Esos pequeños frascos de perfume

Por casualidad, caminando por La Habana Vieja, descubro en la calle Brasil, yendo de la Plaza Vieja hacia Oficios, la Casa Cubana del Perfume. Aunque de afuera no se ve atractiva, me llama la atención el nombre y entro a cotillear. En esta fábrica de perfumes, además de poder comprar un frasco de las marcas que comercializan, uno se puede hacer su propio perfume.

La idea me parece de lo más atractiva y el precio no me parece excesivo. Así que me animo a crear un aroma que me identifique. La chica, que es encantadora y con la que me río un rato, a la manera de un psicoanalista o de un médico homeópata (no sé por qué me viene a la memoria una entrevista con uno en Buenos Aires), me va haciendo preguntas y me va haciendo oler pequeños frasquitos con esencias.

¿Prefieres el mar o la montaña? ¿Cuál es el color que más te gusta? ¿Cuál es el olor que más te gustaría oler en este momento? ¿Te identificas con alguna flor? y cien preguntas más que van definiendo la base y los tonos dominantes del perfume.

El mío lleva el código FF1272, su nombre es “Marlen” y en cualquier momento puedo pedir otro frasco, porque ha quedado registrado.

Su base es una hierba del campo fresca y salvaje, con una mezcla de jazmín, nardo y azucena, con predominio del jazmín y una cantidad más de gotas de otros frasquitos que se van agregando con más preguntas y más pruebas de olfateo. ¿Esencia de tierra húmeda?

El proceso, una vez se le agrega alcohol y otros elementos, lleva unos 20 minutos de mezcla en una máquina que tienen ahí mismo. Y luego… ¡pues a esperar! porque hay que dejarlo reposar unos 15 ó 20 días para que el perfume tenga su olor definitivo.

Una vez en casa, y pasados los 20 días, pruebo mi Marlen, y me gusta muuucho. Creo que voy a tener que volver a La Habana a comprar otro. Esto de tener un perfume propio, acelera mi instinto individualista.

En la otra punta del mundo, un hombre arranca pétalos de rosas de Damasco en una granja de flores de Kannauj, ciudad india conocida como la “Capital del perfume de la India”. Los suelos aluviales del Ganges que la rodean son idóneos para el cultivo de esta variedad.

Hace más de 400 años que en Kannauj se fabrica una esencia de base oleosa denominada attar, una fragancia que en su día fue muy apreciada por la realeza mogol. Los maestros perfumistas locales siguen el proceso de fabricación de perfumes más antiguo que se conoce en el mundo.

Tegh Singh llega a su granja de flores a orillas del Ganges antes del amanecer, preparado para arrancar pétalos de rosas cuando se encuentren en su punto álgido. Trabaja con rapidez, rodeando los densos arbustos de Rosa Damascena plantados sin orden ni concierto, introduciendo los pétalos de color rosa claro en un saco de yute que lleva colgado del hombro. Para cuando los primeros rayos de sol rozan la superficie del río, Singh, de 35 años, ya se ha subido a su moto para llevar el cargamento de dulce aroma a Kannauj.

En el campo que rodea Kannauj, Tegh Singh cosecha las rosas de Damasco temprano cada día y se las lleva a maestros fabricantes de attar

Durante siglos, esta ciudad, ubicada en el nordeste de la cuenca del Ganges, ha elaborado perfumes botánicos con aceites esenciales llamados attar, utilizando los métodos de destilación más antiguos que se conocen en el mundo. El attar de Kannauj, codiciado por la realeza mogola y por los ciudadanos de a pie en la cultura de la antigua India obsesionada con las fragancias, perfumaba desde muñecas y articulaciones a comida, desde surtidores de agua a pomos de puertas.

Aunque el attar pasó de moda en el siglo XX, los perfumistas de Kannauj siguen ejerciendo su arte de la misma forma tradicional, algo que recientemente ha suscitado el interés de una nueva generación, tanto local como extranjera, por su fragancia sensual y atractiva.

El attar es la perfumería del mundo antiguo. El perfume, que procede de las palabras latinas per y fume (a través del humo), comenzó cuando los humanos empezaron a machacar e infusionar ingredientes botánicos directamente en aceite o agua. La perfumería moderna utiliza benceno como soporte o disolvente, porque es barato, neutral y de fácil difusión. Pero tradicionalmente los attar se fabrican con aceite de sándalo, que los vuelve untuosos y muy absorbentes. Una gotita en la muñeca o detrás de la oreja y el olor penetra en la piel y perdura, a veces, durante días.

