Elogio de la inutilidad

Siempre he pensado que la inutilidad es un lujo que muchos olvidan valorar. Y no hablo de tirarse en un sofá viejo por pereza (aunque eso también), sino de todo eso que hacemos sin otro objetivo más que disfrutar: manías absurdas, rutinas nostálgicas, costumbres que no rinden un céntimo, pero sí recargan el alma.

Mi abuelo, por ejemplo, tenía un sofá que ya no hacía más que crujir. Era una reliquia: tapizado descolorido, patas un poco flojas y parecía tener más cicatrices que una novela de aventuras. Varias veces le sugerimos que lo cambiara, que se modernizara, que comprara uno nuevo, cómodo, eficiente, bonito. Pero él se negó siempre. Se quedaba con ese barco de tela vieja y decía: “Estoy bien aquí, para qué cambiar”. Eso, en su sencillez, era una declaración de amor a lo inútil.

Porque no todo lo que no produce un beneficio económico o medible es inútil del todo. A veces, lo inútil es imprescindible.

En una película de “El gordo y el flaco” de 1932, Stan Laurel y Oliver Hardy deben subir un enorme piano por una escalera interminable. La escena, de casi 20 minutos, parece un desafío épico, pero totalmente inútil.

Cada vez que avanzan dos escalones, el piano cae uno; cuando logran levantarlo, alguien pasa y se tropiezan; un repartidor, un profesor gruñón y hasta un policía complican el ascenso; el piano rueda montaña abajo más veces de las que un guion razonable permitiría.

Uno podría esperar que se rindieran. Pero no: siguen. Siguen porque sí, porque es lo que están haciendo, porque a veces lo absurdo es la única forma de seguir adelante cuando todo parece diseñado para fracasar.

Es un ejemplo de resistencia absurda porque Laurel y Hardy no luchan contra grandes villanos. Luchan contra la obstinación de lo cotidiano, lo que nos supera sin ser importante: un piano pesado, un escalón traicionero, un vecino molesto.

No es sólo humor. Es una forma de señalar la rigidez del sistema, del trabajo, de la vida moderna… y oponerle algo profundamente humano: la posibilidad de fallar sin dejar de intentarlo, la terquedad como dignidad y la inutilidad como refugio.

Su resistencia está en la perseverancia ridícula, ingenua, casi heroica. El mundo les dice: “Esto no vale la pena. Déjenlo.” A lo que ellos responden con: “¿Cómo que no vale la pena? ¡Claro que sí!”

Y esa insistencia, profundamente inútil, es lo que los convierte en gigantes del humor.

Os cuento una anécdota del absurdo como resistencia inútil.

En una sucursal bancaria, había dos colas: una rápida (“Depósitos, transferencias, trámites simples”). Y una lenta (“Consultas, documentación, cosas raras”).

La mayoría iba a la rápida. Excepto una mujer mayor, que insistía en colocarse siempre en la lenta.

Un empleado, intentando ayudarla, le dijo:
.- Señora, en la otra cola la atienden antes.

Ella respondió, con calma majestuosa:
.- Lo sé, hijo. Pero aquí puedo mirar por la ventana. Y además, la gente habla más. Es interesante.

Cada empleado que le tocaba, a lo largo de sus visitas, intentaba convencerla. Nada funcionaba.
Ella se negaba a seguir la lógica del sistema. Prefería esperar más… porque era su momento para pensar, observar, escuchar.

Los demás clientes empezaron a cambiarse también a la cola lenta, sólo para conversar con ella. Al cabo de unas semanas, la cola rápida se quedaba casi vacía. El banco perdía eficiencia, pero ganaba humanidad.

¿No os parece un perfecto ejemplo del “elogio de la inutilidad”:
La mujer no estaba “optimizando” nada. Su decisión era inútil para el sistema, pero profundamente útil para su bienestar y el de quienes la rodeaban.
Es una resistencia tranquila, suave y absurda… y por eso encantadora.

Hace poco, le conté esta anécdota a mi amiga Ainhoa. Ella trabaja en una startup de productividad, donde todo debe medirse, planificarse y justificarse. Me miró con los ojos abiertos:

.- ¿Entonces qué propones? ¿Que todos nos volvamos inútiles a propósito?

