Jerusalén parecía contener la respiración. La ciudad, eternamente suspendida entre la devoción y el conflicto, vivía otro día de escalada bélica. El sol de Jerusalén, impasible, caía con fuerza sobre las estrechas calles de la Ciudad Vieja, iluminando por igual los adoquines desgastados y los rostros tensos de quienes vivían en la ciudad dividida.
En medio de este ambiente de escalada bélica, con sirenas que resonaban de vez en cuando y el constante rumor de la tensión política, vivía Yael. Impredecible, como el viento que a veces traía arena del desierto, su cabello liso como la superficie del Mar Muerto, y su sonrisa despreocupada, contrastaban con la seriedad que parecía haber tomado por asalto a la ciudad. Caminaba como si estuviera en un mundo propio, ajena a los rumores de la guerra que impregnaban el aire como una tormenta a punto de estallar. Vestía como le venía en gana: pantalones amplios, una camiseta con manchas de pintura, sandalias desgastadas, la mochila colgada de su hombro, cargada de latas de pintura. Se negaba a seguir las normas invisibles que dictaban cómo debía comportarse una mujer en Jerusalén, en una sociedad marcada por la tradición y el conflicto.
Yael no tenía tiempo para odiar. Mientras sus amigos se enfrascaban en discusiones políticas, repitiendo con amargura las narrativas familiares, ella prefería salir a pintar murales en los muros desgastados de la ciudad. Decía que el arte era su manera de protestar, no contra alguien, sino contra el sinsentido de todo.
En una de las paredes más concurridas del mercado Mahane Yehuda, había pintado una paloma gigante con una rama de olivo que abarcaba toda la fachada. La gente pasaba y murmuraba, algunos con admiración, otros con desdén. “Otra vez Yael y sus locuras”, decían los vendedores de especias. Era el caos del mercado lo que a ella le recordaba que aún existía vida más allá de los titulares y los disparos.
Yael vivía con una libertad que desconcertaba a todos los que la rodeaban. Era impredecible, sí, pero no porque buscara serlo, sino porque no sabía vivir de otra manera. Los límites, las etiquetas, los bandos… todos le parecían cárceles invisibles. La vida, para ella, era un lienzo, no una trinchera. Mientras otros debatían sobre quién tenía la razón o qué lado de la historia debía defenderse, ella pintaba. Y no le importaba si era en un muro judío, árabe, o en un banco abandonado.
Pero Yael no vivía ajena al conflicto. Esa mañana, en su pequeño apartamento en Nachlaot, las noticias zumbaban en la radio: otro bombardeo en Gaza, otra represalia, más muertes. Ella apagó la radio con un suspiro y salió al balcón a fumar un cigarrillo. Desde allí, veía la cúpula dorada del Domo de la Roca brillando al sol, un símbolo de fe y división a la vez. “¿Cómo puede algo tan hermoso estar en el centro de tanto odio?”, pensó.
Su familia era lo opuesto a ella. Conservadores y tradicionalistas, la miraban con una mezcla de preocupación y vergüenza. En una reciente cena de Shabat, su madre había suspirado al verla llegar con su falda asimétrica y no demasiado arreglada. Yael era la oveja negra.
.- ¿Es mucho pedir que parezcas normal, Yael? Al menos frente a tu abuelo.
Yael no respondió. En cambio, se sentó al lado del abuelo y, con una sonrisa, le preguntó sobre su juventud. Sabía que él, en su época, había sido tan rebelde como ella. Pero esa noche, incluso él pareció cansado o desalentado.
.- Yael, a veces hay que escoger un bando, ¿entiendes? No puedes andar siempre por ahí como si no existieran los muros.
La frase quedó flotando en su mente, pero ella la rechazó. ¿Escoger un bando? Para ella, los bandos eran jaulas. Prefería el caos de su libertad, aunque eso la aislara de su propia familia.
Mientras los demás discutían acaloradamente sobre los ataques en Gaza, ella permaneció en silencio, moviendo distraídamente los granos de arroz en su plato.
.- ¿Por qué no dices nada, Yael? -le espetó su hermano mayor, Eliahu, cuya voz llevaba el peso de un soldado que había visto demasiado.
.- Porque no voy a repetir lo mismo que ya he escuchado mil veces.
.- ¡Claro! Es más fácil vivir como si nada estuviera pasando, ¿no? Pintando tus tonterías mientras otros arriesgan sus vidas.
Su madre intervino para calmar las aguas, pero Yael ya se estaba yendo. La atmósfera en casa era asfixiante. Caminó sin rumbo fijo por las calles de Nachlaot, preguntándose si era ella la equivocada. “¿Es egoísmo o valentía no tomar partido?”, pensó. Pero antes de que pudiera hallar una respuesta, el sonido de una sirena antiaérea rasgó el aire.
La gente corrió hacia los refugios. Yael, sin embargo, se quedó quieta bajo un árbol, mirando el cielo vacío. Había algo en esos momentos, cuando todo parecía detenerse, que la hacía sentir viva, aunque fuera por el vértigo de saberse pequeña e indefensa.
Quiso escapar de esas sensaciones, de su soledad y se acercó al bar que solían frecuentar. Pero, incluso entre sus amigos de mentalidad más abierta, ella era un enigma. Eitan, que la conocía desde el instituto, no entendía cómo podía ser tan despreocupada en un momento tan crítico. Esa noche, mientras tomaban cervezas en un bar del centro, él la confrontó.
