Misiones, donde el agua grande se encabrita

La Mesopotamia argentina es una región del noreste, que se halla situada entre los ríos Paraná y Uruguay, e incluye las provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos. En ella nos asomamos a la magnificencia del Parque Nacional Iguazú, un parque de 55.000 hectáreas de las cuales 6.000 constituyen una Reserva Nacional. Y del que debemos comenzar por saber que Iguazú, significa «agua grande» en guaraní.

A pesar de las presiones para desarrollar y deforestar la zona, el Parque Nacional Iguazú presenta un área de bosque lluvioso subtropical, con más de 2.000 especies de plantas identificadas, 400 especies de aves, mamíferos, reptiles y numerosos insectos. Las altas temperaturas, las lluvias y la humedad crean un hábitat muy especial.

Al igual que la selva amazónica del Brasil, la selva misionera cuenta con múltiples niveles: el más alto es una cúpula cerrada de árboles de más de 30 metros de altura, y descendiendo los otros niveles encontramos árboles y arbustos unidos por lianas. La liana es una planta que usa un árbol grande como apoyo, hasta que termina asfixiándolo. Otras plantas parásito usan a su anfitrión sin hacerle daño. Las orquídeas, por ejemplo, usan las ramas de árboles grandes como el lapacho o el palo rosa, sólo para apoyo ya que absorben los nutrientes de la lluvia y de la atmósfera.

Los mamíferos y en general la fauna silvestre no se ven fácilmente en el parque, ya que evitan el contacto con humanos, lo cual no es difícil en el denso manto vegetal que cubre el suelo. Es el caso del puma, el jaguar, el carpincho, la corzuela, el gato onza y el tapir. Lo que si podemos ver son coatís, iguanas y gran cantidad de aves como tucanes, loros, cotorras y otras especies coloridas. La mejor hora para verlos es temprano a la mañana, junto a los lechos de agua o en el bosque.

Como la selva es tan densa, el parque tiene pocos senderos, pero la caminata o el ciclismo por ellos nos puede deparar muy agradables vistas. Si no queremos alejarnos mucho, los árboles cercanos al Centro de Visitantes son el refugio de muchas bandadas de aves. En el mismo centro hay viajes organizados en vehículos todo-terreno por el sendero boscoso de Yacaratia, así como excursiones por río, y también pueden alquilarse bicicletas. 

Y estando en el Centro de Visitantes, hemos llegado al pie mismo de las impresionantes Cataratas del Iguazú. Hay una placa cerca del Centro, que acredita el descubrimiento de los saltos a Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1541. Pero si bien él fue el primer europeo en verlas, para los indios guaraníes de la región y para sus antepasados, estas imponentes cataratas habían sido fuente de leyendas durante milenios.

Según una leyenda guaraní, las cataratas se originaron cuando un guerrero indio llamado “Caroba” despertó la furia del dios de la selva al escaparse por el río, en una canoa, con una joven de nombre “Naipur”, de quien el dios estaba enamorado. Enfurecido, el dios hizo derrumbar el lecho del río frente a los amantes, produciendo unas caídas del agua por las que se precipitó Naipur, convirtiéndose en una roca al pie de los saltos. Caroba, que sobrevivió, fue convertido para su castigo en un árbol que mira desde arriba a su amante caída.

El origen geológico de las cataratas es más prosaico. En el sur de Brasil, el río Iguazú pasa por una meseta de basalto que termina abruptamente justo al este de la confluencia con el río Paraná. Donde el río de lava de la erupción volcánica se detuvo, se formaron estos saltos por los que descienden unos 5.000 metros cúbicos de agua por segundo, en caídas de 50 a 80 metros de altura. Antes de llegar a los saltos, el río se divide en canales con rocas y pequeñas islas que separan la corriente de agua en cascadas, las que en su conjunto forman las famosas cataratas. En total 275 saltos (algunos imponentes como el Bossetti y otros escondidos como el Alvar Núñez Cabeza de Vaca) que se extienden en una media luna de 2.700 metros.

Describir las cataratas es algo bastante difícil. La sensación que tuve, la primera vez que las vi, fue la de un espectáculo sublime, las palabras faltan o mejor dicho sobran en ese momento. Tal es la alegría y la admiración que produce semejante maravilla de la naturaleza. Mi consejo es que, haciendo un pequeño esfuerzo económico, pase una o dos noches en el hotel que se encuentra dentro del parque, en el lado argentino, a pocos metros del Centro de Visitantes, y por lo tanto de las cataratas. Eso le permitirá recorrer tranquilamente las pasarelas que llegan hasta la base misma de las moles de agua y deleitarse viendo los vencejos (una especie de golondrinas) metiéndose detrás de los saltos de agua, antes de que las avalanchas de turistas que llegan a media mañana nos estropeen los ruidos del agua y la selva.

Hay un hotel en el lado brasileño que se promociona como el único que está en el Parque Iguazú, pero no es cierto. Y el espectáculo desde el lado brasileño es muy diferente, es estar sobre los saltos, mientras desde el lado argentino uno está frente a un anfiteatro. El impresionante espectáculo se muestra en todo su esplendor delante nuestro.

