¿Qué aprendimos este año?

De todo infortunio hay que sacar, por lo menos, algo que nos resulte útil o que nos haga pensar. El gran apagón eléctrico del 28 de marzo de 2025 es un caso que nos sirve para este propósito. ¿Qué tal si reflexionamos un poco?
Durante el apagón, España se quedó a oscuras… pero, curiosamente, vimos más claro que nunca.
Aprendimos, por ejemplo, que el dinero en efectivo, ese papel arrugado que dábamos por muerto, sigue siendo más útil que mil apps con nombres modernos. O sea que el dinero en efectivo es en realidad muy efectivo.
Que Bizum y las tarjetas se derritieron más rápido que un helado en agosto.
Y que los coches eléctricos, tan limpios y silenciosos, se convirtieron en esculturas de diseño con ruedas.
¡Ah!, y los combustibles fósiles —los villanos oficiales del siglo XXI— resultaron ser los héroes anónimos: los que mantuvieron en marcha ambulancias, hospitales y calefacciones.
Moraleja: el diablo, a veces, también tiene su utilidad.
Nos dimos cuenta de cosas simples (y por eso, esenciales).
Que lo digital sin electricidad es como una influencer sin wifi: desaparece.
Que el papel, ese viejo compañero, sigue siendo el rey de los recordatorios.
Que podemos sobrevivir sin móvil, sin Netflix, sin series, sin fútbol… porque el síndrome de abstinencia dura menos de lo que creíamos.
Y que esa radio vieja del abuelo, que nadie quería, acabó siendo la mejor inversión del siglo y el mejor contacto con la realidad.
Descubrimos que Amazon y AliExpress no sirven cuando lo que falta es luz.
Que los grandes centros comerciales bajaron la persiana en cuanto se fue el voltaje, pero la ferretería del barrio siguió allí, con linternas, pilas y paciencia.
Que las tiendas pequeñas no vendían promesas, sino soluciones.
Y que, al final, no te salva el “carrito online”, sino el de la tienda de al lado, que te fía las velas y te pregunta por tu madre.
Descubrimos que los sanitarios, los bomberos y los policías merecen nuestro aplauso y homenaje todos los días, que sin ellos muchos más hubieran quedado por el camino y que no hace falta que recurran a huelgas o medidas de fuerza para conseguir lo que debieran percibir por su esfuerzo y sacrificio.
Las ciudades, tan modernas y prácticas, se revelaron como lo que son: trampas verticales.
Los ascensores, las puertas automáticas, el metro… todo se volvió inútil.
La urbe se transformó en un enorme escaparate apagado, una jaula de la que era difícil escapar o cortar los barrotes.
Mientras tanto, los pueblos —esos que muchos desdeñan por haberse quedado “atrasados”, demostraron que son un verdadero refugio: humanos, autosuficientes, solidarios.
En los pueblos se comparte pan, calor y conversación.
En las ciudades… se comparte batería (cuando hay).
¿Y me preguntas qué aprendimos?
Lo que realmente aprendimos es que la autosuficiencia no es un lujo, sino una necesidad.
Que dependemos demasiado de los demás, y de unos pocos que son los que manejan los interruptores.
Que la tecnología, tan brillante, sin energía es sólo un montón de plástico caro.
Que la inteligencia artificial no puede encender una vela, pero la vecina sí.
Y que, cuando el mundo se apaga, los “me gusta” no alumbran.
El que alumbra es el de al lado, el que llama a tu puerta con una linterna y una sonrisa.
Tal vez… Sólo tal vez, este apagón fue una lección más que una tragedia. Un recordatorio sin subtítulos, con dureza, con oscuridad, con silencio, de que la vida real no se actualiza ni se descarga.
Que hay que volver a mirar a los ojos, a cocinar sin microondas y a hablar sin emojis.
Y que, si seguimos corriendo detrás del progreso sin alma, el próximo apagón no lo arregla ni la NASA.
Gran Vía de Madrid durante el apagón eléctrico

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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