El circo del asombro y el olvido

Nadie sabía nunca de dónde venía ni hacia dónde iba, pero bastaba que aparecieran unos carteles pintados a mano con letras doradas y dibujos imposibles para que todo el pueblo corriera como hipnotizado. Era imposible resistirse a esa música de feria que sonaba como un acordeón borracho mezclado con violines celestiales.

“Ha llegado El Circo Mágico. Una noche inolvidable.”

Al caer la tarde, la carpa multicolor brillaba como un farol inmenso. Desde lejos parecía hecha de seda y arcoíris, pero al acercarse se notaba que el tejido cambiaba de forma: en un segundo eran rayas, al siguiente círculos y, a ratos, estrellas que parpadeaban como si el propio cielo se hubiera bajado a coser las telas.

Dentro, el aire olía a caramelo caliente, incienso y un toque de hierro, como si hubiera tormenta a punto de estallar.

El espectáculo comenzaba con los malabaristas de fuego. Chicos y chicas de rostros pintados y mallas fosforescentes que reían con carcajadas contagiosas, lanzaban bolas de fuego de un lado a otro sin quemarse. No usaban antorchas, sino sus propias manos desnudas. Algunos se tragaban las llamas como si fueran golosinas y luego las escupían transformadas en pequeños dragones que revoloteaban por el techo antes de desaparecer en humo. El público aplaudía y reía, aunque más de uno se encogía en el asiento cuando las criaturas echaban un chispazo demasiado cerca.

Después, los acrogatos alados tomaban el escenario. Jóvenes delgados, con piel de gatos y alas de plumas encantadas que batían como las de un ángel travieso, volaban como cometas vivientes. Giraban, caían en picado y, justo antes de chocar contra el suelo, atravesaban la pista como si fuera agua, emergiendo en otro lugar de la carpa. A veces entre las gradas, junto a algún espectador que se sobresaltaba derramando sus palomitas. El truco arrancaba risas, pero también un escalofrío: ¿y si alguna vez no regresaban?

Pero no todo era diversión.  Luego llegaba el número inquietante que nadie olvidaba: el espejo de las mil bocas. Una muy joven y bella bailarina cubierta de lentejuelas azules, entraba en un enorme espejo ovalado. Su reflejo se multiplicaba una y otra vez, hasta llenar toda la superficie. Al principio los reflejos sonreían dulcemente… pero pronto comenzaban a hablar. Uno reía con voz aguda, otro lloraba desconsolado, otro susurraba secretos del público:

.- “¡Tú escondes cartas de amor en el tercer cajón de tu armario!”

.- “¡Tú no soportas a tu jefe!”

.- “¿Y tú, por qué ocultas dinero bajo el colchón?”

.- “¡Tú piensas en besar a tu vecina sin que te vea tu mujer!”

La gente estallaba en carcajadas nerviosas, hasta que un reflejo gritaba con un rugido grave y gutural:

.- “¡Nos veremos en tus sueños!”

Entonces, el espejo se astillaba en mil fragmentos que caían con estrépito… y un segundo después se recomponía, como si nada hubiera pasado.

El plato fuerte llegaba con él: el mago misterioso. Nadie conocía su nombre. Siempre aparecía envuelto en una capa que parecía hecha de sombras y estrellas, con un sombrero tan alto que parecía perforar las nubes. Sostenía un bastón de plata que resonaba contra la arena del suelo como un trueno cada vez que la golpeaba.

Con un gesto hacía surgir criaturas mitológicas: centauros que jugaban a las cartas, sirenas que cantaban con tanta fuerza que los cristales temblaban, y un enorme grifo dorado que caminaba por los pasillos de la carpa, inclinándose para que los niños lo acariciaran… aunque su mirada felina dejaba claro que podría devorarlos de un zarpazo si quisiera.

El público estaba maravillado, embelesado, reían, aplaudían, sin sospechar lo que realmente ocurría: con cada aplauso, con cada carcajada, con cada mirada de asombro, unos hilos invisibles salían de sus pechos y se enredaban en las manos del mago. Finos como telarañas, invisibles al ojo común, pero cargados de algo precioso: pedacitos de destino.

Y entonces, el gran final. La música alcanzaba un clímax con tambores y violines. El mago levantaba los brazos y la carpa se iluminaba como un sol. El público rugía en vítores, cegado por la luz.

Cuando bajaba el resplandor, cada persona descubría, con un escalofrío en el corazón, que estaba sola, absolutamente sola. Las gradas, el público, el circo habían desaparecido. Nadie más. Alguno aparecía en medio de un bosque desconocido, otro en desiertos abrasadores, otro en épocas remotas, siglos atrás. Cada espectador había sido enviado a un lugar distinto, arrancado de su vida como si fuera parte del espectáculo. El circo no había cobrado entradas: había cobrado vidas.

