Cuando vigilar no basta y el castigo no cura

El despacho de Francisco Javier era el corazón silencioso de la casa. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que se combaban bajo el peso de los lomos gastados de “La República”y de los “Comentarios de Derecho Penal”, se codeaban con tratados de filosofía, volúmenes de jurisprudencia de derecho, una colección de expedientes cuidadosamente encuadernados y hasta novelas que, en secreto, lo habían acompañado durante juicios largos y agotadores como si los cientos de libros alineados en las paredes guardaran un pacto tácito de discreción. 

En el aire flotaba el aroma de cuero viejo, de papel y de café recién hecho, mezclado con un ligero perfume de coñac. Sobre el escritorio de roble, pulido por los años, brillaban dos copas y un par de expedientes abiertos. Junto a la lámpara de pantalla verde, descansaban unas gafas, y el ejemplar manoseado de “Vigilar y Castigar” de Michel Foucault.

Era domingo por la tarde y, como siempre después del almuerzo familiar, padre e hijo se habían refugiado allí, alejados del bullicio de la cocina.

Juan Carlos, el hijo, caminaba de un lado al otro, una copa en la mano, incapaz de quedarse quieto. Tenía apenas treinta años, el fuego de la juventud aún encendido en las venas y una rabia contenida por el mundo que lo rodeaba. El cabello rubio le caía sobre la frente y sus ojos ardían con una mezcla de convicción y frustración.

.- No podemos seguir siendo tan blandos, papá —soltó de golpe, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Lo de esa mujer es inadmisible. Mató a su marido. Punto. ¿Cómo vamos a justificar eso? Por mucho que la maltrataran, por muchos años que llevara sufriendo… acabó con su vida. Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Miramos para otro lado? ¿La sociedad entera debe perdonarla porque era víctima, porque nos da pena? ¿Y los tres niños huérfanos? ¿Qué clase de ejemplo es ese para la sociedad?

Francisco Javier lo miró con calma, sorbiendo un trago lento de café. Sus manos grandes, curtidas por décadas de tribunales, rodeaban la taza como si atesorara el calor de la bebida.

.- No es mirar para otro lado, hijo, no es justificar. Es comprender —respondió, con voz grave, serena, casi didáctica—. Nadie mata sin una razón que lo empuje más allá de sus límites. Y cuando el límite es la desesperación, la justicia debe mirar más allá del crimen. Hay que preguntarse por qué alguien llega hasta ese límite. ¿Qué falló antes? ¿Qué grietas dejamos abrir en la sociedad?

Para protegernos, la sociedad no necesita una sanción suficientemente extendida en el tiempo, sino educar para hacer comprender y arrepentir al culpable. Nunca se debe pensar que hay algo así como una suerte de “esencia humana» definitiva que hace que las personas asuman de una vez y para siempre una condición de delincuente, que las vuelve peligrosas para quienes no lo son y ante quienes es necesario defenderse. ¿Cómo debe actuar la sociedad? Como la que escarmienta, infringiendo justicia y castigo, o como ejemplificadora para recuperar al individuo?

Juan Carlos golpeó suavemente el vaso contra el brazo del sillón y se giró, exasperado.

.- ¡Eso suena muy bien en los libros, papá! Pero la realidad es otra. Las cárceles están llenas de reincidentes, de gente que vuelve a hacer lo mismo. Algunos no cambian nunca. ¿No crees que algunos, sencillamente, no tienen remedio? ¿Sabes lo que pienso? Que en general la única justicia verdadera es la pena máxima. Y en los casos más graves, incluso la pena de muerte.

El padre arqueó una ceja, pero no levantó la voz.

.- La pena de muerte… Ese atajo cruel que se disfraza de justicia. ¿Tú, mi hijo, proponiendo matar en nombre de la justicia? —suspiró, con tristeza—. Albert Camus decía que la pena capital es el crimen más premeditado de todos. Y yo estoy de acuerdo. Matar en nombre de la justicia no redime, no enseña, no corrige. Solo perpetúa la violencia.

El hijo bufó, con una sonrisa irónica.

.- Papá, llevas toda la vida creyendo que los hombres son mejores de lo que son. Pero mira las noticias: mujeres asesinadas cada semana, corrupción que lo devora todo, chicos que matan por un móvil en una esquina. ¿Y tú, qué propones?  ¿Terapia? ¿Clases de moral? ¡No basta! La gente tiene miedo. La gente quiere seguridad. Yo quiero poder salir a la calle sin leer cada mañana que alguien apuñaló a su mujer o a su vecino. La indulgencia sólo alimenta la impunidad.

Francisco Javier respondió con una calma desafiante.

.- No confundas indulgencia con redención. La sociedad no necesita castigar para ser fuerte. Necesita educar, necesita mostrar que el ser humano puede cambiar. No hay una esencia definitiva que nos marque como delincuentes para siempre. Pensar lo contrario es renunciar a la esperanza.

.- ¿De verdad crees que todos merecen redención?

