Komorebi: los rayos de sol que se filtran entre los árboles

Sachiko tenía ocho años y una curiosidad infinita. En la escuela decían que hacía demasiadas preguntas, pero su abuela Yasashi le aseguraba que hacer preguntas era una forma de cuidar el alma.

Un sábado luminoso, Sachiko y sus amigos —Tomás, Lucía, Mía, Lautaro, Cecilia y su hermana pequeña Sensai— se reunieron con Yasashi para hacer un picnic en el Jardín Japonés. Era la idea de cumpleaños de Sachiko: nada de salones ruidosos ni tortas con superhéroes. Ella quería historias de la abuela, sus amigos, estanques y puentes rojos que son portales mágicos.

Esa mañana de primavera, era de las que Buenos Aires guarda como un secreto luminoso entre sus parques. En el Jardín Japonés de Palermo, el sol se colaba entre las hojas jóvenes de los arces y formaba sobre el suelo pequeños dibujos danzantes. El cielo estaba limpio como papel de arroz y el sol jugaba a las escondidas con las hojas de los árboles. Las familias paseaban entre los cerezos, y algunos niños alimentaban a los peces koi con pequeños trozos de pan.

Yasashi caminaba despacio, pero sus pasos eran firmes. Llevaba puesto un kimono de algodón celeste claro, y en su cabello blanco llevaba una peineta de madera tallada. Cuando llegaron a una sombra amplia, junto a un arce japonés, los niños se sentaron en semicírculo frente a ella, como lo hacían los monjes en los templos de los cuentos que a veces les leía a sus nietas antes de dormir.

La pequeña Sensai jugaba con unas piedritas y le ofrecía cada tanto alguna como si fuese un tesoro. 

.- Abu —preguntó Sachiko mientras le servía té verde—, ¿qué quiere decir komorebi?

Los otros niños levantaron la cabeza. Sonaba a hechizo o a personaje de leyenda.

Yasashi sonrió y se acomodó mejor en el banco de madera.

.- Hoy, el sol hace algo muy especial. Miren cómo se cuela entre las hojas de este árbol. En japonés, eso se llama “Komorebi” (木漏れ日) —dijo, señalando los haces de luz que pintaban manchas doradas en el suelo—. Es una palabra que no tiene traducción exacta en otros idiomas. No es sólo luz… es la emoción de ver al sol jugar con los árboles.

Los niños miraron hacia arriba. El viento movía las ramas y la luz danzaba como si entendiera el idioma de la abuela.

.- Cuando yo era niña, en un pueblito en las montañas cerca de Nagano, solíamos jugar bajo los árboles de kaki. Corríamos entre las sombras que hacía el komorebi, como si fueran mapas secretos. A veces creíamos que eran señales de los espíritus del bosque.

.- ¿Espíritus de verdad? —preguntó Mía, con los ojos como platos.

.- Claro —dijo Yasashi guiñando un ojo—. O eso creíamos. También, en primavera, hacíamos hanami, que es mirar las flores, especialmente los cerezos en flor. Nos sentábamos en familia bajo el árbol más viejo, comíamos bolas de arroz dulces y escuchábamos historias de los ancianos, igual que ahora. Nos decían que cada flor era un momento que no se repetía, y que había que agradecerle al árbol su belleza.

Cecilia murmuró:

.- Parece un poco triste…

.- No, no —respondió Yasashi—. No es tristeza, es otra cosa. Es saber que la naturaleza siempre cambia, pero que si uno presta atención, siempre hay belleza en lo que viene, la belleza de lo efímero. Sólo existe una única vez, en este momento. Nos hace reflexionar sobre la idea de vivir en el presente, disfrutando el instante, las pequeñas cosas. La vida es ahora. El komorebi me recuerda eso. Y ustedes —agregó con una sonrisa— me recuerdan a mí misma y a mis primos.

.- Komorebi —dijo despacio, como quien revela un secreto— es la palabra japonesa para la luz del sol cuando se cuela entre las hojas de los árboles. No es sólo un fenómeno. Es una emoción. Una memoria. Un placer muy muy grande.

.- ¿Una emoción? —preguntó Lucía.

