Es extraño cómo, en este país, la ternura ha llegado a interpretarse como debilidad, el tiempo de los niños se llena de actividades que no les interesan y de pantallas que ocupan el espacio de un parque o una actividad compartida en familia, la cordura se ha convertido en una voz silenciada, y el razonamiento en un eco de gritos y ofensas. La defensa de la naturaleza, que alguna vez fue un compromiso ético ineludible, ahora se reduce a un formalismo sin alma, una nada sólo válida para recolectar votos, una asignatura más en el aula, despojada de su verdadero sentir. ¡¡Qué tristeza tan profunda... qué doloroso extravío de lo esencial!!
Playa desnuda me uno al mar, a la luna al viento fuerte.
Fragor de olas brillos en la arena, pleno enero.
Olas salvajes corro cual exhalación a su encuentro.
Luna brillando hipnótica distancia que me entristece.
Lloro tu ausencia bajo el imán flamante del plenilunio.
Viento y frío oscuros nubarrones. Lluvia, ya vienes.
Refugiarse en casa
sopa, mantita y cine.
Olvidar el mundo.
Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra.
Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar.
Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje.
O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.
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