.- ¿Cómo puedes pintar palomas en las paredes cuando hay niños muriendo?
Ella le sostuvo la mirada, sus ojos oscuros brillando bajo las luces del bar.
.- ¿Y tú qué haces, Eitan? ¿Qué cambias tú?
La tensión se palpaba. Sus amigos se removieron incómodos, pero nadie intervino. Al final, Eitan se levantó y se fue, dejando su cerveza a medias. Yael sintió una punzada de dolor. “No me entienden”, pensó.
El día siguiente la encontró en el mercado, donde los colores y los olores eran su refugio. Fue a ver a Mahmoud, un panadero palestino que vendía manakish recién horneado, una especie de pan cubierto de hierbas, especias, semillas y aceite de oliva. Mahmoud tenía manos fuertes y ojos cansados, pero cuando hablaba, su voz era como un arroyo tranquilo. Yael le compraba siempre el pan porque su sonrisa era un recordatorio de que aún existía humanidad en la ciudad rota.
.- ¿Volverás a pintar hoy? —le preguntó él, mientras envolvía el pan.
.- Siempre.
Pero esa tarde, mientras Yael pintaba un mural de una niña jugando con una cometa, un grupo de jóvenes de ambos lados del conflicto la interrumpió. Primero llegaron los gritos, luego las acusaciones.
.- ¡Esto es propaganda! -gritó uno de los chicos, arrancando un trozo del mural recién pintado.
.- ¿Qué propaganda? —respondió Yael, sorprendida.
.- Eso. Esa cometa. Es un símbolo de los palestinos.
La discusión escaló, y pronto los gritos se volvieron personales. Yael no intentó defenderse. Se limitó a recoger sus latas y alejarse, dejando el mural incompleto. Caminó hasta el Monte de los Olivos, donde se sentó en silencio. Miraba la ciudad, sus techos dorados y blancos, mientras las lágrimas, silenciosas, surcaban su rostro.
¿De verdad sirve para algo lo que hago? O tal vez… soy sólo un ruido más en esta ciudad llena de gritos.
Esa noche, Yael decidió dejar de pintar. Cerró las latas, guardó los pinceles y caminó hasta el muro que había dejado inconcluso. Quería despedirse. Pero al llegar, algo la detuvo.

El mural no estaba como lo había dejado. Alguien lo había terminado. La niña de cabello oscuro, entre otros niños pequeños, hacía volar su cometa con una expresión de enorme alegría. El trazo era diferente, pero el mensaje era claro.
Se dio cuenta de que Mahmoud estaba cerca, con las manos cruzadas.
.- Vi lo que pasó. No era justo que lo dejaras así.
Antes de que Yael pudiera responder, notó que un grupo de niños, judíos y árabes, se había reunido alrededor del mural. Lo miraban como si fuera algo mágico, algo que los sacaba de la rutina de sirenas y conflictos. Uno de ellos, un niño judío con rizos rubios, le preguntó:
.- ¿Por qué la cometa está volando tan alto?
Yael sonrió, aunque sentía un nudo en la garganta.
.- Porque no sabe que hay límites.
Mientras caminaba de regreso a casa, algo dentro de ella cambió. Tal vez no podía cambiar el mundo con un pincel, pero podía plantar semillas. Y las semillas, incluso en Jerusalén, a veces florecen.
Al día siguiente, Mahmoud le envió un mensaje. La invitaba a un pequeño taller de pintura en su vecindario. Dudó, porque sabía que no sería bien recibida, pero al final aceptó. Entrar en el corazón de un barrio palestino era cruzar una línea que su familia no aprobaría, pero ella no buscaba la aprobación de nadie.
En ese taller, Yael conoció a niños que nunca habían visto una paleta de colores. Juntos pintaron murales que contaban historias de su vida: un gallo en el patio, un atardecer sobre las montañas, un globo que nunca pudieron soltar.
Pero la mayor sorpresa llegó días después. Uno de esos niños, un chico de ojos grandes llamado Tareq, le dijo algo que la dejó sin palabras:
.- Cuando sea mayor, quiero pintar como tú. No quiero pelear.
Y fue ahí, en ese momento, cuando Yael, conteniendo las lágrimas, entendió. Su arte no iba a detener la guerra, ni a cambiar las mentes de los líderes. Pero tal vez podía cambiar un corazón. Y a veces, un corazón es todo lo que se necesita para empezar a mover un mundo.
Parafraseo a Paulo Freire: «El arte cambia a las personas que cambiarán el mundo». Y además también cambia el mundo, porque lo hace más bonito.
Un abrazo
Estoy convencida de ello. El arte no sólo cambia a las personas que en algún momento, cambiarán el mundo. Además, como bien dices, hace el mundo más bonito, y también más colorido, más respirable, más amistoso, más amigable, más acogedor… ¿Cómo es posible que alguien piense que «EL ARTE» no es una materia imprescindible para la educación de un niño?
PD: No, no soy profesora de arte. 🤣 Pero hay cosas que no entiendo.
Coincido contigo, es imprescindible para la educación.
Mi hija mayor ha empezado este curso Bellas Artes. Mucha gente tuerce el morro al oírlo, ya sabes… Puede que ella sí sea algún día profesora de arte. 🙂
¡Ojalá lo logre! Los necesitamos.