La fuente de Lola Mora me sigue maravillando

No recordaba haberla estudiado en el secundario, así que me fui a buscar mi viejo libro de «Historia de la Cultura Argentina» de José Ibañez, pensando que una vez más mi memoria me jugaba una mala pasada y que las lecciones tan duramente aprendidas, se habían escondido en algún rincón oscuro de mi cabeza. Pero no. Por más que busqué y rebusqué, no la encontré. Por orden alfabético después de Monvoisin viene Morante. En cuanto al capítulo de escultura, en él se trata de Francisco Cafferata, de Lucio Correa Morales, de Rogelio Yrurtia, etc, etc, pero de Lola Mora nada de nada. ¿Será que se suponía una mala influencia para las jovencitas que estábamos en formación? La cuestión es que, en aquella época, yo no tenía ni idea de la vida de la autora del que siempre me ha parecido el conjunto escultórico más hermoso de Buenos Aires.

Averiguando, a través de nuestro amigo Raúl Marconi, me enteré de la filmación de una película sobre la vida de Lola Mora, y me alegró que el cine argentino recuperara la figura de una magnífica artista, a quien los prejuicios de su época silenciaron. Según parece, al morir Lola sus sobrinas quemaron en una gran fogata todos sus documentos, cartas, escritos y anotaciones «para preservar el buen nombre de la tía». El fuego devoró valiosos documentos y cartas que hubieran servido para aclarar puntos oscuros de la intensa vida de la artista.

Aquí os cuento algo de lo que he podido enterarme. La historia de Dolores Candelaria Mora Vega comenzó en Trancas, en la provincia argentina de Tucumán, el 17 de noviembre de 1866. Su padre, un comerciante y hacendado de origen catalán, que falleció muy joven, le dejó en herencia una red de contactos que ella aprovechó muy bien y acrecentó con los años. Asistió a la escuela en el Colegio de las Hermanas del Huerto, donde ya despuntaban sus aficiones artísticas. Quedó huérfana siendo niña y a los 12 años comenzó a estudiar pintura con el maestro italiano Santiago Falcucci.

Él la inició en el neoclasicismo, estilo que Lola no abandonaría nunca. A los 18 años, realizó su primera exposición con dibujos al carbón de los gobernadores de Tucumán. Esto le permitió conseguir una beca para estudiar en Buenos Aires, y luego de dos años de vivir y estudiar en la capital, logró una beca del gobierno nacional para perfeccionarse en Italia.

Lola, que hasta ese momento se había dedicado exclusivamente al dibujo y a la pintura de retratos, llegó a Roma y comenzó estudiando con Francesco Paolo Michetti, para pasar luego al estudio de los escultores Barbella y Monteverde, especialistas en monumentos conmemorativos, quienes la introdujeron en la talla en mármol. Estuvo en contacto con el grupo de escultores de tradición académica, se introdujo en los círculos de arte, aprendió de los mejores maestros y desarrolló plenamente su talento. 

Aquel país, un museo a cielo abierto, funcionó perfecto como inspiración para Lola, que caminaba entre ruinas antiguas, edificios barrocos, estatuas renacentistas y obras decimonónicas. Y, además, Lola sabía jugar muy bien sus cartas de socialización lo que le permitía acceder a muchas de las colecciones privadas más importantes de la época. Vivió en Roma durante dieciocho años y había varios motivos para su estancia permanente en Italia: Lola trabajaba el mármol, estar cerca de las canteras abarataba los costos que hubiese supuesto el traslado de los enormes bloques a Argentina. Además, se sentía cómoda en aquella sociedad, tenía amigos y relaciones que la beneficiaban en cuanto a su fama y prestigio, desde figuras del ambiente del arte hasta diplomáticos, políticos y nobles.

