Actualmente, el 25 de diciembre es celebrado en buena parte del mundo cristiano, pero no siempre fue así. Hasta el siglo IV el día de Navidad se celebraba el 6 de enero, el día de la Epifanía, el día en que Jesús se “manifestaba” al mundo, representado posteriormente como la adoración de los Reyes Magos.
Los Evangelios de Mateo y Lucas explican que Jesús de Nazareth nació en un pesebre de Belén, aldea de Oriente Próximo y que su llegada fue anunciada por un ángel. No obstante, no especifican el día exacto del nacimiento.
El día 25 de diciembre no se corresponde ni remotamente con la fecha en la que supuestamente nació Jesús, que a juzgar por las interpretaciones de los Evangelios debería coincidir con la primavera, ya que describen que Jesús nació en un momento en que los pastores tenían rebaños al aire libre, algo imposible en invierno y en una región como Palestina.
Entonces, ¿por qué festejamos Navidad el 25 de diciembre? Empecemos por el comienzo.
Alrededor del año 200, cuando los cristianos eran ya una comunidad organizada, aunque todavía perseguida, empezó a surgir la idea de celebrar la natividad de Jesús. El término “navidad” proviene del latín “Nativitas”, que significa nacimiento.
Curiosamente, inicialmente se observaron las indicaciones de los Evangelios y se celebraba en primavera, concretamente en mayo.

El emperador Constantino fue el primero en legalizar el cristianismo en el Imperio Romano. Eran varias las festividades que tenían lugar a finales de diciembre en territorio romano, coexistiendo durante los inicios del cristianismo: celebraciones de la antigua religión romana, judía, del mazdeísmo persa y también nórdicas, mayoritariamente vinculadas al solsticio de invierno del hemisferio norte.
Constantino, encargado de establecer de forma oficial la fecha para la conmemoración del nacimiento de Jesús en el Imperio Romano, actuó con el apoyo del pontífice de la época: el papa Julio I.
En el año 337, Julio I fue elegido como 35º Papa de la Iglesia. Una de sus prioridades fue establecer una ortodoxia para las celebraciones cristianas, así como combatir el paganismo y las doctrinas no católicas, en especial el arrianismo, una corriente cristiana que constituía una de las principales competidoras del catolicismo. Julio I era de estirpe romana y seguramente era consciente de lo difícil que resultaría forzar a los romanos a abandonar sus festividades.

Así que el emperador Constantino y el papa Julio I decidieron celebrar el nacimiento de Jesús durante la época que se concentraban las fiestas más populares de Roma, con la intención de superponer las prácticas cristianas a otras más antiguas. El propósito era el de favorecer la conversión de los paganos romanos a la religión cristiana. A pesar de que el cristianismo ganaba adeptos rápidamente, los romanos estaban muy apegados a sus tradiciones.
Así pues, establecieron arbitrariamente el 25 de diciembre para la conmemoración del nacimiento de Jesús. Esta ya era una fecha de celebración para los romanos, que festejaban el Sol Invictus, un culto a la divinidad solar asociado al nacimiento de Apolo, dios del Sol.
Este culto se desarrolló en el período mitológico romano y duró hasta la conversión del cristianismo en la religión oficial del imperio. El mismo emperador Constantino le daba mucho valor a la figura del Sol Invictus, e incluso usó su imagen en las monedas del Imperio y decretó que los domingos serían un día de descanso dedicado a honrarlo. Sin embargo, la llegada del cristianismo catalogó el culto al dios del Sol como una celebración pagana.
Además de intentar que el olvido hiciera desaparecer una festividad tan importante como el culto al Sol Invictus, era también una metáfora: Jesús era el nuevo Sol llegado para iluminar el mundo.
Pero, esta no era la única deidad solar que los romanos adoraban. Otras festividades antiguas romanas se asociaban al solsticio de invierno, a partir del cual el día iba ganando más horas de sol, entre ellas las Brumales y también las Saturnales.
Durante varios siglos, antes del nacimiento del cristianismo, la sociedad romana fue politeísta. Creía en una serie de divinidades protectoras de las distintas áreas de su vida. Para la agricultura y las cosechas se adoraba al dios Saturno, y se celebraban unas fiestas paganas en su honor: las Saturnales.

Su celebración se remontaba al siglo III a.C. y transcurrían entre el 17 y el 23 de diciembre coincidiendo con el solsticio de invierno, el período más oscuro del año, cuando el Sol sale más tarde y se pone antes.
Durante este espacio de tiempo, las indicaciones proféticas se tomaban como perspectivas para el resto del invierno. La vida romana, durante la antigüedad clásica, se centraba en el ejército, la agricultura y la caza. Los días cortos y fríos del invierno detenían la mayoría de las formas de trabajo: las labores agrícolas finalizaban en esta época y los campesinos y los esclavos podían permitirse aplazar el trabajo cotidiano.
En estos días de fiestas, que se prolongaban siete días, los romanos visitaban a sus familiares y amigos, intercambiaban regalos y celebraban grandes banquetes públicos. Los agricultores sacrificaban cerdos a Saturno y Ceres. Los viticultores sacrificaban cabras en honor a Baco, porque la cabra es enemiga de la vid. Las despellejaban, llenaban los pellejos de aire y saltaban sobre ellos.
Se elegía a un rey del día, a menudo de entre los más humildes, que tenía el poder de dar órdenes humorísticas. Las casas se adornaban con plantas y se encendían velas. Los juegos de azar estaban prohibidos durante el resto del año, pero se permitían durante las Saturnales.
El ambiente era como de carnaval, con inversión de roles sociales como la liberación de los esclavos. Los esclavos gozaban de una gran permisividad, podían vestir las ropas de sus señores y ser atendidos por éstos sin recibir ningún castigo.
Muchas de las costumbres de las Saturnales, como el intercambio de regalos, los banquetes, la decoración con luces y la celebración en invierno, fueron incorporadas a la celebración cristiana de la Navidad.
Fue durante el pontificado del papa Liberio, sucesor de Julio I, en el año 354 cuando se fijó oficialmente la Navidad como una festividad de la Iglesia, separada de la Epifanía. No obstante, este reconocimiento no fue unánime. A día de hoy hay algunas Iglesias ortodoxas que mantienen el 6 de enero, o en algunos casos el 7 de enero, como fecha de la Navidad, mientras que otras han adoptado la fecha católica. Estas excepciones son principalmente países del este de Europa y algunos de África.