.- Sí —respondió Yasashi—. En Japón, muchas palabras nombran cosas que aquí nadie se detiene a pensar. Komorebi es la manera en que la luz baila con las ramas, el modo en que las sombras se vuelven dibujos. Cuando yo era pequeña, en Nagano, los días de komorebi eran mis favoritos.

Se quedó en silencio unos segundos, como si la brisa trajera recuerdos desde muy lejos.

.- Mi padre era jardinero y cuidaba un bosque de bambúes. Yo lo acompañaba a veces. Caminábamos despacio y él me decía que los árboles hablaban entre sí cuando el viento pasaba. En medio del bosque había un claro donde el sol caía como una lluvia de oro. Me decía: “Ahí vive el komorebi, escucha lo que te cuenta.”

Los niños se miraron en silencio. Hasta Sensai dejó de jugar con las piedritas.

.- ¿Y qué decía el komorebi? —preguntó Tomás.

.- Decía cosas distintas cada día. A veces, decía que debía tener paciencia. A veces, que debía reír. Una vez, cuando estaba triste por no poder ir a una excursión, me senté sola en ese claro y el komorebi me acarició el rostro. Sentí que estaba bien llorar, y que todo pasaría. Desde entonces, siempre que me sentía perdida, iba al bosque y me dejaba abrazar por esa luz.

Mía se acomodó más cerca.

.- ¿Y ahora? ¿Todavía lo escuchás?

Yasashi asintió.

.- ¡Claro! Aquí también hay komorebi, sólo hay que saber mirar. El alma no necesita pasaporte para entender la belleza. Y ahora que estoy mayor, me gusta más aún: me recuerda todos los días que hay luz, incluso cuando parece escondida.

.- ¿Y nadie más la ve? —preguntó Lautaro.

.- Los que tienen prisa no la ven. Los que sí suelen verlo son los niños, los poetas… y los ancianos.

Rieron todos. Yasashi los observó con ternura.

.- ¿Saben? Cuando llegué a Argentina, hace muchos años, tenía miedo. No entendía el idioma, ni las costumbres. Pero un día, caminando por los bosques de Palermo, vi la luz filtrarse entre los plátanos. Komorebi, pensé. Me senté en el pasto y lloré. Pero no de tristeza, sino de alivio. El sol hablaba el mismo idioma que el que yo estaba acostumbrada.

Los niños permanecieron en silencio, con los ojos puestos en las hojas que el viento movía suavemente.

.- ¿Nosotros podemos tener nuestro lugar del komorebi también? —preguntó Lucía.

.- Claro que sí —dijo Yasashi—. Aquí mismo. Y si cada uno de ustedes escucha con atención, tal vez hoy les cuente su primera historia.

Sensai alzó la mano.

.- Yo escuché que decía “¡Tengan cuidado con las tortugas!” —dijo riendo.

Todos estallaron en carcajadas. Yasashi también.

.- Esa historia sí que quiero escucharla —dijo—. Pero primero, vamos a mirar las copas de los árboles un instante, vamos a ver la luz y las sombras cambiantes, que se mueven con el viento y a lo largo del día. La luz hace que todo se vea, que nazca a nuestra mirada. Pero también es que se te vea a ti. Y vamos a dejar que el komorebi nos hable.

Así lo hicieron. Se sentaron todos en silencio bajo el árbol. Y durante unos minutos, sólo se escuchó el susurro de las hojas, el murmullo del agua, la brisa suave y la risa del sol pintando manchas sobre sus rostros.

Sachiko se abrazó a su abuela, Sensai le ofreció su piedra con la forma más bonita y los demás niños se quedaron un momento más en silencio, viendo cómo la luz volvía a cambiar, como si el jardín entero respirara.

.- Creo que el sol también quiere jugar con nosotros —dijo Sachiko.

Yasashi rió como si tuviera pétalos en la voz.

.- Entonces vamos a jugar —dijo levantándose con sorprendente agilidad—. ¡Pero primero, prometan que nunca van a dejar de mirar el komorebi del Jardín Japonés!

Y todos lo prometieron, aunque todavía no sabían cuán profundo se grabaría ese recuerdo en sus vidas.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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