Flor violeta, tierra roja

En una casona antigua de nombre “Los jacarandás”, bajo el cielo despejado de un profundo azul de San Martín de Tucumán, Martina Pueyrredón caminaba con los pies descalzos sobre los mosaicos fríos del jardín. En su mano derecha, apretaba el anillo de calcedonia blanca que había pertenecido a su madre, fallecida una década atrás. Lo llevaba siempre, pero hoy ardía suavemente contra su piel, como si algo en su interior palpitara distinto.

Era hija de una de las familias tradicionales, educada en colegios privados y heredera de una empresa azucarera. Pero la empresa estaba envuelta en una causa ambiental y ella había sido convocada para firmar la expansión de las plantaciones. Su hermano y su abogado la presionaban.

La reunión en el despacho acababa de terminar. El aire seguía espeso de palabras ajenas.

.- Firmar es un acto de responsabilidad, Martina —le había dicho su hermano Julián—. Papá confió en nosotros. Esta ampliación de la plantación no puede detenerse por caprichos emocionales. Tenemos el visto bueno legal.

.- Y social —añadió el abogado, acomodándose las gafas—. El impacto ambiental está controlado. Lo que pasa es que hay voces… ruidosas. Siempre las hay.

Martina no respondió. Solo asintió cortésmente y salió del despacho sin decir una palabra.

No se dirigió a su habitación. Cruzó el pasillo, pasó junto al retrato oscuro de su bisabuela y abrió la puerta de hierro forjado que daba al jardín de los jacarandás. Era el único lugar donde su mente se liberaba, no permitiendo que el influjo de los demás enturbiara las cosas.

El paseo estallaba en flores violetas. Alfombraban la tierra, cubrían los bancos de hierro, coloreaban el aire mismo. Bajo ese dosel, su madre le había contado historias de infancia, canciones del norte, secretos del monte.

Primavera en el parque, bajo los jacarandás

Se sentó en el banco de piedra donde aún quedaban marcas de las uñas de su amado perro. Cerró los ojos. El anillo vibraba levemente.

.- ¿Qué dirías, mamá? —pensó. ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar?

Martina había sido educada para dirigir, no para cuestionar. Pero algo dentro de ella se resistía. No era sólo la voz de su madre, era la suya propia que por años había sido silenciada bajo órdenes, cifras y convenciones sociales.

Esa misma semana, había recibido una invitación del colectivo de maestras rurales. Necesitaban voluntarias para recorrer comunidades del norte profundo, donde aún no llegaba ni internet, ni los medios esenciales para una infancia feliz.

Sabía que si firmaba, la empresa avanzaría sobre territorio indígena. Que aunque las leyes dijeran otra cosa, la vida se perdería bajo el verde artificial del monocultivo.

Abrió los ojos. Un pétalo de jacarandá caía flotando hasta posarse en su mano. El anillo, al tocarlo, se volvió casi traslúcido.

.- Tu decisión ya está tomada —murmuró una voz que no era otra que la suya.

Se levantó. Sabía lo que iba a hacer.

Cambió poder por propósito. No firmaría. Renunciaría a la dirección de la empresa. Y antes de que terminara la semana, partiría hacia el norte con una mochila, libros, y un cuaderno nuevo.

La finca seguiría allí, pero su vida no. Ella había elegido otra raíz, una que no se veía, pero que también daba flor.


He participado este mes de julio del 2025, como todos los meses desde hace bastante tiempo, en el reto literario “Escribir jugando” de Lídia Castro Navas. La idea es crear un microrrelato o poesía con un máximo de 100 palabras, inspirándose en una carta que este mes es de Earth Wisdom, el mineral “calcedonia” y un opcional que en este caso es que aparezca en la historia algo relacionado con la flor del Jacarandá. Podéis ver el texto presentado.

Pero lo destacado es que, como me cuesta mucho crear un microrrelato, suelo escribir un relato no tan corto y luego lo voy adaptando a la medida solicitada.

Hoy he querido traeros mi cuento original, de 533 palabras, para ver la diferencia entre uno y otro. ¡Pura curiosidad!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Flor violeta, tierra roja

    1. Hola Rebeca.
      Muchísimas gracias por tus palabras. Si hace apenas unos años alguien me hubiera dicho lo que me estás comentando, me hubiera reído pensando en una broma. Pero la vida, a veces, te da sorpresas y te incita a explorar nuevos rumbos que son agradables, divertidos, entusiasmantes para ser recorridos. Hoy me divierto mucho escribiendo, recuperando seres, momentos, lugares, emociones, gritando mi rabia, aplaudiendo lo que me gusta y escuchando comentarios que me conmueven y me animan a seguir adelante. Así que gracias nuevamente. Un abrazo fuerte.

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