Cuando escuché por primera vez el nombre, corrí a buscarlo en Google. «Eshmún» es el dios fenicio de la curación y la salvación. Así que mi amor por la mitología y su significado, me inspiraron tranquilidad.
Nos convencieron que era para nuestro bien. Nos vendieron la idea como la gran salvación de la humanidad. «Las pandemias han demostrado que la biología humana es frágil. Es hora de dar el siguiente paso en la evolución», proclamaban en las redes sociales y en las pantallas gigantes que cubrían el centro de las ciudades.
Salvo algún grupo de negacionistas, nadie cuestionó el Proyecto Eshmún. Se presentó como la única solución después de la última crisis sanitaria mundial. Las vacunas ya no bastaban, los virus evolucionaban más rápido de lo que la ciencia podía responder.
La solución era una modificación genética en masa, algo que no sólo prevenía enfermedades, sino que reescribía el ADN humano para hacer el cuerpo inmune a cualquier amenaza biológica.
Me llamo Susana, y fui una de las primeras en recibir la aplicación. No tuve elección. Nadie la tuvo.
El gobierno decretó la obligatoriedad para todos los ciudadanos. De todos modos, la vacuna contra el COVID XXXIV también lo era. Nadie podía estudiar, trabajar, viajar, vivir, si no la tenía.
En teoría, no sólo nos protegería de futuras pandemias, sino que perfeccionaría el cuerpo humano: mayor resistencia, regeneración celular, inmunidad absoluta. Sonaba a milagro.
Al principio, lo fue. No más resfríos, no más alergias, no más dolores.
Las primeras señales fueron sutiles: una pérdida gradual del apetito, del sueño, del cansancio. No sentíamos hambre ni necesidad de descansar. El tratamiento había eliminado las limitaciones del cuerpo, pero también nos estaba quitando algo.
Los cambios en la piel y los ojos llegaron después. Un tono rosado uniforme. Un brillo extraño en la mirada.
Y luego…
Mi hermano Damián fue el primero en notarlo.
.- ¿Cuándo fue la última vez que lloraste? —me preguntó una noche, viendo una película.
.- No me acuerdo.
.- Ni tú ni nadie. Nadie más llora. Ni ríe. Nadie se enoja.
Comencé a fijarme en mis amigos, la gente en las calles, en los colectivos. Nadie reía, nadie besaba a su pareja, nadie gritaba ni se enojaba.
Estaba funcionando. Físicamente protegidos. Pero emocionalmente frágiles.
Descubrimos que algunos eran inmunes al cambio. Un fallo en la mutación. Damián era uno de ellos.
.- Nos están cazando, Susana. A los que seguimos sintiendo.
La élite del Proyecto Eshmún no podía permitir imperfecciones en la NG (Nueva Gente). Los que no se adaptaban, eran perseguidos.
Damián y otros resistentes escaparon a la clandestinidad. Me pidieron que escapara con ellos.
Pero yo no podía sentir miedo, ni tristeza, ni amor.
Sólo vacío.
Y el vacío hizo que los traicionara.