innata o de una necesidad visceral de recuperar algo que ya no volveremos a ser.

Pero ya que todo lo que se piensa a más de 10.000 metros de altura es una interrogación abierta, la única certeza que tengo es que, siendo un ser que eternamente regresa (con viajes reales, recuerdos o escritos), eso me convierte en narradora eterna de un lugar. Y esto no es algo que se planifica, simplemente pasa.

Y a mí me pasa con esta ciudad: Buenos Aires y este país: Argentina, a las que siempre termino descubriendo con un orden propio dentro de un desorden mayor. 

Buenos Aires es una de las metrópolis más espectaculares de América del Sur. Si pronuncias su nombre en castellano, se convierte en casi un murmullo. ¡Y le sienta muy bien! Porque Buenos Aires tiene tanto de Europa como de América. Caminarla es adentrarse en una ciudad literaria, una sorpresa, un relieve gigantesco de tópicos, voces y colores. Y aunque parece que la conozco bien, hay cosas que aún no sé de mi amada ciudad.

Buenos Aires es un manojo de vida anárquica que da la espalda al río, que conserva viviendas coloniales en pasajes circundados por tráfico estridente, que abre boutiques en talleres mecánicos abandonados y reinventa la cultura en edificios insólitos. La he mirado desde dentro durante años y cada vez que regreso a ella la transito como la primera vez, sabiendo que en el fondo, recorremos y contamos un lugar para quedarnos en bucle. El bucle de algo que amamos y nos nutre.

Querer confirmar estos trazos es algo casi orgánico en una ciudad marcada por la nostalgia, atravesada por el rastro de un gran trasvase de población que, durante los siglos XIX y XX, se acercó desde Europa y el resto del mundo en un viaje de no-retorno que iba en busca de la prosperidad.

La historia migratoria de esta ciudad destila superación, pero también desarraigo, en una narración colectiva compuesta de cartas, postales y diarios. Recorrer la urbe a través de esta batalla por acortar distancias, es también una forma de viaje que los que siempre regresamos encontramos, pues tal vez el acto de acercarse a un lugar consiste simplemente en continuar con el relato que alguien ya inició en el pasado.

Una caja de Pandora para todo ello es un museo poco conocido en el puerto de Buenos Aires, que en el pasado operó como hotel para acoger a los miles de pasajeros que llegaban en busca de su particular sueño americano. Como Hotel de Inmigrantes, dejó de funcionar en 1953 y en 1995 fue convertido en el Museo Nacional de la Inmigración o Museo Hotel de Inmigrantes.

El “Museo Nacional de la Inmigración” destila nostalgia. Recibiendo a europeos y asiáticos recién llegados al país, el museo recuerda cómo la ley de 1876 decretada por Nicolás Avellaneda, promovió la inmigración como medida de atracción de mano de obra. También repasa cómo el edificio albergó a 3000 personas semanales de forma gratuita, cubriendo sus necesidades básicas y ofreciéndoles asistencia para la inserción. En la actualidad, un registro digital permite buscar familiares inmigrados en el pasado, convirtiendo la huella en rostro y demostrando que no es posible separar la historia de un territorio de la historia de su gente. Y que ser un inmigrante no siempre fue sinónimo de ser un paria odiado y desprotegido, como estamos acostumbrados hoy en día.

Por esto creo que, en el fondo, viajamos y escribimos los viajes. Para encontrar una respuesta al sentido humano.

Cada historia tiene su personalidad, y por lo tanto su formato. Estar en movimiento nos ayuda a percibir cuál de ellos encaja mejor. También aviva nuestra misión de ser narradores eternos, una cuestión casi activista a la que se le añade la decisión de contar una historia sobre un lugar propio o ajeno o de considerar cuando un lugar foráneo deja de serlo.

A mí se me ocurren mil maneras de mirar y relatar un país que ha sido y seguirá siendo siempre mi casa. Lo cual no quita para que mi actual país, el de mis ancestros, el de mis padres y abuelos, el que hubiera sido lugar de mi nacimiento si… Pero eso ya es otra historia.

También se me ocurren múltiples formas de regresar a él, pues supongo que el sentido más puro del viaje es el de confirmar la pertenencia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Yo siempre volveré

    1. Hola Carlos.
      Pues los hay de todo tipo, como es lógico. Hay quien emigra para escapar del infierno, como aquellos que trataban de huir de una Europa en la que su vida no valía nada y en su futuro se vislumbraba un campo de exterminio y una cámara de gas. Y hay quien emigra con la esperanza de un futuro mejor para ellos y sus hijos. Pero en uno o en otro caso, el desarraigo duele.
      Buenos Aires es una ciudad hermosa con sus claroscuros, como todas. Pero con un carácter muy particular.
      Un abrazo.

  1. Me gustó eso que dices: ‘soy de las que regresa’. Yo también, a pesar de lo que dice Sabina: ‘al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver’. ( La canción ‘Peces de ciudad?). Un texto exquisito. Saludos!

    1. Me encanta Sabina, pero no siempre coincido con lo que dice. Como en este caso. Creo que volver a un lugar donde has sido feliz, aparte de la nostalgia, lo recupera. No está mal volver al pasado, siempre y cuando no te impida disfrutar también el presente.
      Gracias por tu comentario. Saludos para ti también.

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