En el mercado de Donostia, en la zona donde se colocan los caseros con su mercancía, solía estar los sábados un hombre muy mayor, con ropa sencilla de campesino, que vendía las verduras que cultivaba en su terreno.
Ese sábado se había parado en el puesto una señora de alta alcurnia que solía veranear en la ciudad y disfrutaba junto a su familia de las mejores viandas que podían conseguirse.
.- ¿A cuánto tienes los tomates?
.- Son grandes y hermosos, están a punto para comer, este año ya no habrá muchos como estos, el frío llegará pronto. Los vendo a 0,50€ cada uno. Es un buen precio, señora.
.- Pues te compro 6 tomates por 2,50€. Si no, no los quiero.
.- Los puede comprar al precio que quiera, señora. Se acerca la hora de irme, he vendido muy poco de lo que he traído y lo necesito para vivir.
Así que le compró sus hermosos tomates a un precio de oferta y se fue con la sensación de que había ganado en el trato. Le dio el canasto a su chofer. Entró en su elegante coche y se dirigió a la villa que alquilaba en el Antiguo.
Esa noche fue a un elegante restaurante con su amiga Luchi. Hacía tiempo que no se veían y tenían ganas de conversar tranquilas, sin niños y sin familia alrededor. Eligieron “Akelarre” el clásico restaurante donde Pedro Subijana deleita con su experiencia gastronómica, su atención y la armonía de sus menús.
Eligieron uno de ellos por 350€, comieron un poco, se pusieron al día con la charla y dejaron mucho de lo que habían pedido. Ella pagó la cuenta, que era de 700€, dejando 770€ y le dijo al mozo del elegante restaurante que dejaba la moneda como propina.
Esta historia es bastante normal en un restaurante de lujo, un 10% de propina, pero muy injusta para el casero vendedor de tomates.
Reflexionando un poco, es injusto pedir una rebaja a los más pobres, cuando no lo hacemos en los supermercados o en los negocios.
He viajado por diferentes países de África y he estado en Egipto, en la India. Visité los mercados locales y me sorprendí regateando sin detenerme a pensar que lo que puede ser prácticamente nada para mí, puede ser crucial para el muy modesto sustento de alguien.
Cuando volví a la realidad y superé la necesidad innata de regatear y negociar, me pregunté: ¿por qué los más afortunados nos sentimos con el derecho o la obligación de ejercer dominio sobre los pobres, con la necesidad de demostrar que tenemos el poder sobre los débiles y los vulnerables. Y sin embargo, mostramos generosidad hacia aquellos que apenas necesitan nuestra magnanimidad?
Cada moneda que ganan los pobres con la venta de sus productos básicos, bienes y artesanías es un hilo que teje el tejido de su propia existencia.
¿Cómo justificamos recortar los centavos de los necesitados, mientras gastamos como si tal cosa por ejemplo, en establecimientos gastronómicos que dejan mesas llenas de delicias intactas y vasos medio llenos a menudo con la actitud desdeñosa de «Quédese con el cambio»?
Hacer algo para una mejor distribución de la pobreza y la riqueza es un proceso profundo y complejo y la base de un amplio debate, pero lo que está claro es que puedo lograr un pequeñísimo impacto positivo, simplemente comprando bienes de los menos afortunados a precios incluso superiores a los que ellos solicitan.
Este es un acto de caridad envuelto en respeto y dignidad.
Mahatma Gandhi decía: «Los actos de bondad más simples son mucho más poderosos que mil cabezas inclinadas en oración.»