Desde fuera, sólo se escuchaba un viento que plegaba la carpa en un suspiro. Carros de colores se alejaban en silencio, perdiéndose en la lejanía. El mago sonreía bajo su sombrero. Había alimentado otra vez al Circo Mágico, y los hilos del destino ya estaban tejidos.

El mundo, como siempre después de su paso, jamás volvería a ser el mismo.

Dicen que el Circo Mágico nunca se repite en el mismo lugar. Que su carpa aparece en descampados vacíos, a veces al amanecer, otras en medio de la noche. Nadie lo ve llegar, y nadie lo ve marchar. Simplemente está allí.

Los viejos cuentan que, tras su visita, el mundo cambia de manera imperceptible. Una calle que antes no existía aparece en el pueblo, una familia desaparece de los registros, un río nace donde antes había un campo seco. Como si la realidad hubiera sido reescrita.

Se rumorea que, si ves carteles de colores pegados en las paredes o escuchas música de feria en la distancia sin que haya músicos cerca, el circo está por llegar. Y si entras… no volverás a ser el mismo.

El Circo Mágico no sólo cobra dinero.

El Circo Mágico cobra destinos, cobra vidas.

Y quizá, mientras lees estas palabras, ya estés escuchando un tambor lejano…

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

9 comentarios sobre “El circo del asombro y el olvido

  1. Uau, qué maravilla de relato, con ese ambiente más que envolvente. Creo que todos lo circos son mágicos, pero el tuyo es aún más mágico que todos en los que yo he estado. Según lo leía estaba segura de que me atrevería a entrar, pero, después de este final, ya no lo estoy tanto…
    Un abrazo. 🙂

    1. Hola Uxue
      Ja Ja Ja ¡Esa era mi intención! Engañar al lector para que le apeteciera entrar a un circo fascinante, y terminar dándose cuenta que el precio a pagar es demasiado alto. En esta época de Halloween, un cuento de terror. La magia es maravillosa, aunque… ¿siempre?
      Me alegro que te haya gustado. Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

      1. Hola
        Un relato genial. Te va envolviendo y te sientes en la grada, entre el público, aplaudes te ríes. Hasta que llega el espejo con sus mil secretos conocidos y el mago. En ese momento parece que ya no hay vuelta atrás. Guuau, muy bien llevado.
        Un placer leerte

  2. Este relato es un circo infernal de destinos robados: convierte el «truco o trato» en espectáculo sin escapatoria donde aplausos = hilos de alma. Lo mejor: La ausencia literal de «truco o trato» que es el truco maestro: no hay elección, solo entrada voluntaria y salida a otra realidad.
    El detalle sensorial hipnótico (caramelo + hierro, dragones de fuego, espejo de bocas) que endulza el horror hasta el clímax de soledad absoluta.
    El final meta: «quizá ya estés escuchando un tambor lejano», convirtiendo al lector en próximo espectador.
    En resumen: una fábula circense de terror existencial que advierte que el mayor truco es creer que pagas con dinero… cuando el trato real es tu vida entera.

    Te felicito.

    1. Hola Marcos
      Has captado perfectamente el cuento de terror que se me ocurrió escribir para Halloween. ¿A quién no le gusta el circo? Y más si se lo pintas tan mágico. Aunque, a veces, la magia puede ser traicionera y como has podido descubrir, en este caso los aplausos no son sólo aplausos y el truco o trato no implica elección, porque no hay otra opción que la entrega de toda tu vida. Y por si esto fuera poco, al terminar de leer, ya estás escuchando el redoble del tambor. ¡No tienes escapatoria!
      Gracias por tu comentario y por tu felicitación. Me alegro que te haya gustado.
      Un abrazo fuerte.

  3. El relato es una mezcla de una ambientación atractiva, elementos fantásticos, un simbolismo profundo y un final impactante hace que el texto sea una lectura memorable. Es una obra de fantasía oscura que no solo entretiene, sino que también invita a la reflexión sobre el misterio y los peligros ocultos.
    La historia funciona como una advertencia o moraleja sobre la cautela y el misterio. La frase final, «El Circo Mágico no sólo cobra dinero. El Circo Mágico cobra destinos, cobra vidas», deja un mensaje claro y perturbador.
    El desenlace, en el que los espectadores son transportados a lugares desconocidos y sus vidas son reescritas, es un giro inesperado que deja una fuerte impresión. El texto juega con la expectativa de que el circo es una forma de entretenimiento inofensiva y la subvierte por completo.
    Me ha encantado.

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo