El doctor René Favaloro

El tiempo que actualmente dedicamos a la autopromoción, a muchos de nuestros científicos, inventores, estudiosos, les habría impedido serlo. No les hubiera quedado espacio para realizar su tarea. O, si hubieran optado por no entrar en ese juego, sus trabajos no hubieran tenido ninguna repercusión o no se hubieran considerado importantes.

Siempre he creído que darse autobombo es inadecuado. A pesar de que las redes sociales nos empujan por este camino y, si no tienes tu lugar visible, no existes. Entiendo que, si eres creativo en cualquiera de sus ramas, tener una web y ser activo en alguna de las redes, implica promocionar tu proyecto, tener contactos y tener trabajo.

Aún sin pruebas de la eficacia de la autopromoción, sus dinámicas llegan incluso al mundo académico. Del “saber hacer” pasamos al “hacer saber”. Hacer saber en qué están trabajando, publicando artículos como churros, citando y auto-citándose, metidos en una hiper­actividad que, seguramente les resta tiempo y esfuerzo.

¿Qué pasa con los que no asumen esto? El anonimato más cruel.

Muchos se enteraron de la existencia del doctor Favaloro, cuando se publicitó su muerte. Pero no hagamos spoiler, porque hoy os quiero contar quién era René Gerónimo Favaloro. Nació el 12 de julio de 1923 en el barrio “El Mondongo” de La Plata. ¡Curioso nombre para un barrio! ¿Y qué es el mondongo? Los intestinos y vísceras de vacas y cerdos, lo que en España suele llamarse “callos”.

El barrio se llamaba así porque su población estaba integrada en gran medida por trabajadores de los frigoríficos cercanos, que solían recibir mondongo todas las semanas como parte de pago.

En ese barrio humilde de viviendas económicas alejado del centro de la ciudad, Favaloro conoció el valor del esfuerzo. Años más tarde lo recordaba: “Yo era el hijo mayor de una familia humilde. Mi padre, ebanista, más que carpintero, tenía un pequeño taller… los ingresos siempre eran escasos. Mi madre, modista, contribuía al sostenimiento del hogar. Estarán siempre en mi mente las largas horas que pasaba sentada frente a la máquina de coser.»

Su abuela materna le transmitió su amor por la tierra y la emoción al ver cuando las semillas comenzaban a dar sus frutos. A ella le dedicaría su tesis del doctorado: “A mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca”.

«Desde muy joven yo había comprendido el esfuerzo que ellos realizaban para darnos sustento y educación, y a partir de los 10 o 12 años colaboraba en las tareas del taller, en especial durante las vacaciones, en que me transformaba en un obrero más.  Así aprendí todos los secretos de la carpintería…. Años más tarde, cuando escuchaba al profesor Christmann decir que para ser un buen cirujano había que ser un buen carpintero, yo pensaba que había realizado mi aprendizaje en aquel viejo taller”

Estudió en el Colegio Nacional de La Plata y contaba su madre que la vocación de médico la tuvo desde los 5 años, cuando acompañaba a su tío, el doctor Arturo Cándido Favaloro, en las visitas domiciliaras a sus pacientes. Con 18 años comenzó a estudiar medicina.

Al terminar la residencia, en 1949, se produjo una vacante para médico auxiliar en el Hospital Policlínico. Accedió al puesto en carácter interino y a los pocos meses lo llamaron para confirmarlo. Le pidieron que completara una tarjeta con sus datos, pero en el último renglón debía afirmar que aceptaba la doctrina del gobierno.

Sus calificaciones eran mérito más que suficiente para obtener el puesto. Sin embargo, ese requisito resultaba humillante para alguien que, como él, había formado parte de movimientos universitarios que luchaban por mantener en Argentina una línea democrática, de libertad y justicia, razón por la cual incluso había tenido que soportar la cárcel en alguna oportunidad. Poner la firma en esa tarjeta significaba traicionar todos sus principios. Contestó que lo pensaría, pero en realidad sabía con claridad cuál iba a ser la respuesta.

A instancias de un tío que le pedía ayuda, aceptó por unos meses un reemplazo temporario como médico rural en Jacinto Aráuz, un pueblito de La Pampa. El médico al que reemplazaba falleció unos meses después y, para entonces, él ya se había compenetrado con las alegrías y sufrimientos de esa región apartada, donde la mayoría se dedicaba a las tareas rurales.

Junto a su hermano Juan José, también médico, que llegó algún tiempo después, modernizaron el centro asistencial. Transformaron una casona vieja en una clínica con veintitrés camas, una sala de cirugía y un banco de sangre viviente, tomando muestras sanguíneas a los habitantes del lugar y clasificándolas para recurrir a los donantes cada vez que los necesitaban.

Además René Favaloro se ocupó de enseñar pautas para el cuidado de la salud y la prevención de enfermedades. El resultado fue la reducción de la desnutrición, las infecciones en los partos y la mortalidad infantil. En una entrevista en la revista Gente de 1999 cuyo título era: “No me siento un hombre imprescindible”, comentaba: “Estuve doce años como médico rural en Jacinto Aráuz, La Pampa, donde aprendí el profundo sentido social de la vida. Sin compromiso social, mejor no vivir”.

La necesidad de perfeccionarse lo impulsó a realizar un viaje a los Estados Unidos. Con pocos recursos y un inglés incipiente, viajó en 1962 a la Cleveland Clinic, de Ohio, y allí se desempeñó como miembro del Departamento de Cirugía Torácica, donde no tardó en ganarse el respeto y reconocimiento de sus colegas.

El 9 de mayo de 1967 René Favaloro revolucionó la cardiología mundial al operar exitosamente a una mujer de 51 años mediante la técnica de bypass o cirugía de revascularización miocárdica. La célebre intervención permitiría salvar a millones de personas y contribuyó a mejorar la calidad de vida de los pacientes coronarios.

En 1971, decidió volver a la Argentina para continuar con su profesión. Para él enseñar y trabajar en su país eran la mejor forma de patriotismo. Así se lo explicó al jefe de cirugía de Cleveland Clinic, en su carta de renuncia: “Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. (…) El propósito principal es desarrollar un Departamento bien organizado donde pueda entrenar a cirujanos para el futuro. Créame, yo seré el hombre más feliz del mundo si puedo ver en los años por venir una nueva generación de argentinos que trabajen en distintos centros del país resolviendo los problemas a nivel comunitario y dotados de conocimientos médicos de excelencia”.

Luego de mucho esfuerzo, en 1975, creó la Fundación Favaloro, convirtiendo su sueño en realidad. Más tarde, en 1992, inauguró el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, y seis años después, creó la Universidad Favaloro. Uno de sus mayores logros fue la formación de centenares de residentes de diversos lugares de la Argentina y de América Latina. Creía que la investigación y el fomento de la ciencia básica eran pilares del desarrollo.

En la revista Gente del 1/8/2000 estas eran sus palabras: ”Siempre he creído que toda realidad futura se eleva sobre cimientos de ideales y utopías. Sin duda, soñar es tarea fecunda. Dejaría de existir si no tuviera por delante desafíos que involucren por sobre todas las cosas, contribuir dentro y fuera de mi profesión al desarrollo ético del hombre(…) La corrupción no es solamente la coima, los funcionarios ladrones, el narcotráfico y el lavado de dinero. Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, una televisión donde sólo hay alaridos y violencia, la injusticia social, la desocupación, la marginalidad(…) Debe entenderse que todos somos educadores. Cada acto de nuestra vida cotidiana tiene implicancias, a veces significativas. Procuremos entonces enseñar con el ejemplo(…) Estoy convencido de que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado, la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad».

Y reproducimos también sus palabras en la conferencia internacional “Panorama de la práctica actual de la medicina y de nuestra sociedad” que dio en noviembre 1998: “Más de las tres cuartas partes de los habitantes del mundo viven en países en desarrollo, pero sólo disponen de un 16% del ingreso mundial, mientras que el 20% más rico del mundo dispone del 85% del ingreso mundial”.

El Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación fue sumamente importante en la historia de la cardiología argentina. No sólo por los servicios de alta complejidad que puso al alcance de la comunidad, sino también por la capacitación de un equipo de primer nivel y su contribución a la prevención de enfermedades.

