El sol apenas se asomaba tras las colinas cuando Rodrigo encendió su ordenador y en el silencio de su habitación, los ventiladores del equipo comenzaron a zumbar como el motor de un auto de carreras, listos para desatar la adrenalina de la mañana.
¿Dónde había pasado las últimas semanas? En un rincón oscuro de la deep web (el internet profundo, oculto, que no está indexado por los motores de búsqueda convencionales), siguiendo rumores sobre un videojuego secreto llamado «Eldorado», donde aparentemente, quienes lograban ganar obtenían criptomonedas reales como recompensa. Fortuna para unos pocos, ruina para muchos.
La pantalla brilló con un logo dorado: un sol eclipsado por una montaña de monedas. “La fortuna aguarda” decía el mensaje en letras pixeladas. Rodrigo, un chico de 16 años con habilidades para hackear más que para hacer amigos o ir a jugar al fútbol, estaba decidido a descubrir si la leyenda era cierta.
El dinero podría hacer que las cosas en casa volvieran a ser normales, que sus padres volvieran a ser cariñosos, que sonrieran o se hablaran sin crispación, que cada gesto, cada palabra no fuera una guerra permanente. Todo había cambiado cuando su padre entró a trabajar en esa compañía que le había arruinado mental y monetariamente. Cuando decidieron divorciarse, ya ni siquiera les quedaba dinero para pagar los abogados. Estaban a punto de perder la casa, el único nexo que los mantenía unidos, ya no como familia sino como tres seres que se cruzaban en silencio por habitaciones sin vida.
El juego comenzó con un avatar que tuvo que crear, un explorador que debía resolver acertijos en diferentes escenarios virtuales. Sin embargo, pronto se dio cuenta de algo extraño: para avanzar, el juego le pedía compartir información personal.
La primera prueba fue sencilla: enviar un mensaje directo con el nombre de su mascota. Rodrigo lo envió sin dudar. Aunque Rocky ya hubiera muerto, para él seguía siendo su perro adorado. Y el avatar atravesó un puente colgante hacia una gruta llena de monedas de oro.
Pero a medida que subía de nivel, las preguntas se volvían más personales. “Envía un mensaje a tu mejor amigo y cuéntale tu mayor secreto,” decía el segundo desafío. Rodrigo vaciló. No tenía muchos amigos, salía corriendo de la escuela cuando acababan las clases, para no tener que contestar preguntas incómodas. Su madre le había dicho que intentara hacer amigos para compartir cosas con ellos. ¡Le resultaba imposible! Pero cumplió con la tarea, enviándole a Lucía, su compañera de laboratorio, una confesión sobre cómo había hackeado el sistema escolar para mejorar su nota en química. El nivel desbloqueado le dio acceso a un premio mayor: 0,01 bitcoin (el equivalente a 0,91€). No era suficiente ni para comprarse el libro de astrología con el que soñaba, pero era el comienzo.
Rodrigo estaba enganchado. El juego se había convertido en adictivo. Cada desafío se sentía más peligroso, pero las recompensas eran irresistibles. Recorrió bosques, cazó animales, entró en castillos, mató zombis y, de a poco, el contador aumentaba su capital.
Cuando llegó al nivel 20, el juego le pidió algo que le resultaba muy difícil de cumplir: “Envía un mensaje a tu madre y dile que le has mentido sobre algo muy importante.”
No quería entristecer más a quien, en esos días, intentaba darle alguna alegría. Ayer mismo había hecho palomitas y había insistido en ver una película los dos juntos. Las palabras se le atascaban en los dedos. Sabía que este mensaje podía romper algo en su familia, pero también sabía que la recompensa podría ser suficiente para pagar las deudas que tenían.
Finalmente, tecleó: «Mamá, el dinero que gané vendiendo mis juegos, en realidad lo conseguí hackeando cuentas de otros jugadores. Lo siento.» Pulsó enviar. La pantalla parpadeó y su avatar llegó a una playa donde se veían algunos cofres semienterrados.
