Pioneros en los cielos patagónicos

Juan Bautista Alberdi, jurista autor intelectual de la Constitución argentina de 1853, describió el sur argentino como “una tierra árida y desolada, que distante a quinientas leguas, estaba poblada por gigantes imaginarios.” ¿Quién podía pensar en aquél entonces que el avión sería la herramienta para vencer las enormes distancias de la Patagonia?

Para comenzar esta historia, debemos hablar de la «Compagnie Generale Aeropostale». Fundada al término de la Primera Guerra Mundial por Pierre Georges Latécoère, la empresa “Lignes Aériennes Latécoère” establecía el primer servicio aéreo regular entre Toulouse y Marruecos, a través de las ciudades de la costa oriental de España: Barcelona, Alicante y Málaga.

De acuerdo al plan que había concebido, Latécoère, envió al capitán Roig a Sudamérica en mayo de 1924, con el objeto de estudiar la ampliación de la línea entre Natal (Brasil) y Buenos Aires (Argentina). Su sueño era que Buenos Aires se convirtiera en sede de la terminal sudamericana de la futura línea aeropostal entre Sudamérica y Francia, para posteriormente convertirse en un centro distribuidor del correo aéreo entre la Argentina, los países limítrofes en donde operaría la línea aérea y también entre Sudamérica con Europa.

Este primer grupo, acompañado por Paul Vachet, efectuó un vuelo de reconocimiento desde Río de Janeiro a Buenos Aires, aterrizando, en 1925, en El Palomar. En enero de 1927 Latécoère acompañado por el aviador argentino Vicente Almonacid, se reunió en Buenos Aires con el Presidente de la Nación, Dr. Marcelo T. de Alvear y le solicitó un contrato que le permitiera al país la utilización del proyectado servicio Aeropostal con Francia. Ese año se fundó la «Compagnie Générale Aéropostale«.

Pero el 13 de agosto de 1926 un Decreto del Poder Ejecutivo había modificado la “Reglamentación de Aeronavegación sobre el Territorio Argentino”, no permitiendo el uso del espacio aéreo argentino a empresas extranjeras. Con la finalidad de adecuarse a esta Reglamentación, se constituyó una sociedad anónima nacional: “Aeroposta Argentina S.A” el día 5 de septiembre de 1927, con carácter de filial argentina de la «Compagnie Générale Aéropostale». Luego de analizar varios lugares, Almonacid eligió un campo en General Pacheco, en lo que hoy es la localidad de El Talar, a 35 km de la Capital Federal, donde se construyó el aeródromo.

El 1 de marzo de 1928, Jean Mermoz, cargado con 36 sacos de correspondencia, inauguró la línea aérea más larga del mundo (13.600 km), desde Toulouse hasta Buenos Aires conectando Dakar-Natal por vía marítima hasta 1935.

El sueño de Latécoère continúa. La ruta Buenos Aires-Asunción del Paraguay se inauguró con Pedro Ficarelli a bordo de un avión Late 25, desde el aeródromo de General Pacheco el 22 de marzo de 1929, siendo este el primer vuelo postal oficial de la Argentina. Pedro Ficarelli perdería la vida cerca de Asunción del Paraguay, el 16 de agosto de 1929, al colisionar contra un cerro, en medio de una espesa niebla.

En cuanto a la ruta Buenos Aires-Mendoza-Santiago de Chile, el 14 de julio de 1929, Jean Mermoz y Henri Guillaumet realizaron el primer correo aéreo Santiago de Chile-Mendoza sobrevolando la Cordillera de los Andes.

Y en lo referente a las rutas hacia el sur, hacia la Patagonia, hablábamos en la entrada anterior Incrustar entrada 633 de Saint-Exupéry y de la línea aeropostal y de transporte, desde Carmen de Patagones a Ushuaia, con combinación del ferrocarril entre Buenos Aires y Carmen de Patagones.