Francisco Javier lo miró con paciencia, pero sus palabras fueron firmes.

.- Claro que sí. Porque no existe una esencia malvada que condene a nadie de por vida. El derecho no es venganza. La justicia no debe ser un garrote. Su misión es educar, reinsertar, enseñar que hay caminos distintos.

Juan Carlos se dejó caer en el sillón frente a él, con el ceño fruncido. El padre lo observaba y, por un instante, vio al niño que había sido: testarudo, vehemente, incapaz de aceptar un “no” por respuesta.

.- ¿Te acuerdas de cuando tenías ocho años y rompiste la portería del jardín porque tu hermano no te dejaba marcar gol? —preguntó, con media sonrisa.

El hijo lo miró, sorprendido por el giro.

.- Sí… —admitió, entre dientes—. Y me echaste un sermón eterno sobre la templanza.

.- Exacto —asintió Francisco Javier—. Yo te vi furioso, cegado. Y sin embargo, cuando te calmé y te expliqué, lo entendiste. Aprendiste. Eso somos, Juan Carlos, capaces de aprender incluso de nuestros errores más violentos.

El hijo resopló.

.- Papá, aquello era una portería en un jardín. Pero esto no es un juego de niños. Estamos hablando de 

asesinatos.

.- La diferencia es de escala, no de esencia, respondió el padre. El impulso es el mismo: la ira, la desesperación. ¿De verdad crees que la única respuesta posible es matar a quien ya mató?

Hubo un silencio pesado. El reloj del despacho marcó los segundos con su tic-tac obstinado. Afuera, los gritos de los niños jugando en la calle parecían pertenecer a otro mundo.

Hubo un silencio denso. Juan Carlos respiraba agitado, el ceño fruncido. El padre lo miraba con ternura, aunque sus palabras eran firmes.

Entonces, la puerta se abrió suavemente. María Josefa entró, aún con el delantal doblado sobre el brazo. Había estado escuchando.

.- Siempre discutiendo —dijo, con una sonrisa cansada, pero dulce—. Os parecéis más de lo que creéis.

Ambos se giraron hacia ella. Se acercó despacio, acariciando con la mirada los lomos de los libros y se sentó en la silla frente a ellos. Sus ojos, vivaces y firmes a pesar de los años, brillaban con una determinación inesperada.

.- Juan Carlos, entiendo tu rabia. La violencia nos cansa, nos agota. Pero déjame contarte algo que nunca os he dicho: cuando yo era niña, tu bisabuelo fue acusado injustamente en la posguerra. Lo acusaron de colaborar con los republicanos. Pasó meses en la cárcel, humillado, torturado, tratado como un criminal. Nunca pudieron probar nada porque no había nada. Salió marcado… pero no lleno de odio. Nunca buscó venganza. 

Juan Carlos la miró, desconcertado.

.- ¿Por qué nunca me lo contaste?

.- Porque el odio no debía transmitirse como herencia —respondió ella, con voz suave—. Mi abuelo me enseñó que castigar sin comprender puede ser más injusto que el propio crimen.

Se inclinó hacia él y le tomó la mano.

.- El rencor sólo engendra más rencor, hijo. La pena de muerte no nos hace más seguros. Sólo nos rebaja al mismo nivel de violencia que decimos rechazar. Lo difícil, lo verdaderamente valiente, es tender la mano, incluso al culpable, y creer que puede volver a ser persona.

Juan Carlos tragó saliva. Su madre rara vez intervenía en sus debates, y menos con esa firmeza. Lo tocó en el hombro, con una ternura que desarmaba cualquier argumento.

El silencio llenó el despacho. Afuera, los niños de los vecinos gritaban jugando en la calle.

Francisco Javier sonrió, con ternura y orgullo, tomó su copa y la levantó suavemente mirando a esa mujer, amiga y compañera de toda su vida.

.- A tu abuelo, que supo resistir sin odio —dijo.

Juan Carlos miró a sus padres, con la copa aún en la mano. El silencio lo envolvió. No respondió enseguida. Afuera, los niños reían. Dentro, las sombras de la tarde caían sobre los lomos de los libros.

María Josefa apretó su mano una vez más.

.- No se trata de ser blandos, cariño. Se trata de ser justos.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Juan Carlos no tuvo palabras. Y los tres brindaron en silencio.


Hoy, 10 de octubre, se celebra el Día Mundial contra la Pena de Muerte, unificando el movimiento abolicionista mundial y movilizando a la sociedad civil, la opinión pública, dirigentes políticos, referentes científicos, artísticos, de opinión, etc., con el fin de apoyar el llamado a la abolición universal de la pena capital.

Me uno al reclamo de cuestionar la errónea idea de que la pena de muerte puede aportar seguridad a las personas y a las comunidades.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

5 comentarios sobre “Cuando vigilar no basta y el castigo no cura

  1. Muy bueno, Marlen. Yo estoy en contra de la pena de muerte, ahí no tengo ninguna duda, pero tocas temas que me planteo a menudo. Soy asidua a los pódcast de crímenes verdaderos y ahí se ven muy bien los fallos sociales y judiciales. Defiendo el ideal de modelo carcelario que reinserte y no castigue, aunque yo misma me saco muchos peros…
    También creo que en la educación está la base de todo. Una educación que debe comenzar en casa, y que si va a par que la educativa y social, «contagiará» a la judicial.
    Un abrazo y buen día.