También se puede realizar una excursión en lancha a la isla San Martín, pasearse en bote por el borde mismo de las cataratas acercándose al abismo, o en una noche clara contemplar un espectáculo mágico. Cuando la luna es muy luminosa, frente a los ojos aparece un arco iris nocturno.

Hasta 1983, un sistema de pasarelas interconectadas llevaba a todos los saltos desde el Centro de Visitantes, pero las inundaciones de ese año destruyeron una parte y aislaron las que van a la Garganta del Diablo, la cascada más impresionante del conjunto. Fueron reconstruidas, pero de todas formas hay un camino de tierra que va a Ñandú y que lleva hasta la Garganta. De todas las vistas del planeta, la Garganta del Diablo es lo que más se parece a la idea que tenían los antiguos navegantes, del mundo que se acaba en un infernal abismo sin fondo. Por tres lados, la ensordecedora cascada se lanza impetuosa a un destino sombrío, el vapor que empapa al admirado visitante, impide la visión de la base de los saltos. Se hace difícil abandonar un lugar de semejante atracción amenazadora, donde uno se puede imaginar el terror que los pueblos primitivos sentirían frente a este espectáculo.

Si en alguna agencia de viajes tratan de llevarlo a ver las cataratas sólo desde el lado brasileño, no se deje aconsejar. Es algo así como ver un espectáculo de fuegos artificiales por televisión, o sentarse a disfrutar de ellos explotando sobre la cabeza. Una cosa es una mera información, y la otra es el vivir una experiencia imborrable por el resto de sus días. Las cataratas están a 20 km. de Puerto Iguazú, un importante centro comercial con buenos hoteles y campings, y un plano urbano bastante intrincado. La calle principal es la diagonal Victoria Aguirre, en el número 396 de la misma se halla la Oficina de Turismo donde le pueden aconsejar, y hasta le pueden conseguir alojamiento en casas de familia, si lo que quiere es dormir barato.

Uno de los lugares para visitar es el Hito Argentino, desde donde se puede ver la desembocadura del río Iguazú en el Paraná y el hito de las 3 fronteras donde se unen los territorios de Argentina, Paraguay y Brasil. El ferry que hasta hace unos años cruzaba el río Iguazú hasta Foz do Iguaçu en Brasil, ha sido reemplazado por el puente Internacional Tancredo Neves de 480 metros de largo, nombre que recuerda al presidente brasileño que murió antes de asumir el mandato en 1985. Una opción es ir a pasar el día en el lado brasileño, para lo cual se puede tomar una excursión o el autobús que sale de Puerto Iguazú y lo deja en la terminal de ómnibus de Foz (recuerde llevar el pasaporte), desde donde otro autobús lo transporta a la vista de los saltos. La vista de las cascadas es excelente aunque lejana, y desde luego, el lado brasileño es más comercial que el argentino.

Otra opción es la de hacer una visita a Puerto Stroessner, en la vecina Paraguay, y a su mercado artesanal, donde podrá comprar algún bolso o cartera de cuero rústico, y los famosos trabajos en ñandutí, que es un tejido realizado por las mujeres paraguayas en forma de encaje, imitando las telas de araña. Aunque aquí no le aconsejamos que se quede a pernoctar, ya que los hoteles no son tan buenos.

La vuelta desde este maravilloso lugar puede realizarse en avión, desde el aeropuerto internacional de Iguazú, o siguiendo nuestra costumbre de descubridores de paisajes por la ruta 20 hacia el sur, recorriendo bosques de araucarias y helechos hasta San Pedro, donde se une con la ruta 14. Subiendo y bajando por las hondonadas de la Sierra de Misiones se llega a San Vicente, desde donde parte, hacia el sudeste, la ruta provincial 212 camino a El Soberbio.

Desde esta pequeña ciudad sale el camino que lleva hasta los Saltos del Moconá (“El que todo lo traga” en guaraní), unas cataratas que oscilan entre 5 y 10 m de altura, que interrumpen durante unos 3 km el curso del río Uruguay en la frontera entre Brasil y Argentina, sitio ideal para el turismo de aventura. Aunque ya no hace falta abrirse paso a machete ni remontar el río Uruguay en bote, todavía esta travesía tiene mucho de aventura. Estas cascadas tienen 3 km. de largo, están en medio de la selva, y es un espectáculo único en el mundo que se generó a partir de una falla geológica hace millones de años. Su característica central es que no son cascadas transversales, como en la mayoría de los casos, sino longitudinales: el río cae “de costado” a lo largo de tres kilómetros, en cascadas que tienen, en promedio, entre 2 y 4 metros de altura en años de crecida y de 6 a 8 en los de bajante. Y tienen otra particularidad que las hace algo misteriosas: no siempre se pueden ver. Disfrutar los saltos en vivo, depende del nivel del río porque cuando el río está crecido, el parque se mantiene cerrado.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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