La línea contaba con un plantel de pilotos excepcionales, quienes hacían famosa la línea aérea más austral del mundo: MermozParodiAlmonacidNewbery y Vachet, a quienes se unió Rufino Alfredo Luro Cambaceres, en el aeródromo de la Villa Harding Green, pista construida en la estancia de su propiedad en Mayor Buratovich (Prov. de Buenos Aires).

Rufino nació en Buenos Aires, el 14 de octubre de 1895, hijo de Susana Eduarda Cambaceres y Rufino Francisco Luro Pradère. Alcanzó estudios universitarios, graduándose en Agronomía y Veterinaria. Se radicó en Bahía Blanca, donde se dedicó a tareas rurales y mecánicas.

En 1913, un aviador de la época heroica, Bartolomé Cattaneo, llegó a los campos de Luro y realizó exhibiciones en un BLERIOT de 50 H.P. Aquel día, Rufino hizo su bautismo de vuelo. Entusiasmado por sus experiencias de navegación aérea, en 1922 adquirió un biplano Curtiss Estándar de 150 caballos, que nombró «El Chara» (nombre que se le da al pichón del avestruz).

En una reunión celebrada en el Club Argentino, durante 1924, Rufino propuso la fundación del Aéreo Club de Bahía Blanca. En 1926, el 30 de agosto rindió examen para ser habilitado como piloto aviador, utilizando un biplano Curtiss de 160 caballos. Tres años más tarde, se incorporó en forma honoraria, a la compañía francesa Aeroposta Argentina, interviniendo en la organización del tramo Comodoro Rivadavia – Bahía Blanca, extendiéndose luego, hasta Río Gallegos.

El viaje inaugural fue realizado por Saint-Exúpery – Mermoz en monoplano LATE 25 y 28.

Antoine de Saint-Exupéry describió así a su amigo Rufino Luro Cambaceres: «…era de hermosa estirpe, de la que afronta al mundo con todo el cuerpo, de la que no se perdona esfuerzo alguno. No rechazaba adversario. Se comprometía por entero en sus actos. Se ofrecía como presa de los vientos, igual que un árbol…».

Y con estas palabras, Rufino Luro Cambaceres, pionero de la aviación en Bahía Blanca, relata en su libro «Rumbo 180°» el primer encuentro con Antoine de Saint-Exupéry, ocurrido el 14 de octubre de 1929, en el aeródromo de Harding Green: “Al detenerse el avión, descendió de la cabina una persona que no conocíamos. Ancho de espaldas, elevada estatura, sus brazos colgando a lo largo del cuerpo, con un caminar cuya marcha se hacía ondulante, semejante a la de un oso, vimos por primera vez, a quien, por sus esfuerzos, capacidad y hombría de bien, quedaría ligado para siempre al éxito de las comunicaciones más australes de la tierra: Antoine de Saint-Exupéry.”

Saint-Exupéry venía a reemplazar a Paul Vachet en la dirección de la Aeroposta Argentina. El plan de extensión de la línea aérea al sur quedó entonces bajo su responsabilidad. Con su adjunto, Bernardo Artigau, y con Luro Cambaceres, Vachet había estudiado la extensión de la primera etapa de esta línea, de Bahía Blanca a Comodoro Rivadavia. La línea al sur era una de las más problemáticas debido a las hostilidades del medio: vientos en superficie a 80 km/h y en altura 160 km/h; en invierno, nieve en las pistas, formación de hielo en el carburador, etc. Artigau se ocupaba de la base de Bahía Blanca y Luro Cambaceres del terreno de San Antonio Oeste, primera escala en la ruta a Comodoro. La siguiente aeroposta fue establecida en la ciudad de Trelew.