    1. Hola Uxue
      Este es uno de esos temas que te hacen reflexionar mucho para poder sacar una respuesta firme.
      Yo reflejo en el cuento mi forma de pensar en lo que dice Francisco Javier, el padre. Y para eso traigo al debate el caso de una mujer con tres hijos que mata a su marido por ser constantemente maltratada. (No he querido entrar para no complicarlo, aunque está implícito: ¿Y qué pasa si el hombre maltrata también a los hijos, o a alguno de ellos?) ¿Cómo debe reaccionar la sociedad: castigando a la asesina o intentando recuperarla? Estoy convencida que matar en nombre de la justicia no redime, no enseña nada a nadie, no corrige. Sólo agrega más violencia a la violencia.
      Dentro de todo esto, es importante no confundir «indulgencia» con «redención».
      Totalmente de acuerdo contigo en que la base de todo está en la educación. Una educación que debe comenzar en casa y debe continuar en la escuela y en la sociedad. Eso es lo ideal, pero ¿y si no es así?
      Gracias por tus comentarios. Un abrazo fuerte.

  2. Otro grandioso, precioso y didáctico relato, Marlen.
    Camuflado de bello cuento, nos lanzas muchas preguntas y reflexiones que no se pueden responder sin antes mirar a nuestro pasado, nuestras experiencias. Porque, como dijo alguien, ¿quién no ha usado como bandera el odio en algún momento de ira, frustración o injusticia en su vida?
    Comportarse como estos padres es muy difícil y solo se consigue con años de vivencia y sabiduría.
    Yo también estoy en contra de la pena de muerte, pero creo en la imposibilidad de la redención o el perdón de gentes como los genocidas o los que disfrutan con el sufrimiento de los demás. Todo el mundo merece una segunda oportunidad, sobre todo, porque no todos tienen las mismas posibilidades de sobrellevar la vida, pero los que sonríen ante las cámaras cuando las calles de un país están sembradas de cadáveres…
    Es de urgente necesidad revisar las leyes, sanar la justicia y, por encima de todo, cosechar por medio de la educación. Pero los que tienen en sus manos todo esto, pudieran ser los mayores delincuentes.
    Siento que mis palabras sean duras, pero después de ver o leer ciertas cosas… Necesito un Francisco Javier y una María Josefa para que me devuelvan al camino.
    Muchas gracias por tanto.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Sé que este es un tema que da para hablar y hablar, uno de esos temas que, en principio no se discuten pero nos queda el runrun por dentro. Somos muchos los que estamos en contra de la pena de muerte, pero sin entrar en detalles, para no tener que reflexionar.
      Me surgió a raíz de unas palabras del Ministro de seguridad del gobierno israelí, el 17 de octubre de 2023. “Mientras Hamas no libere a los rehenes que tiene en sus manos, lo único que necesita para entrar en Gaza, son cientos de toneladas de explosivos de la Fuerza Aérea, ni un gramo de ayuda humanitaria”. Y lo han cumplido. No importa si Hamas no es toda Palestina, no importa si ya nos olvidamos que todo esto no comienza el 7/10/2023 sino cuando en 1917 el gobierno británico, a través de la Declaración de Balfour, manifestó públicamente su apoyo hacia el establecimiento de un “hogar” para el pueblo judío en la región de Palestina.
      Por eso quise poner un caso más sencillo a debate: el caso de una mujer con tres hijos que mata a su marido por ser constantemente maltratada. (No he querido entrar para no complicarlo, aunque está implícito: ¿Y qué pasa si el hombre maltrata también a los hijos, o a alguno de ellos?) ¿Cómo debe reaccionar la sociedad: castigando a la asesina o intentando recuperarla? Estoy convencida que matar en nombre de la justicia no redime, no enseña nada a nadie, no corrige. Sólo agrega más violencia a la violencia.
      Para expresar lo que pienso, para debatir con quien piensa diferente, me metí en la piel de Francisco Javier. Pero retomo tus palabras: ¿qué pasa con el perdón de los genocidas o de quienes disfrutan con el sufrimiento de los demás, o de los que sonríen ante las cámaras cuando las calles de un país están sembradas de cadáveres? Ahí los papeles se me queman, pero sigo pensando que la justicia no debe actuar matando a quien mató, aislarlo de la sociedad sí, pero además enseñar a esa sociedad que hay otros caminos.
      Revisión de la justicia sí, revisión de las leyes sí, y sobre todo una educación que debe comenzar en casa y debe continuar en la escuela y en la sociedad. Pero pena de muerte, no.
      Gracias a tí por tus comentarios ¡Muchas gracias!
      Un abrazo grandote.

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