Los attar, que son igualmente seductores para mujeres y hombres, tienen intensas notas florales, amaderadas, almizcladas, ahumadas, verdes o herbáceas. Los attar, que se sacan según la temporada, pueden ser cálidos (clavo, cardamomo, azafrán, agar) o frescos (jazmín, pandano, vetiver, caléndula).

Kannauj produce tanto estos, como los espectaculares attar mitti, que evocan el aroma de la tierra después de la lluvia y se elaboran con fragmentos de barro del Ganges sin cocer. El shamama, otra invención local de Kannauj, es una mezcla destilada de más de 40 flores, hierbas y resinas de madera que tarda días en fabricarse y meses en envejecer. El olor consigue armonizar lo dulce, lo picante, lo ahumado y lo húmedo y te transporta a un reino sobrenatural. Las perfumerías europeas de renombre utilizan attar de Kannauj -ya sea de rosa, de vetiver o de jazmín- como un acorde atractivo en la composición de la perfumería moderna.

En Kannauj se han preparado attar durante más de 400 años, más de dos siglos antes de que Grasse, en la región francesa de La Provenza, se convirtiera en una gigante de los perfumes. El método artesanal, que en hindi se conoce como degh-bhapka, utiliza alambiques de cobre alimentados por madera y excrementos de vaca.

Rosas de Damasco Kannauj-Fotógrafo Bruno Morandi

Kannauj está a cuatro horas en coche de Agra. Como muchas pequeñas ciudades indias, está atrapada entre el pasado y el presente. Aquí el tiempo no avanza, sólo se acumula.

Las murallas de arenisca en ruinas, los minaretes de cúpula acebollada y las arcadas con bellos lóbulos, recuerdan la grandiosidad pasada de la localidad en el siglo VI. En la avenida principal, las motocicletas y algún que otro Mercedes resplandeciente pasan junto a vendedores de frutas que empujan carritos de madera con montones de guayabas y plátanos pasados.

Si te adentras en las calles estrechas de Bara Bazaar, el mercado principal, Kannauj retrocede al medioevo. En este laberinto, las tiendas antiguas están abarrotadas de delicadas botellitas de vidrio artesanal que contienen attar. Y cada uno huele mejor que el anterior. Los hombres se sientan sobre alfombrillas acolchadas con las piernas cruzadas, olfatean viales y se dan toquecitos tras las orejas con unos larguísimos bastoncillos de algodón perfumados. A las riendas de este antiguo comercio está el attar sazh, o perfumista, cuya aura de alquimista imperial es hechizante.

“Los mejores perfumistas del mundo han recorrido estas calles estrechas entre barro y mierda de vaca, para hacerse con attar de Kannauj. Realmente no hay nada igual”, insiste uno de los socios de “M.L. Ramnarain Perfumers”, una de las más antiguas de las casi 350 destilerías activas de la ciudad.

Tegh Singh, nuestro cultivador de rosas, llega y descarga los sacos de pétalos en el patio de piedra abierto del almacén de Kapoor, que hace las veces de destilería. Ram Singh, el maestro artesano de attar, introduce los pétalos en un alambique de cobre bulboso y lo llena de agua dulce. Antes de cerrar la tapa, Ram Singh pone en el borde una mezcla de arcilla y algodón, que se endurece y crea un sello formidable.

Un saco de rosas entregado a la fábrica de M.L. Ramnarain Perfumers, una de las casi 350 destilerías activas en Kannauj

Cuando el caldo de flores empieza a hervir, el vapor sale del alambique por una caña de bambú hasta un caldero de cobre que contiene aceite de sándalo, que absorbe el vapor saturado de rosa.

Las rosas de Tegh Singh tardan de cinco a seis horas en convertirse en attar de rosa. Durante este proceso, Ram Singh no deja de trabajar, pasando del alambique al caldero, probando la temperatura del agua con las manos y estando atento al silbido de vapor para saber si debe echar más leña al fuego. “Llevo haciendo esto desde niño”, dice Ram Singh, que tiene 50 años y fue aprendiz de un gurú del attar durante una década.

El proceso se repite al día siguiente, y al otro, y al otro, con una nueva remesa de pétalos de rosa, para alcanzar la potencia deseada. Una vez finalizado, el attar de rosa se añeja durante varios meses en botellas de piel de camello, que absorben la humedad. A pesar de su antigüedad, el attar de rosa sigue siendo similar al oro líquido.

“No hay válvulas ni medidores, ni electricidad”, indica Kapoor, añadiendo con orgullo que sus humildes mercancías rivalizan con las que elaboran los mejores maestros perfumistas de Grasse.

“La diferencia es como cocinar daal (lentejas) en la cocina rústica al aire libre de una aldea, comparado con hacerlo en un microondas. Nunca sabrán igual”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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