Su fama comenzó a ser importante, ganó una medalla de oro en un concurso en París, empezaron a lloverle pedidos, su nombre despertaba admiración, armó su propio atelier en Roma donde se reunían artistas y entendidos, y hasta era frecuentado por el rey Humberto y la reina Margarita de Italia. Entre las obras de esa época figura un monumento a la reina Victoria hecho para la ciudad de Melbourne. También ganó un concurso para realizar el monumento del zar Alejandro I, para San Petersburgo, pero este no lo llevó a cabo, dado que para hacerlo se debía nacionalizar rusa, condición con la que la artista no estuvo de acuerdo.

A pesar de que sólo recogía elogios entre la crítica y la prensa, no tuvo gran participación en los espacios consagrados del arte. No solía exponer en muestras ni en galerías. Lola auspiciaba como anfitriona de las personalidades de la élite argentina, que la veían trabajar en su taller romano. Alojaba escritores y periodistas, quienes luego hablaban de ella en la prensa. Así conseguía sus encargos, los que la visitaban le encargaban las obras para Buenos Aires. Con cada encargo, ella viajaba con sus ayudantes para el montaje de los grupos escultóricos, de modo que sus idas y vueltas entre Italia y Argentina fueron numerosas.

Era su época de gloria y reconocimiento, pero ella ansiaba volver a su patria a demostrar de lo que era capaz. Y a pesar de que en Europa nadie dudaba de su talento, en la Argentina tuvo que afrontar una terrible oposición, fruto de una sociedad mojigata que se ensañó en sus figuras desnudas. Fue tal vez el precio que debió pagar por ser una adelantada a su época.

Torcuato de Alvear, el primer intendente de la ciudad de Buenos Aires y su sucesor Adolfo J. Bullrich, teniendo como modelo a París, encargaron para Buenos Aires varios monumentos para colocar en los paseos que se construían siguiendo el modelo francés. La consigna era educar el gusto de los paseantes y hacer la ciudad agradable a la vista. En ese contexto, el 21 de agosto de 1900, cuando Lola se encontraba de visita en Buenos Aires, se firmó el contrato entre la Intendencia y la escultora, para la obra y el emplazamiento de una fuente de mármol. Su costo fue de 25.000 pesos moneda nacional, a pagar en tres cuotas, acorde a los avances de la obra, que se ejecutaría en Roma y sería enviada para armarse en la capital argentina.

La escultora trabajaba sin pausa. En su taller se sucedían los bocetos y los estudios de los personajes. Lola Mora buscaría en sus bocetos para la fuente una salida para lo que ella entendía como libertad de creación. Inspirada seguramente en las innumerables «fontane» de Roma.

Pero aparentemente, el intendente Bullrich no había consultado con el resto de la comisión la aprobación del pago de la escultura. Los debates comenzaron en abril de 1902 y continuaron hasta junio de 1903, incluso luego de inaugurada la obra. Lola Mora se enteró de esta discusión y escribió a Bullrich, pidiéndole que le permitiera rescindir el contrato y devolver el primer pago que se le había efectuado. La escultora tenía varias ofertas de compra de la obra, entre ellas la de la ciudad de San Francisco, en Estados Unidos, que le ofrecía 150 mil francos, y la obra seguía en Europa, casi terminada.

En este punto, intervino el embajador argentino en Italia, quien junto al presidente argentino Julio A. Roca convencieron a la artista para que, por patriotismo, enviara la obra a Buenos Aires como se había convenido en un principio. Lola así lo hizo y llegó junto con las figuras para la fuente en septiembre de 1902.

Para el armado de la fuente se realizó un galpón sin techo en la parte posterior de la Casa de Gobierno, donde los sorprendidos transeúntes pronto pudieron contemplar a la escultora trabajando, rodeada de andamios, mármoles y operarios, llevando a cabo el acabado final de esa obra que le era tan querida y que tantos sinsabores le estaba costando.

Mientras la Comisión Municipal seguía discutiendo, las obras dormían a la intemperie en el galpón sin terminar, y Lola Mora se encontraba ociosa y desesperada con los retrasos, recorriendo despachos y removiendo obstáculos para que el proyecto de la fuente pudiera llegar a feliz término.

Otro de los inconvenientes con los que tuvo que luchar consistía en el emplazamiento que se le daría.  Descartada la ubicación en la Plaza de Mayo, se sugería como lugar apropiado para ella el barrio de Mataderos (zona prácticamente despoblada) o el Parque de los Patricios, que en esos momentos se estaba urbanizando. Finalmente, el 23 de diciembre se licita la construcción de la primera fuente en mármol de carrara que se instaló en la ciudad de Buenos Aires.

La Fuente de las Nereidas generó el primer escándalo en la vida de la escultora. Para realizar esta hermosísima obra, Lola rememora el relato mitológico del nacimiento de Venus, hija de Urano, que es la diosa del amor, de la belleza, la gracia y de los mares, quien sale de una gran concha marina sostenida por dos Nereidas (mitad mujeres, mitad peces), mientras cuatro caballos bravíos surgen de las aguas, con cuatro tritones que intentan domarlos. Las Nereidas que sostienen a Venus son, según la mitología, hijas de Nereo y Doris, y representan la variedad de fenómenos y aspectos del mar. Al ser consideradas divinidades bienhechoras y protectoras, los navegantes las invocaban para tener una feliz travesía.

Sabemos que hubo un primer proyecto que utilizaba a Nereo, dios de las profundidades del mar, como personaje principal del conjunto. Luego lo cambia -cosa habitual en ella, que rehacía muchas veces sus bocetos- por la diosa Venus, a quien habían de servir de séquito las nereidas y tritones que imaginara en un comienzo.

Todas las figuras lucían un desnudo total. Incluso en la resolución del desnudo de las nereidas, que habitualmente termina en la cintura, eligió la doble caída, que extiende ese desnudo hasta media pierna. Desde el comienzo, la fuente y su autora fueron objeto de resistencia y de ataques. En el año en que comenzaba el siglo XX, cuando Lola Mora acaba de llegar a Buenos Aires portadora de las maquetas solicitadas, se levanta por una parte de la población un escándalo que denuncia la colocación en la Plaza de Mayo de un conjunto de desnudos masculinos y femeninos «a veinte metros de la Catedral».

Después de muchas idas y venidas y de muchas críticas, se decidió emplazarla en el Paseo de Julio y Cangallo (actual Avenida Leandro N. Alem, entre Bartolomé Mitre y Juan Domingo Perón), e inaugurarla el 21 de mayo de 1903.

A la ansiada inauguración no asistió ninguna mujer, ofendidas por la desnudez de las figuras, y tampoco asistió el entonces presidente de la República, el general Roca, de quien se rumoreaba que tenía ciertas predilecciones por la escultora y que la hacía acreedora de sus favores.

La prensa fue unánime al comentar, en las crónicas del día siguiente, la pobreza de la recepción oficial y, en contraste, el entusiasmo de la población que, en gran número, ovacionó a la escultora. Las fotos de la época la muestran, única mujer en el palco, entre todos los funcionarios y, terminado el acto, también sola entre el numeroso grupo de caballeros que la agasajó en el Club del Progreso.

Lola Mora había llevado a cabo su trabajo sin percibir por él más que el gasto ocasionado por la compra de los materiales.

A pesar de la alegría que suponía para la escultora ser la autora de la primera fuente de mármol de la ciudad, estaba un poco cansada del tema. Es por eso que renunció al erario que la Municipalidad le adeudaba, poniendo de manifiesto a través de una carta en los periódicos que su lugar era el arte, que actuó con nobleza y defendió su lugar como escultora, poniéndose al margen del conflicto político y revalorizando su labor.

La fuente tuvo poca suerte, la gente la agredía, no solamente verbalmente sino también físicamente. Pasado el primer momento de entusiasmo, comenzaron a publicarse juicios críticos: se dudaba de la autoría de Lola Mora, se enjuiciaba su moralidad, se la colocó en la picota, todo ello sin el menor asidero.