Cuando Saint-Exupéry llegó, faltaban escasos quince días para la inauguración de este tramo. Asistió entonces a los febriles preparativos en la puesta a punto de los últimos detalles. La inauguración oficial se realizó el 1ro. de noviembre con el auspicio del Aeroclub de Bahía Blanca. Además de las autoridades e invitados especiales, se había permitido al público que presenciara el vuelo inaugural. El reluciente avión Laté 25, bautizado «Piloto Ficarelli» en homenaje al aviador argentino caído en vuelo, estaba posado en la pista del aeródromo de Villa Harding Green. Se cargó la correspondencia llegada por la mañana desde Buenos Aires en el tren del Ferrocarril Sur. Y subieron los invitados y periodistas de Bahía Blanca. Saint-Exupéry era el piloto conductor de este vuelo inaugural que partió a las 7:32 horas. Jean Mermoz, con el avión Laté 28, partió una hora más tarde con autoridades y periodistas llegados desde Buenos Aires. Hicieron escala en Trelew y luego aterrizaron en Comodoro Rivadavia.

La alegría de los pobladores era indescriptible. Terminaba así un largo período de aislamiento. Dos veces por semana los aviones de Aeroposta unirían Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia. Imaginamos también la alegría y satisfacción de Saint-Exupéry, que pudo apreciar personalmente el avance de las comunicaciones que estaba llevando a cabo en nuestro país, la compañía en la que él se desempeñaba como Director de Explotación. 

El trabajo de estudio previo de las futuras escalas estuvo a cargo de Rufino Luro Cambaceres. La tarea de Saint-Exupéry consistía en inspeccionar los posibles aeródromos elegidos por su colega argentino, para lo cual realizaba continuos viajes, ya sea para comprar o arrendar los terrenos donde se instalarían los aeródromos, ya para confeccionar contratos, ya para supervisar el avance de las instalaciones en las escalas, ya para tratar con las autoridades locales los aspectos legales. De diciembre a marzo de 1930 raramente se encontraba en Buenos Aires, debido al seguimiento de la prolongación del segundo tramo de la línea aérea hacia el sur.

Las etapas elegidas fueron: Puerto Deseado, 270 km. más al sur de Comodoro; San Julián à 240 km. al sur de la anterior; Santa Cruz, 90 km. más abajo, y, por último, Río Gallegos, la terminal, a 210 km. más adelante. Los trabajos debían avanzar rápidamente para que el invierno austral no paralizara las obras.

Entre todos aquellos recuerdos destacamos el relato del aterrizaje y la partida de los aviones en aquellas tierras barridas permanentemente por furiosos vientos. Contaba Rufino que para poder aterrizar debía embestirse el avión de frente con las ráfagas. Una vez en la pista, el carreteo se realizaba con las alas niveladas y la cola del avión bien alta, encajada en un carrito que manejaban varios operarios, mientras que el resto del personal del aeródromo, al que se agregaban según las circunstancias 20 o 30 soldados, trataba de sujetar el avión colocándole una cuerda que se enganchaba en argollas ubicadas ex profeso debajo de las alas. Se iniciaba la marcha hacia el hangar con movimientos zigzagueantes y evitando que el viento lo tomara de costado, lo que significaría, sino el destrozo, por lo menos una seria avería en la estructura del avión.

Para iniciar el vuelo se tomaban las mismas precauciones, pero a la inversa: se salía del hangar con el motor en marcha, con la mayoría del personal concentrado en la cola, ya que los vientos castigaban especialmente esta parte, y podrían lograr que el avión capotara antes de haber iniciado el carreteo. En esos días ventosos se iniciaba el vuelo comúnmente casi sin carreteo, ya que el viento arrancaba literalmente el avión del suelo. En tales ocasiones, resultaba imposible retirar las cuerdas, operación que se realizaba en la escala siguiente. La despedida al piloto que debía partir con esas condiciones meteorológicas, se hacía al estilo francés: en lugar de emplear la palabra ¡Suerte!, se estilaba pronunciar el vocablo ¡Merde! tres veces.

Y esto me hace recordar a mi madre, porque no acudí a ningún examen de todos mis estudios sin escuchar a mi madre con las 3 palabras mágicas. ¡Cábala o no, siempre surtía efecto!

