El duelo de las verdades amargas

El encuentro no había sido planeado, pero ahí estaban. En el aire denso del bar, Arturo y Lancelot, en un ambiente cargado de tensión, se miraban como dos leones acechando a su presa, pero la presa era la verdad, y entre ellos, Ginebra. El sonido de los vasos chocando contra la madera y los murmullos lejanos que parecían desvanecerse en el eco de sus pensamientos.

.- Sabes que es una situación absurda. —Arturo rompió el silencio, con una voz áspera, como si las palabras le arrancaran pedazos del alma.— ¿Cómo demonios crees que esto va a acabar bien?

Lo sabes ¿verdad? —continuó Arturo, apretando la copa de whisky.—  Esto… esto es como un incendio que ya no sé si quiero apagar o avivar. La veo contigo, la imagino sonriendo, y siento que me quema por dentro.

Lancelot se recostó en su silla, con una sonrisa desafiante. —No me digas que no lo viste venir, Arturo. Ginebra está contigo por costumbre, pero conmigo es… —hizo una pausa, disfrutando del golpe—, pasión.

Arturo lo miró, incrédulo.— ¿Pasión? Es fácil cuando no tienes que encargarte de la realidad. ¿Tú crees que los fines de semana en la cama y las cenas elegantes son la vida real? Pagar las cuentas, lidiar con las rutinas, ver cómo el amor se transforma… Eso es lo que tú no ves.

Lancelot apretó los labios, su arrogancia habitual teñida de incomodidad. 

.- Lo que yo veo es que ella es feliz conmigo. Y eso es lo que importa.

.- Feliz… —Arturo rió amargamente.— La felicidad es pasajera, como la pasión. No te confundas, Lancelot, lo que tú tienes es una fantasía.

El silencio cayó entre ellos. El camarero sirvió otro trago, pero ninguno de los dos lo tocó.

.- ¿Entonces qué? ¿Te quedarás con ella por compromiso? —preguntó Lancelot.— Porque parece que ya ni siquiera la amas.

Arturo lo miró, dolido. 

.- El amor no es como lo pintan en las películas. El amor real incluye todo lo bueno, pero también lo feo, lo complicado, lo que cansa. Y sí, hay días que dudo. Pero nunca he dejado de quererla.

.- Pues quizás deberías dejarla ir, darle una oportunidad de ser verdaderamente feliz. —Lancelot sonrió, pero esta vez con menos seguridad.

.- No es mi culpa si conmigo encuentra lo que tú dejaste de darle —dijo, su voz intentando mantenerse firme, pero sonaba más a defensa que a ataque.— Ginebra necesita algo más que la sombra de lo que ustedes fueron.

.- La sombra… —Arturo rió con una amargura cruda.— Lo nuestro no es una sombra, Lancelot. Es como esas raíces profundas que ya no ves, pero que sostienen todo lo demás. Tú eres la chispa que prende el fuego, sí, pero no puedes entender todo lo que hay entre nosotros.

Lancelot dio un sorbo de su copa, buscando controlar la rabia que hervía bajo la superficie. 

.- ¿Todo? No te equivoques, Arturo. Ginebra conmigo vive. Es fuego, es pasión. No es rutina, no son las malditas facturas ni la monotonía de los días que se repiten.

.- ¿Fuego? —Arturo alzó una ceja, con el mismo gesto que tantas veces había hecho frente al espejo.— El fuego brilla, Lancelot, pero lo devora todo. ¿Cuánto crees que durará esa pasión? El amor… —hizo una pausa, buscando las palabras como quien rebusca en su propio corazón,— el amor no es ese relámpago que ilumina un segundo de gloria. El amor es la tormenta que viene después. Lenta, pero persistente. Te empapa, te cala los huesos, pero es lo único que realmente sacia.

Lancelot lo miró con desdén, pero algo en su mirada delataba que las palabras de Arturo lo habían alcanzado. 

.- ¿Y tú qué sabes de tormentas? —dijo finalmente.— Te has acomodado en tu pequeña prisión, Arturo. Quizás Ginebra no quiere más lluvias. Quizás sólo quiere escapar de ti.

Arturo se inclinó hacia él, sus ojos oscuros como pozos sin fondo. 

.- ¿Qué dices? ¿Escapar de mí? —repitió con una voz llena de sombras.— Ginebra no quiere escapar de mí, ni de ti, ni de nadie. Lo que ella quiere es escapar de sí misma. De ese vacío que ni tu fuego ni mis raíces pueden llenar. Y ahí está la verdadera tragedia, Lancelot. Que entre tú y yo, estamos intentando construir en un desierto.

Lancelot apretó los puños, pero en lugar de explotar, exhaló, soltando el aire como si soltara una parte de su orgullo. 

.- Quizás tengas razón. Quizás ni tú ni yo podemos darle lo que busca. Pero eso no significa que no lo vaya a intentar.

Arturo lo miró, más calmado ahora, como si su propia ira se fuera apagando en la certeza.

.- Lo intentas porque piensas que el amor es una conquista. Pero no se trata de vencer o de poseer. Se trata de resistir. Y al final, cuando el fuego se apague y las raíces se sequen… Ginebra estará sola, como siempre ha estado.

Lancelot lo observó en silencio, dejando que las palabras flotaran entre ellos. Tal vez, por primera vez, estaba dudando de su propio papel en esta historia.

No había más que decir, sólo la aceptación amarga de que ambos eran peones en un juego que ninguno controlaba. Afuera, la noche seguía su curso indiferente, mientras dos hombres, enemigos en el amor, entendían por fin que no había batalla que ganar, porque la verdadera lucha no estaba entre ellos, sino en el alma de Ginebra.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

5 comentarios sobre “El duelo de las verdades amargas

    1. Hola Enrique
      Y cuando te crees que es ese relámpago que ilumina un segundo de gloria, el batacazo que te das después del flechazo, te deja sin entender nada de lo que ha pasado. Gracias por tu comentario. Un abrazo.
      Marlen

  1. Hola, Marlen.

    Una preciosa y muy reflexiva recreación del «duelo» mítico entre Arturo y Lancelot.

    Es curioso que cuando al principio leí «entre ellos, Ginebra», pensé en el alcohol, no en la mujer. ¿Mi cerebro creó una metáfora? También el alcohol vuelve locos a los hombres. 😉

    Más allá del homenaje a estos personajes tan especiales, las reflexiones sobre el amor son muy interesantes. Un sentimiento tan difícil de definir y mucho más complicado de controlar.

    Enhorabuena, amiga. Un relato corto que se dilata gratamente en la cabeza.

    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      me pregunto qué pensarían del amor estos dos personajes. Los tiempos han cambiado, ¿Y la noción de amor? Sí que es difícil definirlo pero, a principios del siglo XII ¿también lo sería para ellos? Me gustó la idea de reflexionar sobre esa época y hacerlos pasar por el túnel del tiempo.
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo grandote.

    2. Me olvidé de comentar sobre la Ginebra. No me extraña que en ese ambiente de bar de hombres solos, con muchas bebidas de por medio y estilo «compadritos», te apeteciera una ginebra y charlar tranquilos, pero no de amor y cuernos.🤣🤣🤣
      Mucho me temo que los que miran, están apostando a uno u otro. ¡Pobre Ginebra, en lo que se ha convertido!

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