Aun cuando los ánimos se tranquilizaron pasado el tiempo, la fuente había de sufrir aun otros cambios. En diciembre de 1918, por sugerencia del francés Forestier, a quien se había encargado la urbanización del Balneario Sur, se la desterró a la soledad de su actual ubicación, casi al fondo de la avenida Tristán Achával Rodríguez, en la Costanera Sur, frente al Río de la Plata. Allí la conocí y la visité muchísimos domingos de mi infancia y juventud.

Cuando joven admiré su belleza clásica y ahora, cada vez que vuelvo a Buenos Aires, me gusta ir a visitarla como a una vieja amiga a quien siempre gusta volver a ver. Mi vista se posa en cada figura, en cada gesto y me tranquiliza pensar que esas piedras aún se mantendrán por muchos años, haciendo frente a la ola de enormes esculturas de hierros retorcidos y bloques de hormigón que, por muy modernas que sean, no me inspiran el deseo de acariciarlas como la querida Fuente de Lola Mora. Que, por cierto, es el nombre con el que la asociamos los porteños. Creo que debe de ser una de las pocas obras de arte que se conoce más por su autor, que por su propio nombre.

De ella su autora dijo: «Lamento que la impureza y el sensualismo hayan primado sobre el placer estético de contemplar un desnudo humano, la más maravillosa arquitectura que haya podido crear Dios».

Lola se instaló definitivamente en Buenos Aires, donde inició una serie de obras que sufrieron críticas acérrimas y ataques despiadados. En 1907, a la estatua de Aristóbulo del Valle que le había sido encargada, y que estaba emplazada frente a los lagos de Palermo, le destrozaron un brazo poco antes de ser inaugurada y acabó sus días en un depósito municipal, separada de la figura femenina que la completaba. Una alegoría que sufrió mejor suerte, se halla en el zoológico con el nombre de El Eco.

En 1906 realizó para el Congreso de la Nación cinco alegorías y dos leones para la fachada exterior, y cuatro mármoles, honrando a Alvear, Laprida, Zuviría y Fragueiro, para el interior. En 1913 el gobierno de Roque Sáenz Peña se ensañó de tal forma con estas esculturas que fueron removidas del Congreso y llevadas a distintos puntos del país.

En 1908 fue designada para realizar el Monumento a la Bandera en Rosario de Santa Fe. Inspirándose en el cuadro de Delacroix «La libertad guiando al pueblo», representó a la figura central de la libertad como una mujer con el pecho descubierto. Después de 15 años de polémicas, el presidente Torcuato de Alvear rescindió el contrato. Hubo quien opinó que los mármoles debían tirarse al río, reposan separados en cuarteles, alguna escuela y alguna plaza.

Después de tantas desdichas, pocas son las obras que quedan de Lola Mora: algunos grupos funerarios en el cementerio de la Recoleta, el busto de Sáenz Peña en la galería de los presidentes de la Casa de Gobierno, los bajorrelieves de la Casa de Tucumán, y poco más.

Su última aventura la inició a los 60 años, se dedicó a extraer aceites lubricantes de las montañas de Salta, para usarlo como combustible. Así perdió todo su dinero. Murió pobre en una pensión de la Avenida Santa Fé en junio de 1936. Su talento perdurará, aunque los libros de texto la ignoren.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “La fuente de Lola Mora me sigue maravillando

    1. Hola AlmaLeonor
      ¡Pues sí, durante mucho tiempo, las mujeres sólo existían para la casa y la cama! Y nos perdimos la oportunidad de conocer verdaderas artistas y científicas. ¡Una pena! Me parece perfecto que lo difundas y mucha gente, por fin, la descubra.
      Gracias por acercarte y por tu comentario. Un abrazo.
      Marlen

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