El entrenamiento del personal para realizar aquellas maniobras no fue nada fácil. Se efectuaba en días calmos para evitar el riesgo de accidentes. La regularidad de los servicios dependía en gran medida de la eficiencia de tales maniobras. A lo largo del año 1930 se logró un elevado porcentaje en la regularidad de los vuelos.

El 31 de marzo de 1930, Saint-Exupéry inauguró los vuelos a Río Gallegos. Traía desde Buenos Aires a autoridades (entre otros, a Marcel Bouilloux Lafont, Presidente de la Compagnie Générale Aéropostale de Francia), y a periodistas que habían partido desde la Capital el día anterior y pasado la noche en la escala de Trelew.

Aterrizaron en Río Gallegos, donde fueron recibidos por una población enfervorizada: la Patagonia sentía como nunca antes, que se integraba definitivamente al resto del país. Una hora más tarde llegaba el avión con la correspondencia desde Comodoro y escalas intermedias, pilotado por Luro Cambaceres.

Se efectuaron además vuelos de bautismo que ayudaron a vencer los temores naturales que inspiraba la aviación de entonces.

El 1ero de noviembre de 1931 se festejó el primer año de la extensión de la línea sur desde Bahía Blanca hasta Comodoro Rivadavia. En ese día, Saint-Exupéry pasó revista a las instalaciones de Villa Harding Green en Mayor Buratovich, desde su avión Laté 25.

El balance de su gestión como Director de Explotación que Saint-Exupéry tiene en sus manos es altamente positivo: 644 pasajeros y alrededor de 3400 kg. de correspondencia transportados en 107 vuelos. Además de estas elocuentes cifras, que sólo comprenden el tramo Bahía Blanca-Comodoro Rivadavia, se agregan las experiencias que a nivel profesional y humano le resultarán imborrables: el seminario organizado en Bahía Blanca para alumnos secundarios, con el fin de interiorizarlos en las cuestiones de la incipiente aviación, su lucha como piloto contra los vientos del sur, los vuelos nocturnos, el plan de extensión de la línea, la camaradería de sus colaboradores, los infaltables asados argentinos con que la gente del sur lo agasajaba en cada escala.

¡Cuántos recuerdos desfilando por su mente en aquel día, tres meses antes de su partida definitiva de la Argentina!

El Gobierno Nacional, en 1931, encargó a Luro Cambaceres, la dirección de la Aeroposta Argentina. En 1931, aterrizó en Ushuaia, realizando el primer vuelo con escala en Río Grande. Y en 1935, se retiró para formar parte de la “Compañía Argentina de Transportes Aéreos”.

Rufino Alfredo Luro Cambaceres es el piloto que llevó las alas argentinas a la parte más austral del continente americano, por eso fue llamado: «Baqueano de los cielos patagones«. Cumplió como piloto, 10.500 horas de vuelo. Por su conocimiento de la zona y su destreza para llegar a destino en vuelos de niebla, nevadas, lluvias, no dejó de cumplir un sólo correo aéreo.

Cubrió un período fundamental en la historia de la aviación comercial argentina que contó con su carácter criterioso y desinteresado, para realizar las operaciones sobre la zona que él amaba. No fue fácil su tarea, ya sea por las condiciones y la escasa información meteorológicas, vientos huracanados, cartografía poco clara e instrumental insuficiente de los aviones.

Por su actuación destacada como piloto, la Escuadra Naval, lo distinguió con el título de “Piloto de Reserva de la Armada Nacional”. Fue autor de las obras: “Rumbo 180°”, “Huellas del Cielo Austral” y el libro de poesía “Al margen”. Rufino Luro Cambaceres murió el 4 de junio de 1970.

Fue ejemplo de los pilotos que comenzaron la aviación argentina, hombres que volaban impregnados de aceite de ricino, sin radio y leyendo en el suelo las referencias de la ruta.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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