Unas muertes olvidadas

Argentina, por su situación geográfica, posee los ferrocarriles más australes del mundo, como el tren turístico existente en Ushuaia o el destinado a transportar carbón mineral entre Río Turbio y Río Gallegos. Pero el construido entre Puerto Deseado y Las Heras, perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia, fue el único utilizado para prestar servicio postal a lo largo de la línea mientras funcionó entre 1911 y 1978, intercomunicando los pueblos que se formaron a su costado.

La construcción del ferrocarril se realizó en una región entonces casi desierta, cuya principal comunicación era  marítima, servida por barcos que navegaban a lo largo de la costa atlántica, quedando aislado y desprotegido el interior del territorio, donde aún vivían aborígenes que subsistían cazando animales silvestres, mientras los primeros y escasos habitantes blancos sufrían toda clase de privaciones en su lucha por afincarse, a veces a cientos de kilómetros de donde se proveían de lo necesario, para lo cual utilizaban grandes carros, que también les servían para sacar la producción lanera a los puertos.

Proyectado originalmente entre Puerto Deseado y lago Nahuel Huapi, este ferrocarril formó parte de un importante proyecto destinado a fomentar el establecimiento de población y consiguiente desarrollo económico en una extensa región de la Patagonia.

Los historiadores Torres, Ciselli y Duplatt contaban que «Puerto Deseado y su zona de influencia creció al ritmo de la lana, con el puerto y el ferrocarril. Su construcción fue el resultado de la ley de Fomento de territorios nacionales de 1908 propuesta por el Ministro de Agricultura Ezequiel Ramos Mexía, en base a las ideas de la época: la entrega de tierras fiscales en propiedad, para que se asentara población y generara tráfico, y el ferrocarril estatal como facilitador de la integración nacional y del comercio exterior.

Su objetivo era la revalorización de las tierras públicas mediante la construcción de obras que elevarían el interés de los inversionistas. Era parte de un proyecto integral de ferrocarriles patagónicos que empalmaría con el de Nahuel Huapi. Pero el trazado original que prometía conectar las zonas costeras con las cordilleranas y el norte patagónico con la red nacional quedó inconcluso. La línea Puerto Deseado al Nahuel Huapi sólo llegó, en 1914, a 283kms. de su cabecera, hasta la Colonia Las Heras, ubicada en medio de la estepa patagónica, sin avanzar hasta los fértiles valles andinos.»   

Provincia de Santa Cruz

El periódico «La Nación» del 17 de diciembre de 1912 publica: «Desde Puerto Deseado es duramente criticado el proceder del poder Ejecutivo en limitar la construcción de este ferrocarril en el kilómetro 320.»  Los motivos que tuvo el Gobierno Nacional no están allí explicados, pero de la noticia surge que eran económicos.

El 23 de septiembre de 1913 nuevamente “La Nación” añade: «En los alrededores de las estaciones del ferrocarril que se interna en el departamento se están formando núcleos de población, pues estas, levantadas cada 20 kilómetros para permitir el cruce de trenes, embarcar la producción lanera y los escasos pasajeros, atrajeron la atención de quienes creyeron en el progreso y prosperidad que podía originar el proyecto, contribuyendo así a la fundación de varios pueblos.”

En 1914, las estaciones de la línea del ferrocarril de Puerto Deseado, son designadas con los siguientes nombres: Puerto Deseado, Tellier, Pampa Alta, Antonio de Biedma, Cerro Blanco, Ramón Lista, Jaramillo, Fitz Roy, Tehuelches, Minerales, Pico Truncado, Koluel Kaike, Piedra Clavada y Colonia las Heras, respectivamente. Lo de “Colonia”, nadie recuerda cuándo, se perdió en el tiempo.

La mayoría de las estaciones no pasaron de ser eso, simples estaciones. Los dos puntos más beneficiados fueron la cabecera Puerto Deseado y la terminal Las Heras. El punto final del trazado comenzó a formarse en 1914 con la llegada de las vías y creció con mayor celeridad que las otras estaciones por ser el lugar de concentración de carga y pasajeros y el asentamiento de las sucursales de las principales casas comerciales de la región. Su población de 603 habitantes en 1920, se había duplicado en 1947. Calles de tierra, estación de tren de chapa, todos los años, lo más selecto de la zona se reunía en la Exposición Rural.

