Las vibraciones del silencio

Siete contrabajos rugían en el foso del Teatro Colón, pero Alain sólo escuchaba un murmullo lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen de la existencia. Estaba en mitad de un concierto, en su casa más sagrada, y la música—su sangre, su aire—se deshacía en un eco de papel. Creyó que era un resfrío, una mala noche, quizás el cansancio de tantas giras. Pero la verdad llegó afilada como bisturí: se estaba quedando sordo. No había cura.

Alain, nacido en San Telmo, criado entre patios de conventillo y el olor a sabrosos pucheros de las viejas cocinas, siempre había sentido que la música era más que sonidos. Su madre solía contar que siendo bebé sólo dejaba de llorar cuando sonaba la “Misa criolla” de “Ariel Ramírez”. Años después, él descubrió que era el contrabajo de “Alfredo Remus” lo que lo había acunado desde la primera noche. A partir de entonces, el tango, el jazz, el folclore y las cuerdas graves fueron su pulso vital.

Solía participar de reuniones de improvisación y experimentación folclórica informal en casa del pianista Eduardo Lagos, bautizadas humorísticamente por Hugo Díaz como “Folcloreishon”, que a la manera de las “Jam sessions” del jazz, solían reunir a Lagos, Hugo Díaz, Astor Piazzolla, Oscar Cardozo Ocampo, Domingo Cura, el propio Alfredo Remus y algunos otros músicos.

Rebeldía fue la primera respuesta ante el diagnóstico. Se negó a aceptar el destino. Viajó a clínicas de París, Berlín, Viena. Médicos, neurólogos, especialistas con títulos interminables lo revisaron, le hablaron de porcentajes, de estadísticas, de inevitabilidad. Ninguno le ofreció la melodía que esperaba. La desesperación lo persiguió como un tango triste tocado a media voz. De noche soñaba con quedarse encerrado en un silencio absoluto, como una nota suspendida que nunca resuelve.

Hasta que huyó. Compró un pasaje y se fue al sur, a una cabaña pequeña frente al mar en la Patagonia argentina. Allí, donde el viento golpea como percusión ancestral y el océano nunca calla, Alain buscó otra forma de respirar. Aprendió a surfear con torpeza primero, luego con gracia inesperada. Cada ola que lo tumbaba era como un acorde mayor disonante, y cada vez que lograba mantenerse en pie, un triunfo íntimo, un aplauso secreto.

Una noche, exhausto, soñó la imagen que lo perseguiría por siempre: él mismo, surfeando dentro de una ola gigante, abrazado a su contrabajo, arrancando notas que se mezclaban con el rugido del agua. Una sinfonía de espuma y madera. Se despertó con el pecho vibrando, y entendió que la música no había muerto, no debía morir para él. Sólo estaba buscando otro lugar para vivir.

Entonces empezó a experimentar. Ponía el contrabajo frente al mar y tocaba mientras el viento lo envolvía. No escuchaba cada nota con nitidez, pero sentía cómo el instrumento temblaba contra su cuerpo, cómo cada cuerda pulsaba dentro de su pecho. La música, descubrió, podía ser también tacto, vibración, un lenguaje secreto entre la piel y el alma.

El destino le sorprendió con una mano inesperada en forma de un médico vasco, especialista en neuroacústica, que había desarrollado un sistema para transmitir vibraciones de manera amplificada y precisa. En San Sebastián, entre olas similares a las de la Patagonia, Alain encontró una nueva herramienta: un dispositivo que le permitía “oír” a través de la piel, como si su cuerpo entero se convirtiera en oído.

Cuando regresó a Buenos Aires, muchos pensaron que se había retirado. Pero volvió al escenario, con el contrabajo contra el pecho y aquel sistema secreto que le devolvía la vida. No era lo mismo que antes: era más.

Cada concierto se convirtió en una lucha visible contra la adversidad, un duelo entre silencio y vibración que conmovía al público. No tocaba sólo para ser escuchado: tocaba para demostrar que la música no pertenece al oído, sino al alma.

Esa noche, mientras surfeaba una ola inmensa en sus sueños, el contrabajo retumbando bajo sus manos, Alain comprendió que no había perdido nada esencial. La música seguía ahí, inquebrantable, como el mar que nunca se detiene.

La vida, pensó, no siempre se deja dirigir como una orquesta obediente. A veces es un oleaje salvaje que amenaza con tragarte. Pero si uno se atreve a subirse a la ola, incluso cuando parece imposible, puede descubrir nuevas melodías en medio del rugido del agua.

Y Alain, en el corazón de la tormenta, siguió tocando y tocando y tocando…


A continuación, el "Gloria" (Carnavalito-Yaravi) de la “Misa Criolla” – Compositor: Ariel Ramírez
Con “Los Fronterizos”, Domingo Cura en bombo legüero, Jaime Torres en charango, Raúl Barboza en acordeón, Chango Farías Gómez en voz, Alfredo Remus en contrabajo y el coro “Cantoría de la Basílica del Socorro”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Las vibraciones del silencio

  1. ¡Qué preciosidad de relato!
    La superación y el amor por la música contra toda adversidad.
    Este relato me toca a fondo por dos buenas razones.
    Por un lado, el contrabajo, instrumento tan incomprendido y siempre oculto entre los demás, me encanta. No, no sé tocarlo. No sé tocar ni el bombo. Pero gracias al Jazz, aprendí a apreciar la labor tan fundamental que hace este instrumento en la sección rítmica, junto a la batería. Su sonido grave y profundo te hace experimentar una sensación muy especial, cuando eres capaz de encontrarlo camuflado entre los grandes solistas.
    Por otro lado, la profunda conmoción del protagonista ante la pérdida del oído, me hace sentir algo parecido frente a la ceguera. Para mí, que es tan fundamental y necesaria la lectura, sería algo muy difícil de superar. Sin embargo, tu relato da esperanzas de que siempre hay otro forma de superar las barreras. Muchas gracias, Marlen, como siempre por contagiarnos esos sentimientos.
    ¿Qué sería de nosotros sin la música? En mi caso, el mortal silencio o la invasión de los ruidos.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Me imaginé que el amor por la música y la lucha contra la adversidad serían temas que te gustarían para tratar, para reflexionar. Pero no se me ocurrió que también compartiéramos el amor por el contrabajo. ¡Noooo yo tampoco sé tocarlo, ni ningún instrumento musical, cosa que lamento profundamente! Cuando era chica les pedí a mis padres aprender piano y me mandaron a una profesora que anuló todos mis deseos con el exclusivo aprendizaje del solfeo y las escalas. Luego nos compraron a mi hermano y a mí un acordeón no deseado en el cual me empeñaba en tocar alguna melodía. Hoy lamento el tiempo malgastado. Pero, por lo menos, sigo teniendo el aprecio profundo por la música que me acompaña casi todo el día, en sus diferentes variantes (¡Nooo el reggaeton no entra en la lista!).
      En cuanto a la pérdida del oído o de la vista, nunca me lo he planteado como posible futuro. Prefiero ni pensarlo e ir afrontando los problemas que van llegando, a medida que lo van haciendo. Con eso ya tengo bastante. Y es que creo que nunca te llega más de lo que puedes afrontar. Siempre hay una forma de afrontar las barreras, sólo hay que tener la fuerza de voluntad para seguir buscando. Por eso, el final de mi cuento (estuve averiguando bastante para encontrarlo). Tal vez es una forma estúpida de aferrarse a la esperanza, tal vez es herencia de mi padre, el ser más resiliente que he conocido en la vida.
      Gracias, muchas gracias por tus comentarios. Un abrazo fuertote.

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