Compró una pala para poder cavar la zona y comenzó a desenterrar tesoros. La cuenta de los bitcoins iba subiendo a medida que subía su entusiasmo y estado nervioso. Se cubrió la boca con la almohada para que no se escucharan los gritos que no lograba sofocar.
Un mensaje apareció: “Has alcanzado la fortuna. Tu cuenta será acreditada en 24 horas.”
Al día siguiente no fue a la escuela, le fue fácil convencer a su madre de que no se sentía bien, no había dormido en toda la noche y los nervios aún le hacían temblar.
Sin embargo, algo extraño comenzó a suceder el lunes siguiente. Lucía, la única chica del curso con la que estaba a gusto, dejó de hablarle, no antes de haberle aclarado que se buscara otro para volver a su casa caminando.
Su madre se iba a trabajar y volvía muy tarde, sin tener casi ningún contacto con él. Ni siquiera cenaban juntos ya. Le dejaba la comida en la mesa, lo miraba con tristeza y se iba a dormir diciendo que estaba cansada.
Y el director de su escuela lo convocaba a él y a sus padres a una reunión urgente. Aparentemente, su confesión sobre las notas había llegado a las altas esferas, director y profesores.
Los mensajes que había enviado no sólo eran parte del juego, habían sido filtrados deliberadamente por los creadores del juego.
La fortuna, en efecto, llegó. Rodrigo recibió el equivalente a miles de euros en criptomonedas, pero el precio fue altísimo.
Habían podido pagar las deudas familiares, siguió viviendo en su casa de toda la vida con su madre, porque sus padres pudieron divorciarse. Tuvo que cambiarse a un nuevo colegio en el que tampoco hacía amigos ni jugaba al fútbol.
Su reputación estaba destruida, el episodio le perseguiría de por vida y las pocas personas que le quedaban, ya no confiaban en él. Los mensajes lo habían traicionado.
El juego desapareció de la red poco después, dejando a Rodrigo con un vacío amargo en el estómago. Había conseguido dinero, pero perdió algo mucho más importante: la confianza de quienes lo rodeaban.
¿Qué vale más, la fortuna o las personas? Mientras observaba la pantalla apagada, Rodrigo se hacía la pregunta más importante y entendió que ese era el verdadero acertijo que nunca logró resolver.
Este cuento nació debido a mi participación habitual en el “Reto 5 Líneas” de Adella Brac. La idea es escribir cada mes, un microrrelato de 5 líneas y no más de 500 caracteres, que incluya las tres palabras propuestas. Este mes de enero 2025: siento, dónde y dicho.
Pero después de enviar mi aporte, cumpliendo con la extensión, me quedé con ganas de ampliar la historia sobre la vida de Rodrigo y aquí estoy trayendo el cuento de un chico de 16 años y su aventura en el mundo digital.
Gracias Adella Brac, por incentivarnos con tu reto y por la medalla de oro, símbolo de un año entero de aportes.


Hola, Marlen.
Me imagino la encrucijada mental ante la que Rodrigo tuvo que tomar cada decisión durante su periplo a través de las diversas situaciones a las que le sometía el pernicioso juego. Creo que un chico de 16 años no está del todo preparado para saber hasta qué punto puede llegar a fiarse de internet. Su intención era buena pero, a cambio de un alto coste en forma de daños irreversibles en la relación que mantenía con los que le querían.
Me ha encantado tu relato. Derrocha humanidad y conlleva una importante moraleja.
Enhorabuena por tu gran trabajo y muchas gracias por compartirlo.
Un abrazo.
Hola Daniel
En esta época y en esta sociedad donde las fake news están a la orden del día, creo que ninguno estamos preparados para saber hasta dónde podemos fiarnos de las redes, ni un chico de 16 años ni ninguno de nosotros. Rodrigo tenía buenas intenciones, pretendía arreglar la situación en su familia, pero la red le envolvió de tal forma que terminó rico en dinero, pero enfrentado con todos aquellos que lo querían y confiaban en él. Una dura lección para aprender desde tan chico. Algo así como una fábula en tiempos modernos.
Gracias a ti, por pasarte y por tu comentario. Un abrazo fuerte.
Marlen