Pero tras casi tres décadas de esfuerzos y sacrificios, su sueño comenzó a resquebrajarse. Los éxitos de la Fundación chocaban contra los balances negativos de sus finanzas. Favaloro encargó una auditoría interna y el resultado fue trágico. La fundación adeudaba 40 millones de dólares y tenía a su favor una deuda incobrable de casi 20 millones de dólares. Favaloro se negaba a dejar a los afiliados sin cobertura y la situación se tornaba inviable. Intentó obtener ayuda de las autoridades procurando que se le pagaran las deudas del Estado, pero no obtuvo respuesta.

“Me he transformado en un mendigo. Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida” escribió el 22 de junio del año 2000. El viernes 28 de julio de 2000, agobiado por la situación, que hacía peligrar la continuidad de la institución y ya se había cobrado varios puestos de trabajo, le dijo a su secretaria: “El lunes no me puedo presentar acá, sabiendo que muchos queridos colaboradores ya fueron despedidos… Y que tienen familia”. No volvería a la Fundación. Sumido en una profunda depresión, el 29 de julio se disparó un tiro en el pecho.

El Dr René Favaloro en las calles de Buenos Aires

Su vocación de servicio, sus valores humanitarios, su profundo compromiso con la educación, su espíritu solidario, su obsesión por las desigualdades y su sed de justicia lo impulsaron a trabajar sin descanso, procurando dejar un mundo más justo y solidario.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “El doctor René Favaloro

  1. Hola, Marlen.

    Me has dejado tocado con esta entrada. La estaba disfrutando mucho y, como no lo conocía, ese final me ha dejado frío.

    Había resaltado estas frases como muestra de nuestros comunes pensamientos:

    «Para él enseñar y trabajar en su país eran la mejor forma de patriotismo».

    «Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, una televisión donde sólo hay alaridos y violencia, la injusticia social, la desocupación, la marginalidad. […] Debe entenderse que todos somos educadores. […] Procuremos entonces enseñar con el ejemplo».

    Pero ahora mismo, tengo la sensación que son gritos dentro de la escandalera que nos envuelve y que se perderá como «lágrimas en el viento».

    Me cuesta mucho trabajo concluir este comentario, porque no sé qué decir. Que gente tan valiosa, con unos valores tan maravillosos como tenía Favaloro, terminen perdiéndose por el puto dinero y los malditos intereses de los gobernantes te quita todas las esperanzas. Mucho más ahora mismo, después de la catástrofe por el temporal que hemos sufrido y con las noticias con que nos hemos despertado.

    En fin. Como decía mi madre: mañana será otro día.

    Muchas gracias por darnos a conocer a esta bellísima persona, aunque la vida le pagara tan fatalmente.

    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Cuando se suicidó René Favaloro, algunos se enteraron de su existencia, pero muchos lo sentimos como la muerte de un familiar muy cercano, un ser excepcional que honraba las palabras «ser humano». De esos que alguna vez tuvo un minuto de gloria, salió en una revista o en un noticiero de la televisión, por su hazaña de lograr el bypass coronario. Pero el minuto se acabó pronto y él no era amigo de la «autopromoción». Sabíamos de su vida y de su forma de pensar y actuar por algún familiar o amigo que había sido atendido en la Fundación. Pero su lucha por seguir manteniendo la Fundación y el Instituto de Cardiología sin ceder a los chantajes y trapicheos, sus penurias económicas las guardaba para él.
      Cuando me llamaron de Buenos Aires para contarme la última decisión de un hombre recto y honrado, lloré mucho, con una querida amiga argentina que pasaba unos días en casa, lloramos el fin de la utopía de los hombres cabales. Intentó dejar un mundo más justo y solidario. Su frase «Todos somos educadores, procuremos enseñar con el ejemplo», expresada en una charla en la Universidad de La Plata, me quedó grabada a fuego.
      La vida no le pagó mal, aquellos que tuvimos el privilegio de escucharlo o conocerlo, le profesamos toda nuestra admiración y lo seguimos recordando y queriendo. Hubo personas que le pagaron fatal, que priorizaron sus intereses a una mente brillante. Pero eso está en otro plano.
      Nunca lo olvidaré y me gustaría que mucha gente lo descubriera y aprendiera que estos seres también existen, aunque no tengan propaganda.
      Fue un placer presentártelo. Gracias por compartir tus palabras.
      Un abrazo grandote.

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