Antigua estación ferroviaria Colonia Las Heras en 1934

Por un lado, el tren abastecía de mercaderías a los almacenes de ramos generales de cada pueblo y también a las estancias. Por muchos años sus vagones-tanque fueron la única fuente de agua potable en toda la zona. Pero básicamente servía para el transporte de lana destinada al puerto marítimo de la cabecera del ramal, donde se la embarcaba a Buenos Aires o directamente hacia Europa. En su época de apogeo el tren llegó a trasladar unos cinco millones de kilos de lana por año. Además, llevaba hacienda en pie (ovejas vivas) a los frigoríficos de la zona.

La inauguración de un frigorífico en Puerto Deseado en enero de 1926, que permitió faenar y congelar carne para luego enviarla por vía marítima, generó mejores condiciones económicas en la región, con el aprovechamiento total de los ovinos, de los cuales hasta entonces sólo se obtenía lana y cueros, desperdiciándose el resto. Esto aumentó el movimiento ferroviario, para el cual en 1927 había una existencia de 12 locomotoras, 9 coches de pasajeros y 200 vagones de carga.  

En 1930 quedó establecido un servicio postal aéreo semanal entre Bahía Blanca (donde se intercambiaba por tren con Buenos Aires) y Río Gallegos, con escala en Puerto Deseado, beneficiando a los habitantes patagónicos con la rapidez en llegar a destino la correspondencia enviada por este moderno medio de transporte.

El descubrimiento y explotación de gas y petróleo en el norte de la provincia de Santa Cruz, a partir de la década de 1940, incrementó notablemente economía y habitantes, reflejado en los datos del censo de población. En 2001 Las Heras contaba ya con 9.299 habitantes.

En la década del ’50 el tren sirvió para transportar hasta Puerto Deseado la producción de zinc, hierro y cobre que llegaba desde Chile por el lago Buenos Aires en pequeños barcos y luego en camiones hasta Las Heras. Al mismo tiempo los barcos trajeron desde Buenos Aires la tecnología petrolera llegada desde Texas que, a fines de los ’50, impulsó la extracción de petróleo en el norte de Santa Cruz.

Las Heras resultó estar a orillas de uno de los yacimientos más importantes de la Patagonia: “Los Perales”, que hizo de la provincia de Santa Cruz la segunda cuenca más importante del país, y de ese pueblo ganadero un centro de operaciones y base administrativa de la empresa estatal YPF “Yacimientos petrolíferos fiscales”. Eran épocas en las que YPF, por donde pasaba, creaba futuro, levantaba escuelas, hospitales, fabricaba rutas. Las calles de Las Heras se asfaltaron, nacieron barrios modestos para cobijar la inmigración de otras provincias que venía en busca de lo que no hallaba en su lugar de origen.

No importaba que el pueblo estuviera en medio de la nada, que no hubiera ríos ni arroyos, que los cielos estuvieran siempre cargados de nubes espesas, que un viento cruel arrasara todo a 100 km por hora y la tierra se resquebrajara a veinte grados bajo cero. Entre 1980 y mediados de los ’90, en pleno auge del petróleo, los 7000 modestos habitantes de Las Heras llegaron a 16 000.

Pero todo esto es tiempo pasado. A fines de los ’60 y comienzos de los ’70 el ferrocarril comenzó a sufrir el abandono de las autoridades nacionales y fue entrando en una lenta decadencia. Bajo el argumento de que no era rentable, el presidente de facto Videla, perteneciente al “Proceso de Reorganización Nacional” o lo que es igual, la dictadura cívico-militar que gobernó Argentina desde marzo de 1976 hasta diciembre del 1983, decretó el cierre del ramal completo el 15 de enero de 1978. Y las locomotoras, los talleres, los vagones, todo fue desguazado y vendido como chatarra.

El trabajo desapareció, más aún cuando YPF, durante el gobierno de Carlos Menen, fue privatizada y el paraíso empezó a resquebrajarse. La mitad de la población se quedó sin trabajo, sin recursos, aislados del mundo, sin comunicación y sin salida.

Centro cultural construido por YPF

Los casos de suicidio en jóvenes de Argentina se triplicaron en los últimos años. Y hoy constituye la segunda causa de muerte en la franja de 10 a 22 años, según el estudio “Suicidio en la adolescencia. Situación en la Argentina” presentado por UNICEF Argentina.

