Día 1 - 28 de febrero de 2022
Hoy he llegado aquí cuatro días después de que Rusia comenzara a bombardear el este del Donbás. Se desarrollan ataques con misiles en Kiev, Járkov y Dnipró. Putin asegura que es una "operación militar especial". He comenzado este diario porque no sé si un día podré contarlo con mi propia voz. Si estáis leyendo esto, hijos míos —Yaroslav, Mykola y Kateryna—, quizás ya soy parte del aire frío que sopla sobre nuestra ciudad, Vinnytsia. O tal vez sigo aquí, en la trinchera cerca de Bakhmut, óblast de Donetsk, cubierto de barro hasta las cejas, con la esperanza aún clavada en el pecho como una bala que no se decide a matar. Lo digo a todo el mundo: soy Andriy Shevchuk y soy maestro. O, mejor dicho, lo fui. Enseñaba Historia en el liceo local, en la misma escuela donde estudié de niño. Conocía a los abuelos de mis alumnos. Vinnytsia ha sido mi casa, el lugar donde me enamoré de vuestra madre, Olena, y donde nacisteis los tres. Recuerdo cada una de vuestras primeras risas, y ese olor a sopa de remolacha que siempre me recibía al volver a casa. Hasta hace poco, la guerra era sólo algo que enseñaba con mapas antiguos, con fotos en blanco y negro. Hasta que llegó Rusia.
Día 19 – marzo 2022
El frente no es como en las películas. No hay música heroica, ni discursos que encienden el alma. Sólo barro, sudor, miedo. Y ruido, mucho ruido. El de las explosiones, el de las botas en la noche, el de las noticias que nos llegan por radios viejas o en voz baja desde el teléfono de un compañero. Los bombardeos han arrasado pueblos enteros en el este. Aquí en Bakhmut, la tierra tiembla cada noche como si un ogro enorme intentara huir. La gente que aún queda en los pueblos cercanos se esconde en sótanos, a veces durante semanas. Nosotros les llevamos pan, agua, lo poco que tenemos. A veces sólo abrazos. La humanidad se ha vuelto una moneda escasa. Recuerdo cuando me llamaron al frente. Miré a Olena y no supe cómo decírselo. Sólo la abracé fuerte, como si pudiera dejarle parte de mí en los huesos. Pensaba que esto sería corto. Que Occidente, que Europa, que el mundo levantaría la voz. Que alguien se plantaría ante Putin. Pero los días pasan y sólo llegan discursos, promesas, condenas diplomáticas. La artillería no se detiene con palabras.
Día 90 – mayo 2022
Hoy he soñado con mi padre. Estaba en su taller de carpintería, lijando una silla como hacía cada verano. Me decía: “Hijo, no puedes clavar un clavo en un tronco podrido”. Desperté con lágrimas. ¿Estará bien? ¿Estarán vivos? La línea de comunicación con Vinnytsia es intermitente. A veces Olena logra enviarme una foto de vosotros. El pelo de Kateryna ha crecido. Yaroslav ya tiene mi mirada. Mykola... ay, mi Mykola. Sé que aún duerme con mi vieja camiseta.
Día 220 – octubre 2022
Hoy he vuelto a leerles en alto en la trinchera. Un fragmento de Taras Shevchenko. Algunos hombres lloraron. Somos soldados, sí. Pero ante todo, somos ucranianos. Amamos la tierra, los cuentos, la música, el pan caliente al amanecer. La guerra ha intentado borrarlo todo. Pero aquí estamos. Resistimos. Y tratamos de mostrar nuestra fuerza, y nos decimos a nosotros mismos que estamos preparados. ¡Maldita sea, estoy tan agotado! Después de 220 días en este puto ejército. ¿Te imaginas cuánto sueño con volver a ser un hombre normal que ama a su mujer, a sus hijos, a sus padres, que trabaja y adora lo que hace?
Día 344 – febrero 2023
Hoy ha sido fiesta para mí. Hace 3 días fue mi cumpleaños y hoy he recibido cartas de la familia, una carta de Olena, otra de mi padre, otra de mi hijo mayor Yaroslav y dibujos de mis niñas Mykola y Kateryna. Además me han mandado un par de guantes que me vienen muy bien.
Mi querido Andriy:
Te extraño muchísimo. Hoy Mykola ha pintado un sol enorme sobre la pared de la cocina. Dijo que así te acordarías de nosotros cuando brille sobre tu trinchera. Vinnytsia sigue en pie, pero el miedo se ha vuelto parte del paisaje. Los niños estudian en casa. La escuela fue dañada en un ataque hace dos meses. No lloraron. Sólo Mykola y preguntó: ¿Volverá papá antes de que yo cumpla años? Kateryna nunca me dice que tiene miedo, pero lo sé. Lo leo entre líneas. Ella cuida a tus padres, va al mercado con lo poco que hay, mantiene encendida la estufa con madera vieja y esperanza. La guerra ha hecho de ella un roble.
Petro Shevchuk (mi padre, 72 años)
En esta nota Olena me escribe lo que dice mi padre. Ya no escucha bien, pero cuando habla, todos se callan.
“A este suelo lo sembré con mis manos. Vi caer la Unión Soviética y nacer Ucrania. Nunca creí que volvería a ver morir jóvenes por su lengua, por su tierra. Yo quería que mis nietos sólo supieran de guerras por los libros. Pero parece que la historia no se aprende, sólo se repite."
Mi padre ha envejecido diez años en uno. Pero no se queja. Arregla bicicletas para los vecinos, reparte pan, se niega a marcharse. Dice que mientras pueda plantar ajo en el huerto, hay algo por lo que luchar.
Yaroslav (11 años)
Mi hijo mayor, mi espejo. Olena me mandó un audio donde recita un poema que escribió: “Papá duerme bajo estrellas no de cuentos, sino de fuego. Yo, en mi cama caliente, le hablo bajito al recuerdo."
Está creciendo con una rapidez que me asusta. Dice que quiere estudiar medicina para curar a los soldados. Le escribo siempre que puedo: que lea, que no odie, que construya. Que su lucha sea otra.
Día 430 – mayo 2023
Hoy cocinamos sopa con cebada, zanahorias secas y trozos de carne enlatada. Serhii, uno de los nuevos, trajo pan de su pueblo. Compartimos como hermanos. Algunos hombres rezan antes de dormir, otros lloran en silencio. Nadie habla mucho del futuro. Sólo del próximo amanecer. Ayudamos a evacuar a una familia en Chasiv Yar. Tres niños, la madre y una abuela con Alzheimer. Caminaban entre ruinas con una dignidad que partía el alma. El menor, de cinco años, me dijo: "¡Tienes barba como mi papá!". Yo solo asentí. Quizás su padre ya no volviera nunca más.
Mientras tanto, desconfiamos de Trump cuando dice que quiere “compartir algunos activos” con Putin en Ucrania. Esto nos recuerda a la infame partición de Polonia entre los imperios, a finales del siglo XVIII. Tal colonialismo, brutal y anticuado, no puede existir en el siglo XXI, ¿verdad? Aunque, pensándolo bien, una invasión ilegal parecía imposible en Europa antes de 2022 ¿verdad?
Día 533 – agosto 2023
Hoy vuelvo a escribir porque el silencio me pesa. El barro se ha secado un poco con los días de sol. Cuando me acuesto, lo hago abrazando este cuaderno, como si en él quedara mi voz cuando yo falte. Hijos, si este cuaderno llega a vuestras manos, recordad que fui maestro antes que soldado. Que mi deseo nunca fue matar, sino enseñar. Que las guerras las hacen los adultos, pero las sufrimos todos: grandes y chicos. Que aún creo en la bondad, aunque a veces se esconda y no sepamos dónde. No sé si volveré a caminar por nuestra calle, si volveré a ver cómo florecen los cerezos del patio. Pero sé que algún día, vosotros lo haréis. Y cuando pregunten qué fue la guerra, responded con la verdad. No odiéis. Recordad.
Día 558 – septiembre 2023
Hoy he leído algo que me ha cambiado por dentro.
Hoy llegó uno de los envíos de suministros y en él una pequeña caja vuestra. Olena metió dentro mis calcetines secos, algo de embutido envuelto en papel encerado y —sin decir nada— una hoja donde copió lo que Yaroslav había escrito esta semana. Abrí la hoja como quien busca aire en medio del humo… y la leí.
No sé si está bien escribir esto, pero hoy no puedo más. Ayer, en el recreo, Mykola dijo que su padre murió en Bajmut. Que fue un héroe. Todos lo miraron con respeto. Después, cuando pasé por el pasillo, otro chico —uno que ni me cae bien— murmuró: El papá de Yaroslav seguro que está escondido en la retaguardia. No les dije nada. Sentí una cosa en el pecho, como si se me cerrara todo por dentro. Sé que papá está allí. Que ha estado desde el principio. Pero en su última carta dijo que a veces sueña con volver a casa, con dejar el fusil. Que ya no cree en matar para defender. Que ahora piensa que hay que cuidar la vida, no quitarla. Lo escribió con palabras bonitas. Pero… ¿eso no es rendirse? Me da vergüenza pensar eso. Pero también me da miedo. ¿Y si deja de luchar y lo matan? ¿Y si lo llaman cobarde y yo tengo que soportarlo? Anoche soñé con él. Estaba en nuestra cocina, descalzo, con la camisa manchada de tierra. Me abrazaba. Yo no decía nada. No podía. Me desperté con la cara mojada. Mamá me vio. No dijo nada. Sólo me preparó té con miel, como cuando era niño. Le pregunté si papá iba a volver pronto. Me miró sin responder, como si ya no supiera prometer nada. Hoy he escrito en la última página de mi cuaderno: Papá, no dejes de luchar. Pero tampoco mueras. Porque no sé si puedo con eso. No quiero héroes de bronce. Quiero que vivas. Que vuelvas a enseñarme ajedrez. Que me digas que los libros son más fuertes que los fusiles. Que seas tú. Aunque ya no seas el mismo.
Me quedé quieto. Las bombas sonaban a lo lejos, pero en ese momento, lo único que escuchaba era la voz de mi hijo en mi cabeza. No la del niño que jugaba a disfrazarse de caballero. La de un joven que empieza a dolerme por dentro: “Papá, no dejes de luchar. Pero tampoco mueras. Porque no sé si puedo con eso.”
Quise llorar, pero no lo hice. No por valentía. Sino porque me dolía demasiado.
Yaro, si alguna vez lees esto, trata de entender que no lucho por matar. Lucho por volver. No me escondo. Pero tampoco corro hacia el fuego buscando gloria. A veces siento que el coraje no es seguir disparando, sino sobrevivir al miedo sin que me coma por dentro. No quiero que me recuerdes con una medalla en la mano. Quiero que me reconozcas en tus ideas, en tus dudas, incluso en este enojo que te ahoga. Porque si hay algo que he aprendido en esta guerra es que la rabia también es amor. Es miedo mal expresado. Y lo entiendo. Más de lo que crees. Tú me sostienes, hijo. Tu voz me despierta en las noches cuando no puedo más. Y si alguna vez dejo de escribir en este diario, no será por cobardía. Será porque encontré una forma de volver. No con el fusil alzado, sino con las manos abiertas. Para abrazarte.
Día 862 – julio 2024
Hoy enterramos a Maksym. Lo conocí en la universidad. Era poeta antes que soldado. Le dispararon mientras ayudaba a evacuar civiles. Le encontré con su cuaderno aún en la chaqueta. Escribía versos entre disparos. ¿Qué sentido tiene esta guerra? ¿Dónde empieza la justicia y termina la venganza? Nunca ha habido tal sentimiento de conexión entre lo que sucede al otro lado del Atlántico y nuestros destinos individuales. Todo el mundo está conteniendo la respiración. Los soldados ucranianos también, aunque lo neguemos públicamente.
Día 950 – octubre 2024
He perdido la cuenta de las veces que me he visto al borde. Pero siempre hay algo que me ata a la vida. Una carta de Olena, el dibujo de Kateryna, la voz de un niño al que salvamos cerca de Lyman. No quiero que se acostumbren a la guerra. Ni siquiera yo me acostumbro. La muerte aquí tiene ojos de lobo, y no siempre muerde, a veces sólo mira. Estamos a unas semanas antes de las elecciones, escuchaba en la BBC un micro con muchos latinos recién llegados a los Estados Unidos, que explicaban por qué iban a votar a Trump. Fue entonces cuando tuve la intuición por primera vez de que, incluso si los programas nocturnos se burlaban de él, o no, Trump iba a ganar. Sentí un horror físico, esa impresión de que te chupan las tripas, ese dolor en el pecho. Se parece a lo que sentíamos durante un bombardeo ruso en las primeras semanas de la invasión. Uno se acostumbra a los bombardeos. Incluso puedes dormir tranquilo, o más bien con fatalismo.
Día 986 – noviembre 2024
Trump ha ganado las primarias en EE.UU. Muchos aquí creían que, si volvía, nos ayudaría a acabar con esto. Que su dureza sería útil. Pero lo que hemos visto es indiferencia. “Es una guerra europea”, dicen. ¿Acaso el dolor tiene pasaporte? En los últimos discursos, sus palabras no nos han dado aliento. Las promesas de apoyo se disuelven como humo. Las armas llegan tarde. Las municiones, escasas. No somos peones. Somos padres, hijos, hermanos. ¿Por qué nos miran como números?
Día 1057 – enero 2025
A veces me pregunto si el mundo nos ha olvidado. Escucho por la radio a líderes reunidos hablando de estrategias, de plazos, de intereses. Mientras tanto, los niños duermen en sótanos, las madres dan a luz a sus hijos en refugios, los viejos mueren solos. Escuché que Trump dijo que podría resolver esto en 24 horas. Algunos aquí lo celebraron. Otros bajamos la cabeza, en un grito silencioso. Ya no creemos en salvadores que hablan en campañas. Necesitamos paz, pero no a cualquier precio. No queremos ser parte de un mapa redibujado sin nuestra voz.
Día 1099 – marzo 2025
Desde el punto de vista ucraniano, lo que sucedió en el Despacho Oval, cuando Trump y Vance atacaron a Zelensky acusando a Ucrania de querer la guerra, se parecía mucho a esos momentos en los que se acusa a una mujer de provocar a su violador. Mira sus tierras raras, ¡son demasiado visibles! Y cuando la mujer se resiste al violador dándole una patada en las pelotas, sigue siendo acusada de violencia. Sería mejor que “se relajara y disfrutara”, ¿no es así?
Ahora, en 2025, algunas personas, incluido yo, todavía esperan haberse equivocado. ¿Y si Trump no se hubiera puesto del lado de Putin? ¿Y si Trump, en secreto, torciera el brazo de Putin con más fuerza que el de Zelensky?
Día 1156 – 29 de abril 2025
He escrito tanto que a veces me pregunto si todo esto servirá de algo. Si alguna vez mis hijos leerán estas palabras y entenderán no sólo lo que viví, sino también lo que callé. Hoy el frío se metió en los huesos temprano. El barro volvió. Serhii no despertó esta mañana. No gritó. No lloró. Sólo dejó de respirar entre dos bombardeos. Le faltaban dos semanas para volver a casa. He visto tantos rostros apagarse que ya no sé si el mío sigue encendido. No tengo fe en que esto acabe pronto. Tampoco en que quienes podrían terminarlo lo quieran hacer. Sólo sigo aquí, día tras día, como un árbol que no sabe si florecerá o si será leña. Pero aún quiero volver. No para contar la guerra. Sino para volver a ser Andriy: el padre, el esposo, el hijo que enseñaba historia y se emocionaba con poemas y músicas. Hoy no tengo una carta. No hay comida especial. No hay promesas. Sólo el sonido sordo del viento sobre el campo minado.
Y una pregunta que me taladra desde hace días, sin respuesta, sin consuelo:
¿Cuántas vidas deben romperse para que el mundo diga: basta?
No es la primera vez que en el blog del Trujamán escuchamos la voz de un joven que nos habla desde las trincheras de una guerra. Lo hicimos desde las Islas Malvinas. Ariel nos contaba su día a día, sus sentimientos, sus angustias.
Hoy nuevamente os traigo un relato de ficción, basado en hechos reales. Desde el frente de la guerra entre Rusia y Ucrania, Andriy habla de su vida, de sus sentimientos, de sus sueños, de lo que está viviendo.
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