Le expliqué que no es eso. No se trata de renunciar a la utilidad, sino de permitir que algo dure sin tener que producir algo de provecho. Que haya espacio para el “hacer por hacer”, para el capricho sin propósito. Que aceptar lo inútil no es dejar de querer mejorar, sino reconocer que no todo en la vida debe tener un ROI (retorno de inversión).

Ainhoa suspiró. Me dijo que eso le parecía muy digno, casi poético, pero también algo completamente inalcanzable en su día a día.

Otoño en Zarautz

Pienso en los momentos de quietud, en los domingos sin plan, en esas horas que pasan escuchando unos viejos discos de vinilo a los que extrañaba, o simplemente mirando los árboles desde la terraza, sin apuro. Eso, para mí es un homenaje a la inutilidad. No es una derrota, es una forma de rebeldía tranquila contra la tiranía del “ser siempre más eficiente”.

Porque en la vida moderna estamos obsesionados con el progreso: más rápido, más alto, más fuerte. Pero en esa carrera, a veces lo importante se nos escapa: las risas tontas, las historias repetidas con diferentes voces, los recuerdos que no llevan a nada salvo a nosotros mismos.

No pretendo convencer a nadie de que tire su sofá viejo o utilice las colas rápidas para los trámites del banco. Lo que sí creo es que renunciar a lo inútil es renunciar a una parte muy humana de nosotros. Esa parte que no necesita justificar cada gesto, cada risa, cada costumbre absurda.

Como decía mi abuelo: lo malo no es aferrarse a esas manchas y crujidos, sino olvidarse de que forman parte del paisaje de nuestra vida. Y si algún día alguien me ofrece tres por uno, puede que no acepte, porque hay cosas que no tienen precio, ni descuento, ni razón aparente.

Y eso está muy bien, requetebien.

Larrayoz Zahar Rincón del té

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Elogio de la inutilidad

  1. Quizás tu abuelo humanizó esa «cosa», y después de tanto tiempo juntos, de tantos buenos ratos que le había hecho pasar (ay esas siestas…), no iba a cometer la traición de sustituirla por un anodino objeto que no le iba a ofrecer nada que no le daba su viejo compañero…Un cordial saludo

    1. Hola Oscar
      Tal vez tengas razón, tal vez él era de los que sienten un apego especial con las cosas materiales que le ayudan a vivir, como ese viejo compañero. Después de todo lo que había sufrido, no me extrañaría. Lo que siempre me llamó la atención es que me transmitiera la humanización a mí, que siempre la tuve bastante fácil. Dicen que «El que a los suyos parece…»
      Gracias por tu comentario. Un abrazo y ¡Feliz año!

  2. Qué maravilla de artículo, Marlen. No le cambiaría ni una coma. Lo cierto es que ya ni siquiera recuerdo cuándo me aburrí por última vez, siempre enfrascado, siempre conectado a la pantalla infinita. Me has arrancado un ratito de reflexión y eso es cada vez más precioso por escaso. Un abrazo y feliz año.

    1. Hola Enrique
      Muchas gracias por tus palabras. Vivimos en una civilización en la que no se aceptan los caprichos del «porque sí» «porque tengo ganas de quedarme un rato sentada, sin que me asuste el ¿qué tenía que hacer yo ahora?». Cuando era chica, si mi abuela me veía sentada sin hacer nada especial, me preguntaba: «¿Estás pensando en la inmortalidad del cangrejo?» Nunca le pregunté qué tenía que ver un cangrejo con que yo estuviera en mi mundo, pero ya desde aquella época, había descubierto algo que no era muy común al resto de los mortales: el placer de no hacer nada. Y te aclaro que eso no tiene nada que ver con el aburrimiento. 🤣😂 Cuando le descubres el truco, pasar un tiempo inútil contigo mismo, no tiene precio.
      Me alegro que te hayas auto-dedicado un ratito sólo para ti. Y ser la causante de ello.
      Un abrazo fuerte y ¡Muy Feliz Disfrute del Año Nuevo!

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