La muerte autoprovocada nunca es el resultado de un sólo factor o hecho. La ausencia de personas significativas o instituciones que puedan contener, sostener, proteger y acompañar a los jóvenes en su desarrollo psicosocial, las dificultades para cumplir con los estándares sociales aceptados en el momento de atravesar la transición de la juventud a la adultez, el padecimiento mental no atendido, son factores que podrían precipitar la decisión de quitarse la vida. 

Pero cuando a ellos se une el hecho de vivir en un pequeño pueblo aislado del resto del mundo, donde nunca pasa nada, cuando la naturaleza se vuelve en contra (el volcán Hudson cubrió Las Heras de cenizas en 1991), cuando sus referentes, familiares, amigos, han perdido el trabajo y la posibilidad de recuperarlo, cuando se abandonan los lazos familiares (los hombres solos que llegaron al pueblo para hacer dinero con el petróleo e irse rápido, no volvieron a sus orígenes), cuando la falta de expectativas educacionales y laborales no tiene ninguna solución. Cuando el futuro no existe, el evidente vínculo entre vulneración social y casos de suicidio aumenta.

A la entrada del pueblo, en la avenida Perito Moreno, con boulevard al medio, un grafiti definía claramente la situación: “Las Heras, pueblo fantasma”.

Un programa de UNICEF (Fondo Nacional de las Naciones Unidas para la Infancia) destinado a concientizar a los jóvenes acerca de que toda situación “es negociable en la vida” se aplicó por primera vez en el pueblo de Las Heras, provincia de Santa Cruz, ante el suicidio de 15 adolescentes y la sospecha de esa causa de muerte en otros siete casos, en dos años: entre 1997 y 1999. 

El programa de UNICEF fue trasladado al interior del país a raíz de que 22 jóvenes, entre 18 y 28 años, se suicidaron en Las Heras y que varios niños intentaron también quitarse la vida en ese período. El curso, que se dictó durante cinco meses, consistió en enseñarles a los jóvenes cómo negociar frente a cualquier circunstancia, para no llegar a la violencia verbal o física, ni a la autoagresión.

Hijos de familias modestas pero tradicionales: el bañero, el mejor jinete de la provincia, el huérfano criado por sus tías y sus abuelos…

La lista oficial de esos muertos no existe. Ni el Municipio, ni el Hospital, ni el Registro Civil creyeron necesario reconstruirla y entonces todos inventan: fueron 22 en menos de un año, fueron 19 en dos años y pico, fueron 3 y la gente exagera. Pero los de 1997 ni siquiera fueron los primeros.

Nadie contabilizó. En el resto del país ni siquiera fue noticia, los medios de comunicación no se interesaron por un pueblo perdido en el fin del mundo y sus jóvenes no eran interesantes para la venta de sus ediciones. Nadie encendió luces de alarma. Nadie pensó que se podía repetir.

De ellos, de los muertos, de sus familias, de los habitantes de Las Heras, provincia de Santa Cruz, República Argentina, de los vecinos del pueblo fantasma, el de las muertes olvidadas, habla el libro “Los suicidas del fin del mundo” que Leila Guerriero acaba de editar.

¡Por el fin del olvido y del silencio, por el cumplimiento de las responsabilidades que a cada uno le toque!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Unas muertes olvidadas

  1. Interesantísimo artículo, Marlen.

    Afortunadamente, hay alguien para rescatar del olvido a estas personas y lugares.
    Siempre pasa lo mismo, aquellos sitios sin interés económico no tienen el debido respeto y atención básico para su subsistencia.

    Cuan necesario es que entradas como esta y libros como el de Guerriero llegaran a hacerse gritos en el silencio que los gerifaltes se empeñan en mantener.

    Un Abrazo, amiga.

    1. Hola Jose.
      Afortunadamente aún quedan personas interesadas en que este tipo de hechos no se pierdan en la rutina diaria. Ojalá sirva para que no se olvide y se siga hablando de ello. Desgraciadamente, aquí y allá en tantos lugares, los sitios que dejan de ser «productivos» para un grupo de bolsillos, dejan de interesar, independientemente de a cuánta gente le afecta y cuánta puede quedar en el camino.
      Leila Guerriero hizo el trabajo de campo, investigó, se fue allí y habló con los protagonistas. Yo sólo expliqué la situación y le hice de campanita, pero si ha servido para que llegara a alguien que lo desconocía, ¡bienvenido sea!
      Un abrazo grandote desde la costa argentina de Necochea.

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