Los genoveses que no amaban el tango

Eran trece hermanos. Pasquale era el mayor y había nada menos que cuatro mellizos. El padre estaba en la guerra y él debía hacerse cargo de las tareas de la granja, mientras la madre bregaba con tanto chico y los hermanos en pandilla trataban de escurrir el bulto al trabajo.

Infancia dura, áspera. Pan no faltaba, pero quizás sí sonrisa y apoyo. Cuando estaba terminando la escuela primaria, el maestro lo señaló como un niño de inteligencia excepcional, que debía sin dudas dar prestigio al pueblo, yendo a la escuela regional de especialización agrícola.

Pero estaban en guerra, el padre ausente, demasiados hermanos… y resultó que el arado, la cosecha, las hortalizas: pimientos, berenjenas y cebollas y la atención del jardín del dueño del campo, no le dejaron ni tiempo ni ganas de estudiar.

Siendo aún muy joven, se casó con una campesina de otro pueblo, arriba en la colina verde y salieron el mismo día del casorio para la Argentina soñada. Viajaron separados en un cascarón genovés, atestado de inmigrantes que nunca habían salido del rudo terruño, casi como ganado.

Se veían de lejos en las cubiertas, se espiaban, ya que estaban estrictamente separados hombres de mujeres. Al fin, Buenos Aires «La reina del Plata», les ofreció su suelo y su gente, y unió sus temores y sus soledades.

Tuvieron dos bellas hijas argentinas. Él aprendió “la castilla” más rápido que nadie, y entonces sí se puso a estudiar todo aquello que le permitiera ascender en un empleo de lápiz y papel. No quiso saber nada ni con la tierra ni con el arado, destino fijo del terruño natal que él había querido romper al emigrar. En todo caso, una huerta casera, trabajada sábados y domingos, bastaba para cosechar tomates rojísimos, puerros flacuchos, zanahorias de buen color, limones jugosos, perejil, siempre, un poco de albahaca y lechuga fresca.

No les fue fácil vivir, pero sentían que la lucha era menos dura estando juntos, aunque les faltara el paisaje de las colinas sombreadas y el dulce hablar italiano, que tanto él como su mujer ya casi no hablaban. La única alternativa era enseñar italiano a las hijas, que estudiaron cuentos y poesías en italiano, para recitarlas “como loritos” cuando algún paisano “del paese” llegaba a ver a esos compadres empecinados que en lugar de anclar en el campo argentino como ellos, habían preferido el suburbio de la gran ciudad para levantar hogar y trabajar.

El mate se les fue haciendo tan imprescindible como lo fue para el gaucho más matrero y cimarrón, y hasta la música folklórica de vez en cuando les hacía bien al oído. Lo único que no les gustaba, que no entendían, que rechazaban por meloso y por odioso, era el tango, por el que se desvivían en cambio, los más criollos del vecindario. Música eran las canciones italianas, las arias de la ópera. Bailes eran los que habían danzado en las plazas del pueblo, a la salida de las misas de los domingos. Pero nunca podrían digerir como baile el paso lento y pensado, lánguido y arrastrado del tango.

Lejos estaban de imaginar que sería el porteño sabio y entrador, el tanguero de ley, el que mejor conocería la nostalgia del italiano inmigrante, su desgarramiento interior, y el único que sabría encontrar letras y compases para expresar esa ternura y ese dolor.

Pero la diferencia se hizo trizas el día que murió Gardel. Ese día todo el barrio lo lloró y todos acudieron, pero todos, todos, al entierro. Ese día, los italianos acriollados supieron que nunca llegarían a ser iguales a los criollos en el sentir, y sus hijas también lo sintieron, porque el caso era que aunque chicas todavía (tomemos esto como una disculpa) jamás lo habían escuchado. A pesar de que era el ídolo del pueblo.

La adolescencia las sorprendió cambiadas. Fueron excelentes bailarinas del tango porteño, y el patio del caserón y su galería abierta sirvieron con su emparrado y sus jazmines, de acogedor patio tanguero, donde porteños, criollos e hijos de inmigrantes se reunían para bailar viejos tangos de mi flor.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Los genoveses que no amaban el tango

    1. Hola Antonio,
      Me alegro que te haya gustado. Vivencias y nostalgias, historias de emigrantes que partieron de su tierra y adoptaron una nueva con esfuerzo y entusiasmo, historias de emigrantes que crearon una Argentina rica y poderosa, amable, respetuosa y culta.
      Gracias por tu comentario. Un saludo.
      Marlen

  1. Hola, Marlen.

    Una preciosa historia de gentes que buscaban su lugar en el mundo y que consiguieron establecerse. Una muestra más de la necesidad de la emigración, el porqué el mundo la necesita, agrandando y enriqueciendo las culturas.

    Curiosa la forma en que ha cambiado la vida. Antes, los hijos debían aceptar las labores de los padres, sobre todo en el ambiente rural; ahora, los propios padres empujan a sus hijos lejos de ellas, para estudiar y que puedan vivir en un entorno mucho más cómodo. Pero, ¿qué pasará en un futuro con los campos vacíos?

    No sé si esta historia es de tu familia. Tal y como la cuentas, para mí sí. Porque, en cualquier caso, tuyos son tus personajes y nos invitas a vivir sus vidas.

    Felicidades y muchas gracias por estos «cuentos» tan conmovedores.

    Abrazo grande.

    1. Hola Jose.
      ¡La emigración! seguiremos hablando siempre de la emigración y la necesidad de ser aceptada y propiciada. ¡Nunca nos rendiremos! ¿verdad?
      No, no es la historia de mi familia, pero es la historia de tantísima gente conocida que llegó a estas tierras buscando hacer «las américas» o escapando de una guerra o de la pobreza, o del mayorazgo donde los hermanos menores debían buscar un futuro fuera del seno familiar. Pero, desde luego, como bien dices, los personajes son míos, o más bien yo soy de ellos porque nos utilizan para contar sus historias. ¡Menuda suerte tenemos! No siempre nos damos cuenta.
      Muchísimas gracias por tus comentarios. Un abrazo grandote

Responder a BlogTrujamanCancelar respuesta

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo