La abuela de mi amiga Amina vivía en la Franja de Gaza hasta que tuvo que huir y refugiarse en casa de su hijo, aquí en España. Toda la familia está encantada con su visita. Pero para ella no se trata de una visita normal.
Me siento a su lado y con la ayuda de Karim, el padre de Amina, hablamos. La sensación de pertenecer a la diáspora es horrible.
Me llamo Um Salim, me dice, aunque desde que llegué a España la gente me llama “señora Salima”. Tengo ochenta y cuatro años, aunque mis huesos dicen que tengo mil. Vivía en Beit Hanoun, un pequeño pueblo al norte de la Franja de Gaza. Vivía, sí. Porque ya no está. Porque ya no existe.
Mi casa estaba junto al olivo grande que plantó mi padre el día que nos mudamos allí desde Jerusalén. Tenía las ramas retorcidas por el viento del mar y cada primavera me daba aceitunas pequeñas, amargas, como la vida. Pero era mío.
Nuestra calle olía a café y pan recién hecho por las mañanas, y los niños jugaban descalzos entre las gallinas. Era un pueblo pobre, pero digno. La gente se saludaba en la calle, preguntaba por la salud, compartía lo poco que tenía. Por los tejados trepaban buganvillas rojas como el fuego, y en las paredes colgaban alfombras que tejíamos las mujeres mientras hablábamos de hijos, de recetas de cocina y de sueños pequeños.
Mi marido, que en paz descanse, fue panadero. Mi hijo mayor Salim tenía un taller de bicicletas. Lo mataron hace ocho meses en un bombardeo mientras iba al mercado. Desde entonces aprendí a sostenerme sola.
Recuerdo cómo temblaban los cristales. Recuerdo el olor. No sé si era a pólvora, a miedo o a carne quemada. Salimos corriendo, sin zapatos, con una botella de agua y un trozo de pan duro. Yo no paraba de llorar y solo repetía el Corán por dentro, sin voz, sin aliento.
No sé cómo llegamos a Rafah, al sur. Dormimos en una escuela, hacinados como ganado, con cientos de familias. Allí perdí de vista a mi prima Samira, a mi vecina Laila, a su hijo Fadi, a Rania y su marido Tariq. Ella estaba embarazada. ¿Qué habrá sido de ellos? No he vuelto a saber nada de ellos. Nadie sabe. Nadie pregunta. Porque preguntar duele más que callar.
Una ONG nos sacó. Cruzamos a Egipto. Luego, en un avión, llegamos a Madrid. Era la primera vez que salía de Palestina. Me dieron una manta, comida, un lugar limpio. Pero yo sólo quería volver a Beit Hanoun, a mis paredes rotas, a los olivos, a las voces en árabe que ya no escucho.
Se comunicaron con Karim, mi hijo más pequeño que vino a estudiar aquí hace años y se quedó a vivir. Es el padre de Amina. Ellos estaban muy preocupados por mí y, cuando hablábamos por teléfono, me decían que estaban haciendo los papeles y querían mandarme un pasaje para que viniera a vivir con ellos. Se alegraron mucho cuando nos pudimos encontrar. Pero yo no quería dejar mi pueblo.
Aquí en España la gente es muy amable, sí. Pero me siento como una maceta vacía. Estoy viva, pero no estoy enraizada. Hablo poco, camino poco. Me paso los días mirando por la ventana y tocando las pulseras de cobre que llevé desde niña. Amina va al colegio. Habla español, está aprendiendo a hablar nuestra lengua. Hafidati aleazizatu! (¡Mi querida nieta!). Tiene amigos como tú. Sonríe. A veces eso me alegra. A veces me duele más.
Mis noches son largas. Cierro los ojos y escucho los cánticos del muecín, aunque sé que ya no están. Huelo el pan de mi marido, oigo el timbre de la bicicleta de Salim. Pero abro los ojos y estoy en otro mundo. En una habitación blanca, con un radiador y una radio que no entiendo. Por suerte, no estoy sola, mi familia está conmigo. Pienso en todo momento en mis amigos, mis vecinos.
Cuando ayer el padre de un amigo de Karim me dijo que va a pasar las vacaciones a su pueblo, siento celos. ¿Por qué no puedo decir yo que voy unos días a mi pueblo?
Tengo la sensación de ser extranjera en todos los lugares, no sólo aquí, aún en el lugar donde vivía desde hacía 80 años. Para mí eso es normal y la sensación de pertenencia me resulta anormal.
Para mí es muy importante que uno viene a este mundo y tiene que volver al lugar donde ha comenzado. Tengo que terminar mi vida en Jerusalén. Mi alma debe descansar en Jerusalén.
No sé si algún día podré volver. No sé si queda algo. Me dicen que Beit Hanoun ha sido arrasada, que no quedan casas, ni calles, ni olivos. Que sólo hay polvo y ruinas. Pero yo, cada noche, riego en mi memoria las buganvillas, esperando que un día florezcan otra vez.
Aunque sea sólo en mis sueños.
Este es un relato ficticio, inspirado en hechos verídicos y basado en testimonios similares a los de muchas personas mayores desplazadas por el conflicto en Gaza. He utilizado nombres reales de lugares y la voz de una mujer que habla desde su vivencia personal.