«Nomen, omen», el nombre es presagio

Desde que nació, el pronóstico siempre fue erróneo.

«¡Qué niño tan tranquilo!», decían las visitas mientras él, sin que nadie lo notara, desenchufaba el frigorífico, hacía explotar el microondas o hacía escapar a la gata de la vecina.

Plácido Tormenta creció como un oxímoron con patas. Su presencia desataba apagones, discusiones, caídas de internet y nevadas a destiempo. Era callado, sí, pero con un talento natural para sembrar el caos sin mover un músculo.

En la universidad, se apuntó a Meditación Consciente. A los diez minutos de su primera clase, el profesor renunció y se fue al Tíbet. En el trabajo, lo pusieron en Atención al Cliente. A la semana, colapsó el sistema y la empresa fue denunciada por 437 usuarios.

Una vez, en una boda, lo sentaron junto a una tarotista que lo miró y se atragantó con un trozo de pan.

.- Tu nombre es una trampa cósmica —murmuró.

Él sólo sonrió, como siempre, y bebió su zumo de naranja. La lámpara del techo se desprendió y cayó sobre el pastel de boda, aplastándolo.

Hoy, Plácido vive solo, en una cabaña sin Wifi, ni gas, ni cables, ni espejos. Aun así, los pájaros evitan pasar sobre su techo y cada tanto se corta la luz… en todo el pueblo.

Pero él insiste:

.- No sé por qué me culpan. Yo soy un tipo tranquilo.


El nombre es un elemento arbitrario para una persona: caprichoso, absurdo, bonito, gracioso, agraviante, inmotivado, recordativo. Se le atribuye, generalmente durante el tiempo en que se espera el nacimiento del bebé, por los adultos según sus propios gustos o la persona a quien se quiere honrar.

Sin embargo, el nombre ejerce una gran influencia en la psicología y el desarrollo de la persona, hasta el punto de que los antiguos romanos solían decir: “Nomen omen” (“el nombre es un presagio” o “en el nombre está el destino”). Si a veces resulta ser un destino, hacia el que se tiende sin saberlo o contra el que se lucha, el nombre también puede constituir un mapa para orientarse en el mundo y, a menudo, una especie de amuleto para protegerse de los peligros.

Es una idea muy antigua, presente tanto en la cultura romana como en otras tradiciones, según la cual el nombre de una persona puede anticipar o contener su destino, carácter o suerte.

Los romanos creían que el nombre no era una mera etiqueta, sino que podía tener un poder mágico o simbólico. Al elegir o escuchar un nombre, se pensaba que el futuro de una persona podía intuirse, especialmente si el nombre tenía un significado claro.

Un hombre llamado Felix («feliz», «afortunado») era visto como alguien que probablemente tendría buena fortuna. Si alguien llamado Rufus («pelirrojo») resultaba ser pelirrojo, se consideraba una señal de que el nombre había revelado algo esencial. Personajes como Orestes (cuyo nombre se asocia con el monte y la furia) o Romulus (fundador de Roma) parecían estar destinados por su nombre a vivir ciertas historias.

¿Y en la actualidad? En Francia, la propuesta de Éric Zemmour, presidente del partido de ultraderecha “Reconquista”, de obligar a los padres a dar a sus hijos un nombre francés va en contra de la evolución legislativa que, desde la ley de 1993 en particular, dejó más libertad a los padres en su elección.

La demanda de regular los nombres de los inmigrantes o hijos de inmigrantes es en realidad una demanda bastante recurrente por parte de la extrema derecha. Eric Zemmour lleva varios años expresando esta idea, y Marine Le Pen había formulado algo bastante similar en 2011, pidiendo la adición de un nombre francés para las personas naturalizadas o nacidas en Francia.

Paradójicamente, no siempre ha sido así. Durante la década de 1920, fue al revés: la extrema derecha se oponía ferozmente a que los inmigrantes pudieran “francizar” sus nombres para mezclarse mejor con la masa del tejido social, y por lo tanto esconderse en él, lo que impediría que pudieran reconocerlos e identificar como tales. En ese momento era una inmigración principalmente de Europa del Este. Pero en ambos casos, uno tiene la impresión de que los inmigrantes siempre son sospechosos: hagan lo que hagan, siempre tomarán las malas decisiones.

Las reivindicaciones nacionalistas a menudo pasan por la cuestión de los nombres. Lo vemos en Turquía, por ejemplo, en torno a los nombres kurdos: el alfabeto kurdo no es exactamente el mismo que el alfabeto turco, los kurdos usan nombres que tienen letras que no tienen equivalente en turco. Es una forma de marcar su diferencia.

También en Bulgaria, a las minorías turcoparlantes se les prohibió usar sus nombres después de la guerra. Los bretones no tenían la posibilidad de dar un nombre bretón en el registro civil.

Cuando mis padres quisieron ponerme el nombre de Marlen, en el registro civil de Buenos Aires no se lo permitieron, debía ser un nombre castellano. Y no es que me disguste el “María Elena”, sino que desde mi nacimiento lucho contra el nombre “María” así solo, sin acompañamiento, o “Elena” también solo, que me adjudican desde la maestra hasta el médico, desde la factura de la luz hasta el molesto mensaje grabado de propaganda telefónica.

Pero durante mucho tiempo, el nombre de una persona no fue un problema. Porque mientras no hubiera tarjetas de identificación, el nombre era sólo un nombre de papel, sin importancia en la vida cotidiana. En la iglesia, en la mezquita, en casa de sus amigos, las personas eran conocidas de otra manera que por el nombre del Registro Civil. Esto sólo se convierte en un problema de lucha a partir del momento en que los documentos de identidad se nos requieren para ser identificados.

A principios del siglo XX, antes de la introducción de la tarjeta de identidad, el libro de trabajador desapareció, la mayoría de la gente no tenía cuenta bancaria e incluso en la escuela, los padres declaraban lo que querían, pero muchas veces, se inscribía otra cosa. Y por lo tanto, el nombre sólo aparecía realmente en el momento del matrimonio o en el momento de la inscripción en el Servicio Militar, cuando se requería la Partida de nacimiento.

Y aquí debo hablar de otra anécdota personal. Cuando me fueron a inscribir en la escuela, descubrimos que mi madre no era mi madre. ¡No, no te asustes, no te voy a contar un drama a estas alturas!

El tema es que mi madre tenía el bonito nombre de “María del Carmen Josefa” y en mi partida de nacimiento aparecía como “María del Carmen”. Así que, a pesar de que los apellidos eran idénticos, para la autoridad pertinente, no era la misma persona. Trámites y abogados mediante, volví a recuperar a mi madre.

Bueno, ¿a que ahora entendéis que me llame la atención los nombres que Elon Musk y Claire Elise Boucher (más conocida como la cantante pop Grimes) han impuesto a sus hijos: “X Æ A-XII” actualmente de 4 años, “Exa Dark Sideræl” de 3 años, y “Techno Mechanicus” de 2 años?

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “«Nomen, omen», el nombre es presagio

  1. ¡Hola, Marlen!
    Había oído yo de la importancia de los nombres pero, ¡caramba! me has dado toda una lección magistral. Ahora entiendo el nombre de tu protagonista Plácido Tormenta. ¡Qué podía hacer ´le con ese nombre!
    Un placer leerte.

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